Lunes, 28 de marzo de 2011

Elementos esenciales de la vida religiosa
Autor: Vaticano

Cap?tulo 2: Caracter?sticas

1. LA CONSAGRACI?N MEDIANTE LOS VOTOS P?BLICOS

13. Es propio, aunque no exclusivo, de la vida religiosa, profesar los consejos evang?licos por medio de votos que la Iglesia recibe. Estos son una respuesta al don de Dios, que siendo don de amor, no puede ser racionalizado. Es algo que Dios mismo realiza en la persona que ha escogido.

14. Como respuesta al don de Dios, los votos son la triple expresi?n de un ?nico si a la singular relaci?n creada por la total consagraci?n. Son ellos la acci?n, mediante la cual, religiosos y religiosas se dan ? a Dios de manera nueva y especial ? (LG 44).

Por los votos, el religioso dedica con gozo toda su vida al servicio de Dios, considerando el seguimiento de Cristo ? como la ?nica cosa necesaria ? (PC 5) y buscando a Dios, y solo a El, por encima de todo. Dos razones fundamentan esta oblaci?n: la primera el deseo de liberarse de los obst?culos que podr?an impedir a la persona amar a Dios ardientemente y adorarle con perfecci?n (cf ET 7); la segunda, el deseo de ser consagrado de forma m?s total al servicio de Dios (cf LG 44). Los votos mismos ?manifiestan el inquebrantable v?nculo que existe entre Cristo y su esposa la Iglesia. Cuanto m?s fuertes y estables sean estos v?nculos, m?s perfecta ser? la consagraci?n religiosa del cristiano? (LG 44).

15. Los votos son tambi?n, en concreto, tres maneras de comprometerse a vivir como Cristo vivi?, en sectores que abrazan toda la existencia: posesiones, afectos, autonom?a. Cada uno pone de relieve una relaci?n con Jes?s, consagrado y enviado. El fue rico, pero se hizo pobre por nuestra salvaci?n, despoj?ndose de todo y no teniendo donde reclinar su cabeza. Am? con un coraz?n indiviso, universalmente y hasta el fin.

Vino a hacer la voluntad del Padre que le envi?, y lo hizo
permanentemente, ?aprendiendo la obediencia por el sufrimiento y convirti?ndose en causa de salvaci?n para todos los que obedecen ? (Hb 5, 8).

16. La se?al distintiva de cada instituto religioso se halla en el modo con que estos valores de Cristo se expresan visiblemente. Por esta raz?n, el contenido de los votos de cada instituto, como est? expresado en sus Constituciones, debe aparecer claro y sin ambig?edad. El religioso renuncia al libre uso y disposici?n de sus bienes, depende del leg?timo superior de su instituto en cuanto a sus necesidades materiales, pone en com?n los dones y retribuciones que recibe, como propiedad que son de la comunidad, acepta y participa en un estilo sencillo de vida. El religioso o religiosa se compromete a vivir la castidad por un nuevo t?tulo, el del voto, y a vivirla en el celibato consagrado por el Reino. Esto lleva consigo una manera de vida que es testimonio convincente y veros?mil de una entrega total a la castidad y que cierra la puerta a todo comportamiento, relaci?n personal y forma de recreaci?n, incompatibles. El religioso se compromete a obedecer a los mandatos del superior leg?timo seg?n las constituciones del instituto y acepta, adem?s, una particular obediencia al Santo Padre, en virtud del voto de obediencia. Impl?cita en el compromiso que los votos producen, est? la exigencia de la vida com?n con los hermanos o hermanas de comunidad.

El religioso se compromete a vivir en fidelidad a la naturaleza, fin, esp?ritu y car?cter del instituto, como aparecen expresados en sus constituciones, en las normas propias y en las sanas tradiciones. Finalmente, el religioso se compromete generosamente a emprender una vida de conversi?n radical y continua, como la reclama el Evangelio, especificada ulteriormente en el contenido de cada uno de los votos.

17. La consagraci?n, por medio de la profesi?n de los consejos evang?licos en la vida religiosa, inspira una forma de vida que tiene necesariamente una repercusi?n social. No es que los votos pretendan convertirse en una protesta social; pero, sin duda, la vida seg?n los votos siempre da testimonio de unos valores que desaf?an a la sociedad, como desaf?an a los mismos religiosos. La pobreza, castidad y obediencia religiosas pueden hablar con fuerza y claridad al mundo de hoy, que sufre de tanto consumismo y discriminaci?n, erotismo y odio, violencia y opresi?n (cf RPH 15).

2. COMUNI?N EN COMUNIDAD

18. La consagraci?n religiosa establece una comuni?n particular entre el religioso y Dios y, en El, entre los miembros de un mismo instituto. Este es el elemento fundamental en la unidad de un instituto.

Tradici?n compartida, trabajos comunes, estructuras racionales, recursos mancomunados, constituciones comunes y esp?ritu de cuerpo, son todos elementos que pueden ayudar a construir y a fortalecer la unidad; pero el fundamento de la unidad es la comuni?n en Cristo, establecida por el ?nico carisma fundacional. Esta comuni?n est? enraizada en la consagraci?n religiosa misma. Esta animada por el esp?ritu del Evangelio, alimentada por la oraci?n, marcada por una mortificaci?n generosa y caracterizada por el gozo y la esperanza que brotan de la fecundidad de la cruz (cf ET 41).

19. Para los religiosos, la comuni?n en Cristo se expresa de una manera estable y visible en la vida comunitaria. Tan importante es esa vida comunitaria para la consagraci?n religiosa, que cada religioso, cualquiera que sea su trabajo apost?lico, est? obligado a ella por el mero hecho de la profesi?n y debe normalmente vivir bajo la autoridad de un superior local, en una comunidad del instituto al que pertenece.

