Lunes, 28 de marzo de 2011
Texto de Jean Fran?ois-Revel que permite entender el fen?meno de la antimundializaci?n.
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Antimundialismo y antiamericanismo
Antimundialismo y antiamericanismo
C?mo debemos entender la guerra contra la mundializaci?n ? que reina desde 1999 y cuya virulencia no cesa de aumentar? Guerra en sentido propio y no figurado, guerra f?sica y no te?rica, lucha callejera y no lucha de ideas, ya que los manifestantes que constituyen sus fuerzas de choque, encuadrados en organizaciones no gubernamentales (subvencionadas, a su vez, por los gobiernos), asedian locales y saquean las ciudades en las que se celebran reuniones internacionales.

Tras la lucha contra la mundializaci?n, es decir, contra la libre circulaci?n de las personas y las mercanc?as, a la que resulta muy dif?cil mostrarse hostil en principio, se oculta una lucha m?s fundamental y antigua contra el liberalismo y, por tanto, contra los Estados Unidos, su principal representante y su m?s potente veh?culo planetario. En el ?carnaval antimundializaci?n? que se desarroll? en Montpellier el 16 de febrero de 2001, la principal atracci?n fue un personaje disfrazado de T?o Sam con perilla, traje y chistera con los colores de la bandera americana. No se pod?a designar m?s claramente al chivo expiatorio supremo. Seg?n la antigua tradici?n socialista, el antiliberalismo y el antiamericanismo van a la par y los soldados licenciados del ej?rcito comunista vencido o sus herederos pol?ticos son, sin lugar a dudas, quienes se reagrupan en bandas decididas a acometer, a falta de una guerra frontal en campo raso, que ya no est? a su alcance, una guerrilla de hostigamiento que la libertad de circulaci?n debida a la mundializaci?n les permite llevar a cabo en cualquier punto del planeta democr?tico. La mundializaci?n, concepto impreciso donde los haya, les sirve de nuevo blanco mediante el cual apuntan a sus eternos enemigos. ?Simplifico? ?Exagero? En absoluto. Durante una manifestaci?n antimundialista, en Londres, el 30 de noviembre de 1999, en apoyo de la de Seattle, que se desarrollaba en el mismo momento contra la Organizaci?n Mundial del Comercio, se pod?a leer en una de las pancartas: ?La privatizaci?n mata; el capitalismo mata?. ?Qu? otra cosa afirman Le Monde diplomatique oPierre Bourdieu? Seg?n ellos y sus fieles, la mundializaci?n engendra en el planeta una pobreza cada vez mayor, en provecho de una minor?a de ricos que cada vez son m?s ricos. Es lo que ?repit?moslo? a mediados del siglo xix preve?a Karl Marx para el futuro de los pa?ses industrializados de la Europa occidental y de Am?rica del Norte: una ca?da cada vez m?s r?pida de masas cada vez m?s numerosas en una miseria cada vez m?s negra, frente a un pu?ado cada vez m?s reducido de capitalistas cada vez m?s ricos. Ya sabemos la confirmaci?n que la continuaci?n de la Historia ha dado a aquella genial profec?a. Recordemos que, a?n a finales del decenio de 1950, el Partido Comunista franc?s adopt? como tema de propaganda ?la pauperizaci?n absoluta? de la clase obrera, en pleno periodo de los ?treinta gloriosos?, en los que el nivel de vida general sub?a a ojos vista. ?Ah! ?El socialismo cient?fico!

