Lunes, 28 de marzo de 2011
Aquilino Polaino-Lorente nos comparte un texto sobre la conciliaci?n trabajo familia, sus implicaciones en la persona y la sociedad.
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Trabajo y familia, ?mancuerna posible?
Trabajo y familia, ?mancuerna posible?
Tener hijos se percibe hoy socialmente como complicarse la vida, dejar de pas?rselo bien, estar continuamente al borde del drama y la tragedia, en definitiva, un modo absurdo de perder la libertad.

Este modelo de familia victimazada es falso y se alza sobre una mentira gigantesca: la de quienes dicen haber encontrado la felicidad en el individualismo radical. Una de las claves de este contrasentido est? en que la educaci?n familiar est? montada sobre un err?neo modelo antropol?gico.

La ?nica verdad de ese modelo victimista es que los padres que tienen hijos precisan m?s tiempo y que van m?s cargados de trabajo que quienes no los tienen. Esto da cierta verosimilitud y ayuda a sostener el eslogan, pero si se analiza en detalle, lo que se concluye es una abierta falsedad.

Es cierto que la maternidad y la paternidad entra?an una pesada carga de responsabilidad y sacrificio, pero tambi?n -y esto se omite sistem?ticamente en el discurso individualista-, de alegr?a, gozo y felicidad; de experimentarse rodeado de los nuevos valores que comporta la paternidad; de recrearse en un ser que procede del propio y que, no obstante su peque?ez y desvalimiento, es una persona y est? dotado de libertad.

Mirar a los ojos de un hijo -a las personas hay que mirarlas a los ojos- y comprobar la luz que titila en sus inocentes pupilas, todav?a no mancilladas por la mentira y la corrupci?n, ?eso hace sufrir a los padres? ?Y los que no tienen ning?n ojo filial al que contemplar? Contemplar la mirada inocente, ingenua, creativa, confiada, alegre y estimulante de un ni?o, ?tambi?n les hace sufrir mucho? Observar c?mo el peque?o de siete a?os habla con orgullo de su padre mientras discute o juega con sus compa?eros, ?le hace sufrir de forma horrorosa a su padre?

Todo esto y mucho m?s se pierden muchas parejas, gracias a ese modelo victimista de la familia. La felicidad de la pareja no consiste s?lo en el placer, ha de estar abierta a alguien que la trascienda, y en el matrimonio ese alguien es el hijo.

?Qu? fin espera a las parejas que, acaso por miedo al sacrificio, optaron por no tener descendencia? A algunas la soledad. Una soledad que crece en la misma medida en que decrecen las expectativas de la vida humana. Son muchas, tambi?n hoy, las personas mayores que mueren solas, probablemente porque se asustaron ante el sacrificio que supon?a tener hijos. ?Acaso estas lamentables situaciones no implican tambi?n buena parte de sacrificio, amargura, desvalimiento, soledad...? ?Por qu? no se habla de ellas?

EL TRABAJO EN LA RA?Z DE LOS DIVORCIOS

La situaci?n del hombre, la mujer, la familia y el trabajo al inicio de este nuevo siglo no se explica sin apelar a ciertos antecedentes. La revoluci?n biol?gica que a partir de 1960 introduce en el mundo el uso de los contraceptivos es, en mi opini?n, uno de los hechos hist?ricos m?s relevantes del siglo XX.

Por primera vez en la historia, la mujer pudo controlar voluntaria y rigurosamente su fecundidad. Sin ello, su incorporaci?n al trabajo y muchas otras consecuencias como la revoluci?n profesional, laboral, la concepci?n social de la feminidad y el planteamiento de un conflicto entre familia y trabajo, hubiera sido imposible.

Como terapeuta de familia, veo que el c?ncer por donde se desangran hoy muchas sociedades es la separaci?n y el divorcio, y que muchos conflictos conyugales hunden sus ra?ces en el dif?cil reto de conciliar trabajo y familia. Por supuesto, las lamentables rupturas se explican por diferentes motivos, pero el conflicto entre familia y trabajo est? muy presente, especialmente cuando el matrimonio dura menos de un a?o.

Podemos establecer cierto paralelismo en la forma en que desarrollan su trabajo los c?nyuges y los gobernantes de Estado. El pol?tico puede orientar su trabajo a s?lo permanecer en su esca?o y sucederse a s? mismo, a favorecer y apoyar s?lo a los de su partido o a servir al bien com?n de los ciudadanos. Esas intencionalidades pueden tener su representaci?n anal?gica en el contexto de la familia.

