Lunes, 28 de marzo de 2011
?la mujer consagrada corre el peligro de olvidarse de s? misma. De su propia formaci?n
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Formarse para Transformarse
Formarse para Transformarse
El inicio de las actividades sociales y escolares en buena parte del hemisferio norte, permite a las mujeres consagradas programar las distintas actividades que deben llevarse a cabo durante el periodo que inicia. Quien en la catequesis parroquial, quien en la pastoral juvenil, quien en la escuela, inicia no sin trepidaci?n un a?o que se abra con esperanzas, dudas y temores.

No es la experiencia muchas veces maestra de vida, y menos en un mundo que cambia constantemente. Los m?todos deben renovarse, los conceptos perennes deben ser aplicados a las nuevas situaciones y todo ello obliga a una constante renovaci?n, una formaci?n constante. Bienvenidos los cursos que permiten a la mujer consagrada ponerse al d?a en el manejo de las ?ltimas tecnolog?as de la educaci?n o conocer la situaci?n de los j?venes, de la familia, de la tercera edad para as? ayudar mejor a quien debe ser evangelizado.

Y en este ir y venir de actividades que llegan muchas veces a la febrilidad ?no debemos olvidar la grave situaci?n por la que pasa la vida consagrada, especialmente en Europa- la mujer consagrada corre el peligro de olvidarse de s? misma. De su propia formaci?n. ?Temo a los hombres que hablan mucho de Dios pero que hablan poco con Dios? podr?a ser la admonici?n contra las mujeres consagradas que se disponen a organizar todo menos su propia vida. El Concilio Vaticano II ha significado para muchas congregaciones el renacer a una nueva vida. Sacudidas por la invitaci?n de los padres sinodales que invitaban a ?(promover) entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apost?lico, puedan prestar a los hombres una ayuda m?s eficaz? , y despu?s del vendaval de la desorientaci?n aportada por quienes interpretaban en forma insuficiente el mismo Concilio, ahora que la serenidad vuelve a la vida consagrada, las mujeres consagradas se lanzan a la evangelizaci?n a trav?s de los lugares en que la obediencia las ha destinado. Saben que el mundo las necesita y quieren dar su aportaci?n desde el propio carisma.

La mujer consagrada debiera tambi?n programar sus actividades personales de este a?o social. Y no nos referimos a las actividades que ella debe organizar o intervenir, sino a las actividades de su mundo interior. Llamada a ser faro de luz para muchos hombres y mujeres de un siglo convulso, debe alimentar esta luz. De lo contrario surge ?la debilitaci?n de la vida consagrada, que no consiste tanto en la disminuci?n num?rica, sino en la p?rdida de la adhesi?n espiritual al Se?or y a la propia vocaci?n y misi?n.?

Para ello debe recordar que se encuentra en un proceso constante y continuo de formaci?n y de conversi?n. No es posible en nuestros d?as, tan dif?ciles y apasionantes, vivir de rentas, es decir, vivir por lo que se aprendi? o se asimil? en las etapas de la formaci?n inicial. Si el Concilio Vaticano II urg?a a la vida consagrada a la formaci?n permanente, no lo hac?a como una moda o postura infundada. Se daba cuenta que para evangelizar el mundo de hoy es necesario contar con personas preparadas que pudieran responder a los retos de los tiempos actuales. No bastaba ya con las solas buenas intenciones. Era necesario entender al mundo y desde el plano espiritual, desde el mismo carisma, dar una respuesta adecuada a los nuevos retos. Y esto s?lo podr?a lograrse mediante lo que ser?a llamado como formaci?n permanente.


?Qu? busca la formaci?n en la vida consagrada?
Quien se ha consagrado, busca conformar su vida con la de Cristo. La mujer consagrada no es una voluntaria, ni una funcionaria social o pol?tica, ni un gestor de los derechos de los hombres. Es ante todo quien sigue de cerca de Jesucristo: ?El fundamento evang?lico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relaci?n que Jes?s, en su vida terrena, estableci? con algunos de sus disc?pulos, invit?ndoles no s?lo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.?

La consagraci?n no es el conocimiento de los conceptos que sobre la vida consagrada se han escrito a lo largo de los siglos de vida del cristianismo, ni es la memorizaci?n de las constituciones del Institutos, en donde se recoge el carisma propio. La consagraci?n es el especial seguimiento de Cristo. Es dar forma en la vida del individuo a la vida que Cristo eligi? para s? mismo y para sus disc?pulos. Se trata por tanto de un acto experimental y no de un acto te?rico. Es m?s un vivir que un saber, inexperimentar que un conocer.