Lionel Jospin acogi? con agrado ?el surgimiento planetario de un movimiento ciudadano? entre los antimundialistas de G?nova, Gotemburgo, Niza o Seattle. Ahora bien, se trata m?s bien del resurgimiento minoritario de una violencia antidemocr?tica. En efecto, la democracia concede a todos el derecho a manifestarse pac?ficamente, es decir, a desfilar enunciando opiniones y reivindicaciones con la voz y las pancartas, pero a partir de Seattle, los antimundialistas han ido mucho m?s lejos. En todos los lugares en los que surgieron, su objetivo fue desde el principio el de impedir reuniones de jefes de Estado o de Gobierno elegidos por sufragio universal o directivos, designados reglamentariamente, de organismos internacionales o incluso, como en Davos, de personalidades diversas reunidas en un coloquio para intercambiar puntos de vista, sin por ello disponer del menor poder de decisi?n. Cierto es que para la mentalidad de los totalitarios, expresar ideas contrarias a sus lemas es ya un crimen. As?, pues, por dondequiera que han ido, esos antimundialistas muy mundializados han tomado por asalto los locales en los que se deb?an celebrar las reuniones, con la intenci?n de expulsar de ellos por la fuerza a los participantes o reducirlos al silencio. Por eso, la distinci?n entre el grueso de los manifestantes supuestamente pac?ficos y la mayor?a de anarquistas violentos que ?seg?n nos cuentan? se infiltran entre los primeros no es sino mentira e hipocres?a. Querer imposibilitar mediante la coacci?n f?sica la celebraci?n de una reuni?n no se puede hacer pac?ficamente y equivale a substituirla impugnaci?n por la violencia. Esos procedimientos son los mismos que los adoptados en otro tiempo por los camisas negras o pardas y por los matones comunistas. Adem?s, si los anarquistas violentos fueran en verdad minoritarios en los devastadores rave parties de los antimundialistas, ?c?mo podemos explicar que la mayor?a, supuestamente pac?fica, no logre neutralizarlos? ?C?mo es que cien mil, doscientos mil, idealistas amantes de la paz resultan impotentes para contener a unos centenares de terroristas que han acudido a saquear, romper, destrozar, incendiar y pillar? Pueden dejarse desbordar una vez, pero no seis, siete, diez veces. Ahora bien, el salvajismo violento amparado o practicado por los ?pac?ficos? antimundialistas lejos de disminuir entre Seattle, en 1999, y G?nova, en 2001, no ha cesado de aumentar en intensidad.

Que la polic?a italiana sobrepasara en G?nova los l?mites de un mantenimiento del orden democr?tico, hasta el punto de que un polic?a de veinte a?os matara a un manifestante de veintitr?s, resulta, desde luego, indignante. No obstante, conviene observar que, si bien la prensa y la oposici?n de Italia estigmatizaron con vehemencia a la polic?a y al Gobierno, la muerte del joven apenas fue objeto de pol?micas, pues las im?genes demostraban fehacientemente que el carabinero hab?a actuado en leg?tima defensa.[16] Ya la polic?a sueca, en Gotemburgo, ciudad cuyo centro fue ?pac?ficamente? destruido, hab?a utilizado una represi?n propia m?s para afrontar una manifestaci?n que una guerrilla. Tambi?n hab?a disparado balas reales y, por fortuna, s?lo hubo heridos. Y, por lo dem?s, ?es que no se trataba, en efecto, de una guerrilla? La astucia de esos seudomanifestantes, en realidad amotinados, consiste en atribuir exclusivamente a la polic?a la responsabilidad de una violencia en la que ellos mismos han tomado la iniciativa. Los amotinados de extrema derecha que, el 6 de febrero de 1934, se dirig?an en Par?s hacia el Palais-Bourbon con la intenci?n de forzar la entrada y expulsar de ?l a los diputados ? exactamente lo que hacen los antimundialistas hoy a escala internacional contra las ?cumbres?? imputaron despu?s a la reacci?n de la polic?a, y ?nicamente a ella, las v?ctimas provocadas por una represi?n que la defensa de la Rep?blica hab?a vuelto, por su culpa, indispensable. Seguramente la polic?a no fue del todo inocente, pero los amotinados a?n menos. En los dos ejemplos, la violencia de los polic?as fue el efecto, y no la causa, de la violencia de los amotinados. ?Es necesario recordar que antes incluso de la inauguraci?n de la cumbre de G?nova ya se hab?an recibido paquetes?bomba en ciertos puestos de polic?a? Un funcionario, al abrir uno de aquellos paquetes, perdi? un ojo, mientras que los manifestantes ?pac?ficos? recurr?an ya preventivamente a los c?cteles Molotov en las calles de la ciudad.[17]

Lo que muestra que se busc? la violencia por s? misma es que era superflua, ya que los manifestantes antimundialistas son casi todos ciudadanos de pa?ses democr?ticos. Por tanto, gozan de libertad de expresi?n, tienen derecho al voto, pueden, si quieren, formar partidos pol?ticos y presentarse a las elecciones para intentar hacer prevalecer sus tesis por las v?as de la persuasi?n y la elecci?n. En esas condiciones, parece singular que un Primer Ministro los felicite por seguir una v?a muy diferente. Contra las dictaduras es contra las que la violencia o la obstrucci?n f?sica son leg?timas, porque brindan el ?nico recurso para quienes quieren contribuir al restablecimiento o al establecimiento de la democracia, pero los amotinados de Niza o G?nova hac?an lo contrario: atacaban la democracia con el fin de substituirla por la fuerza.