El padre o la madre de familia pueden dirigir su trabajo a robustecer su Yo (realizarse, influir m?s en la sociedad, aumentar su popularidad e incrementar sus incentivos econ?micos), a amar su profesi?n por encima de todas las cosas (aumentar su prestigio, ampliar y hacer crecer su empresa, ser el primero de su especialidad), o dirigirse a amar por encima de todas las cosas el bien de su familia. Hay cierta similitud cuando comparamos las crisis conyugales de los pol?ticos y las del ciudadano de a pie.

UN ?YO? GIGANTE Y UN ?Tڻ ENANO

En algunas parejas surge un ?Yo gigante?. Un crecimiento expansivo, a base de mucho trabajo del Yo de la persona -algo positivo de suyo-, pero a expensas de ninguna o muy poca dedicaci?n a la familia, lo que resulta intolerable. Es frecuente que en personas con un ?Yo? profesional gigantesco, su ?Yo? familiar sea enano. Hay un desequilibrio, un desajuste en el modo como se desarrolla y proyecta la propia identidad en los diversos contextos.

Cuando uno de los c?nyuges tiene un Yo gigante, casi siempre, el T? del otro es enano. Donde hay un marido muy prestigioso, siempre ocupado, sin tiempo para nada, el T? de la mujer con frecuencia es enano. Pero tambi?n pueden invertirse los t?rminos y que sea ella la del Yo gigante -en el contexto profesional algunas lo tienen supergigante-, y es f?cil encontrar en el marido un T? enano.

El problema es que una situaci?n as? no favorece las condiciones necesarias para el encuentro entre el Yo y el T? y, en consecuencia, no se genera un ?Nosotros?. Se da m?s bien el desencuentro. Desde mi experiencia como terapeuta familiar, puedo afirmar que el agigantamiento de cualquier Yo, aniquila el T?, pulveriza el Nosotros, lleva al desencuentro y con frecuencia al rompimiento. Pero, no s?lo se pulveriza el ?Nosotros?, sino que se olvida por completo al ?otro?, al ?Vosotros? (los hijos).

En muchos casos, la imposibilidad para conciliar familia y trabajo reside en la desarticulaci?n que se produce en el modo de identificar y usar medios y fines, en el ?mbito personal. El fin de los esposos es la familia; el trabajo es un medio al servicio de la familia, que es el propio fin de los c?nyuges.

Si los fines se transforman en medios, dejan de ser tales y acaban mediatizados. La actividad profesional pierde su sentido y deviene en una actividad sin prop?sito ni finalidad. Cuando una persona act?a sin ning?n fin o por un fin equivocado, se dice que ha perdido el juicio. Cuando alguien hace de su trabajo su ?nico fin, el trabajo deja de ser medio y se convierte en fin. Si los medios se vuelven fines, la vida humana pierde significado y valor, y se transforma en una vida mediatizada, manipulada y desvivida.

El trabajo de ambos c?nyuges ha de subordinarse siempre a la familia. No hay paridad entre trabajo y familia. El motor del trabajo es la familia; pero el de la familia es el amor. El amor a la familia ha de ser superior, anterior y de un orden diverso al amor a la profesi?n.

Los errores en esa articulaci?n entre familia y trabajo condicionan la emergencia de conflictos y rupturas conyugales. Importa menos fracasar en el trabajo -si la persona sigue siendo admirada y apoyada por su propia familia- que fracasar en la familia, porque el apoyo que encuentra en el trabajo no sustituye al de la vida familiar.

Una persona puede fracasar en su trabajo y m?s tarde superarlo, si triunfa en su vida familiar. Lo que no cabe es fracasar en la familia, dejar que se rompa, aunque sea a causa del triunfo profesional, porque una vez rota, se incrementa la probabilidad de fracasar tambi?n en el trabajo.

Y, en cualquier caso, ?de qu? le sirve triunfar profesionalmente si eso conlleva la destrucci?n de su familia? Por otra parte, en algunas rupturas familiares es casi imposible resta?ar las heridas y/o superar la fractura. Es m?s f?cil rehacerse de un fracaso profesional que de una ruptura familiar.