Normalmente, tambi?n, la vida de comunidad lleva consigo el compartir la vida de cada d?a seg?n unas estructuras concretas y las prescripciones de las Constituciones. Compartir la oraci?n, el trabajo, las comidas, el descanso, el esp?ritu de grupo ? las relaciones de amistad, la cooperaci?n en el mismo apostolado y el mutuo apoyo en una vida de comunidad, escogida para seguir mejor a Cristo, son todos ellos otros tantos valiosos factores en el diario caminar? (ET 39). Una comunidad reunida como verdadera familia en el nombre del Se?or goza de su presencia (cf Mt 18, 25) por el amor de Dios que es infundido por el Esp?ritu Santo (cf Rm 5, 5). Su unidad es un s?mbolo de la venida de Cristo y es una fuente de poderosa energ?a apost?lica (cf PC 15). En ella la vida consagrada puede desarrollarse en condiciones ideales (cf ET 38) y queda asegurada la formaci?n permanente de sus miembros. La aptitud para vivir una vida comunitaria, con sus gozos y sus limitaciones, es una cualidad que es ?ndice de vocaci?n religiosa para un determinado instituto y criterio clave para aceptar un candidato.

20. La comunidad local, como lugar en que la vida religiosa es vivida prevalentemente, tiene que ser organizada de forma que queden en evidencia los valores religiosos. Su centro es la Eucarist?a, en la que participan los miembros de la comunidad a diario, en lo posible, y que es venerada en un oratorio donde puede tener lugar la celebraci?n y donde el Sant?simo Sacramento est? reservado (cf ET 48). Tiempos de oraci?n en com?n a diario, basados en la palabra de Dios y en uni?n con la oraci?n de la Iglesia, como ocurre especialmente en la Liturgia de las Horas, alimentan la vida comunitaria. Es igualmente necesario un ritmo de tiempos m?s intensos de oraci?n, ya semanal, ya mensual y, en especial, el retiro anual. La frecuente recepci?n del sacramento de la Reconciliaci?n es tambi?n parte de la vida religiosa. Adem?s del aspecto personal del perd?n de Dios y de su amor renovador en el plan individual, el sacramento construye la comunidad gracias a su poder de reconciliaci?n y crea tambi?n un v?nculo especial con la Iglesia. De acuerdo con las normas propias del instituto, se ha de dar tambi?n un tiempo conveniente para la cotidiana oraci?n privada y para una provechosa lectura espiritual. Se han de encontrar maneras de profundizar las devociones propias del instituto y muy en especial la devoci?n a Mar?a Madre de Dios.

La comunidad debe igualmente tener presentes en su oraci?n las necesidades del entero Instituto, as? como el afectuoso recuerdo de aquellos miembros que han pasado de esta vida al Padre. La promoci?n de estos valores religiosos de la vida comunitaria y el establecimiento de una organizaci?n adecuada, que los fomente, es responsabilidad de todos los miembros de la comunidad, pero en particular del superior local (cf ET 26).

21. El estilo mismo de la vida comunitaria est? en relaci?n con la forma de apostolado que los miembros deben mantener, as? como con la cultura y sociedad en que ese apostolado se ejercita. La forma de apostolado puede ser causa determinante de la magnitud y ubicaci?n de una comunidad, de sus necesidades particulares y de sus standards de vida. Mas, sea el que fuere el apostolado, la comunidad debe esforzarse por vivir con sencillez, seg?n las normas establecidas para todo el instituto y para la provincia, aplicadas a su propia situaci?n. En su forma de vida debe ocupar un lugar importante el ascetismo, que es parte integrante de la consagraci?n religiosa. Finalmente, ha de proveer a las necesidades de sus miembros, conforme a sus propios recursos, teniendo siempre en cuenta sus obligaciones para con el entero instituto y para con los pobres.

22. En vistas de la importancia crucial de la vida de comunidad, es necesario notar que su calidad se ve afectada positiva o negativamente por dos tipos de diferencias dentro del instituto: en sus miembros y en sus obras. Es esta la variedad que encontramos en la imagen paulina del Cuerpo de Cristo o en la imagen conciliar del Pueblo peregrino de Dios. En ambas, la diversidad es, en verdad, abundancia de dones que tienden a enriquecer la ?nica realidad. Por lo mismo, el criterio de aceptaci?n de miembros y obras en un instituto religioso es la construcci?n de la unidad (cf MR 12). Pr?cticamente habr? que preguntarse: los dones de Dios en esta persona, o proyecto, o grupo, contribuir?n a la unidad y a hacer m?s profunda la comuni?n? Si as? fuere, sean bienvenidos. Si no, sin que importe lo buenos que tales dones puedan parecer en s? mismos o lo deseables que puedan resultar para algunos miembros, no son buenos para ese instituto en particular. Es un error pretender que el don fundacional de un instituto lo abarque todo. Ni es razonable fomentar un don que, virtualmente, separa un miembro de la comuni?n con la comunidad. Tampoco es prudente tolerar l?neas de desarrollo fuertemente divergentes que carezcan de una recia conexi?n de unidad en el instituto mismo. La diversidad sin divisiones y la unidad sin uniformismo son una riqueza y un reto que favorecen el crecimiento de la comunidad de oraci?n, de gozo y servicio, como testimonio de la realidad de Cristo.

Constituye una responsabilidad peculiar de los superiores y de los maestros de formaci?n, el asegurarse que diferencias que conducen a la desintegraci?n, no sean tomadas equivocadamente por aut?nticos valores de diversidad.

3. MISI?N EVANGELICA

23. Cuando Dios consagra una persona, concede un don especial en orden a la realizaci?n de su propio designio de amor: la reconciliaci?n y la salvaci?n del g?nero humano. El no s?lo escoge, segrega y dedica a S? mismo la persona, sino que la compromete en su obra divina. La consagraci?n inevitablemente implica misi?n.

Se trata de dos facetas de una misma realidad. La elecci?n de una persona por parte de Dios, es para la salvaci?n de los dem?s: la persona consagrada es ?enviada? para realizar la obra de Dios, con el poder de Dios. Jes?s mismo ten?a clara conciencia de ello. Consagrado y enviado para llevar la salvaci?n de Dios, estaba por entero dedicado al Padre en la adoraci?n, el amor y la obediencia, y totalmente entregado a la obra del Padre, que es la salvaci?n del mundo.