Para comprenderlos, hay que remontarse al antiguo fondo cultural que los vincula a la tradici?n ?revolucionaria?. Lo que esos manifestantes pretenden es remedar una revoluci?n que se disfraza o se deshonra desde hace un siglo. No aspiran a hacer avanzar mediante la acci?n democr?tica un programa antimundialista que tienen derecho a concebir, pero del que precisamente carecen, pues sus ideas son incoherentes y sus informaciones indigentes. La agitaci?n precede en ellos al pensamiento y se contenta con prolongar la prehistoria pol?tica del mundo moderno, como esos cultos neol?ticos que se perpetuaban hasta el subsuelo del Renacimiento. Los antimundialistas martillean con barras de hierro el viejo tambor anticapitalista y antiamericano, la leyenda de la eficacia milagrosa de la guerrilla urbana. A?adamos que la ocasi?n suplementaria de ?cargarse? al liberal Silvio Berlusconi, Presidente del Consejo, ?fascista?, a su juicio, aunque democr?ticamente elegido por segunda vez, contribu?a a sazonar, en aquel caso, el est?ril placer de su antiguo simulacro.

Los ?j?venes? antimundialistas son, en realidad, unos vejestorios ideol?gicos, fantasmas resurgidos de un pasado de ruinas y sangre. Hablando de ?rejuvenecimiento?, en G?nova se vio, por lo dem?s, reaparecer banderas rojas adornadas con la hoz y el martillo (que incluso el partido de los ex comunistas hab?a arrumbado en Italia a partir de 1989), efigies del Che Guevara y la sigla de las Brigadas Rojas. Lo que los manifestantes atacan en la mundializaci?n es el capitalismo democr?tico, es Am?rica, en la medida en que ?sta es, desde hace al menos medio siglo, la sociedad capitalista democr?tica m?s pr?spera y creadora. Lo que atacan es el liberalismo o simplemente la libertad, pese a ser ellos mismos los primeros beneficiarios de ella, puesto que se desplazan en todo momento como quieren. Si se ejecutaran sus diktats y, por tanto, se restablecieran por doquier las barreras fronterizas, los pasaportes, los visados, incluso para los turistas, no habr?a habido ni Seattle ni Gotemburgo.

No es ?sa la ?nica contradicci?n de su indigente batiburrillo mental. Por ejemplo, asolan Seattle en nombre de la lucha contra la mundializaci?n ?salvaje? que ?s?lo beneficia a los ricos?. Ahora bien, ?qui?n se reun?a en Seattle? La Organizaci?n Mundial del Comercio, la OMC, cuyo papel consiste principalmente en someter los intercambios econ?micos internacionales a reglas... para impedir que sean ?salvajes?. No hay un solo pa?s en el mundo que no haya deseado ?y los m?s pobres son los que se muestran m?s deseosos de ello? ser admitido en la OMC. Y en Niza o en Gotemburgo, ?qui?n se reun?a? Las autoridades y los Gobiernos de la Uni?n Europea, que nada tiene de ?mundial?, ya que agrupa a quince pa?ses, cuando en todo el planeta hay m?s de doscientos. ?Qui?n se reun?a en G?nova? El G8, es decir, los siete pa?ses m?s industrializados, con la adici?n cort?s de Rusia. Tampoco en ese caso, si bien su influencia es, evidentemente, internacional, son el mundo entero. No son las Naciones Unidas. Si pueden intentar armonizar sus pol?ticas, sus posibles puntos de acuerdo, no tienen el menor valor ejecutorio para los dem?s Estados. Al pretender poner la mira en la mundializaci?n, los camorristas de G?nova atacan, en realidad, al capitalismo en s? (por lo dem?s, hab?an roto las fachadas de los bancos antes incluso de que comenzara la conferencia) y a su encarnaci?n m?s diab?lica Am?rica. El pretexto de esa demonizaci?n es ?vieja cantinela? el de que los pa?ses ricos no se preocupan bastante por los pa?ses pobres. M?s adelante tendremos ocasi?n de subrayar la inanidad de esa leyenda. Pero en el caso presente resulta ?contradicci?n suplementaria? que el objetivo de la cumbre del G8 en G?nova era precisamente el de abordar esa cuesti?n y en ella los Ocho redujeron efectivamente la deuda de los pa?ses pobres. Dieron un nuevo impulso a la ayuda p?blica para el desarrollo del Sur, crearon un fondo mundial para financiar la campa?a m?dica contra el sida, el paludismo y. la tuberculosis, en particular en el ?frica subsahariana.