DIFERENCIACI?N CEREBRAL TEMPRANA

Hombre y mujer son iguales en cuanto que personas y con iguales derechos ante la ley, por ser id?nticos destinatarios del respeto y dignidad de la persona. Pero un hecho diferencial los distingue y diversifica. Esta diversidad hunde sus ra?ces en la biolog?a y se presenta como un hecho tozudo y casi imposible de modificar.

El pensamiento de que la condici?n sexuada se identifica con la mera genitalidad, es una opini?n -adem?s de reduccionista y simplificadora- incorrecta. Hecho diferencial y genitalidad no son sin?nimos. La diversa genitalidad, como las diferencias morfol?gicas, hormonales o constitutivas del hombre y la mujer se originan en algo mucho m?s importante: su diferenciaci?n sexual cerebral.

La diferenciaci?n del cerebro del hombre y la mujer comienza en la gestaci?n y depende de las hormonas que la placenta excreta en funci?n del sexo del embri?n, cuyo desarrollo cerebral dirigen. Mucho antes de nacer, en cualquier ni?o o ni?a, en cualquier mam?fero superior, comienza una estructuraci?n cerebral muy diferenciada, seg?n el sexo.

Tal proceso de diferenciaci?n cerebral sucede hasta el momento del parto. Se dir?a que el sistema hormonal de la madre (la placenta) dirige el crecimiento y desarrollo del embri?n. Tras el parto cambian las ?estructuras de poder?, ahora pasan al sistema nervioso, a cuyo ?mandato? se subordina el sistema hormonal y el funcionamiento de los dem?s ?rganos y aparatos.

El largo camino de diferenciaci?n biol?gica entre hombre y mujer se prolongar? luego en el entorno familiar, educativo y social, ?mbitos que tambi?n colaboran a trav?s de normas, usos y costumbres, menos dependientes de la biolog?a y m?s subordinados a factores culturales.

Es dif?cil ofrecer una respuesta satisfactoria sobre el porqu? de esta diferenciaci?n de las personas seg?n su sexo, aunque no parece programada para la confrontaci?n, el desencuentro o la competitividad entre la masculinidad y la feminidad. Es cierto que algunos rasgos y caracter?sticas culturales atribuidas a cada sexo han estado mal fundamentadas y deben cambiar, pero eso no modifica en nada la diferenciaci?n cerebral.

LA DIVERSIDAD ENRIQUECE

Un estudio atento y pormenorizado -y en lo posible exento de prejuicios y estereotipias- de las diferencias entre hombre y mujer pone de manifiesto que su finalidad no es otra que la complementariedad. Es decir, esas diferencias que se establecieron desde la biolog?a, en una etapa muy temprana de la vida, se orientan a la ayuda mutua, al perfeccionamiento de ambos, a complementarse.

Pondr? un sencillo ejemplo. Un hombre puede y debe conocerse a s? mismo a fin de conducir su vida en libertad. Ese conocimiento es dif?cil y siempre incompleto. De hecho, no se conoce nunca en la totalidad de su ser, aunque dedique mucho tiempo a estudiarse a s? mismo (condici?n no muy aconsejable a fin de no incurrir en el narcisismo o el aburrimiento). Nadie negar? que el conocimiento personal es una tarea reservada a la intimidad e insustituible, nadie puede sustituirnos en el conocimiento propio.

Pues bien, ese conocimiento ser? muy incompleto si hombre y mujer no se encuentran o relacionan. Porque hay segmentos de la singular masculinidad o feminidad que s?lo se desvelan en el encuentro con la persona del otro sexo (el conocimiento de s? mismo en y a trav?s del otro). De no darse esa relaci?n, las peculiaridades de uno y otra permanecer?n sumergidas en la opacidad de la ignorancia que las vela. Por contra, si se relacionan, esos rasgos emerger?n y aflorar?n, desvel?ndose en la misma relaci?n, lo que contribuir? a que cada persona se conozca mejor a s? misma y pueda conducirse sin demasiados errores a su propio destino.

He aqu? una raz?n m?s para poner de manifiesto el derecho del ni?o al padre, a la madre y a la buena relaci?n entre ellos. La psicolog?a evolutiva ha probado hasta la saciedad que un ni?o o ni?a no se comportan de forma igual ante su padre o su madre, como tampoco ?stos se relacionan igual con un hijo o hija (Vargas y Polaino-Lorente, 1996).