Sin embargo, bien sabemos que el hombre no se gu?a por intuiciones y su mente est? estructurada de tal forma que para vivir algo, primero debe conocerlo, asimilarlo ?valorarlo- y despu?s vivirlo. Surge as? la formaci?n para la vida consagrada, no como una colecci?n de definiciones, f?rmulas consejos, sino como una propuesta de vida. El fin ?ltimo de la formaci?n es lograr que la persona viva la misma vida de Jesucristo, no tanto que conozca la vida de Jesucristo sino que todo su ser quede perneado por el ser de Jesucristo, de forma que pueda legar a exclamar como san Pablo: ?No soy yo quien vive en m?, sino que es Cristo quien vive en m? (Gal 2, 19).

Surge por tanto el concepto de formaci?n como transformaci?n. ?La formaci?n es, en alg?n modo, el momento culminante del proceso pedag?gico, ya que es el momento en que se propone al joven una forma, un modo de ser, en la que ?l mismo reconoce su identidad, su vocaci?n, su norma.? La formaci?n no es por tanto un acto pedag?gico pasivo en donde todo queda reducido a la mera transmisi?n de conocimientos. Es un acto pedag?gico activo en donde la configuraci?n con Cristo de todos los aspectos de la vida se convierte en ideal y meta para el educando. La mujer consagrada ya no se pertenece, porque quiere pertenecer a Cristo. No renuncia a su libertad, pues sigue ejerciendo su capacidad de decisi?n. Ella elige no ser ya m?s ella misma, sino ser Cristo. ?Vivo sin vivir en m?, y de tal manera espero, que muero porque no muero.?


La formaci?n como transformaci?n
Para lograr una verdadera transformaci?n es preciso saber que es un proceso. No es un reproducir en la vida los conceptos aprendidos. Eso ser?a tanto como aprender de memoria y repetir sin sentido lo aprendido. No es el vivir un estilo de vida guiado s?lo por factores externos, positivos y buenos todos ellos, pero que una vez desaparecidos estos factores, la persona no sabe o no puede vivir lo que aprendi?.

La formaci?n como transformaci?n es un proceso en que la persona hace de tal manera suyo lo aprendido, que lo vive como una segunda naturaleza, como algo que le pertenece y sin lo cual no puede ya ser ella misma. En esta transformaci?n la educanda es el sujeto principal y activo de este proceso. Es ella quien logra la transformaci?n por convicci?n personal, no por imposici?n. Logra que los conceptos, los principios, las accione y todo el bagaje de conocimientos que sobre la vida consagrada recibe de sus educadores, logra traducirlos al aqu? y al ahora de su vida personal. Son conocimientos para la vida, siendo ella quien se encarga de hacerlos vida de su propia vida.

Este proceso se lleva a cabo en tres momentos diversos: el conocimiento, la asimilaci?n y la vivencia. Mediante el conocimiento la educanda ilumina su inteligencia y profundiza los conceptos. Debe ser ayudada a razonar, de modo que los sentimientos y las presiones externas no entorpezcan el trabajo de la mente. Es un conocimiento sereno que debe calar en la raz?n. Entender emporqu? de las cosas, conocer las causas y las consecuencias de los principios de la vida consagrada. El porqu? se vive de una manera y no de otra, emporqu? se hace as? y no de la otra manera. Es comenzar a ver la vida desde una perspectiva especial, esto es, la perspectiva de Cristo, la perspectiva de la vida consagrada.

Pero no basta con saber, cono conocer. Es necesario que la educanda haga suyos esos conocimientos. Que los asimile y que los tenga como punto de referencia en toda su vida, en todo su actuar, en todo su pensar. Es decir, que perneen todo su ser. Se habla entonces de la asimilaci?n que es parte del proceso de transformaci?n en donde la educanda toma el principio o la noci?n explicada y la hace suya. Para que se d? esta asimilaci?n la educanda, una vez que conoce lo que quiere asimilar, lo valora, es decir, le da un peso espec?fico en funci?n de la realidad en la que se encuentra dicho concepto o noci?n. Por ejemplo, si quiere asimilar la vida fraterna en comunidad, deber? verlo como un valor dentro de la vida consagrada. Un valor que bien puede ser el imitar a Jesucristo en su vida con los ap?stoles, o el imitar a Cristo en su amor al pr?jimo, o el ver a Cristo en los dem?s miembros de la comunidad. Lo aprendido se enmarca en la realidad y se ve como un valor, no simplemente como un concepto. Se ve como algo bueno, algo deseable.

