Lunes, 28 de marzo de 2011
La mujer consagrada cuenta con el carisma como un instrumento en sus manos, no s?lo para santificarse, sino para santificar muchas almas. ?Seguir?s siendo ego?sta y reserv?ndote ese don s?lo para ti misma?
?
No seas ego?sta
No seas ego?sta
Planteamiento del presente art?culo.

El periodo de la renovaci?n de la vida consagrada ha tra?do a la Iglesia una bocanada de aire fresco, permitiendo a todos, religiosos y laicos, participar de una nueva primavera. Como todo nacimiento, los dolores del parto no se han dejado sentir, y si bien ha habido momentos oscuros o dif?ciles en esta etapa, no podemos menos que alegrarnos al ver surgir por todas partes nuevas iniciativas con un renovado esfuerzo por hacer vida lo proclamado por los padres conciliares. Son ya 40 a?os que han pasado desde que los primeros documentos del Vaticano II comenzaron a llenar de esperanza y aliento la vida de los fieles cristianos y es ahora cuando comenzamos a cosechar los primeros frutos.

La apertura de la mujer consagrada al mundo, sugerida por el decreto Perfectae Caritatis , no ha ca?do en tierra est?ril. Son muchas, profundas y de gran envergadura las obras que las mujeres consagradas han puesto en marcha para acercarse al hombre de hoy, conocer sus problemas, y desde sus posibilidades, dar una respuesta v?lida y duradera. Tal parece que tambi?n los seglares se han abierto al llamado que les hac?a la constituci?n dogm?tica Lumen Gentium para responder con iniciativas propias en la construcci?n de la Iglesia, tomando conciencia de su misi?n como ap?stoles dentro del mundo. Ha sido tan profunda esta experiencia y se ha dado una simbiosis tan grande entre laicos y religiosas, que el mismo Papa Juan Pablo II la ha hecho notar en la exhortaci?n apost?lica post-sinodal Vita consecrata: ?En continuidad con las experiencias hist?ricas de las diversas ?rdenes seculares o Terceras ?rdenes, se puede decir que se ha comenzado un nuevo cap?tulo, rico de esperanzas, en la historia de las relaciones entre las personas consagradas y el laicado.?

A este despertar nuevo de la colaboraci?n que las mujeres consagradas pueden prestar a los hombres y mujeres del Tercer Milenio, podr?amos a?adir un despertar quiz?s m?s profundo, como es el descubrimiento o la renovaci?n del carisma, suscitado tambi?n por el decreto antes mencionado . Muchas congregaciones, con la invitaci?n que hac?a el mismo decreto a revisar y adecuar las Constituciones, han realizado una labor encomiable al descubrir, en muchos casos por primera vez, la centralidad, la originalidad y la riqueza de su carisma.

Este fen?meno que se est? dando en la Iglesia, la apertura a los laicos por parte de las congregaciones femeninas y el descubrimiento, revalorizaci?n o renovaci?n del carisma, est? originando en la Iglesia y en muchas congregaciones un movimiento por servir mejor a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, apoy?ndose en el carisma de la congregaci?n, tal y como lo sugiere Juan Pablo II: ?Debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos han llegado a la convicci?n de que su carisma puede ser compartido con los laicos. Estos son invitados por tanto a participar de manera m?s intensa en la espiritualidad y en la misi?n del Instituto mismo.?

Sin pretender ser exhaustivos en este art?culo, nuestro objetivo ser? el sugerir algunas directrices que puedan servir de ayuda en el trabajo emprendido por muchas congregaciones femeninas que se sientan llamadas por la voz del Esp?ritu a compartir los dones que han recibido para bien de la Iglesia, aplicando lo sugerido por el Concilio y renovado por Juan Pablo II: ?Adem?s, el mismo Esp?ritu Santo no solamente santifica y dirige al Pueblo de Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que "distribuye sus dones a cada uno seg?n quiere" (1Cor., 12,11), reparte entre los fieles de cualquier condici?n incluso gracias especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovaci?n y una m?s amplia edificaci?n de la Iglesia seg?n aquellas palabras: "A cada uno se le otorga la manifestaci?n del Esp?ritu para com?n utilidad" (1Cor., 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los m?s sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y ?tiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo.? ?Con este amor de predilecci?n a los m?s peque?os contagiad a todos aquellos con los que os encontr?is, en particular a los laicos que piden compartir vuestro carisma y vuestra misi?n. Estad siempre dispuestos a escuchar las nuevas llamadas del Esp?ritu, tratando de descubrir, junto con los pastores de las Iglesias particulares donde est?is llamados a vivir, las urgencias espirituales y misioneras del momento actual.?

