Domingo, 27 de marzo de 2011
Santo Tom?s analiza el tema de los distintos objetos en los que la gente pone, equivocadamente, la felicidad. Pero muestra tambi?n en qu? radica la verdadera bienaventuranza
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La felicidad en Freud y en Santo Tom?s de Aquino
La felicidad en Freud y en Santo Tom?s de Aquino
Freud rechaza los principios evang?licos que fundamentan la cultura cristiana, y por eso quiere imponer un cambio radical en ella. El centro del problema es la felicidad que, para el fundador del psicoan?lisis, consiste en el principio del placer por el que debe regirse toda la conducta humana. Santo Tom?s analiza el tema de los distintos objetos en los que la gente pone, equivocadamente, la felicidad. Pero muestra tambi?n en qu? radica la verdadera bienaventuranza. La enfermedad del hombre es la infelicidad, a la que llega por ignorancia o por rechazo de su verdadero bien, el fin ?ltimo al que debe dirigir sus conductas, y en el cual consiste la beatitud.



1. El concepto de felicidad en Freud

Sigmund Freud trata especialmente el tema de la felicidad en su obra titulada "El malestar de la cultura", en el marco de una fuerte cr?tica a la cultura cristiana. Asume el pensamiento de F. Nietzsche, y se hace cargo de su proyecto de transvaloraci?n a trav?s del psicoan?lisis.(1)

Ley? desde muy joven con gran entusiasmo a este fil?sofo, y adem?s, se conoce la existencia de una relaci?n m?s directa a trav?s de Lou-Andreas-Salom?, quien fuera amiga ?ntima de Nietzsche, y la primera mujer y lega, que entr? en los c?rculos de los mi?rcoles de Freud (en 1912), donde se estudiaban las obras de Nietzsche.

Para Freud, la cultura (de ra?z cristiana) pone restricciones a la sexualidad y coarta la
agresividad propia del hombre. Por un lado promoviendo la familia heterosexual y
monog?mica, y por otro postulando el precepto irrealizable del amor al pr?jimo, el cual pone
barreras a la b?squeda de satisfacci?n de las tendencias agresivas. Define al hombre con la
c?lebre frase: homo homini lupus (2). Dice en un agrio pasaje: ??A qu? entonces tan solemne
presentaci?n de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir? (...) Este
ser extra?o [el pr?jimo] no s?lo es en general indigno de amor, sino que ?para confesarlo
sinceramente? merece mucho m?s mi hostilidad y aun mi odio.?(3)

Esta cultura cristiana apela a los sentimientos de culpabilidad para reprimir las tendencias que ?seg?n Freud? le son antag?nicas (sexualidad y agresividad), y as? domina estas inclinaciones haciendo que los individuos se sientan culpables y ?en pecado?, cuando consideran que han cometido algo ?malo?. Esto produce angustia y, seg?n el fundador de la Escuela Psicoanal?tica, se genera as? un proceso de represi?n que derivar? en la enfermeda llamada neurosis y otras patolog?as ps?quicas graves. Este es el ?malestar? que ha producido la cultura forjada por el cristianismo, y a tal punto, que puede hablarse de una ant?tesis y enfrentamiento entre la felicidad y la cultura. Nos dice este conocido psicoanalista: ?Si la cultura impone tan pesados sacrificios, no s?lo a la sexualidad, sino tambi?n a las tendencias
agresivas, comprenderemos mejor por qu? al hombre le resulta tan dif?cil alcanzar la
felicidad.?(4). Debido a esto, se propone imponer un cambio que vaya a las ra?ces mismas de
esta cultura y sus valores m?s fundamentales.

Reconoce Freud que la religi?n plantea el interrogante sobre la finalidad de la vida.
Sin embargo, nadie puede equivocar la respuesta: los hombres aspiran a la felicidad, quieren
ser felices y no quieren dejar de serlo. Esta com?n aspiraci?n tiene dos facetas: una positiva,
le de experimentar intensas sensaciones placenteras, y otra negativa, la de evitar el displacer y el dolor. Sin embargo, el t?rmino ?felicidad? se aplica al principio del placer, que es el que rige todas las operaciones del ?aparato ps?quico?. Pero esta felicidad es irrealizable, pues a?ade Freud: ?todo el orden del universo se le opone, y aun estar?amos por afirmar que el plan de la ?Creaci?n? no incluye el prop?sito de que el hombre sea ?feliz?.(5)

Como podemos ver, la concepci?n freudiana de felicidad est? relacionada y depende
fundamentalmente del pensamiento de Kant, para quien la felicidad es sensible y por eso ?
para el fil?sofo de K?nigsberg? es inmoral buscarla y obrar por este fin.

