Jueves, 24 de marzo de 2011
Intervenci?n del profesor Alfonso Carrasco Rouco de la Facultad de Teolog?a San D?maso de Madrid en la videoconferencia mundial de teolog?a, convocada por la Congregaci?n vaticana para el Clero, sobre la enc?clica ?Deus caritas est?
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Una pol?tica verdadera es garant?a de justicia
Una pol?tica verdadera es garant?a de justicia
La enc?clica ?Deus caritas est? dedica unas p?ginas importantes [1] a dar respuesta a la comprensi?n de la relaci?n entre la justicia y la caridad, adentr?ndose para ello en la relaci?n entre actividad pol?tica, fe cristiana e Iglesia.?

Se plantea, en primer lugar, la objeci?n, proveniente del marxismo decimon?nico, de que la Iglesia esconde la falta de compromiso real con el mundo y los hombres, que sufren por la injusticia, con el argumento de la caridad y sus obras (n? 26). Ante los ecos a?n presentes de esta acusaci?n al cristianismo de ser ?el opio del pueblo?, de desinteresarse de este mundo huyendo hacia una futura vida celestial, Benedicto XVI afirma con toda claridad que la Iglesia se preocupa muy seriamente del hombre y del mundo (27), porque le interesa sobremanera ?abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien? (28a5), de modo que no puede ?quedarse al margen en la lucha por la justicia (28a5). Ello no debe entenderse, sin embargo, como si la Iglesia tuviese un poder sobre el Estado (28a3), o hubiese de ?emprender por cuenta propia la empresa pol?tica? (28a5); puesto que el establecimiento de estructuras justas no es cometido inmediato de la Iglesia (29a).?

Se rechaza as? la afirmaci?n de una competencia o poder inmediato de la Iglesia en lo pol?tico, contra toda tentaci?n teocr?tica. Aunque nadie defiende en la Iglesia la teor?a de la ?potestas inmediata?, sino que se reconoce claramente la autonom?a de las realidades temporales [2], esta ense?anza de la enc?clica tiene gran actualidad, pues el riesgo de confusi?n entre los ?mbitos pol?tico y religioso sigue presente en nuestro mundo, desde otros horizontes religiosos. Con esta ense?anza, se rechaza al mismo tiempo aquella posible reacci?n a la cr?tica marxista y a las injusticias sociales que podr?a consistir en considerar como tarea y cometido inmediato de la Iglesia el establecimiento de una sociedad justa, la empresa pol?tica misma.?

Para responder a este desaf?o al cristianismo, que puede ser visto como un dilema entre ausentarse del mundo o no respetar su verdadera autonom?a, Benedicto XVI muestra en positivo cu?l es el objeto propio de la pol?tica y la relaci?n que puede tener con ello la fe y la Iglesia. As? no s?lo confirma a los cristianos en su fe y orienta su actividad en medio del mundo, sino que ofrece tambi?n una aportaci?n de doctrina social sobre la naturaleza de la actividad pol?tica ?y, consiguientemente, del Estado?, que resulta de extraordinaria actualidad en las nuevas situaciones creadas en nuestras sociedades, tentadas por el relativismo tras el desvanecimiento del sue?o marxista.?

La afirmaci?n primera es el claro reconocimiento de la autonom?a de la pol?tica, que tiene por tarea el orden justo de la sociedad y del Estado (28a1). La justicia es presentada como el objeto y la ?medida intr?nseca? (28a2) de la pol?tica, su norma de actuaci?n. Esto se completa con la afirmaci?n correlativa de la independencia de la Iglesia en su ?mbito religioso propio, pues no compete al Estado imponer la religi?n. Se trata de ?dos esferas distintas, pero siempre en relaci?n rec?proca? (28a1).?

Ahora bien, si el origen y la meta de la pol?tica est? en la justicia, ?sta es de naturaleza ?tica (28a2). Se sit?a as? en el centro la acci?n responsable de la persona, cuya apertura a la pregunta ?qu? es la justicia?, cu?les son sus exigencias aqu? y ahora, no puede excluirse del ?mbito de la acci?n pol?tica sin herirla en su n?cleo mismo.?

En efecto, considerar la justicia s?lo en el horizonte del pensamiento te?rico, externo a la realidad de la acci?n pol?tica concreta, que se reducir?a en realidad a simple t?cnica para determinar el ordenamiento jur?dico (28a2) y, al final, a una forma de regular las luchas por el poder, ocultar?a la responsabilidad de la conciencia personal y limitar?a as? profundamente la dignidad propia de la actividad pol?tica. Esta es una tentaci?n presente hoy tambi?n en las democracias occidentales, de las que muchos quieren ver el fundamento en la negaci?n (relativista) de la posibilidad de alcanzar razonablemente verdades morales referidas a la naturaleza humana [3]. Llevada al extremo, la separaci?n entre la pol?tica y la justicia, conducir?a a la corrupci?n de la primera: el Estado llegar?a a convertirse en una banda de ladrones (28a1, citando a S. Agust?n).?