24. Los religiosos, por su forma peculiar de consagraci?n, est?n necesaria y profundamente comprometidos en la misi?n de Cristo. Como El, son llamados para los otros: enteramente orientados hacia el Padre por el amor y, por eso mismo, entregados del todo al servicio salvador de Cristo a favor de sus hermanos y hermanas. Esto es verdad en todas las formas existentes de vida religiosa. La vida contemplativa claustral tiene su propia escondida fecundidad apost?lica (cf PC 7) y proclama ante todos que Dios existe y que es amor. Los religiosos dedicados a obras de apostolado prolongan en nuestros tiempos la presencia de Cristo ? que anuncia el Reino de Dios a las multitudes, que sana a los enfermos y heridos, que convierte a los pecadores a una vida mejor, bendice a los ni?os, hace el bien a todos, siempre obedeciendo la voluntad del Padre que le envi? ? (LG 48). Esta obra salvadora de Cristo es compartida a trav?s de determinados servicios, confiados por la Iglesia al instituto al aprobar sus constituciones.

Esta aprobaci?n determina la naturaleza del servicio emprendido, que debe ser fiel al Evangelio, a la Iglesia y al instituto. Establece, adem?s, ciertos l?mites, dado que la misi?n del religioso se ve, al mismo tiempo, reforzada y delimitada por las consecuencias de la consagraci?n en un determinado instituto. A?n m?s, la naturaleza del servicio religioso determina c?mo la misi?n ha de ser realizada: en uni?n profunda con el Se?or y con una gran sensibilidad respecto a los tiempos, la cual capacitar? al religioso ? para transmitir el mensaje del Verbo Encarnado en t?rminos que el mundo pueda comprender? (ET 9).

25. Cualquiera que sea el servicio apost?lico a trav?s del cual se transmite la palabra, la misi?n es emprendida como responsabilidad comunitaria. Es al instituto en su totalidad, a quien la Iglesia encomienda la participaci?n en la misi?n de Cristo, que es caracter?stica suya y se expresa a trav?s de las obras inspiradas por el carisma fundacional. Esta misi?n corporativa no significa que todos los miembros del instituto hagan las mismas cosas o que las cualidades y dones de las personas no sean respetados. Significa que la actividad de todos los miembros est? directamente relacionada con el apostolado com?n, el cual - como la Iglesia ha reconocido - expresa en concreto la finalidad del Instituto. Este apostolado com?n y permanente forma parte de la sana tradici?n del instituto. Est? tan ?ntimamente relacionado con la identidad, que no se puede cambiar sin tocar el car?cter mismo del instituto. Es, por tanto, la piedra de toque en la evaluaci?n de nuevas obras, sea que estos servicios hayan de ser realizados por un grupo o individualmente. De la integridad del apostolado com?n son especialmente responsables los superiores mayores: deben velar por que el instituto sea, a la vez fiel a su misi?n tradicional en la Iglesia y abierto a nuevas maneras de realizarlo. Las obras tienen necesidad de ser renovadas y revitalizadas, pero esto ha de hacerse manteni?ndose siempre fieles al apostolado aprobado del instituto y en colaboraci?n con las autoridades eclesi?sticas correspondientes. Tal renovaci?n deber? estar marcada por las cuatro grandes fidelidades, puestas de relieve en el documento Religiosos y Promoci?n humana: ? fidelidad a la humanidad y a nuestro tiempo; fidelidad a Cristo y al Evangelio; fidelidad a la Iglesia y a su misi?n en el mundo; fidelidad a la vida religiosa y al carisma del instituto ? (RPH 13).

26. El religioso o religiosa realiza su propia acci?n apost?lica dentro de la misi?n eclesial del instituto. Fundamentalmente, ser? un trabajo de evangelizaci?n que tender?, en la Iglesia y de acuerdo con la misi?n del instituto, a ayudar a difundir la Buena Nueva entre ?toda la humanidad y, por medio del Evangelio, a transformar la humanidad desde dentro? (EN 18; RPH intr.). En la pr?ctica, llevar? consigo alguna forma de servicio compatible con la finalidad del instituto, emprendido de ordinario con otros hermanos y hermanas de la misma familia religiosa. En el caso de algunos institutos clericales o misioneros, el religioso podr? a veces encontrarse solo en su actividad apost?lica. En el caso de otros institutos, una actividad solitaria podr? ser emprendida solamente con permiso de los superiores, para hacer frente a una necesidad urgente por un tiempo limitado. Al final de la vida, el apostolado ser?, para muchos, s?lo una misi?n de oraci?n y sufrimiento. Pero en cualquier situaci?n, el trabajo apost?lico de cada religioso es el propio de una persona enviada en comuni?n con un instituto, que ha recibido una misi?n eclesial. Tal actividad tiene su fuente en la obediencia religiosa (PC 8; 10). Por lo mismo, se diferencia, en su modo de ser, del apostolado propio de los laicos (cf RPH 22; AA 2, 7, 13, 25). Precisamente por su obediencia en sus obras eclesiales y corporativas, los religiosos ponen de manifiesto uno de los aspectos m?s importantes de su vida. Ellos son genuinamente apost?licos, no precisamente porque ejercen un apostolado, sino porque viven como los ap?stoles vivieron: siguiendo a Cristo en servicio y comuni?n, seg?n las ense?anzas del Evangelio, en la Iglesia que El fund?.

27. No cabe duda que actualmente, en muchos lugares del mundo, los institutos religiosos que se dedican a actividades apost?licas se enfrentan con especiales dificultades que afectan a su apostolado. El menor n?mero de religiosos, la disminuci?n de vocaciones, el envejecimiento general, las presiones sociales provocadas por movimientos contempor?neos, est?n coincidiendo con la constataci?n de un mayor n?mero de necesidades, un mayor individualismo en el desarrollo personal, una conciencia m?s aguda de los temas referentes a la justicia, la paz y la promoci?n humana. Existe la tentaci?n de querer hacerlo todo. Existe la tentaci?n de abandonar obras estables, genuina expresi?n del carisma del instituto, por otras que parecen m?s eficaces inmediatamente frente a las necesidades sociales, pero que dicen menos con la identidad del instituto. Existe un tercer peligro: el de dispersar los recursos de un instituto en una multitud de actividades a breve plazo, con muy poca conexi?n con el carisma de fundaci?n. En todos estos casos, los efectos no son inmediatos, pero, a la larga, sufre la unidad y la identidad del instituto mismo; y esto ser?a da?oso para la Iglesia y su misi?n.