De esta manera las posibilidades de felicidad ya est?n limitadas desde el principio por nuestra propia constituci?n, por eso ?nos dice Freud? es m?s f?cil experimentar la desgracia.
Analiza entonces las posibilidades de sufrimiento que amenazan al hombre, y encuentra que son tres: el cuerpo, condenado a la decadencia y a la aniquilaci?n; el mundo exterior, capaz de encarnizarse contra nosotros con sus fuerzas destructoras omnipotentes, y las relaciones con los otros seres humanos, la sociedad.

Prosigue Freud: ?No nos extra?e, pues, que bajo la presi?n de tales posibilidades de sufrimiento, el hombre suele rebajar sus pretensiones de felicidad (...); no nos asombra que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, de haber
sobrevivido al sufrimiento; que, en general, la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a
segundo plano la de lograr el placer.?(6).

De esta manera, la felicidad consistir? principalmente, para Freud, en la evitaci?n del
dolor y el sufrimiento. Para esto propone diversos m?todos de protecci?n: contra los seres
humanos, contra el temible mundo exterior y contra el sufrimiento de nuestro organismo.

El primero que analiza por considerarlo sumamente efectivo, es el qu?mico, la
intoxicaci?n por drogas.(7) ?ste ?nos proporciona directamente sensaciones placenteras,
modificando adem?s las condiciones de nuestra sensibilidad, de manera tal que nos impiden
percibir est?mulos desagradables. (...) Se atribuye tal car?cter ben?fico a la acci?n de los
estupefacientes en la lucha por la felicidad y en la prevenci?n de la miseria, que tanto los
individuos como los pueblos les han reservado un lugar permanente en su econom?a libidinal.?(8)

Este maravilloso ?quitapenas? libera al hombre del peso de la realidad, refugi?ndolo en un mundo propio. Porque, nos dice este psicoanalista, ?La satisfacci?n de los
instintos, precisamente porque implica tal felicidad, se convierte en causa de intenso
sufrimiento cuando el mundo exterior nos priva de ella, neg?ndonos la satisfacci?n de
nuestras necesidades.?(9)

Tambi?n la vida instintiva sometida a ?instancias ps?quicas superiores? logra una
cierta protecci?n contra el sufrimiento. La t?cnica de la sublimaci?n reorienta los fines
instintivos, eludi?ndose, de alguna manera, la frustraci?n que viene del mundo exterior. El
artista, el investigador, el que busca descubrir la verdad, est?n entre los que son capaces de
utilizar su intelecto como coraza contra el sufrimiento. Sin embargo, aun as? no lograr?n
escapar, en alg?n momento, del dolor. Por otro lado, aclara Freud que las mujeres est?n
escasamente dotadas para este mecanismo de defensa (el uso de la inteligencia), por eso la
obra cultural es una tarea masculina.

Otro m?todo de independizarse de la realidad y del mundo exterior siempre hostil y
doloroso, buscando satisfacciones en los procesos internos ps?quicos, es el refugio en las
ilusiones. Entonces, analiza ahora el que considera m?s en?rgico procedimiento para romper
con la enemiga e intolerable realidad: la vida del ermita?o o de los que viven en comunidades,
refiri?ndose sin duda a los monjes y a la vida religiosa. El que busca la felicidad de este modo
se convertir? en un loco. Sobre todo cuando pretende una ?transformaci?n delirante de la
realidad.?(10)

Por ?ltimo, se refiere a lo que llama ?amor? como m?todo para alejar el sufrimiento y
que, en el fondo no es m?s que el ?amor sexual?.
Luego concluye: ?El designio de ser felices que nos impone el principio del placer es
irrealizable, mas no por ello se debe ?ni se puede? abandonar los esfuerzos por acercarse de
cualquier modo a su realizaci?n. (...) Todo depende de la suma de satisfacci?n real que pueda
esperar del mundo exterior y de la medida en que se incline a independizarse de ?ste; por fin,
tambi?n de la fuerza que se atribuya a s? mismo para modificarlo seg?n sus deseos.?(11)