Pues, adem?s, en G?nova los miembros del G8 hab?an invitado por primera vez a los dirigentes africanos a que se reunieran y deliberasen con ellos. As?, pues, el Primer Ministro brit?nico acog?a con benepl?cito, y con raz?n, la puesta en marcha de lo que llamaba ?un ambicioso plan Marshall para ?frica?.[18] El horrible George W. Bush mismo hab?a pedido, antes incluso de la inauguraci?n de la reuni?n, ?m?s pr?stamos para la salud y la educaci?n en los pa?ses m?s pobres?. A ese respecto anunciaba un ?cambio pol?tico radical? de su Gobierno.[19] Y a?ad?a: ?Pero no nos equivoquemos: los que protestan contra la libertad de comercio no son los amigos de los pobres?. Pese a ser (de creer a la prensa europea) notoriamente est?pido, el Presidente de los Estados Unidos no andaba precisamente errado en aquella ocasi?n. En efecto, lo que piden los pa?ses pobres es un acceso m?s libre a sus productos, en particular los agr?colas, al mercado de los pa?ses ricos. Dicho de otro modo, piden m?s y no menos mundializaci?n. Y lo que muestra otra faceta de la incoherencia de los amotinados, ricos, a su vez, por lo dem?s, es que subvierten cumbres cuyo objeto es ampliar la libertad de comercio y, por tanto, aumentar las capacidades exportadoras de los pa?ses pobres hacia las zonas m?s solventes: as? se hizo en la reuni?n interamericana de Qu?bec, en la que se pusieron las bases de un mercado continental ?nico destinado, entre otras cosas, a abrir Am?rica del Norte a los productos agr?colas de la Am?rica del Sur. Tambi?n en aquel caso fue invadida y saqueada la ciudad.

As?, cuando examinamos un poco m?s detenidamente el revoltijo que sirve de forraje intelectual a las vociferaciones antimundialistas (y podr?amos alargar el cat?logo), no podemos por menos de observar que no se puede extraer de ellas un programa susceptible de la menor aplicaci?n pr?ctica.

El muestrario de ese revoltijo inutilizable hace que resulte tanto m?s asombroso que incluso dirigentes europeos considerados liberales y que en principio no figuran entre los nost?lgicos del paleosocialismo se proclamen ?impresionados? por los amotinados antimundialistas y convencidos de la necesidad de ?dialogar? con ellos. Es normal ver a toda una prensa de izquierda y a una capa pol?tica que desde 1989 hab?an balbuceado con la boca peque?a una revisi?n desgarradora y afirmaban haber ?aprendido las ense?anzas? que se desprend?an de las cat?strofes y los absurdos socialistas cantar victoria al acoger con entusiasmo la divina sorpresa de esa nueva cruzada contra la mundializaci?n, sin?nimo en este caso de capitalismo.

En cambio, resulta m?s dif?cil entender la raz?n por la que unos dirigentes de derecha toman ?o fingen tomar? en serio el magma pol?tico de los antimundialistas. ?Por qu? el Presidente de la Rep?blica, Jacques Chirac, abog? ante sus pares en G?nova por una ?concertaci?n normal y permanente? con los manifestantes? ?Por qu? proclam?, en un largo art?culo,[20] que hab?a llegado el momento de ?humanizar la mundializaci?n?? ?Es que era inhumana acaso? Semejante f?rmula equivale a abrazar con las dos manos el t?pico de los camorristas y secundar la estrategia antiliberal de los izquierdistas reciclados y de la mayor?a de las ONG. A semejanza de Jospin, Chirac acoge con complacencia incluso una ?conciencia ciudadana mundial?. ?Por qu? esa jerga socialista? Cierto es que esa posici?n revela un s?ndrome derechista m?s particularmente franc?s. Los otros gobernantes del G8, incluso los socialdem?cratas, no siguieron a Chirac por ese sendero sin salida. Se proponen conservar el derecho de deliberar entre s? y con sus interlocutores, sin tener que dar cuentas de ello a unos amotinados totalmente ileg?timos. Cierto es tambi?n que, si bien Francia cuenta con una gran tradici?n de pensadores liberales, su derecha pol?tica no los ha le?do: siempre ha sido dirigista, planificadora, burocr?tica y reglamentarista. Cierto es, por ?ltimo, que la derecha francesa arde, sobre todo desde el fin de la segunda guerra mundial, con un deseo que la paraliza tanto m?s cuanto que no se ve coronado por el ?xito ni correspondido: agradar a la izquierda.