4. LA ORACI?N

28. La vida religiosa no se puede sostener sin una profunda vida de oraci?n, individual, comunitaria y lit?rgica. El religioso, que abraza una vida de total consagraci?n, est? llamado a conocer al Se?or resucitado con un conocimiento ferviente y personal y a conocerle como a uno con el cual se est? personalmente en comuni?n: ? Esta es la vida eterna: conocer al ?nico Dios verdadero y a Jesucristo a quien El ha enviado ? (Jn 17, 3). Su conocimiento en la fe trae consigo el amor: ? aun sin verle le amasteis y sin verle todav?a os alegr?is ya con gozo tan glorioso que no se puede describir (1 Pt 1, 8). Este gozo de amor y conocimiento, se produce de muchas maneras, pero fundamentalmente, y como medio necesario y b?sico, a trav?s de encuentros personales y comunitarios con Dios en la oraci?n. Aqu? es donde el religioso encuentra ?la concentraci?n de su coraz?n en Dios? (DmC 1), que unifica vida y misi?n.

29. As? como ocurri? con Jes?s, en cuya vida la oraci?n como acto diferenciado, ocup? un espacio amplio y esencial, el religioso necesita orar para ahondar su uni?n con Dios (cf Lc 5, 16). La oraci?n es, adem?s, una condici?n necesaria para proclamar el Evangelio (cf Mc 1, 35-38). Viene a ser el contexto de todas las decisiones y acontecimientos importantes (cf Lc 6, 12-13). Tambi?n como en Jes?s, el h?bito de oraci?n es necesario si el religioso quiere lograr aquella visi?n contemplativa de las cosas por la que Dios se revela, por la fe, en los acontecimientos ordinarios de la vida (cf DmC 1). Esta es la dimensi?n contemplativa que Iglesia y mundo tienen derecho a esperar del religioso, por el hecho de su consagraci?n. Dimensi?n que debe ser robustecida con tiempos prolongados, dedicados exclusivamente a la adoraci?n del Padre, a amarle y a ponerse silenciosamente a su escucha. Por esta raz?n, Pablo VI insist?a: ? La fidelidad a la oraci?n diaria sigue siendo siempre una necesidad fundamental para el religioso. La oraci?n debe tener un lugar preferencial en vuestras constituciones y en vuestras vidas ? (ET 45).

30. Al decir ? en vuestras constituciones ?, Pablo VI nos recuerda que para el religioso la oraci?n no es s?lo volverse la persona amorosamente hacia Dios, sino tambi?n una respuesta comunitaria de adoraci?n, intercesi?n, alabanza y acci?n de gracias, que debe ser regulada en forma estable (cf ET 43). No puede dejarse al caso. A nivel de cada instituto, de cada provincia y de cada comunidad, son necesarias normas concretas para que la oraci?n adquiera profundidad y madurez en la vida religiosa, individual y comunitariamente. S?lo a trav?s de la oraci?n ser? capaz el religioso, en ?ltimo t?rmino, de responder a su consagraci?n; pero la oraci?n comunitaria tiene una funci?n importante en orden a proporcionar el necesario apoyo espiritual. Cada religioso tiene derecho a ser ayudado por la presencia y ejemplo de los otros miembros de la comunidad en oraci?n. Cada uno tiene el privilegio y la obligaci?n de orar con los otros y de participar con ellos en la liturgia, que viene a ser el centro unificador de sus vidas. Esta ayuda mutua estimula el esfuerzo por vivir la vida de uni?n con el Se?or, a la cual los religiosos son llamados. ? La gente tiene que sentir que alguien est? obrando a trav?s de ti. En la medida en que vives tu total consagraci?n a Dios, est?s comunicando algo de El y es El en ?ltimo t?rmino Aqu?l por quien el coraz?n humano est? suspirando ? (Juan Pablo II, Alt?tting).

5. ASCETISMO

31. La disciplina y el silencio, necesarios para la oraci?n, nos recuerdan que la consagraci?n por los votos religiosos exige un cierto ascetismo ? que abarca todo el ser? (ET 46). La respuesta de Cristo, de pobreza, castidad y obediencia, le condujo a la soledad del desierto, al dolor de la contradicci?n y al abandono de la cruz. La consagraci?n del religioso se adentra por ese mismo camino, no puede ser un reflejo de la consagraci?n de Cristo, si su vida no lleva consigo la abnegaci?n. La vida religiosa misma es una expresi?n permanente, p?blica y visible, de conversi?n cristiana. Exige el abandono de todas las cosas y el tomar la propia cruz para seguir a Cristo con la vida entera. Lo cual lleva como consecuencia la asc?tica necesaria para vivir en pobreza de esp?ritu y de hecho, para amar como Cristo ama, para someter la propia voluntad, por Dios, a la voluntad de otro que le representa, aunque imperfectamente. Exige el don de s? mismo, sin el cual no es posible vivir ni una vida comunitaria aut?ntica, ni una misi?n fructuosa La afirmaci?n de Jes?s que el grano de trigo necesita caer en tierra y morir si ha de dar fruto, tiene una aplicaci?n particular para el religioso a causa de la naturaleza p?blica de sus votos.

Es cierto que muchas penitencias del d?a de hoy se hallan en los hechos mismos de la vida y deben ser aceptadas all?. Sin embargo, es cierto que los religiosos, si no construyen su vida sobre ? una austeridad alegre y bien equilibrada ? (ET 30) y una renuncia decidida y concreta, arriesgan la p?rdida de la libertad espiritual, necesaria para vivir los consejos. En efecto, sin esa austeridad y renuncia, su misma consagraci?n puede verse en peligro.

Por eso, no puede darse un testimonio p?blico de Cristo, pobre, casto y obediente, sin asc?tica. A?n m?s, por la profesi?n de los consejos por medio de los votos, los religiosos se obligan a adoptar todos los medios necesarios para ahondar y promover lo que han prometido, y esto significa una elecci?n voluntaria de la cruz, que ha de ser ? como lo fue para Cristo, la m?s grande prueba de amor? (ET 29).