La frustraci?n a la que se ve sometido el individuo, por la imposibilidad de encontrar
la felicidad (donde, sin duda, no se encuentra), lo lleva ?como pudimos ver? a un alejamiento
de la realidad que podr?a decirse que es como un idealismo pr?ctico. Esta situaci?n frustrante
causa angustia, tristeza y un ?torturante malestar?. El psicoanalizado se convierte ?por miedoa esta realidad que considera siempre hostil y amenazante? en un ?peque?o idealista?(12) y, de esta manera, puede cumplir sus deseos e imponer su voluntad con una construcci?n ficticia, irreal.

2. Refutaci?n de Santo Tom?s de Aquino

El Ang?lico, tomando la autoridad de San Agust?n, dice que todos los hombres
apetecen el fin ?ltimo que es la felicidad. En cuanto a la noci?n general, todos concuerdan en
desear este fin, que es el cumplimiento de su perfecci?n, el bien que sacia y satisface
plenamente su voluntad. Pero en la situaci?n concreta de cada persona, no todos est?n de
acuerdo: unos desean las riquezas, otros los placeres y otros, otras cosas. Porque algunos
ignoran en que cosa consiste la beatitud. Luego los diversos modos de vida se explican por el
objeto en que cada uno pone su felicidad, pues el fin estructura toda la personalidad y domina
los afectos, instaurando las normas para la propia vida. Y as? afirma el Aquinate: ?No es
preciso que uno piense en el ?ltimo fin siempre que algo desea o ejecuta, pues la eficacia de la
primera intenci?n, que es respecto del fin ?ltimo, contin?a en el deseo de cualquier otra cosaaun cuando no se piense actualmente el fin ?ltimo;?(13)

As?, Santo Tom?s recorre los diversos bienes que puede apetecer el hombre y en los cuales no puede radicar la felicidad o bienaventuranza: las riquezas, la fama, los honores, el
poder, los bienes del cuerpo, el placer, los bienes del alma, los bienes creados. Porque la
felicidad debe tener car?cter de fin ?ltimo y supremo bien, al cual se ordena el hombre por
principios interiores, sin sombra de mal, plenamente saciativo por lo cual una vez logrado, no se desee nada m?s, porque aquieta todo apetito. En fin, la felicidad debe ser ?el bien perfecto y suficiente? del hombre.(14) De esto se deduce que en esta vida no pueda alcanzarse la perfecta beatitud, pero puede tenerse una participaci?n, que es la felicidad imperfecta.

En relaci?n a la posici?n freudiana que hemos analizado, hay que aclarar primeramente que, si bien la delectaci?n es un accidente propio de la felicidad, es consecuencia de ella o de alguna parte, pero no su esencia. El deleite, que es apetecible por ser reposo en el bien deseado, se da por un bien conveniente. Dice Santo Tom?s: ?En el mismo grado en que todos apetecen los deleites, desean el bien; pero los deleites se apetecen por el bien y no a la inversa,?(15).

El placer corporal ni siquiera puede ser consecuencia de la felicidad, porque sigue a un
bien que persigue el sentido, que es potencia del alma que usa del cuerpo. Y si el placer es
causado porque los sentidos perciben un bien conveniente al cuerpo, el placer corporal no s?lo
no es la felicidad, sino tampoco un accidente de ella; porque el bien del cuerpo no puede ser el
bien perfecto del hombre, pues es m?nimo en comparaci?n con el alma.(16)

A diferencia de la verdadera felicidad que sacia y no se desea nada m?s, los bienes
creados muestran su propia insuficiencia e imperfecci?n; por eso cuando se pone en ellos el
fin ?ltimo, dejan una profunda insatisfacci?n por la cual se busca desordenadamente siempre
m?s, a la vez que se los deteriora, porque se les exige lo que ellos mismos no pueden dar. ?Y
es que s?lo merece ser llamado fin ?ltimo el bien perfecto que llena por entero todo apetito.?(17)