Bernard Kouchner, cuya acci?n en pro de los pa?ses pobres con ?M?dicos sin fronteras? y despu?s ?M?dicos del mundo? impone respeto, pierde un poco su lucidez cuando exclama, despu?s de los motines contra el G8 en G?nova: ? ?Se trata de un mayo del 68 a escala mundial!? ?Est? visto que nadie reivindica tanto el mundialismo como los antimundialistas! Adem?s, la f?rmula es graciosa, pero hist?ricamente poco ilustrativa. El movimiento que designamos ?nosotros, los franceses? como ?mayo del 68?, con el pretexto de que durante aquel mes estall? en Francia, hab?a comenzado varios a?os antes en los Estados Unidos, en forma mas original y menos marxistizada y despu?s en Alemania. Record?moslo: junto a una transformaci?n de las costumbres y las mentalidades que podemos considerar ben?fica, el ?mayo del 68? europeo se enfeud? muy pronto con los lugares comunes del socialismo totalitario, en sus versiones mao?sta o trotskista, cuando al principio se presentaba como antiautoritario. El llamado movimiento de ?mayo del 68?, al negarse al mismo tiempo a aceptar el juego de la legalidad democr?tica, ya aceptada formalmente por los partidos comunistas occidentales, degener? en terrorismo sanguinario durante los veinte a?os que siguieron. Entonces se constituyeron las Brigadas Rojas en Italia, la Fracci?n del Ej?rcito Rojo en Alemania, el Ej?rcito Rojo japon?s, las C?lulas Comunistas Combatientes belgas (CCC) y ?m?s marginal, pero no menos asesina? Acci?n Directa en Francia. Debemos a esas organizaciones grandes hechos que no parece juicioso ni oportuno ofrecer como modelo a las generaciones del comienzo del siglo xxi. Pues a veces los protestatarios antimundialistas se han encontrado tambi?n a dos pasos de deslizarse hasta la degeneraci?n terrorista. En la primavera de 2000 llegaron a dar ese paso incluso, por antiamericanismo, al colocar en un McDonald?s una bomba que mat? a una joven, en Breta?a. Los antimundialistas actuales tienen en com?n ?cierto es? con los sesentayochistas una visi?n marxista simplista: el mal absoluto es el capitalismo, encarnado y dirigido por los Estados Unidos. As?, como despu?s de lo de G?nova se hablaba mucho de organizar en el futuro ?G8 m?s modestos?, el humorista Plantu public?, en la portada de Le Monde,[21] un dibujo en el que se ve al T?o Sam ??siempre ?l!? acampado bajo una tienda cuyas estacas de sujecci?n, plantadas en la hierba, son simplemente los otros siete socios maniatados del G8. Entre ellos reconocemos a Jacques Chirac. La lecci?n est? clara: el ?nico due?o real del G8 es Am?rica, cuyos sirvientes son las dem?s democracias, al servicio del capitalismo mundial, es decir, americano. Ese fino an?lisis sat?rico no habr?a desentonado en modo alguno en un n?mero de L?Humanit? hacia 1950.

Otra convicci?n es com?n a los sesentayochistas y a los antimundialistas actuales: la de que los manifestantes de las calles son m?s leg?timos que los gobiernos elegidos. Reconocemos en eso una muestra de entre las m?s enmohecidas de los oropeles colgados en el desv?n de los dogmas marxistas: el levantamiento de las ?masas? es m?s democr?tico que la democracia ?formal?. Peor a?n: eminentes personalidades pol?ticas de izquierda (en Francia, Fran?ois Hollande, Jean-Luc M?lanchon, Noel Mam?re, entre otros) reclamaron, despu?s de lo de G?nova, la supresi?n del G8. Conclusi?n que debemos sacar de esa actitud: unos Gobiernos elegidos por sufragio universal pierden el derecho a concertarse en cuanto la calle se lo haya denegado.

