Lunes, 28 de marzo de 2011
uno de los art?culos contenidos en el libro "Caminos de Jesucristo", de Editorial Cristiandad, que recopila art?culos del cardenal Joseph Ratzinger, de alta divulgaci?n teol?gica, asequibles a un amplio espectro de lectores; abordan cuestiones teol?gicas
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Herido por la Flecha de la belleza. La Cruz y la Nueva Est?tica de la Fe
Herido por la Flecha de la belleza. La Cruz y la Nueva Est?tica de la Fe
En el Cristo sufriente tambi?n aprende que la belleza de la verdad contiene la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte, y que esto s?lo puede ser encontrado cuando se acepta el sufrimiento, no cuando se le ignora.


[Este es uno de los art?culos contenidos en el libro "Caminos de Jesucristo", de Editorial Cristiandad, que recopila art?culos del cardenal Joseph Ratzinger, de alta divulgaci?n teol?gica, asequibles a un amplio espectro de lectores; abordan cuestiones teol?gicas que suscitan un especial inter?s en la actualidad y las desentra?a con precisa agudeza y con claridad admirable. Hemos omitido las notas a pie de p?gina. ]




Cada a?o me llama permanentemente la atenci?n la paradoja que se encuentra en la Liturgia de las Horas para el tiempo de Cuaresma, en el Salterio de las V?speras del lunes de la segunda semana. Nos encontramos ah? con dos ant?fonas, una para el tiempo de Cuaresma, otra para la Semana Santa, las que introducen el Salmo 44 [45], pero al cual le atribuyen una clave interpretativa totalmente contradictoria.

El salmo describe las bodas del Rey, su belleza, sus virtudes y su misi?n, y luego enaltece a la novia. En el tiempo de Cuaresma, el Salmo 44 est? enmarcada por la misma ant?fona que se utiliza el resto del a?o. El tercer verso del salmo dice: ?Eres el m?s bello de los hombres, de tus labios fluye la gracia?. Es evidente que la Iglesia lee este salmo como una representaci?n po?tica y prof?tica de la relaci?n esponsal de Cristo con su Iglesia. Ella reconoce a Cristo como el m?s bello de los hombres, la gracia que se derrama en sus labios se?ala la belleza interior de sus palabras y la grandeza de su testimonio. No se alaba simplemente la belleza externa de la manifestaci?n del Redentor, m?s bien aparece en ?l la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo que nos arrebata, en cierto modo nos ocasiona una herida de amor, el santo Eros que nos permite salir con y en la Iglesia, su Esposa, hacia el Amor que nos llama. Sin embargo, el mi?rcoles de Semana Santa, la Iglesia cambia la ant?fona y nos invita a interpretar el salmo a la luz de Is 53,2: ?creci? en su presencia como brote, como ra?z en tierra ?rida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres?. ?C?mo podemos conciliar esto? ?El m?s bello de los hombres? tiene tan mal aspecto que no, se lo quiere contemplar.

Pilatos lo presenta a la multitud diciendo: ??Ecce homo!?, para reclamar compasi?n por el quebrantado y torturado, en quien no ha quedado ninguna belleza exterior. Agust?n, quien en su juventud hab?a escrito un libro sobre la belleza y la armon?a De Pulchro et apto y era un enamorado apasionado de la belleza en las palabras, en la m?sica y en la pintura, ha experimentado muy en?rgicamente esta paradoja y ha considerado que la gran filosof?a griega de la belleza no era simplemente rechazada en este pasaje, sino dram?ticamente cuestionada: lo que es bello, lo que significa la belleza tendr?a que ser debatido y experimentado nuevamente. Refiri?ndose a la paradoja presente en estos textos, ?l hablaba de los sonidos contrastantes de ?dos trompetas?, producidos por el mismo resuello, es decir, por el mismo Esp?ritu. ?l sab?a que la paradoja es un contraste, no una contradicci?n. Ambas ant?fonas provienen del mismo Esp?ritu que inspira a toda la Escritura, pero que hace sonar notas diferentes en ella, de tal modo que nos sit?a frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma. Frente al texto de Isa?as surge en primer lugar la pregunta que ha ocupado a los Padres de la Iglesia: si en ese momento Cristo era hermoso o no. Aqu? est? impl?cita la pregunta m?s radical: si la belleza es verdadera o si, por el contrario, es la fealdad la que nos conduce a la verdad propia de la realidad. Quien cree en Dios, en el Dios que se ha revelado precisamente en la apariencia desfigurada del Crucificado por amar ?hasta el extremo? (Jn 13,1), sabe que la belleza es la verdad y que la verdad es la belleza, pero en el Cristo sufriente tambi?n aprende que la belleza de la verdad contiene la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte, y que esto s?lo puede ser encontrado cuando se acepta el sufrimiento, no cuando se le ignora.