Estas diferencias -muy variadas en lo que se refiere, a imaginaci?n, percepci?n, afectividad, orientaci?n, memoria, etc?tera- deber?an fundamentar un equilibrado reparto de las diversas funciones de los padres en el hogar, para que la mujer que tambi?n trabaja fuera no tenga casi que duplicar el horario laboral de su marido.

Estas diferencias enriquecen a la mujer, al var?n y al desarrollo de los hijos. Ser?a est?pido que alguno tratase de dejar de ser qui?n es para imitar al otro. La unidad, exigencia de la felicidad conyugal, no ha de confundirse con la identidad. Adem?s de una utop?a ser?a una opci?n err?nea que confundir?a todav?a m?s. La uni?n sin confusi?n entre hombre y mujer exige aceptar las diferencias y respetar la identidad de cada uno/a. Cuando se respetan las diferencias, se hacen convergentes y optimizan el resultado del complejo y dif?cil trabajo familiar.

La igualdad en cuanto personas es compatible con la diversidad psicosexual. Algunas contradicciones de los diversos feminismos han radicado precisamente en el intento de desnaturalizar el heteromorfismo cerebral en el que se sustenta la diversidad personal.

Cuanto menos trate la mujer de imitar al var?n, o viceversa, tanto m?s ser? ella misma, y mayor ser? su capacidad potencial de complementarse. Es in?til que quieran imitarse, constituye un imposible metaf?sico. El Yo no puede elegir para s? mismo otro Yo, distinto de s? mismo.

Ni imitaci?n del otro ni simulaci?n de s? mismo. Basta con la aportaci?n natural -y, si es posible, por entero- de la persona que se es. De ello depende, entre otras cosas, el enriquecimiento sociocultural.

Cuanto m?s se profundiza en el propio ser, cuanto m?s se crece en s? mismo, m?s claras y di?fanas son las diferencias, y ese incremento de la diversidad los enriquece. Se dir?a que la eclosi?n de la diversidad emergente en el matrimonio corre pareja al enriquecimiento de la identidad personal. Por ello, es preciso llegar luego a un equilibrado reparto del poder y la toma de decisiones.

Lo ideal y natural es que cada persona se acepte a s? misma, trate de conocerse mejor y procure sacar lo mejor que lleva dentro. La diversidad atrae y enriquece; el igualitarismo isom?rfico desmotiva y empobrece. Pero es preciso esforzarnos por acoger y tolerar la biodiversidad de que somos portadores, hasta el punto de aceptar al ?otro? tal y como es, tambi?n en lo que se refiere a sus propias limitaciones.

FAMILIA Y TRABAJO, TAREA DE AMBOS

Conciliar familia y trabajo resulta hoy especialmente complejo. Todav?a pervive el viejo modelo de pareja con el padre como proveedor o abastecedor econ?mico que delega en la madre el resto de las funciones parentales -incluida la educaci?n. Esto no es sostenible, pues como hemos demostrado en otro lugar (Vargas y Polaino-Lorente, 1996), desde que nacen, los hijos necesitan del apego de sus padres varones.

Los hijos precisan de la seguridad, unidad y protecci?n que se atribuye a los padres varones, una relaci?n estable y rica en afectos, comunicaci?n y cuidados. Si no se satisfacen esas necesidades b?sicas durante los tres primeros a?os de vida, es muy posible que se afecte su desarrollo cognitivo, emocional y social.

La excesiva presencia del padre en el contexto laboral no justifica su ausencia del contexto familiar. No debiera haber padres ?deslocalizados?, si se me permite esta expresi?n del ?mbito empresarial. Los mejores resultados en los hijos no se obtienen permaneciendo m?s horas fuera del hogar. La ausencia paterna del contexto familiar constituye una ruina de esta empresa humana fundamental que es la familia, puede hacer m?s da?o psicol?gico a un hijo que su natural ausencia a causa de su fallecimiento.

En los padres ha de darse un mayor empe?o por conciliar familia y trabajo. Es cierto que esa problem?tica conciliaci?n est? m?s presente hoy en el mundo de la mujer -dadas las responsabilidades que asume respecto de la crianza de los hijos-, a pesar de que ellas tratan de arbitrar las necesarias estrategias para alcanzarla. Por contra, muchos padres actuales todav?a ni siquiera se plantean el problema (Polaino-Lorente, 2003 y 2004).