Ni que decir tiene que la amplitud de una o varias manifestaciones puede ser reveladora de una importante corriente de opini?n, que un Gobierno democr?tico o un grupo de Gobiernos democr?ticos har?n siempre bien en tener en cuenta, aunque s?lo sea en previsi?n de las pr?ximas elecciones. Pero, si ceden porque esas manifestaciones son violentas hasta el punto de paralizar el funcionamiento de la propia democracia, se descalifican. En ese caso, los dem?cratas dignos de ese nombre deben recordar en?rgicamente que en su sistema pol?tico se confiere el poder metiendo papeletas en las urnas y no piedras en los escaparates. Resulta inquietante que la izquierda, incluso la ?republicana?, no tenga m?s presente ese principio.

?Por qu? lo olvida? Porque el anticapitalismo justifica, a su juicio, esa excepci?n, porque la ?arrogancia? capitalista es la ?arrogancia? americana. Pero, ?acaso no resulta, aun as?, curioso que dondequiera que surjan dificultades econ?micas ?y a fortiori una crisis grave? sea prioritariamente a Am?rica a la que los pa?ses ?en ascenso? soliciten la ayuda o la intervenci?n? As? es tanto en Asia como en ?frica, en Am?rica Latina como en Servia o en Rusia. El 30 de julio de 2001, el Presidente de la OMC dio una voz de alarma, al quejarse de que la excesiva lentitud de las negociaciones o la aplicaci?n de las decisiones relativas al comercio internacional perjudicaba a los pa?ses m?s pobres. La causa principal de esa lentitud es ?dec?a? la mala voluntad de los pa?ses ricos que hac?an o?dos sordos a la hora de reducir sus subvenciones agr?colas, forma indirecta de proteccionismo. Ese economista, bien situado para observar los hechos, dec?a, en una palabra, que el origen de la pobreza no era la econom?a de mercado, sino la insuficiencia de econom?a de mercado. Esa observaci?n no conmueve a los izquierdistas antimundialistas. Se burlan de la necesidad de mejorar la suerte de los subdesarrollados. Lo que les gustar?a es destruir las econom?as desarrolladas, en la medida en que el desarrollo se confunde con el capitalismo. A ese respecto, tienen raz?n.

La raz?n que se suele invocar para condenar la mundializaci?n es la de que supuestamente acent?a las desigualdades y agrava la pobreza. La raz?n real del deseo de proscribirla, o al menos controlarla, cuando escrutamos el pensamiento de sus adversarios, es la de que en su forma actual se identifica con el capitalismo y el mercado, que, a su vez, se identifican en el marco actual con la preponderancia americana.

As?, pues, para juzgar sobre la verdad o la falsedad de esas tesis, con frecuencia aceptadas, por lo dem?s, sin examen cr?tico ni siquiera por los partidarios de la econom?a de mercado, conviene intentar responder a las tres preguntas siguientes:

??Es un mal en cuanto tal la mundializaci?n mediante el mercado?

??Es un mal sobre todo porque en su versi?n contempor?nea ofrece un campo de expansi?n a la superpotencia americana? ?Se uniformiza la humanidad de hoy al americanizarse?

??Es cierto que a causa de la mundializaci?n los ricos se vuelven cada vez m?s ricos y los pobres cada vez m?s pobres, a escala planetaria y dentro de cada uno de los pa?ses?

Respecto de la primera pregunta, conviene precisar, como acabo de hacerlo, que la izquierda s?lo rechaza la mundializaci?n mediante el mercado. De hecho, m?s el mercado que la mundializaci?n. El objetivo de la izquierda es la mundializaci?n sin el mercado. La mundializaci?n siempre le ha parecido deseable, siempre que fuera ideol?gica y pol?tica. La Francia revolucionaria se atribuy? la misi?n de extender a toda la Humanidad los principios de 1789. En los siglos xix y xx, el socialismo se defini? por esencia, internacionalista. Fund? la Primera, la Segunda, la Tercera y la Cuarta Internacionales, cuyo nombre indica su ambici?n planetaria. Pese a fases transitorias y de consolidaci?n en las que se propugnaba el ?socialismo en un solo pa?s? por razones t?cnicas y coyunturales, los comunistas sovi?ticos y mao?stas siempre han sentido el deseo de imponer sus modelos respectivos a toda la Humanidad, en caso necesario mediante la intervenci?n militar o la subversi?n armada. No han dejado de recurrir a ellas, cuando pod?an, en los cinco continentes. Los opositores antimundialistas, sin tener la intenci?n ni los medios, por cierto, de realizar acciones belicosas de esa amplitud, no por ello dejan de ser tambi?n mundiales y antiliberales a la vez.[22] La prensa de izquierda ?por ejemplo, Le Nouvel Observateur?[23], al acoger con agrado el ??xito de la cumbre antiliberal de Porto Alegre?, proclama (es el t?tulo del art?culo) el ?Nacimiento de una internacional?. Concluye que ?otra mundializaci?n gana por la mano a Davos?. As?, pues, para la izquierda el enemigo es sin lugar a dudas el liberalismo y no la mundializaci?n. ?sta le parece buena a condici?n de que sea planificada y dirigida. En 2001, el Primer Ministro socialista, Lionel Jospin, tras haber aplaudido en G?nova ?ya lo he dicho? ?el surgimiento planetario (el subrayado es m?o) de un movimiento ciudadano?, felicita a continuaci?n a los manifestantes por haber demostrado, seg?n ?l, que ?el dominio de la mundializaci?n requiere la reafirmaci?n del papel de los Estados?.[24] As?, pues, el conflicto, m?s que referirse a la mundializaci?n, opone dos concepciones de ella: una basada en el mercado libre y la empresa privada; otra, en el dirigismo y la econom?a estatizada, una mundializaci?n impuesta y controlada por los Estados. Si ha habido una ?victoria?,[25] de Seattle a G?nova, ha consistido en hacer prevalecer la segunda concepci?n sobre la primera.