S?lo Dios puede colmar la voluntad humana, de manera que no puede desearse nada m?s;
s?lo en Dios, en la visi?n de Dios, est? la felicidad. ?En conclusi?n, para la perfecta beatitud se requiere que el entendimiento alcance la misma esencia de la causa primera. De esta suerte lograr? la perfecci?n por la uni?n con Dios, como su objeto, en el cual ?nicamente est? la bienaventuranza del hombre,?(18)
Santo Tom?s, siguiendo a Arist?teles, dice que los deleites extra?os impiden ciertas
operaciones. Se refiere aqu? a las delectaciones propias del acto de la raz?n (cuando
contemplamos o razonamos), y a los deleites corporales que impiden el uso de la misma. El
Ang?lico menciona tres razones:

1) por la distracci?n, pues si el placer es grande ?privar? por completo del uso de la raz?n?, dirigiendo hacia s? toda la atenci?n, o al menos la entorpecer? considerablemente;

2) por la contrariedad, porque ciertos placeres excesivos son contrarios al orden racional; y

3) por una cierta sujeci?n, pues al deleite corporal se siguen perturbaciones
corporales que impiden el uso de la raz?n.(19)

Vemos claramente c?mo aquellos que ?siguiendo los principios psicoanal?ticos? buscan vehementemente el placer, no s?lo frustran sus expectativas porque no encuentran la felicidad ansiada, sino que obnubilan su raz?n, haci?ndose incapaces de buscarla correctamente, lo cual acarrea nuevas frustraciones y angustias. Por otro lado, dice Santo Tom?s, que el dolor debilita o impide toda operaci?n, de manera que la persona apesadumbrada se inmoviliza, se paraliza en su despliegue personal.

El dolor y la tristeza (por el mal que ?seg?n Freud? vivimos de la realidad hostil) son
?seg?n el Aquinate? contrarios al deleite. La delectaci?n agranda el alma, dilata el afecto,
mientras que la tristeza y angustia, la angosta. Afirma Santo Tom?s: ?Y el temor y la ira
causan grav?simo da?o corporal por su uni?n con la tristeza a causa de la ausencia del objeto
que se desea. Y aun la tristeza misma priva en ocasiones de la raz?n, como se ve en aquellos
que por causa del dolor se vuelven melanc?licos o mani?ticos.?(20) Se refiere no s?lo a las
enfermedades corporales sino, principalmente, a las ps?quicas graves (con privaci?n del uso
de la raz?n y hasta organicidad), porque en las pasiones del alma, la alteraci?n corporal que es
lo material, guarda proporci?n al apetito, que es lo formal.(21)

Podemos concluir entonces, que el psicoan?lisis (que se propone un objetivo pr?ctico:
una psicoterapia que cambie el fin y el operar de las personas) con los principios que sustenta,
sumerge a sus seguidores en la enfermedad mental. Equivocar el objeto de la felicidad, no
?dar en el blanco? con el fin ?ltimo del hombre, es condenarlo al eterno error y a todos los
sufrimientos que esto conlleva.


3. M?s all? del Psicoan?lisis, un problema moderno

Reconocidos fil?sofos modernos y contempor?neos ?que Freud hab?a estudiado profundamente en sus cursos con Brentano? se enfrentaron al catolicismo y a los valores vividos en la Europa medieval, en la cual nuestro santo Doctor alcanz? el m?s alto grado de perfecci?n.

Si bien desde el punto de vista filos?fico el pensamiento psicoanal?tico es muy elemental, no podemos desconocer el desproporcionado ?xito que ha alcanzado en la cultura contempor?nea; y, en parte, gracias a la difusi?n dada por los mismos cristianos con su ense?anza en los ?mbitos acad?micos, sobre todo en aquellos a los que se les reconoce autoridad por ser cat?licos.

Pero m?s all? de sus graves errores y de su inexplicable triunfo en gran parte del
mundo occidental y cristiano, no podemos dejar de considerarlo un paradigma en cuanto a la
gran ignorancia del hombre actual sobre su fin ?ltimo y el objeto de la felicidad.