En realidad, la esfera de la pol?tica pertenece a la de la raz?n autoresponsable (29a), a la de la raz?n pr?ctica, llamada a percibir las exigencias de una justa estructura de la sociedad en las diferentes situaciones y problemas. Se trata de una tarea fundamental del hombre en el mundo, que ha de ?afrontar de nuevo cada generaci?n? (28a4) como un desaf?o de naturaleza moral, que nunca consiste s?lo en el mero respeto de reglas de juego ya establecidas. Ahora bien, la asunci?n de esta responsabilidad no puede darse por descontado; porque, al contrario, la funci?n de la raz?n pr?ctica corre siempre el peligro de ser cegada por ?la preponderancia del inter?s y del poder que la deslumbran? (28a2), de modo que no llegue a percibir o no quiera respetar las exigencias de la justicia en las situaciones concretas.?

Para la enc?clica, ?ste es el punto en que ?pol?tica y fe se encuentran? (28a3), pues la fe, que abre al hombre a una relaci?n con Dios que va m?s all? de las fuerzas de la raz?n, es ?al mismo tiempo una fuerza purificadora de la raz?n misma?, ya que, situ?ndola en la perspectiva de Dios, ?la libera de su ceguera y la ayuda a ser mejor ella misma? (28a3). En esta peculiar interrelaci?n entre la fe y la raz?n [4] se manifiesta la verdad del Evangelio, en cuyo encuentro el hombre se descubre a s? mismo [5], como puede observarse, en este caso, a prop?sito del ejercicio de la raz?n pr?ctica.?

De este modo, la Iglesia, proponiendo su doctrina social (27, 28a3), no quiere imponer las propias convicciones, sino hacer posible un di?logo que presupone s?lo un empe?o serio por el hombre y la justicia en el mundo (27), y que se establece en el horizonte de la raz?n, de su percepci?n de lo que es conforma a la naturaleza de todo ser humano [6] (28a4). El lugar de encuentro de la fe y de la pol?tica est? en la conciencia de la persona, a cuya formaci?n la Iglesia quiere servir, contribuyendo a que ?crezca la percepci?n de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella? (28a4).?

La enc?clica ense?a, pues, que la Iglesia no pretende tener responsabilidad inmediata en la esfera de la pol?tica, sino mediata (29a), por el camino de la conciencia y de la responsabilidad personal [7]; que su participaci?n en la lucha por la justicia tiene lugar ?a trav?s de la argumentaci?n racional? y del despertar de las fuerzas espirituales del hombre (29a).?

Los fieles laicos, en particular, est?n llamados a ?participar en primera persona en la vida p?blica? (29b), configurando rectamente la vida social, en el respeto de su autonom?a y en colaboraci?n con los otros ciudadanos, pues no pueden eximirse de la propia responsabilidad ante el bien com?n.?

El reconocimiento de esta justa autonom?a de lo pol?tico no significa, por supuesto, que el Estado ocupe y domine todo el ?mbito de la sociedad. Exigencia de la justicia es tambi?n respetar el principio de subsidiariedad, reconociendo y apoyando las diferentes iniciativas que nacen de las diversas fuerzas sociales (28b). Entre ellas, destaca la Iglesia, con su actividad evangelizadora y caritativa.?

La expresi?n del amor cristiano, de la caridad, no se agota en su contribuci?n al ejercicio pol?tico de la raz?n pr?ctica, sino que se acerca al hombre de muchas otras maneras. Esta caridad siempre ser? necesaria para la sociedad, pues ?quien intente desentenderse del amor, se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre? (28b). Por el contrario, la din?mica del amor, suscitada por el Esp?ritu de Cristo, no humilla nunca al hombre, en ninguna de sus expresiones, sino que sana, sostiene y potencia ?precisamente lo que es m?s espec?ficamente humano? (28b).?



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Notas


[1] Nn. 26-29?
[2] GS 36?
[3] Cf. CONGREGACI?N PARA LA DOCTRINA DE LA FE, ?Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los cat?licos en la vida p?blica?, 24 noviembre 2003?
[4] Interrelaci?n definida por la enc?clica Fides et ratio como ?circularidad? (n? 73). El cardenal J. RATZINGER la hab?a descrito precisamente a prop?sito del servicio mutuo de purificaci?n que fe y raz?n est?n llamadas a prestarse (en ?Was die Welt zusammenh?lt. Vorpolitische moralische Grundlagen eines freiheitlichen Staates?, in: ?Dialektik der S?kularisierung?, [J. Habermas-J. Ratzinger], Freiburg 2005, 39-60)?
[5] Cf. GS 22; igualmente JUAN PABLO II (por ej., ?Redemptor hominis? 10)?
[6] Resuena la ense?anza tradicional sobre la Iglesia ?experta en humanidad?; cf., por ej., PABLO VI, ?Populorum progressio?, 13; JUAN PABLO II, ?Sollicitudo rei socialis?, 42. En este mismo contexto era presentada tambi?n la doctrina social: ?Fue el ?yugo casi servil?, al comienzo de la sociedad industrial, lo que oblig? a mi predecesor a tomar la palabra en "defensa del hombre"? (ID., Centesimus annus, 61).?
[7] Puede observarse la relaci?n con la doctrina tradicional sobre el derecho de intervenci?n de la Iglesia en el ?mbito de la pol?tica ?sub ratione peccati?.

Publicado por mario.web @ 21:34
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