IGUALDAD DE RESPONSABILIDADES

El matrimonio es una estructura bic?fala, no una monarqu?a unipersonal. Las dos cabezas que se concitan en la familia pueden alternarse, suplirse, completarse, delegarse, sustituirse o implicarse simult?nea o sucesivamente -seg?n convenga- en la educaci?n de los hijos.

La igualdad de oportunidades exige igualdad de responsabilidades, es decir, co-responsabilidad pero no igualitarismo; no se trata de un reparto igualitario de tareas familiares, con independencia de que se fundamenten o no en el heteromorfismo autoconstitutivo propio de cada uno. Ser?a muy conveniente que esas funciones se distribuyeran de acuerdo a lo que caracteriza a cada cual, aprovechando sus mejores rasgos y caracter?sticas, para que constituyan el menor peso y generen la mayor eficacia posible.

ANTE LA AUSENCIA DEL PADRE

Las aulas de la escuela constituyen observatorios emblem?ticos donde se evidencian las consecuencias de estos retos. Muchos padres suponen que compete a la escuela o a la universidad educar a los hijos; que ellos ya hacen bastante con pagar los gastos que esa educaci?n comporta. Esta es una verdad incompleta, media verdad que acaba siendo una completa falsedad.

Educar a los hijos es misi?n de ambos padres, un deber no delegable aunque s? son delegables aquellas funciones que requieren la profesionalidad de un experto. Pero ese experto ha de saber que los padres le han delegado esa funci?n y que, en cierto modo, pueden pedirle cuentas.

No exagero mi preocupaci?n sobre este particular, que se acuna en mi diaria actividad como profesor universitario. Estoy seguro de que muchos problemas de mis alumnos se deben a que carecieron del necesario contacto, afectivo y efectivo, con sus respectivos padres varones. Algunos j?venes precisan psicoterapia para resolver su conflicto y superar los problemas suscitados por ese d?ficit de paternidad, pero los profesores no podemos actuar como terapeutas.

La madre, que tambi?n trabaja fuera de casa, suele convertirse en una superwoman, con consecuencias negativas para su salud ps?quica y la educaci?n de sus hijos. Esto pone de manifiesto que el problema de conciliar familia/trabajo, afecta al hombre, a la mujer y a las respectivas empresas, y todav?a no est? resuelto.

TIEMPO REAL PARA LOS HIJOS

Una pregunta ingenua: ?Qu? les queda a los hijos del trato con sus padres? No me refiero al ?mbito econ?mico, que no es comparable con lo que los hijos necesitan de sus padres. Adem?s, en la mayor?a de las familias, el patrimonio que hoy les puede quedar a los hijos es poco significativo. En eso no se puede fundamentar la identidad personal. Es posible que el padre haya trabajado horas extras para dejar algo a los hijos. No est? mal, pero no es lo necesario, especialmente si esas horas se han detra?do de la convivencia familiar.

?Qu? queda a los hijos, insisto, del trato con sus padres? Me refiero a lo que podemos llamar patrimonio vital, es decir, las vivencias que desde ni?o quedan marcadas en su coraz?n de persona y que no le abandonar?n a lo largo de su vida. Recuerdos, experiencias de vida, correcciones, momentos relevantes, acaso alegr?a compartida estrechamente, costumbres, ratos de conversaci?n en que la intimidad se pone a la entera disposici?n de los hijos, escenas sobre la educaci?n en valores cristalizadas en las sensibles retinas de la infancia.

Estos y otros muchos y diversos detalles constituyen, en mi opini?n, ese patrimonio vital. Me refiero, en definitiva, al estilo de vida singular y propio de cada familia, a cuyo trav?s se articulan los trazos fuertes sobre los que se sostiene la cercana y continua convivencia entre padres e hijos.

Precisamente esas relaciones entre la madre y cada hijo, y el padre y cada uno de ellos, adem?s entre el padre y la madre en presencia de ellos, son las que consolidan un tejido familiar robusto y bien implantado, que act?a o sirve de marco de referencias para que los hijos identifiquen las se?as sobre las que asentar su identidad personal.

Para todo esto se necesita tiempo, una cierta duraci?n de la convivencia familiar estrecha y compartida. ?Cu?ntos a?os conviven padres e hijos? 25 o un poco m?s, pero ese periodo es muy corto, si lo contemplamos desde la perspectiva de todo lo que los padres han de dar y aceptar de sus hijos.