Explica Santo Tom?s que el concepto de fin tiene dos sentidos: uno, el objeto mismo que deseamos alcanzar, que es Dios, y otro que se refiere a la posesi?n, uso o fruici?n de lo que se desea.(22) La bienaventuranza es la perfecci?n ?ltima del hombre, una operaci?n por la que se une la mente con Dios, y es una, cont?nua y sempiterna. Como arriba dijimos, en la vida presente no se puede alcanzar la beatitud perfecta, pero existe una felicidad participada en mayor medida en cuanto sea m?s continuada y una. Por eso en la vida contemplativa, la cual versa sobre la contemplaci?n de la verdad, hay m?s participaci?n de la felicidad que en la activa que es m?s dispersa.(23)

La esencia de la felicidad consiste en un acto del intelecto, y a la voluntad le pertenece
el deleite consiguiente, por eso dice San Agust?n que es el ?gozo de la verdad? (gaudium de
veritate). Concluye el Ang?lico: ?la ?ltima y perfecta bienaventuranza que esperamos en la
vida futura consiste toda principalmente en la contemplaci?n. Mas la beatitud imperfecta, cual
en esta vida puede alcanzarse, consiste principalmente en la contemplaci?n, secundariamente en la actividad del entendimiento pr?ctico, que impone el orden en las acciones y pasiones humanas, como dice el Fil?sofo.?(24)

Sin lugar a dudas existe tambi?n la delectaci?n en la beatitud, causada por el apetito
que reposa en el bien alcanzado, pero la operaci?n intelectiva es m?s importante. Porque el entendimiento percibe la noci?n universal de bien, de cuya posesi?n sigue el deleite; por eso
se propone de modo principal el bien m?s que la delectaci?n.(25)

Para la bienaventuranza se requiere la rectitud de la voluntad; no se puede alcanzar el
fin, si no se ordena a ?l. Justamente, la ley evang?lica orden? esta voluntad: en sus actos
exteriores que son los preceptos morales que pertenecen a la esencia de la virtud; pero
principalmente orden? los movimientos interiores que se refieren a s? mismo y al amor al
pr?jimo.(26) Por eso tambi?n en la felicidad imperfecta (la que se da en esta tierra) hay paz
interior y exterior, porque se va ordenando toda la personalidad y las relaciones sociales,
alejando los obst?culos que perturban el camino al fin ?ltimo. Pero adem?s, la ley nueva
propone consejos ?para los que tienen aptitud? que ?versan acerca de aquellas cosas mediante
las cuales el hombre puede mejor y m?s f?cilmente conseguir ese fin.?(27)

Hemos visto c?mo Freud ataca y rechaza especialmente los preceptos que ordenan la vida interior y su relaci?n con los dem?s, y que son absolutamente necesarios para dirigirse al fin.

Pero no s?lo existen los hombres que equivocan el camino por ignorancia, tambi?n vemos a muchos que ?conservando vestigios de la cultura cristiana? conocen el fin ?ltimo del
hombre, saben que reside en la contemplaci?n de Dios, pero viven ?como si? no lo supieran.

Ponen sus afanes en cosas terrenales, y buscan con enmascarada vehemencia la felicidad en
bienes creados. Se dispersan en el activismo de la vida moderna o se concentran para lograr
sus fines aparentes.

Las consecuencias son tanto o m?s graves que las que acontecen en los ignorantes, porque escinden profundamente su personalidad (que es causa de patolog?as ps?quicas) y, como dice Santo Tom?s, el hombre se entristece por no tener unidad, porque ?el bien de cada ser consiste en cierta unidad, por lo mismo que cada ser tiene en s? unidos los elementos constitutivos de su perfecci?n. (...) De ah? que todos naturalmente apetezcan la unidad,?.(28)

Y es as? como nos encontramos con cristianos apesadumbrados, tristes, frustrados, sumidos en ?incomprensibles? angustias, atemorizados por la posible p?rdida de bienes terrenos en los que han puesto sus esperanzas.