6. TESTIMONIO P?BLICO

32. Por naturaleza, la vida religiosa es un testimonio que deber?a manifestar claramente la primac?a del amor de Dios con una fuerza que proviene del Esp?ritu Santo (cf ET 1). Jes?s realiz? este cometido de manera perfecta: dando testimonio del Padre ? con el poder del Esp?ritu en si ? (Lc 4, 14), en su vida, muerte y resurrecci?n, permaneciendo para siempre el testigo fiel.

A su vez envi? a sus ap?stoles, con la fuerza del mismo Esp?ritu, para ser sus testigos en Jerusal?n, Judea y Samar?a y hasta los ?ltimos confines de la tierra (cf Act 1, 8). El objeto de su testimonio era siempre el mismo: ?Lo que fue desde el principio, lo que hemos o?do y visto con nuestros ojos; lo que hemos observado y tocado con nuestras manos: el Verbo que es vida ? (1 Jn 1, 1); Jesucristo ? El Hijo de Dios, proclamado en toda su gloria por su resurrecci?n de entre los muertos? (Rm 1, 5).

33. Tambi?n los religiosos en su propio tiempo est?n llamados a dar testimonio de una experiencia similar, profunda y personal de Cristo; y a compartir la fe, la esperanza, el amor y el gozo que esa experiencia va produciendo. Su continua renovaci?n individual de vida debiera ser fuente de nuevo crecimiento en los institutos a los que pertenecen, recordando las palabras del Papa Juan Pablo II: ? Lo que m?s cuenta no es lo que los religiosos hacen, sino lo que son como personas consagradas al Se?or ? (Mensaje a la Plenaria de la Sda. Congregaci?n, marzo 1980). No solamente con las obras, con que directamente anuncian el Evangelio, sino, con mayor fuerza a?n, con su mismo modo de vivir, debieran ser voz que afirma con convicci?n y confianza: Hemos visto al Se?or. Ha resucitado. Hemos escuchado su palabra.

34. El car?cter absoluto de la consagraci?n religiosa requiere que el testimonio del Evangelio se d? p?blicamente con la vida entera. Valores, actitudes y estilo de vida han de atestiguar con fuerza el lugar de Cristo en la propia vida. La visibilidad de este testimonio lleva consigo el abandono de h?bitos de confort y de conveniencias, que ser?an por los dem?s leg?timas. Reclama una limitaci?n de las formas de descanso y de diversi?n (cf ES 1 ? 2; CD 33-35). Para asegurar este testimonio p?blico, los religiosos aceptan voluntariamente un g?nero de vida que no es permisivo, sino minuciosamente reglamentado. Usan una vestimenta que los distingue como personas consagradas y tienen un lugar de residencia, establecido detalladamente por su instituto de acuerdo con el derecho com?n y sus propias constituciones. Asuntos como viajes y relaciones sociales han de estar de acuerdo con el esp?ritu y el car?cter de su instituto y con la obediencia religiosa. Estas medidas, de por s?, no aseguran el deseado testimonio p?blico del gozo, la esperanza y el amor de Jesucristo, pero ofrecen importantes medios para ello, y lo cierto es que el testimonio religioso no se da sin ellas.

35. El modo de trabajar es tambi?n importante para el testimonio p?blico. Tanto lo que se hace, como el modo de hacerlo, debieran anunciar a Cristo desde la pobreza de quien no busca su propia realizaci?n y satisfacci?n. En nuestros tiempos la carencia de poder es una de las mayores pobrezas. El religioso acepta compartirla ?ntimamente en la generosidad de su obediencia, convirti?ndose con ello en uno de los pobres y volvi?ndose particularmente insignificante, como Cristo lo fue en su Pasi?n. Una persona as? sabe lo que es permanecer ante Dios en estado de indigencia, lo que es amar como Jes?s y lo que es trabajar en la obra de Dios al modo de Dios. Por fidelidad a su misma consagraci?n, el religioso procura fomentar estas actitudes, siguiendo las normas concretas de su propio instituto.

36. La fidelidad al apostolado que el propio instituto ejerce por mandato de la Iglesia, es tambi?n esencial para un aut?ntico testimonio. El dedicarse personalmente a socorrer necesidades a costa de las obras propias del instituto, no puede ser m?s que perjudicial. Ciertamente existen modos de vivir y obrar que dan testimonio de Cristo muy claramente en el ambiente contempor?neo.

El constante control del uso de los bienes y del estilo de relaciones de la propia existencia, constituye uno de los medios m?s eficaces que tiene el religioso para promover la justicia de Cristo en el tiempo actual (cf RPH 4e). Ser voz de los que no tienen voz es tambi?n un testimonio religioso, cuando se hace de acuerdo con las directrices de la jerarqu?a local y de las normas del propio instituto. El drama de los refugiados, de los perseguidos por creencias pol?ticas o religiosas (cf EN 39) de aquellos a quienes se niega el derecho de nacer y vivir, las restricciones injustas de la libertad humana, las deficiencias sociales que son causa de sufrimiento para los ancianos, los enfermos y los marginados, son otras tantas continuaciones de la Pasi?n, que elevan su clamor, particularmente hacia los religiosos dedicados a obras de apostolado (cf RPH 4d).

37. La respuesta ser? diversa seg?n sea la misi?n, tradici?n e identidad de cada instituto. Algunos se ver?n en la necesidad de solicitar la aprobaci?n de nuevas misiones en la Iglesia. En otros casos, se tratar? de institutos nuevos que son reconocidos para enfrentarse con necesidades especificas. En la mayor?a de los casos, el uso creativo de obras ya afianzadas, para enfrentarse con nuevos desaf?os, ser? un claro testimonio de Cristo, ayer, hoy y siempre. El testimonio del religioso que, con fidelidad a la Iglesia y a las tradiciones de su instituto, se dedica con empe?o y amor a la defensa de los derechos humanos y a la venida del Reino en el orden social, puede ser un eco claro del Evangelio y de la voz de la Iglesia (cf RPH 3). As? es como se manifiesta p?blicamente el poder transformante de Cristo en la Iglesia y la vitalidad del carisma del instituto ante la gente de nuestro tiempo. Finalmente, la perseverancia que es un don ulterior del Dios de la alianza, es el silencioso pero elocuente testimonio que da el religioso del Dios fiel, cuyo amor no tiene l?mites.