Para darnos cuenta basta preguntarnos: a lo largo de los a?os que convivimos con nuestros padres, ?cu?ntas horas fueron significativas, relevantes, inolvidables?, ?cu?ntas dejaron un poso inolvidable, una huella imborrable en nuestro modo de ser?

?ACASO HAY ALGO M?S APASIONANTE?

La vida es breve, el tiempo de exposici?n a los hijos escaso, y la muerte segura. No conviene vivir el tiempo familiar con rutina, cansancio y aburrimiento. ?Acaso hay algo m?s novedoso y apasionante que educar a los hijos, que fortalecerles en lo que valen, que robustecer su propia seguridad, que animarles a sentirse orgullosos de ser como son y de proceder de los padres que tienen?

No se puede delegar el amor a un hijo. Es tan personal que no tiene clonaci?n posible. Los fuertes brazos de un padre que aprieta a su hijo contra su pecho no son comparables a la suave caricia de la mano de su madre. Ninguno sustituye al otro, ni son delegables. Recuerde cada uno qu? hubiera deseado cuando peque?o, piense en los gestos y conductas positivas de sus padres, por lo que est? agradecido, y traten de hacer algo parecido con sus hijos.

Bastar?a cerrar los ojos y recordar la propia historia para entregarse, divertirse y disfrutar m?s de sus hijos, mientras pueden hacerlo. Recuerden, por ejemplo, aquel paseo por la playa de la mano de su padre, hablando de cosas intrascendentes y amables, gozando sencillamente a la vez que sent?an la ternura y fortaleza masculinas, su apoyo incondicional, la seguridad de su amor varonil. ?Lo recuerdan? Ese es el contenido del patrimonio vital de que estamos hablando. Forma parte importante de la riqueza que dejan los padres a sus hijos. De ello depende que se sientan y conduzcan en su vida como personas seguras o inseguras.

No puede hacer esto ning?n colegio, profesor o tutor, por motivado que est? y lo mucho que se entregue a formar a sus alumnos. Nadie cambia este pasar el ?testigo? de una a otra generaci?n.

Aunque se introduzcan muchos cambios de roles en la vida familiar, la presencia del padre y de la madre en estas relaciones continuar? siendo una de las constantes, venturosamente inmodificables, para el bien de los hijos. Los padres cuentan con las disposiciones naturales para ello, pero les recuerdo que precisan tiempo, ese tiempo imprescindible, para esa parte de sus vidas tan necesaria para sus hijos como para su satisfacci?n personal.

En esta pelea por hacer una sociedad mejor, dedicar tiempo a la familia es una de las estrategias m?s importantes y eficaces. Si desean evaluarse a s? mismos sobre c?mo va su familia, les aconsejo que tengan la paciencia, cada noche, de examinar cu?ntos minutos han hablado con cada hijo, sin entrar en temas de rendimiento escolar, orden en la casa, etc?tera.

Se trata de hablar de ellos y de sus proyectos, de c?mo se perciben, de qu? piensan, de sus amigos, de sus peque?as alegr?as y dificultades, es decir, de los temas personales. Esta podr?a ser, en algunos casos, una rigurosa foto de c?mo viven la paternidad y la maternidad y de c?mo mejorarlas. Si un d?a descubren que apenas le han dedicado a un hijo tres minutos -y piensan que es insuficiente-, al d?a siguiente habr? que intentar dedicarle nueve minutos a ?l solo, aunque no sepan de d?nde sacarlos.

Se ha dicho que la familia es el ?nico lugar donde cada persona es querida por ella misma. Y es verdad, aunque para ello haya que disponer del tiempo necesario.

Bibliograf?a

* Juan Pablo II (1979). Persona, Familia y Sociedad.
* Polaino-Lorente, A. (2004). ?La conciliaci?n trabajo/familia y sus implicaciones en la sociedad civil: transformaciones sociales y tendencias de futuro?, en Sagardoy Bengoechea, J. A., y De la Torre Garc?a, C. (Directores). La conciliaci?n entre el trabajo y la familia. Ediciciones Cinca. Madrid, p?gs. 82-103.
* Polaino-Lorente (2004). Familia y autoestima. Ariel. Barcelona.
* Polaino-Lorente, A. (2003). En busca de la autoestima perdida. Descl?e de Brouwer. Bilbao.
* Vargas, T. y Polaino-Lorente, A. (1996). La familia del deficiente mental. Un estudio sobre el apego afectivo. Pir?mide. Madrid.

Publicado por mario.web @ 19:59
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