Los bienes mundanos no deben impedir el orden a la felicidad perfecta. Dice e Ang?lico que ?no es l?cito esperar bien alguno como ?ltimo fin, fuera de la bienaventuranza eterna, sino s?lo como ordenado a este fin de la beatitud,?(29) Porque entonces surge el temor mundano, que es malo, pues nace del amor mundano, el cual teme perder lo temporal que ama, y que realmente ?al no poder durar para siempre? alg?n d?a perder?.
Es entonces necesario el desapego de las cosas creadas, la pobreza de esp?ritu y la
virtud de la esperanza por la cual no s?lo esperamos el bien de la vida eterna, sino que nos
apoyamos en el auxilio de Dios para conseguirlo.(30)

Para vencer la ignorancia y mover los corazones vino Cristo, y la cultura europea ?que
niega sus ra?ces? ha tenido un papel muy importante en la historia de la Evangelizaci?n.
Ahora, nuestra cultura est? enferma (bien llamada ?cultura de la muerte?); los hombres est?n enfermos, y no s?lo de un leve ?malestar?, han perdido el uso de la raz?n. Y vemos que la ra?z m?s profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios (31), pues s?lo la fe es la fuerza purificadora de la raz?n(32).

Dec?a S.S. Juan Pablo II que el hombre ?es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura
a la que pertenece.?(33) Por eso frente a la infelicidad, la enfermedad que aqueja a gran cantidad de personas de nuestra ?poca, tenemos una grave responsabilidad. Hay que ?hacer todo lo que est? en nuestras manos con las capacidades que tenemos, es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno de Jesucristo: ?Nos apremia el amor de Cristo? (2 Co 5,14)?.(34)



Notas

1 Nietzsche confi? el cumplimiento de su proyecto de transformaci?n de la moral a un m?dico-fil?sofo.
Cfr. Friedrich NIETZSCHE La gaya ciencia, Madrid 1984, 24.
2 Freud cita la frase de Hobbes, pero no dice a quien pertenece.
3 Sigmund FREUD El malestar de la cultura, en Obras completas, traducci?n directa del alem?n Luis
L?pez-Ballesteros y de Torres, tomo III, Madrid 19814, 3045.
4 Ibidem, 3048.
5 Ibidem, 3025.
6 Ibidem, 3025.
7 El mismo Freud consum?a coca?na.
8 Ibidem, 3026.
9 Ibidem, 3026.
10 Ibidem, 3028.
11 Ibidem, 3029.
12 Esta expresi?n es de Ignacio ANDEREGGEN en Teor?a del conocimiento moral. Lecciones de
Gnoseolog?a, Buenos Aires 2006, 331. Dice expl?citamente, Ibidem 328: ?el psicoan?lisis es una
forma popular de idealismo.?
13 S. Th. I-II q. 1 a. 6 ad 3.
14 S. Th. I-II q. 5 a. 2 arg 3 y a.4 corpus.
15 S. Th. I-II q. 2 a. 7 ad 3.
16 S. Th. I-II q. 2 a. 6: Si la bienaventuranza del hombre consiste en el placer.
17 S. Th. I-II q. 2 a. 7 corpus.
18 S. Th. I-II q. 3 a. 8 corpus.
19 Cfr. S. Th. I-II q. 33 a. 3 corpus.
20 S. Th. I-II q. 37 a. 4 ad 3.
21 Cfr. S. Th. I-II q. 37 a. 4 corpus.
22 Cfr. S. Th. I-II q 3 a. 1 corpus.
23 S. Th. I-II q. 3 a. 3 corpus.
24 S. Th. I-II q 3 a. 5 corpus.
25 Cfr. S. Th. I-II q 4 a. 2 ad 2.
26 Cfr. S.Th. I-II q. 108 a. Cfr. S.Th. I-II q. 108 a. 3 corpus.
27 S.Th. I-II q. 108 a. 4 corpus.
28 S. Th. I-II q. 36 a. 3 corpus.
29 S. Th. II-II q. 17 a. 4 corpus.
30Cfr. S. Th. II-II q. 17 a. 2 corpus.
31 Cfr. S.S. Benedicto XVI Carta Enc?clica Deus caritas est, Roma 2005, n? 31.
32 Cfr. S.S. Benedicto XVI Carta Enc?clica Deus caritas est, Roma 2005, n? 28.
33 Cfr. S.S. Juan Pablo II Carta Enc?clica Fides et ratio, Roma 1998, n? 71.
34 S.S. Benedicto XVI Carta Enc?clica Deus caritas est, Roma 2005, n? 35.

Publicado por mario.web @ 9:38
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