El inconveniente de la segunda concepci?n y la paradoja de los j?bilos que suscita hoy su resurgimiento es que su aplicaci?n en el pasado nunca ha dado otros resultados que regresiones econ?micas, la miseria de amplias capas de la poblaci?n y el atraso tecnol?gico, la mayor?a de las veces combinados con tiran?as pol?ticas. Esta observaci?n es aplicable tanto a los socialismos comunistas como al nacionalsocialismo hitleriano, que tambi?n sent?a ?no lo olvidemos? el deseo de extenderse por la Tierra entera y, para empezar, por toda Europa. El mundialismo dirigista siempre ha sido promotor de cat?strofes humanas o, de cualquier modo, en los casos menos malos, de naufragios econ?micos muchos m?s dolorosos para los pueblos que las peores injusticias capitalistas.

La observaci?n de la realidad hist?rica pasada y presente nos ense?a que la ?nica mundializaci?n cuyo balance, sin estar desprovisto de un pasivo, ha resultado en conjunto positivo es la mundializaci?n capitalista y que, por lo dem?s, no data de hoy.

La mundializaci?n existi? mucho antes del nacimiento de los Estados Unidos. Como recuerda un economista e historiador, R?gis B?nichi, en una s?ntesis luminosa al respecto,[26] la mundializaci?n acompa?a toda la historia del capitalismo. M?s antiguamente a?n, se observa ya esa extensi?n del comercio en el Imperio romano y en la Edad Media, con sus ben?ficas consecuencias: las ventajas de reciprocidad, de complementaridad, que engendra la disminuci?n de los costos. Pero fue sobre todo despu?s de los grandes descubrimientos, al final del siglo xv, con el desarrollo del comercio transatl?ntico, como se inici? la mundializaci?n en el sentido moderno del t?rmino. B?nichi distingue tres oleadas: la expansi?n del capitalismo mercantil despu?s de los grandes descubrimientos, despu?s del per?odo en el que se generaliz? la revoluci?n industrial en Europa y en Am?rica del Norte, es decir, desde 1840, aproximadamente, hasta 1914; por ?ltimo, la mundializaci?n actual.

Ni que decir tiene que la primera oleada ascendi? durante todo el siglo xvi y se extendi? a?n en el xvii. Gracias al tr?fico mar?timo, adem?s de los actores de primer plano, como Inglaterra y Espa?a, pa?ses peque?os como Portugal u Holanda llegaron a ser grandes potencias econ?micas, cabezas de redes planetarias, que se extendieron hasta la India, el Asia sudoriental, Indonesia, el Pac?fico occidental, Australia, Sur?frica. La Compa??a Neerlandesa de las Indias Orientales fue un prototipo de los instrumentos nuevos que suscitaban los intercambios universales.[27] El siglo xviii ilustr? m?s adelante en la pr?ctica y explic? mediante el an?lisis te?rico las ventajas de la libertad de comercio.