Fijaremos las rutas de partida, para despu?s centrarnos en una definici?n del carisma y finalizar con algunas pautas que puedan ayudar a la concretizaci?n la participaci?n del carisma por parte de los laicos.


a. Base de partida falso.
No es dif?cil que las congregaciones femeninas y la mujer consagrada puedan caer en la tentaci?n de compartir el carisma con los laicos por temor a quedarse sola. Frente a la disminuci?n de las vocaciones (aunque m?s apropiadamente habr?a que hablarse de p?rdida de esperanza en las vocaciones), y al envejecimiento de la congregaci?n originada por la edad avanzada de la mayor?a de sus miembros, podr?a asaltarle la tentaci?n de compartir con algunos laicos el carisma, de forma que se asegure la vida del Instituto o de la Congregaci?n a lo largo del tiempo.

Es ?ste un punto de partida falso pues esconde subrepticiamente una visi?n distorsionada de la realidad en donde la esperanza no tiene cabida. Esconde tambi?n una visi?n pesimista de la vida consagrada pues se la considera decadente, en crisis o sin futuro. Prescinde igualmente de un sentido espiritual de la misi?n del Instituto o de la Congregaci?n, equipar?ndola a una labor meramente humana. Trasluce una visi?n horizontalista del trabajo apost?lico, equipar?ndolo con un trabajo que puede ser realizado por cualquier persona, perdiendo su sentido salv?fico y su valor carism?tico.

Es ?ste un planteamiento de algunas mujeres consagradas que no ven salida a los problemas de la congregaci?n y tratan de encontrar en los laicos una descarga y una soluci?n a sus angustias. No es ?sta la visi?n de la Iglesia y del magisterio sobre la participaci?n del carisma con los laicos.

a. .Base de partida verdadero.
Muy distinta es la postura de la mujer consagrada que arde de amor por sus pr?jimos y quiere donarse a ellos. ?La vida consagrada debe convertirse en custodia de un patrimonio de vida y belleza capaz de saciar toda sed, vendar toda llaga y ser b?lsamo para toda herida, colmando todo deseo de alegr?a y de amor, de libertad y de paz.?

Por una reflexi?n constante, unida a la meditaci?n y a la oraci?n, la mujer consagrada se da cuenta, casi simult?neamente de dos realidades que la sobrepasan. Por un lado el gran amor que Dios le tiene a ella y que de alguna manera ella quiere devolver. Y por otro, las inmensas necesidades de los hombres. Son como dos caras de una misma moneda. El amor de Dios hacia ella se presenta no como un regalo, sino como un don que debe valorar y compartir. Es tan grande y tan completo el don recibido que no puede qued?rselo para ella sola. Se siente impelida a compartirlo.

Retomando nuestra reflexi?n inicial, la apertura que el Concilio ha venido a traer a los laicos y a la vida consagrada, ha permitido a la mujer consagrada hacerse part?cipe en primera persona de la situaci?n del mundo. No desconoce ya la situaci?n de millares de hombres y mujeres que pasan necesidades f?sicas, materiales o espirituales. Y lo m?s importante: las ha hecho suyas. Este conocimiento experiencial de la realidad la debe llevar a buscar desde su carisma, desde su espiritualidad una respuesta satisfactoria a todas estas necesidades.

De esta manera, la tarea de compartir el carisma con los laicos se expresa como un don, no como un refugio o una tabla de salvaci?n, como mencion?bamos en el inciso precedente. No busca en los laicos una prolongaci?n en el tiempo de la vida del Instituto o de la Congregaci?n, sino que ve en ellos a miembros del Cuerpo m?stico que est?n necesitados de una espiritualidad rica y profunda para avanzar por las v?as de la santidad. Y se da cuenta que lo que ella vive, lo que ella respira d?a a d?a, el carisma, puede, con las adaptaciones adecuadas, ser el agua, el b?lsamo, el aire que estas personas est?n necesitando .