7. RELACIONES CON LA IGLESIA

38. La vida religiosa tiene su propio lugar dentro de la estructura divina y jer?rquica de la Iglesia. No constituye un estado intermedio entre la condici?n clerical y laical, sino que procede de ambas, como don especial para la Iglesia entera (cf LG 43; MR 10). En particular, por ser un signo visible del misterio de la acci?n de Dios, que consagra a trav?s de la vida y, si?ndolo as? por mediaci?n de la Iglesia para bien del entero Cuerpo, la vida religiosa participa de modo especial de la naturaleza sacramental del Pueblo de Dios. Y porque es parte de la Iglesia, misterio y realidad social, no puede existir sin ambos aspectos.

39. Fue esta doble realidad la que el Concilio Vaticano II subray? al insistir en la naturaleza sacramental de la Iglesia, que es en primer lugar y necesariamente misterio, invisible, comuni?n divina con la nueva vida del Esp?ritu; y necesariamente tambi?n, realidad social, visible, comunidad humana bajo la autoridad de uno que representa a Cristo Cabeza. Como misterio (cf LG 1) la Iglesia es la nueva creaci?n, vivificada por el Esp?ritu y reunida en Cristo para acercarse con confianza al trono de gracia del Padre (cf Hb 4, 16). Como realidad social, presupone la iniciativa hist?rica de Jesucristo, su ida pascual al Padre, su capitalidad objetiva de la Iglesia, que El fund?, y el car?cter jer?rquico que de ah? deriva: esa diversidad de ministerios que concurren al bien del entero Cuerpo (cf LG 18; MR 15). El doble aspecto de ? organismo social visible y presencia divina invisible unidos ?ntimamente ? (MR 3) es lo que confiere a la Iglesia su especial naturaleza sacramental en virtud de la cual es ? sacramento visible de la unidad salv?fica ?(LG 9). Es a la vez sujeto y objeto de fe, transcendiendo esencialmente los par?metros de toda perspectiva meramente sociol?gica, incluso cuando renueva sus estructuras humanas a la luz de las evoluciones hist?ricas y de los cambios culturales (cf MR 3). Su misma naturaleza la hace ? sacramento universal de salvaci?n ? (LG 48): signo visible del misterio de Dios y realidad jer?rquica; un designio divino, merced al cual ese signo puede ser comprobado aut?nticamente y se torna eficaz.

40. La vida religiosa toca ambos aspectos. Los fundadores y fundadoras de institutos religiosos piden a la Iglesia jer?rquica que garantice p?blicamente el don de Dios, del que proceden sus institutos. Al hacerlo, los fundadores y sus seguidores dan tambi?n testimonio del misterio de la Iglesia, porque cada instituto existe para construir el Cuerpo de Cristo en la unidad de sus diversas funciones y actividades.

41. En sus or?genes los institutos religiosos dependen de manera especial de la jerarqu?a. Los obispos, en comuni?n con el sucesor de Pedro, forman un colegio que conjuntamente ostenta y ejercita en la Iglesia Sacramento las funciones de Cristo Cabeza (cf MR 6; LG 21; PO 1, 2; CD 2). Ellos tienen no s?lo la funci?n pastoral de alimentar la vida de Cristo en los fieles, sino tambi?n la obligaci?n de verificar los dones y carismas. Son responsables del coordinamiento de las energ?as de la Iglesia y es misi?n suya guiar al Pueblo entero a vivir en el mundo como se?al e instrumento de salvaci?n. Por eso poseen de manera especial el ministerio del discernimiento en relaci?n con los m?ltiples dones e iniciativas del Pueblo de Dios. Como ejemplo particularmente rico e importante de estos m?ltiples dones, cada instituto religioso depende, en cuanto al discernimiento aut?ntico de su carisma fundacional, del ministerio confiado por Dios a la jerarqu?a.

42. Esta relaci?n se da no solamente en el primer reconocimiento de un instituto religioso, sino que perdura a trav?s de su desarrollo. La Iglesia hace m?s que dar existencia a un instituto; lo acompa?a, lo gu?a, lo corrige y estimula en su fidelidad al don fundacional (cf LG 45) porque es un elemento vital en su propia vida y desarrollo. Recibe los votos hechos en el instituto como votos de religi?n, con consecuencias eclesiales, que suponen una consagraci?n hecha por Dios mismo, a trav?s de su mediaci?n (cf MR 8). Confiere al instituto una participaci?n p?blica en su propia misi?n, concreta y comunitaria a la vez. (cf LG 17; AG 40). Conf?a al instituto, de acuerdo con su propio derecho com?n y con las constituciones que ella misma ha aprobado, la autoridad religiosa necesaria para una vida de obediencia consagrada. En resumen, la Iglesia contin?a siendo mediadora de la acci?n de Dios, que consagra, de un modo espec?fico, reconociendo y fomentando esta forma particular de vida consagrada.

43. En la pr?ctica diaria, esta relaci?n permanente del religioso con la Iglesia se realiza, con mayor frecuencia, a nivel diocesano o local. El documento Mutuae Relationes est? dedicado por entero a este tema, desde el punto de vista de su aplicaci?n actual. Es suficiente decir aqu? que la vida y la misi?n del Pueblo de Dios son una sola realidad. Todos est?n llamados a realizarla en conformidad con las funciones y tareas propias de cada uno. La contribuci?n exclusiva dada por el religioso a esta vida y misi?n, se funda en la naturaleza total y p?blica de su vida cristiana consagrada, seg?n un don fundacional aprobado por la autoridad eclesi?stica.