Durante la que B?nichi llama la segunda oleada de mundializaci?n, entre 1840 y 1914, el volumen del comercio mundial se multiplic? por siete. Se habla mucho hoy de ?Am?rica?mundo?. La expresi?n ?Europa?mundo? es la que conviene a las dos primeras mundializaciones, pues entonces Europa extendi? por todos los continentes sus capitales, sus t?cnicas, sus idiomas, sus hombres. Sobre todo sirvi? de motor central para una circulaci?n planetaria de mercanc?as, tecnolog?a, ciencias, t?cnicas e ideas. En cambio, a partir de 1919, despu?s de la cat?strofe de la Gran Guerra y pese al restablecimiento de la paz, la Europa arruinada retrocedi?, se repleg? sobre s? misma. Se hab?a acabado su supremac?a. Adem?s, se fragment?: los pa?ses europeos se cerraron unos a los otros. Al otro lado del Atl?ntico, los Estados Unidos, Argentina, Brasil, tierras inmensas tradicionalmente abiertas a los inmigrantes y a los productos extranjeros, se atrincheraron, a su vez. El comercio internacional se desplom?, los capitales dejaron de poder circular, se instituy? el control de cambios, se quiso fijar por decreto el valor de las monedas. As?, pues, en todo el planeta la vida econ?mica se estanc? y empez? a parecerse, en una palabra, a lo que los adversarios actuales de la mundializaci?n desean para la Humanidad. El resultado no tard? en llegar: la crisis de 1929, que dur? diez a?os, decenas de millones de desempleados, el ascenso de reg?menes dictatoriales o totalitarios en algunos pa?ses, por doquier la ca?da precipitada del nivel de vida. (Francia, por ejemplo, no recuper? hasta el comienzo del decenio de 1950 su renta media por habitante de 1914.) Y, para coronar aquella brillante serie de ?xitos, sobrevino la segunda guerra mundial, de la que Europa saldr?a no s?lo material y econ?micamente destruida, sino tambi?n definitivamente excluida, aquella vez, del rango de las ?grandes potencias?.

As?, pues, mal que pese a los manifestantes ?ciudadanos? de G?nova o Davos, es comprensible que en 1945 la ?comunidad internacional?, como se la llamar?a m?s adelante, tuviese en cuenta por una vez las ense?anzas que se desprend?an de sus errores y tuviera el acierto de dar la espalda a la antimundializaci?n del cuarto de siglo anterior. Ya en 1941, en plena guerra, los Estados Unidos hab?an inscrito la liberalizaci?n del comercio mundial en la Carta del Atl?ntico, firmada el 14 de agosto de 1941 por Churchill y Roosevelt. En 1944, Morgenthau, Secretario de Estado del Tesoro (ministro de Hacienda) de Roosevelt, enunciaba as? la doctrina que iba de servir de gu?a al futuro: ?Hay que abstenerse de recurrir a los procedimientos perniciosos del pasado: la carrera de las devaluaciones, la erecci?n de obst?culos aduaneros, el control de cambios, mediante los cuales los gobiernos intentaron en vano contener la actividad econ?mica dentro de sus fronteras. Se trata de procedimientos que promovieron la depresi?n econ?mica y la guerra?.

As? comenzaba la ?tercera ola? de mundializaci?n, que despu?s del fin de la guerra no ha cesado de extenderse y en la que ahora nos encontramos.

Notas

[16] Le Point, 27 de julio de 2001, art?culo de D. Dunglas, corresponsal de Le Point en Italia.

[17] International Herald Tribune, 18 de julio de 2001, despacho de Reuters

[18] International Herald Tribune, 23 de julio de 2001.

[19] Ib?dem, 18 de julio de 2001.

[20] Le F?garo, 10 de julio de 2001.

[21] 24 de julio de 2001.

[22] ?Les racines de la contestation mondiale? [Las ra?ces de la impugnaci?n mundial], L?Express, 26 de julio de 2001.

[23] 1 de febrero de 2001.

[24] Le Figaro, 24 de julio de 2001.

[25] La palabra es de Jean Daniel: ?G?nes, le sens d?une victoire? [G?nova, el sentido de una victoria], Le Nouvel Observateur, 26 de julio de 2001.

[26] R?gis B?nichi, ?la mondialisation aussi a une histoire? (La mundializaci?n tambi?n tiene una historial, revista L? Histoire, n? 254, mayo de 2001.

[27] Sobre la potencia econ?mica holandesa en el siglo xvii, se debe consultar, evidentemente, la magistral obra de Simon Schama, The Embarrassment of Riches, Knopf, Nueva York, 1987. (Trad. fr. L?Embarras de richesses, Gallimard, 1991.)

Publicado por mario.web @ 19:57
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