2. ?Qu? es el carisma

No podemos pasar adelante sin clarificar, aunque sea de una manera sucinta y breve, lo que entendemos por carisma. Si la consagrada est? llamada a ayudar a los laicos con el carisma de la Congregaci?n, debemos centrarnos primeramente en delinear los elementos que constituyen el carisma.

El origen de todo carisma lo es el Esp?ritu. As? lo explica la Lumen Gentium en el n?mero 4: ?El Esp?ritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1Cor., 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de la adopci?n de hijos (cf. Gal., 4,6; Rom., 8,15-16,26). Con diversos dones jer?rquicos y carism?ticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cf. Ef., 4, 11-12; 1Cor., 12-4; Gal., 5,22), a la que gu?a hac?a toda verdad (cf. Jn., 16,13) y unifica en comuni?n y ministerio.?

Encontramos aqu? algunos elementos esenciales que nos iluminan en nuestra investigaci?n. El carisma se da en primer lugar en la Iglesia y es otorgado por el Esp?ritu santificador para ayudarla en su tarea de guiar a todos hacia la verdad. El carisma ya ven?a definido por San Pablo como ?un don particular de la gracia divina operado en el creyente por parte del Esp?ritu Santo para la utilidad com?n de la Iglesia. Se trata de un neologismo que Pablo utiliza 16 veces en sus cartas: Rm 1, 11: 5, 15.16; 6, 23; 11, 29; 12,6; 1Cor 1, 7; 7,7; 12,4; 12, 9.28.30.31; 2Cor 1, 11; 1Tm 4, 14; 2Tm 1, 6.?

Carisma ser? por tanto esa gracia que Dios da a una persona para un servicio particular en la Iglesia. Este servicio particular en la Iglesia no queda reducido a un tipo de personas. San Pablo no especifica los destinatarios de tal don. Se refiere siempre a la Iglesia en general. En sus cartas, si bien tiene como destinatarios a los miembros de la Iglesia establecida en una localidad, no hace distinci?n de miembros: los dones del Esp?ritu son para beneficio de todos. De aqu? se desprende la necesidad de que la mujer consagrada considere que el carisma que ha recibido de su Fundador no es patrimonio exclusivo de su Instituto o Congregaci?n, que no es utilizable s?lo para las religiosas que a ?l pertenecen.

El carisma no se reduce l?gicamente a la formulaci?n de una frase que sintetice el don recibido. Podr?amos ayudarnos del Derecho can?nico que en el canon 578 da una definici?n que puede venir en nuestro auxilio: ?Todos han de observar con fidelidad la mente y prop?sitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesi?stica competente, acerca de la naturaleza, fin, esp?ritu y car?cter de cada instituto, as? como tambi?n sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del instituto.? De aqu? que la mente, los prop?sitos, la naturaleza, el fin, el esp?ritu, el car?cter y las sanas tradiciones comprenden o forman parte del carisma. Como realidad espiritual, es dif?cil englobar el carisma en una definici?n. Somos constre?idos a estudiar todos y cada uno de estos elementos para perge?ar lejanamente lo que es el carisma.

Por lo que no dudamos en afirmar que quien mejor puede definir el carisma es la vida de una mujer consagrada, especialmente si esta vida se apega a lo trazado para ella en las Constituciones. La vida, las obras de la Congregaci?n, la labor que una mujer consagrada realizada de acuerdo a la mente de su Fundador/a, constituyen los elementos del carisma, de los cu?les podr? servirse para ayudar a los laicos.



3. Necesidades actuales de los laicos.

No basta vivir y conocer el carisma para transmitirlo a los laicos. Hay que conocer y comprender el mundo de los laicos para saber c?mo y en qu? medida se puede aplicar el carisma a sus realidades.