Pero esta valoraci?n de los conceptos debe apreciarse en lo personal. Si lo que se busca es la transformaci?n de la vida, el valor debe significar algo para la persona. Nadie imita lo que no quiere o aprecia. Puede saberse que la vida de pobreza es un valor bueno en s? mismo, pero si no se aprecia dicho valor como un valor que tiene un peso espec?fico para la persona, ser? muy dif?cil que dicha persona pueda vivirlo. Esto no quita la dificultad en la vivencia del valor, pero ser? mucho m?s f?cil vivir las dificultades objetivas o subjetivas, cuando la persona lo quiere vivir porque significa algo para ella. ?En este esfuerzo, el medio m?s eficaz a disposici?n del formador es sin duda el propio testimonio. Entendemos una verdad cuando nuestra mente la capta como tal; apreciamos un valor cuando comprendemos que vale, y muchas veces comprendemos que vale para nosotros al ver que otros lo valoran y lo viven.?

Una vez que se ha conocido y asimilado el concepto, viene ahora s?, la vivencia del mismo. Conviene que seamos guiados para poner en pr?ctica lo conocido y lo asimilado, pues no siempre resulta f?cil vivirlo lo que se quiere vivir. No debemos olvidar que la concupiscencia y las huellas que ha dejado en nosotros el pecado original est?n siempre presente y hacen su aparici?n cuando menos lo esperamos. Pero tomaremos nuevamente este punto al hablar de la formaci?n permanente. B?stenos ahora decir que es conveniente ayudarnos de un gu?a espiritual que pueda aconsejarnos sobre la mejor manera de vivir lo aprendido y valorado para ir as? transformando nuestra vida en Cristo.


Pero? ?es posible la transformaci?n?
Al cabo de los a?os, la vida consagrada puede parecer una ilusi?n pasajera. Una luz que brill? en lo a?os de la juventud pero que el paso del tiempo ha desgastado. Puede suceder que nos veamos muy lejanos de aquel ideal de transformar nuestra vida en Cristo. Surge entonces en nosotros la duda leg?tima si es posible la transformaci?n el cambio, especialmente despu?s de varios intentos fallidos. Debemos ser realistas, objetivos y sinceros para dar una respuesta a esta pregunta.

En primer lugar, hay que saber que el proceso de transformaci?n en Cristo dura toda una vida. No es alo que se realiza durante la formaci?n inicial y que una vez hecha la profesi?n perpetua podemos salir con el t?tulo de transformados en Cristo. Es una lucha que inicia en el noviciado y finaliza con la muerte. ?El proceso formativo, como se ha dicho, no se reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitaci?n humana, la persona consagrada no podr? jam?s suponer que ha completado la gestaci?n de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de s?, ni de poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo. La formaci?n inicial, por tanto, debe engarzarse con la formaci?n permanente, creando en el sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los d?as de su vida.?

Este realismo antropol?gico nos hace ver que por el pecado original el hombre est? inclinado hacia el mal, si bien posee los elementos necesarios para obrar el bien. Es l?gico que al pasar de los a?os, el peso del tiempo va dejando su huella. As?, el desgaste, los fracasos en el apostolado, las limitaciones f?sicas o ps?quicas aparentemente van alejando el ideal de la transformaci?n en Cristo. Es por ello que la consagraci?n debe ser renovada d?a a d?a, con el fin de que se vuelvan a proyectar las metas que se prometieron en los inicios de la vida consagrada. Frente a las pasiones, los sentimientos o las emociones, no cabe el desaliento, sino m?s bien la programaci?n de nuevas metas, siempre en torno al ideal de la vida consagrada. ?La fatiga de ser fiel a un determinado valor de la consagraci?n puede convertirse en ocasi?n de nueva elecci?n y de un ofrecimiento m?s real, porque un mayor conocimiento aumenta la donaci?n.?

La programaci?n de las nuevas metas requiere por tanto un conocimiento claro y sereno de nosotros mismos, de nuestras posibilidades y de nuestros l?mites. No se trata de transformarse de un momento a otro. Adem?s, muchas de las metas ya alcanzadas o de valores ya vividos podr?n hacer marcha atr?s. El hombre es un dinamismo y no podemos esperar que lo alcanzado un d?a permanezca por todos los d?as de la vida.