8. LA FORMACI?N

44. La formaci?n religiosa promueve el desarrollo de la vida de consagraci?n al Se?or, desde las primeras etapas, en que una persona empieza a interesarse seriamente por ella, hasta su consumaci?n final, cuando el religioso encuentra definitivamente al Se?or en la muerte. El religioso vive una forma particular de vida; y la vida misma est? en permanente proceso de desarrollo. No se mantiene estable. Tampoco el religioso es llamado y consagrado de una vez para siempre. La vocaci?n de Dios y la consagraci?n por El, contin?an a lo largo de la vida, capaces de crecimiento y ahondamiento, en formas que van m?s all? de nuestro entender. El discernimiento de la capacidad de vivir una vida que promueva este desarrollo, de acuerdo con el patrimonio espiritual y las normas de un determinado instituto y el acompa?amiento de la vida misma en su evoluci?n personal en cada miembro de la comunidad, son las dos principales facetas de la formaci?n.

45. Para cada religioso, la formaci?n es el proceso de llegar a ser m?s y m?s un disc?pulo de Cristo, creciendo en uni?n y en configuraci?n con El. Se trata de ir asimilando cada vez m?s el Esp?ritu de Cristo, de compartir m?s intensamente su don de s? mismo al Padre y su servicio fraternal a la familia humana y de hacerlo de acuerdo con el don fundacional del instituto, por medio del cual fluye el Evangelio hacia los miembros de cada instituto religioso. Tal proceso requiere una genuina conversi?n. ? Revestirse de Cristo ? (cfRm 13, 14; Gl 3, 27; Ef 4, 24) exige desprenderse de la autosuficiencia y del ego?smo (cf Ef 4, 22-24; Col 3, 9-10). El mero hecho de ? caminar seg?n el esp?ritu ? significa abandonar ?los deseos de la carne ? (Gl 5, 16). El religioso hace de este ? revestirse de Cristo ?, con su pobreza, su amor y su obediencia, la tarea esencial de su vida. Es una tarea que nunca termina: antes bien, es un proceso constante de maduraci?n, que abarca no solamente los valores espirituales, sino tambi?n todo aquello que contribuye psicol?gica, cultural y sociol?gicamente a la plenitud de la personalidad humana. A medida que el religioso crece hacia la plenitud de Cristo seg?n su estado de vida, se comprueba la verdad de lo que afirma Lumen Gentium: ?Si bien la profesi?n de los consejos evang?licos lleva consigo la renuncia a bienes que indudablemente merecen ser altamente estimados, eso no constituye un obst?culo al verdadero desarrollo de la persona humana, antes por el contrario, por su misma naturaleza es sumamente beneficioso para ese desarrollo ? (LG 45).

46. La creciente configuraci?n con Cristo se va realizando en conformidad con el carisma y normas del instituto al que el religioso pertenece. Cada instituto tiene su propio esp?ritu, car?cter, finalidad y tradici?n, y es conform?ndose con ellos, como los religiosos crecen en su uni?n con Cristo.

Para los institutos dedicados a obras de apostolado, la formaci?n incluye la preparaci?n y continua actualizaci?n de sus miembros para las obras peculiares del instituto, no simplemente como profesionales, sino como ? testigos vivos del amor sin l?mites y del Se?or Jes?s ? (ET 53). Aceptada por cada religioso como asunto de responsabilidad personal, la formaci?n se convierte no s?lo en crecimiento personal, sino tambi?n en una bendici?n para la comunidad y una fuente de fructuosa energ?a para el apostolado.

47. Puesto que la iniciativa en la consagraci?n religiosa est? en la llamada de Dios, se sigue que Dios mismo, actuando por medio del Esp?ritu Santo de Jes?s, viene a ser el primer y principal agente de la formaci?n del religioso. El act?a a trav?s de su palabra y de los sacramentos, de la oraci?n y la liturgia, del magisterio de la Iglesia y, en forma m?s inmediata, a trav?s de aquellos que han sido llamados por la obediencia a secundar de modo especial la formaci?n de sus hermanos y hermanas.

Respondiendo a la gracia y gu?a de Dios, el religioso acepta con amor la responsabilidad de su formaci?n personal y de su crecimiento, acogiendo las consecuencias de esta respuesta, que son para cada persona ?nicas y siempre imprevisibles. La respuesta, sin embargo, no se da en el aislamiento. Siguiendo la tradici?n de los antiguos padres del desierto y la de todos los grandes fundadores, en la organizaci?n de cuanto se refiere a la direcci?n de cada instituto religioso, algunos miembros son especialmente preparados y dedicados a ayudar a sus hermanos o hermanas en este campo. Su tarea es diferente seg?n la etapa en que se halla cada religioso, pero sus principales funciones son siempre: discernir la acci?n de Dios; acompa?ar al religioso por las sendas de Dios; alimentar su vida con s?lida doctrina y con la pr?ctica de la oraci?n y, principalmente en las primeras etapas, la evaluaci?n de la jornada. El maestro de novicios y los religiosos responsables de los reci?n profesos, tienen tambi?n el deber de comprobar si el joven religioso tiene vocaci?n y capacidad para hacer su profesi?n temporal o perpetua. Todo el proceso en cualquier etapa tiene lugar en comunidad, ya que el ambiente natural para la formaci?n es una comunidad orante y entregada, que edifica sobre Cristo su uni?n y comparte conjuntamente su misi?n. Deber? ser fiel a las tradiciones y constituciones del instituto y estar bien insertada en el instituto en todo su conjunto, en la Iglesia y en la sociedad a quien sirve. Deber? sostener a sus miembros y mantener ante ellos en la fe, durante toda su vida, las metas y valores que la consagraci?n implica.

48. La formaci?n no se consigue toda de una vez. El trayecto que media entre la respuesta inicial y la postrera, se puede dividir de modo general en cinco fases: el prenoviciado, en que ha de comprobarse la autenticidad de la llamada, en lo posible; el noviciado, que da inicio a una nueva forma de vida; la primera profesi?n y el per?odo de maduraci?n previa a la profesi?n perpetua; la profesi?n perpetua y la formaci?n permanente de la edad adulta; y, finalmente, los a?os del ocaso, de cualquier modo que se presente, que es preparaci?n pr?xima para el encuentro con el Se?or. Cada una de estas fases tiene su propio objetivo, contenido y normativa. Las etapas de noviciado y profesi?n, a causa de su importancia, son cuidadosamente reguladas en sus l?neas principales por la Iglesia en su derecho com?n. De todas maneras, es mucho lo que se deja a la responsabilidad de los institutos en particular. A estos se les pide que fijen concretamente en sus constituciones; normas detalladas para un considerable n?mero de asuntos, a los cuales el derecho com?n hace referencia s?lo en principio.