Err?neamente podr?a pensarse que la mujer consagrada que quiera transmitir y compartir el carisma de cu congregaci?n con los laicos deber?a salir de s? misma y lanzarse a nuevas fronteras, tal como ha sido la experiencia de algunos Institutos y Congregaciones . Sin embargo no es necesario innovar ni refundar nada. Tan solo basta con aplicarse fielmente a la vivencia del carisma. El carisma, entendido como el patrimonio espiritual de cada Instituto y Congregaci?n religiosa, la lleva por s? misma a encontrarse todos los d?as con hombres y mujeres laicos. La labor que realizan en el campo de la educaci?n, la asistencia sanitaria, la animaci?n parroquial, la presencia en los medios de comunicaci?n social y tantos otros, la llevan a ponerse en contacto con las necesidades de todos los hombres. No debe perderse por tanto en conocer las realidades de los hombres, cuando ?stas se le hacen presente mediante el carisma de su consagraci?n.

La ?nica lectura que tendr? que hacer ser? la lectura del coraz?n, para ver con los ojos del alma las necesidades interiores y profundas de todos los hombres. Si bien es cierto que el carisma la pondr? de frente a diversas necesidades, si es una mujer que en verdad cree y vive el carisma, se dar? cuenta que cada encuentro con los hombre que el carisma le permite tener, no podr? ser un encuentro fortuito, sino un encuentro guiado y querido por la Providencia. Bajo esta visi?n, que es la visi?n de fe y de esperanza, se dar? cuenta de la gran necesidad que tienen los hombres de su testimonio como mujer consagrada. ?Los hombres de nuestro tiempo a veces se han empobrecido tanto interiormente, que ni siquiera son capaces de darse cuenta de su pobreza. Nuestra ?poca nos pone ante formas de injusticia y explotaci?n, ante prevaricaciones ego?stas de personas y de grupos, que resultan inauditas. De aqu? deriva que en muchos se produzca el "oscurecimiento de la esperanza" del que habl? en la exhortaci?n apost?lica Ecclesia in Europa (cf. n. 7). En esta situaci?n, los consagrados y las consagradas est?n llamados a dar a la humanidad desorientada, cansada y sin memoria, testimonios cre?bles de la esperanza cristiana, "haciendo visible el amor de Dios, que no abandona a nadie", y ofreciendo "al hombre desorientado razones verdaderas para seguir esperando" (ib., 84). "Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo" (1 Tm 4, 10).?

Por lo tanto, m?s que perderse en estudios antropol?gicos, sociol?gicos o psicol?gicos, la mujer consagrada deber? aprender a ver las realidades de los hombres bajo la luz de su carisma. ?Es un testimonio espl?ndido y variado, en el que se refleja la multitud de dones otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras que, abiertos a la acci?n del Esp?ritu Santo, han sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de un modo clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco. Siguiendo sus huellas muchas otras personas han tratado de encarnar con la palabra y la acci?n el Evangelio en su propia existencia, para mostrar en su tiempo la presencia viva de Jes?s, el Consagrado por excelencia y el Ap?stol del Padre. Los religiosos y religiosas deben continuar en cada ?poca tomando ejemplo de Cristo el Se?or, alimentando en la oraci?n una profunda comuni?n de sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11), de modo que toda su vida est? impregnada de esp?ritu apost?lico y toda su acci?n apost?lica est? sostenida por la contemplaci?n.? Para ello deber? llenar primero su coraz?n del carisma, para despu?s participarlo a los dem?s.


4. Llenar el coraz?n para colmar el vac?o del laico.

A primera vista podr?a pensarse que los laicos participan en el carisma desde el momento en que toman contacto en alguna de las obras puestas en pie por la Congregaci?n. Se participa del carisma cuando se habla con una religiosa y su conversaci?n traspira el esp?ritu de las Constituciones, que es el esp?ritu del Fundador. Participa del carisma el laico que ayuda en la consecuci?n material o espiritual de las obras m?s caracter?sticas de una Congregaci?n. Quien asiste a una funci?n religiosa, un grupo de oraci?n o un retiro bajo los auspicios de una orden religiosa, participa tambi?n del carisma de la Congregaci?n.

Pero estas participaciones podr?an ser accidentales y no ir al fondo de los laicos, es decir, a sus necesidades m?s profundas. De alguna manera esta visi?n no se sacude la idea pre-conciliar de ver a los laicos como cat?licos de segunda clase, a los que les basta tan s?lo un poco de espiritualidad para cumplir con sus compromisos con la Iglesia. Es ver a?n a los laicos comoni?os espirituales que nunca crecer?n.

