Lunes, 28 de marzo de 2011
Compartimos la conversi?n de Paul Claudel, Licenciado en Derecho y en Ciencias Pol?ticas, despu?s empez? la carrera diplom?tica, representando a su pa?s brillantemente por todo el mundo.
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Paul Claudel:  Bajo la mano de Dios
Paul Claudel: Bajo la mano de Dios
"El hombre se forma interiormente con el ejercicio y se forja respecto a lo exterior mediante choques" (Art po?tique). Estas palabras de Paul Claudel definen admirablemente lo que fue la esencia de la vida de este gran poeta y dramaturgo franc?s. En ellas est? fijada su trayectoria vital en toda su s?ntesis y profundidad. Son palabras de uno de los grandes poetas de este siglo, son pues p?rtico y tambi?n desarrollo de algo intensamente vivido.

Claudel luch? durante su existencia en la b?squeda de su verdadera vida, pero tambi?n fue la misma vida la que le golpe? encamin?ndole por sendas y cimas que jam?s hubiera alcanzado por su propio pie.

Naci? en 1868. Licenciado en Derecho y en Ciencias Pol?ticas, despu?s empez? la carrera diplom?tica, representando a su pa?s brillantemente por todo el mundo.

Hijo de un funcionario y de una campesina, fue el m?s peque?o de una familia compuesta por dos hermanas m?s. El ambiente en que se desarrolla su vida le marcar? con fuerza en su infancia y adolescencia. Siempre recordar? sus primeros a?os con cierta amargura: un ambiente familiar muy fr?o le lleva a replegarse sobre s? mismo y, como consecuencia, a iniciarse en la creaci?n po?tica. Paul Claudel se hace en la soledad; ?sta le marcar? para toda su vida.

Tambi?n incidir? con fuerza en su esp?ritu el ambiente de Francia en su ?poca: profundamente impregnado por la exaltaci?n del materialismo y por la fe en la ciencia. Las lecturas de Renan, Zola... y especialmente su paso por el liceo Louis-le-Grand y la visi?n de la muerte de su abuelo, crean en ?l un estado de angustia en el que la ?nica certeza es la de la nada en el m?s all?. All? se hunde en el pesimismo y la rebeld?a.

En medio de ese aire enrarecido y de esa ausencia de horizontes, el joven Claudel se ahoga, y su inquietud hace que no se resigne a morir interiormente. Busca aire desesperadamente: le llegan bocanadas en la m?sica de Beethoven, y de Wagner, en la poes?a de Esquilo, Shakespeare, Baudelaire; y, de repente, la luz de Arthur Rimbaud: "Siempre recordar? esa ma?ana de junio de 1886 en que compr? el cuaderno de La Vogue que conten?a el principio de Las iluminaciones. Fue realmente una iluminaci?n para m?. Finalmente sal?a de ese mundo horrible de Taine, de Renan y de los dem?s Moloch del siglo XIX, de esa c?rcel, de esa espantosa mec?nica totalmente gobernada por leyes perfectamente inflexibles y, para colmo de horrores, conocibles y ense?ables. (Los aut?matas me han producido siempre una especie de horror hist?rico). ?Se me revelaba lo sobrenatural!" (J. Rivi?re et P. Claudel: Correspondance (1907-1914). 142).

Fue el encuentro con un esp?ritu hermano del suyo, pero que le abr?a inmensas perspectivas a su vida m?s profunda y personal que hasta ese momento desconoc?a. Pero su habitual estado de ahogo y desesperaci?n continu? siendo el mismo.

Y ese mismo a?o, el acontecimiento clave en su vida: es la Navidad de 1886. ?l mismo narrar?, veintisiete a?os despu?s, lo sucedido: "As? era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de Par?s para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parec?a que en las ceremonias cat?licas, consideradas con un diletantismo superior, encontrar?a un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposici?n de ?nimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asist?a, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Despu?s, como no ten?a otra cosa que hacer, volv? a las V?speras. Los ni?os del coro vestidos de blanco y los alumnos del peque?o seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompa?aban, estaban cantando lo que despu?s supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacrist?a.

Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi coraz?n fue tocado y cre?. Cre?, con tal fuerza de adhesi?n, con tal agitaci?n de todo mi ser, con una convicci?n tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que despu?s, todos Tos libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelaci?n inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un ?nico destello, una ?nica arma, de la que la divina Providencia se serv?a para alcanzar y abrir finalmente el coraz?n de un pobre ni?o desesperado: "?Qu? feliz es la gente que cree! ?Si fuera verdad? ?Es verdad! ?Dios existe, est? ah?! ?Es alguien, es un ser tan personal como yo! ?Me ama! ?Me llama!". Las l?grimas y los sollozos acudieron a m? y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoci?n.

?Dulce emoci?n en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filos?ficas permanec?an intactas! Dios las hab?a dejado desde?osamente all? donde estaban y yo no ve?a que pudiera cambiarlas en nada. La religi?n cat?lica segu?a pareci?ndome el mismo tesoro de absurdas an?cdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversi?n, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanec?a en pie y yo no le encontraba ning?n defecto. Lo que hab?a sucedido simplemente es que hab?a salido de ?l. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se hab?a revelado, y me sent?a incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba. La ?nica comparaci?n que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tir?n le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extra?o, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo m?s repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado ten?a que acomodarme. ?Ah! ?Al menos no ser?a sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!

Esta resistencia dur? cuatro a?os. Me atrevo a decir que realic? una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omiti?. Utilic? todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me serv?an. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agon?a del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribi?: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ?Dura noche!". Los j?venes que abandonan tan f?cilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qu? torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento tambi?n de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendr?a que renunciar -as? lo pensaba- si volv?a a la verdad, me retra?an de todo.

Pero, en fin, la misma noche de ese memorable d?a de Navidad, despu?s de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parec?an ahora tan extra?as, tom? una Biblia protestante que una amiga alemana hab?a regalado en cierta ocasi?n a mi hermana Camille. Por primera vez escuch? el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi coraz?n. Yo s?lo conoc?a por Renan la historia de Jes?s y, fi?ndome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada l?nea, desment?a, con una majestuosa simplicidad, las imp?dicas afirmaciones del ap?stata y me abr?an los ojos. Cierto, lo reconoc?a con el Centuri?n, s?, Jes?s era el Hijo de Dios. Era a m?, a Paul, entre todos, a quien se dirig?a y promet?a su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le segu?a, no me dejaba otra alternativa que la condenaci?n. ?Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qu? era el Infierno, pues en ?l hab?a pasado yo mi "temporada". Esas pocas horas me bastaron para ense?arme que el Infierno est? all? donde no est? Jesucristo. ?Y qu? me importaba el resto del mundo despu?s de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revel?rseme?" ("Mi conversion". 10-13.).

Una carta de 1904 a Gabriel Frizeau demuestra que el recuerdo de ese instante de Navidad estaba ya fijado entonces: "Asist?a a v?speras en Notre-Dame, y escuchando el Magnificat tuve la revelaci?n de un Dios que me tend?a los brazos".

"As? hablaba en m? el hombre nuevo. Pero el viejo resist?a con todas sus fuerzas y no quer?a entregarse a esta nueva vida que se abr?a ante ?l. ?Debo confesarlo? El sentimiento que m?s me imped?a manifestar mi convicci?n era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversi?n y dec?rselo a mis padres... manifestarme como uno de los tan ridiculizados cat?licos, me produc?a un sudor fr?o. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia que se me hab?a hecho. Pero sent?a sobre m? una mano firme.

No conoc?a un solo sacerdote. No ten?a un solo amigo cat?lico. (...) Pero el gran libro que se me abri? y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ?Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!".


Tomado de http://www.capellania.org/docs/jcremades
Las citas son de Claudel visto por s? mismo, de Paul-Andr? Lesort.


Cortes?a de www.interrogantes.net

Publicado por mario.web @ 19:59
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