Sin embargo no debemos descorazonarnos, pues debemos tener presente que la transformaci?n siempre es posible. Vernos despu?s de varios a?os a?n con faltas, con lagunas, con limitaciones, con metas a?n no satisfechas, lejos de ser un motivo de tristeza, de angustia, de enojo, de desesperaci?n o de abandono, debe motivarnos a la superaci?n. En primer lugar debemos tomar conciencia de que estos sobresaltos no son sino una posibilidad para el cambio. Si la persona humana, como dec?a el ?ltimo texto citado de la exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, nunca est? terminada, entonces siempre habr? espacio para mejorar, para cambiar. Y no s?lo espacio de tiempo, sino espacio de fuerzas. Sopor tener 40, 60, 70 o m?s a?os puede pensarse que ya est? todo terminado. Al contrario. Todo empieza de nuevo cada d?a, en el momento de nuestro ofrecimiento de la jornada a Dios. Ah? tomamos conciencia de lo que nos falta por transformarnos en Cristo y lo ofrecemos gustosos. Planeamos el d?a en base a aqu?l punto en el que debemos transformarnos. No existe ning?n sobresalto al ver nuestras faltas, sino una invitaci?n a asemejarnos m?s a Cristo. ?El crecimiento, el camino, el inicio del desarrollo parecen moverse desde una especie de juego fascinante entre lo que nos falta y la plenitud, entre desarmon?a y armon?a, entre equilibrio y desequilibrio. As? como la pregunta surge de una maravilla, que es una especie de miedo, un no conocer y al mismo tiempo un conocer, y el desiderium es contempor?neamente presencia y ausencia del bien amado, as? en la obra educativa se trata de discernir continuamente, de aprovechar la oportunidad o eventualmente provocar el kairos, que representa como un momento de insatisfacci?n, de falta, de total abandono e inutilidad, o tambi?n como un llamado de un valor ideal, una inspiraci?n, un ser iluminado, dejarse encantar, dejarse guiar por un proyecto, por un ideal de otro o del Otro.?

La vida se proyecta entonces como un tiempo para lograr la transformaci?n en Cristo, conscientes que dicha transformaci?n requerir? de nosotros continuas fuerzas, puesto que continuamente encontraremos algo que transformar en Cristo, bien sea en cualquier parte de nuestro ser, como puede ser nuestro actuar, nuestro pensar. De esta manera, todo se presenta como una oportunidad para transformarse m?s y m?s en Cristo.
La transformaci?n permanente
Si toda la vida es una oportunidad para transformarnos en Cristo, debemos aprender a aprovechar cada una de esas oportunidades mediante instrumentos id?neos. Podemos pasar la vida en una triste lamentaci?n al no vernos m?s y m?s transformados en Cristo. La culpa se debe a que no contamos con los medios necesarios para hacer de los retos ideales y de las dificultades medios de superaci?n. Es necesario tener en primer lugar el ideal siempre claro y en muy alta estima: la transformaci?n total en Cristo. Y aqu? podemos valernos de las constituciones y de toda la espiritualidad de la propia consagraci?n, as? como del ejemplo del fundador o de la fundadora. Ellos, mediante la vivencia de las constituciones han dejado un legado vivo y un testimonio de c?mo lograr la transformaci?n en Cristo.

Existe tambi?n el programa de vida, un programa que debe ser siempre puesto al d?a, pues, como hemos dicho, el hombre siempre est? en continuo desarrollo. Frente a los avatares normales por los que debemos pasar, el programa de vida marca el paso seguro por el que debemos de marchar.

De esta forma podemos parangonar un autor de nuestros d?as al decir que la transformaci?n permanente es ?la disponibilidad constante a aprender que se expresa en una serie de actividades ordinarias, y luego tambi?n extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y oraci?n, de estudio y apostolado, de verificaci?n personal y comunitaria, etc., que ayudan cotidianamente a madurar en la identidad creyente y en la fidelidad creativa a la propia vocaci?n en las diversas circunstancias y fases de la vida.?


Bibliograf?a
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2d.
Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 63.
Ibidem., n. 14.
Obra Pontificia para las vocaciones eclesi?sticas, Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 5-10.5.1997, n. 36.
S. Teresa de ?vila, Vivo sin vivir en m?, en Antolog?a de la poes?a espa?ola, por Fred. Jehle, Madrid, 1997.
Marcial Maciel, La formaci?n integral del sacerdote, BAC, Madrid, 1994, p. 47.
Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 69
Gabriella Tripani, Perch? non posso seguirte ora?, Paoline Editoriale, Milano, 2004.
Franco Imoda, Sviluppo umano psicologia e mistero, EDB, Bologna, 2005, p. 458.
Amedeo Cencini, La formaci?n permanente, Ed. San Pablo, Mil?n, 2002, p. 40 ? 41.

Publicado por mario.web @ 19:45
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