La visi?n del Papa y del Magisterio es diametralmente opuesta. Desde el aldabonazo que supuso la Lumen Gentium, hasta la invitaci?n incesante de Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte, el magisterio no ha dejado de remachar la idea fundamental de la llamada de todos, laicos incluidos, hacia la santidad. ?En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. ?Acaso no era ?ste el sentido ?ltimo de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente?? Y es el mismo Juan Pablo II quien nos da las claves par que los laicos alcancen dicha santidad: la oraci?n, la Eucarist?a dominical, el sacramento de la reconciliaci?n, la primac?a de la gracia, la escucha de la Palabra y el anuncio de la Palabra.

Resulta ciert?simo que el carisma de una congregaci?n, con todo aquello a lo que se refiere su patrimonio espiritual, encierra en s? mismo la posibilidad de ayudar a que los laicos que se acercan de una u otra manera a la Congregaci?n, alcancen el status de cat?licos maduros, es decir, de santos. Basta tan s?lo que la mujer consagrada, tenga la suficiente fe y esperanza en su carisma para desplegar innumerables iniciativas que favorezcan la santidad de estas personas, siguiendo nuevamente lo que dec?a Juan Pablo II: ?Es la hora de un nueva ? imaginaci?n de la caridad ?, que promueva no tanto y no s?lo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno.? La ayuda que muchos hombres y mujeres esperan de la consagrada no es tan s?lo la ayuda material, sino el subsidio espiritual que les ayude a encontrar certezas en la vida. Subsidios que bien pueden englobarse en medios que sirvan para que los laicos aprendan a orar, asistan al precepto dominical, se acerquen al sacramento de la confesi?n, aprendan a vivir en amistad con Dios y sepan escucharlo y transmitirlo.

Las iniciativas son m?ltiples y v?lidas, siempre desde el propio carisma. Pienso por ejemplo en la ayuda preciosa que una mujer consagrada puede dar tan s?lo acompa?ando espiritualmente el camino de ni?os, j?venes y adultos que pasen a su lado. Como base para esta serie de iniciativas que deben florecer en toda mujer consagrada, esta su fidelidad y su amor al carisma. Conocer, asimilar y transmitir el carisma se convertir?n en un programa tem?tico para las mujereas consagradas del Tercer Milenio que quieran ?reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.?

No es una tarea f?cil. Requiere dejarse a s? misma para que aparezca s?lo el carisma en la vida de la mujer consagrada. No hay recetas, ni caminos cortos, ni varitas m?gicas. Es necesaria la mortificaci?n y un gran amor al pr?jimo. Quiz?s pudiera resultar de ayuda las palabras de Mons. Rod? en el ?ltimo Congreso sobre la Vida Consagrada: ?De plus, dans cette perspective, le chemin du renouvellement ne sera jamais un retour pur et simple aux origines, mais une reprise de la ferveur des origines, de la joie du commencement de l?exp?rience pour une r?-appropriation inventive du charisme. Un rapport plus ouvert et plus libre aux origines se traduit par une vraie croissance et un progr?s dans la compr?hension et la mise en ?uvre du don de l?Esprit qui a donn? naissance ? une famille de vie consacr?e.?

El reto es m?ltiple y variado. Las oportunidades asaltan la puerta todos los d?as. ??Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un oc?ano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarn? hace dos mil a?os por amor al hombre, realiza tambi?n hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran coraz?n para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos.? La mujer consagrada cuenta con el carisma como un instrumento en sus manos, no s?lo para santificarse, sino para santificar muchas almas. ?Seguir?s siendo ego?sta y reserv?ndote ese don s?lo para ti misma? Recordemos con Fabio Ciardi, el experto sobre el carisma: ?Debemos tener constantemente presente que cada carisma ha sido dado para la vida del mundo. Tanto la contemplaci?n como la evangelizaci?n, el servicio a los pobres, la ense?anza, tienen como ?ltimo referente a la humanidad. Esta misma humanidad por la cual el Hijo de Dios ha venido y ha dado su vida.?

Publicado por mario.web @ 19:43
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