9. EL GOBIERNO

49. El gobierno del religioso apost?lico, al igual que los dem?s aspectos de su vida, est? basado en la fe y en la realidad de su respuesta de consagraci?n a Dios, en la comunidad y en la misi?n. Se trata de mujeres y hombres, miembros de institutos religiosos, cuyas estructuras reflejan la jerarqu?a cristiana, cabeza de la cual es Cristo mismo. Personas que han escogido vivir la obediencia consagrada como valor de vida; y, por ello, necesitan una forma de gobierno que exprese estos valores y una forma particular de autoridad religiosa. Esa autoridad, caracter?stica de los institutos religiosos, no proviene de los miembros; es conferida por Dios mediante el ministerio de la Iglesia, al reconocer el instituto y aprobar sus constituciones. Es una autoridad de la que est?n investidos los superiores, mientras duren sus per?odos de servicio, ya sea a nivel general, intermedio o local.

Debe ser ejercida de acuerdo con las normas del derecho com?n y propio, con esp?ritu de servicio, respetando la persona humana de cada religioso como hijo de Dios (cf PC 14), estimulando la cooperaci?n para el bien del instituto, pero siempre preservando el derecho del superior de discernir y decidir lo que ha de hacerse (cf ET 25).

Estrictamente hablando, esta autoridad religiosa no se comparte. Puede ser delegada, seg?n la constituciones, para determinados fines, pero, normalmente, es ejercida por raz?n de oficio y es la persona del superior la investida de autoridad.

50. Sin embargo, los superiores no ejercen la autoridad aisladamente. Cada uno debe tener la asistencia de un consejo, cuyos miembros colaboran con el superior, seg?n unas normas que son establecidas constitucionalmente. Los consejeros no ejercen la autoridad por derecho de oficio, como los superiores, sino que colaboran con ellos y ayudan con su voto deliberativo o consultivo, seg?n las prescripciones de la ley eclesi?stica y las constituciones del instituto.

51. La autoridad suprema en un instituto es tambi?n ejercida, aunque de manera extraordinaria, por el Cap?tulo general mientras est? en sesi?n. Tambi?n esto debe hacerse en conformidad con las constituciones, que deben definir la autoridad del cap?tulo, de tal forma que se distinga perfectamente de la del superior general. El cap?tulo general es esencialmente un ?rgano ad hoc. Est? compuesto por miembros ex officio y delegados elegidos, que ordinariamente se re?nen para un solo cap?tulo. Como signo de unidad en la caridad, la celebraci?n de un cap?tulo general debiera ser un momento de gracia y de acci?n del Esp?ritu Santo en un instituto. Debiera ser una experiencia jubilosa, pascual y eclesial, que beneficie al instituto mismo y, tambi?n, a toda la Iglesia. Al cap?tulo general le incumbe renovar y proteger el patrimonio espiritual del instituto, as? como elegir el supremo superior y sus consejeros, dictaminar sobre los asuntos m?s importante y dar normas para todo el instituto. Los cap?tulos son de una tal importancia que la ley propia del instituto tiene que determinar minuciosamente cuanto tiene relaci?n con ellos, ya a nivel general, ya a otros niveles; a saber, su naturaleza, autoridad, composici?n, modo de proceder y frecuencia de su celebraci?n.

52. La doctrina conciliar y posconciliar insiste en ciertos principios relativos al gobierno religioso, que han estado a la base de considerables cambios durante los ?ltimos veinte anos. Dej? bien en claro la necesidad de una autoridad religiosa, efectiva, personal, en todos los niveles: general, intermedio y local, si se ha de vivir la obediencia religiosa (cf PC 14; ET 25).

Subray? adem?s la necesidad de consultar la base, de comprometer apropiadamente a todos los miembros en el gobierno del instituto, de compartir la responsabilidad y fomentar la subsidiariedad (cf ES II, 18). La mayor?a de estos principios han encontrado su expresi?n en las constituciones revisadas. Es importante que estos principios sean entendido y llevados a la pr?ctica de modo que se cumpla el objetivo del gobierno religioso: la edificaci?n de una comunidad unida en Cristo, en la cual Dios es buscado y amado sobre todas las cosas y la misi?n de Cristo es generosamente realizada.

Mar?a, gozo y esperanza de la Vida religiosa.

53. En Mar?a, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, la vida religiosa se comprende a s? misma m?s profundamente y encuentra su signo de esperanza cierta (cf LG 68). Ella, que fue concebida inmaculada, porque fue escogida de entre el Pueblo de Dios para ser portadora del mismo Dios m?s ?ntimamente y para darlo al mundo, fue consagrada totalmente por la infusi?n del Esp?ritu Santo. Ella fue el Arca de la nueva Alianza.

La sierva del Se?or con su pobreza de ? pobre de Jahw? ?; la Madre del amor hermoso desde Bel?n hasta m?s all? del Calvario; la Virgen obediente cuyo ?si?, a Dios cambi? nuestra historia; la mujer contemplativa ? que conserv? en su coraz?n todas estas cosas ?; la misionera que se apresur? hacia Hebr?n; la ?nica sensible a las necesidades de Can?; la testigo firme al pie de la cruz; el centro de unidad que mantuvo unida a la Iglesia reci?n nacida en su expectaci?n del Esp?ritu Santo. Mar?a mostr?, a lo largo de su vida, todos aquellos valores que van unidos con la consagraci?n religiosa. Ella es la Madre del religioso, al ser Madre de Aqu?l que fue consagrado y enviado, y en su fiat y magnificat la vida religiosa encuentra la plenitud de su entrega y la emoci?n de su gozo por la acci?n de Dios que consagra.


Publicado por mario.web @ 19:50
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