Jueves, 24 de marzo de 2011

Sus amigos, sus padres, el p?rroco: todos le dec?an que no se casara con aquel se?or divorciado. Pero ella insisti?, cerr? los o?dos a todo consejo y se cas? por lo civil. A los pocos meses ya estaban separados.

Sus compa?eros de parroquia le hab?an avisado que con esos amigos iba a tener problemas. Pero aquel joven no hizo caso. Quer?a llevar ?su? vida sin que nadie le estorbase. Acab? en un hospital, a punto de morir, por una sobredosis de droga.

Sus padres le hab?an aconsejado que no leyese aquel libro lleno de mentiras. Pero como todos hablaban de esa obra, aquella universitaria decidi? comprarla y darle un vistazo. Perdi? la fe.

Las tres escenas anteriores, en miles de formatos que var?an de persona a persona, se repiten continuamente. Desde luego, la historia no acaba all?: quienes han llegado a una situaci?n de fracaso, de derrota, de enga?o, de desorientaci?n moral, de p?rdida de fe, de pecado, pueden recuperarse, pueden convertirse, pueden volver al buen camino.

Pero surge la pregunta: ?es posible recorrer el camino de la vida sin pasar por esos malos momentos? ?Son capaces los adolescentes, los j?venes, los adultos, de prevenir un mal paso para mantenerse en el camino del bien?

Algunos consideran que es imposible evitar las ca?das, los pecados, las desgracias provocadas por uno mismo. El hombre es libre, tiene una ambici?n profunda de autonom?a, quiere vivir sin ataduras ni mandamientos.

S?lo despu?s, m?s tarde o m?s temprano, uno descubre el enga?o del pecado. Tal descubrimiento es acompa?ado por una profunda pena interior. Muchas veces quedan dolorosas secuelas en uno mismo y en los dem?s. El pasado no perdona: hay heridas que duran a?os y a?os.

Existen, sin embargo, adolescentes, j?venes y adultos que saben evitar las ocasiones de pecado, que vigilan y que rezan para no caer en la tentaci?n, que piden consejo y lo acogen seriamente, que dicen ?no? a las ocasiones de peligro.

La actitud de estas personas, seg?n algunos, podr?a originarse de un miedo infantil al fracaso. Otros a?aden que la grandeza del ser humano radica en la libertad que sabe decir ?no? a las normas externas y que acepta el riesgo y las derrotas como parte necesaria del camino para madurar.

Pero lo anterior es sumamente falso. Porque no es un camino necesario para madurar el secundar los propios caprichos, ego?smos e injusticias. Porque cada fracaso deja siempre heridas dolorosas. Porque la verdadera madurez consiste precisamente en vivir seg?n los buenos principios, en percibirlos como v?lidos, en cerrar las puertas al ego?smo para vivir con el deseo profundo de amar y servir a los hermanos.

Hemos de desenmascarar la mentira y no creer que hace falta pecar para ser m?s maduros. El pecado, por s? mismo, nunca nos puede llevar a ser buenos. Optar por el propio capricho destruye. Buscarse a uno mismo como el centro de la propia vida engendra la frustraci?n y el fracaso. Vivir seg?n las ocasiones, con ansias por aprovechar placeres fugaces (a pesar de que duren meses) como si fuesen nuestra meta es abrazarse a un r?o que escapa y nos deja ?ridos y sin amor.

Es cierto que algunos llegan a descubrir la grandeza de la vida honesta despu?s de pasar por el triste llanto del fracaso y la ca?da. Pero otros interiorizan la belleza de los Mandamientos y de la vida cristiana sin haber vivido el trago de malas experiencias.

Todos podemos comprender, a cualquier edad, que las normas ?ticas, los mandamientos de Dios, la fidelidad a los buenos principios, no son una limitaci?n, sino una luz que indica un horizonte de bien y de alegr?a, para uno mismo y para los dem?s.

Las familias, los catequistas, las escuelas, tienen como parte de su misi?n hacen ver esto a los hijos y a los j?venes. La ense?anza de la fe cat?lica no puede limitarse a dar prohibiciones sin mostrar, al mismo tiempo, la belleza del cristianismo. De lo contrario, los adolescentes se cansar?n y buscar?n aventuras fuera de las normas recibidas.

Pero si la ense?anza cristiana es ofrecida en toda su riqueza, como cauce que nos orienta al encuentro con Dios y al compromiso por la justicia y la caridad, entonces llega a lo profundo de los corazones y desencadena, en quienes est?n bien dispuestos, ese deseo de bien que es propio de las almas grandes y buenas.

El Papa Benedicto XVI lo explicaba as? a los j?venes: (Los mandamientos) ?conducen a la vida, lo que equivale a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que nos se?alan el camino cierto. Quien observa los mandamientos est? en el camino de Dios (...) No nos son impuestos de fuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta direcci?n. En su base est? la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inm?viles. Necesitamos caminar. Somos lanzados a hacer algo para realizarnos nosotros mismos. Realizarse, a trav?s de la acci?n, en verdad, es volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo que nosotros queremos ser. Somos, por as? decir, obra de nuestras manos? (a los j?venes durante su visita a Brasil, 10 de mayo de 2007).

La ense?anza de Cristo nos invita a mirar hacia la meta verdadera: el cielo. Y si el cielo es amor, nos pide que vivamos cada mandamiento, aqu? en la tierra, como parte de nuestra vocaci?n aut?ntica y plena: amar sin medida.


Publicado por mario.web @ 10:58
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