Un primer conocimiento del hecho de que la belleza tambi?n tiene que ver con el dolor est? absolutamente presente en el mundo griego -pensemos, por ejemplo, en el Fedro de Plat?n-. Plat?n contempla el encuentro con la belleza como esa saludable sacudida emocional que arranca de s? al hombre y lo ?arrebata?. El hombre, as? dice Plat?n, ha perdido la perfecci?n original que fue pensada para ?l, y ahora est? per? manentemente buscando la primitiva forma sanadora. La nostalgia y el deseo vehemente lo impulsan a perseverar en est? b?squeda, y la belleza lo arranca de la tranquilidad de la vida cotidiana, puesto que le hace sufrir. En sentido plat?nico, podr?amos decir que la flecha de la nostalgia atraviesa al hombre, lo hiere y de esta manera le da alas, lo exalta y eleva. En su discurso de El Banquete, Arist?fanes dice que los amantes no saben lo que realmente quieren uno del otro, pero es obvio que las almas de ambos est?n sedientas m?s bien de algo que es diferente a placer amoroso. Pero el alma no puede expresar esta otra cosa, ?solamente presiente lo que quiere realmente y habla de ello en forma enigm?tica?. En el si? glo XIV se vuelve a encontrar esta experiencia de Plat?n en el te?logo bizantino Nicol?s Cabasilas -en su libro La vida en Cristo-, experiencia en la que el fin del deseo vehemente si?gue siendo innombrable. Ahora este ?ltimo est? transformado en sentido cristiano, cuando Cabasilas dice: ?los hombres que tienen tienen en s? un anhelo tan impetuoso que sobrepasa su naturaleza, desean fervientemente y son capaces de llevar a cabo cosas que trascienden el pensamiento humano. Es el no?vio mismo quien ha herido a tales hombres, es ?l mismo quien ha enviado un rayo de su belleza a sus ojos. La grandeza de la herida muestra que la flecha ha dado en el blanco, y el anhelo les indica que la herida ha sido infligida?.

La belleza lastima, pero as? es exactamente como impulsa al hombre a su destino supremo. Lo que Plat?n dice, y m?s de 1500 a?os m?s tarde afirma Cabasilas, no tiene nada que ver con el esteticismo superficial ni con el irracionalismo, con el vuelo hacia la claridad y la importancia de la raz?n. Por cierto, la belleza es conocimiento, una forma superior de conocimiento, porque alcanza al hombre con toda la grandeza de la verdad. Aqu? Cabasilas ha permanecido enteramente griego, dado que ?l pone el conocimiento al comienzo, cuando dice que ?la causa originaria del amor es el conocer, el conocer hace nacer al amor?. Prosigue diciendo que ocasionalmente podr?a el conocimiento ser tan fuerte que ejercer?a un efecto parecido a un filtro amatorio, pero ?l no se contenta con hacer esta afirmaci?n en t?rminos generales. Con su caracter?stico pensamiento riguroso distingue entre dos clases de conocimiento. El primero es el conocimiento a trav?s de la instrucci?n, el cual permanece como conocimiento de segunda mano, ya que no proporciona un contacto directo con la realidad misma. El segundo es, en cambio, el conocimiento a trav?s de la experiencia personal, a trav?s de la relaci?n directa con las cosas mismas. ?En tanto que no hemos valorado un ser, tampoco amamos al objeto tal como tendr?a que ser amado?. Ser alcanzado por un destello de la belleza que hiere al hombre es el aut?ntico conocimiento, es decir, ?ste se lleva a cabo cuando el hombre es afectado por la realidad misma, ?por la presencia personal del mismo Cristo?, tal como ?l dice. Ser subyugado por la belleza de Cristo es un conocimiento m?s real y m?s profundo que una mera deducci?n racional. No podemos desestimar la importancia de la reflexi?n teol?gica, del pensamiento teol?gico exacto y preciso, el cual sigue siendo absolutamente necesario. Pero nos empobrece, y devasta tanto a la fe como a la teolog?a, si despreciamos o rechazamos como ?verdadera forma de conocimiento la conmoci?n producida por el encuentro del coraz?n con la belleza. Tenemos que redescubrir esta forma de conocimiento puesto que ello constituye una exigencia apremiante de esta hora.

A partir de esta idea, Hans Urs von Balthasar ha edificado su opus magnum de la Est?tica Teol?gica, a partir de la cual muchos de sus detalles han pasado a la labor teol?gica, mientras que su empe?o fundamental, el que configura lo propiamente esencial del conjunto de su obra, apenas ha sido aceptado. Por supuesto, esto no es precisamente o principalmente un problema teol?gico sino tambi?n un problema de la pastoral, la cual tiene que proporcionar nuevamente al hombre el encuentro con la belleza de la fe. Con frecuencia, los argumentos caen en el vac?o, porque en nuestro mundo demasiados argumentos compiten entre s? en forma contradictoria, de modo que se impone inmediatamente al hombre la idea que han concebido los te?logos medievales en la f?rmula que dice que la raz?n tiene una nariz cubierta de cera, lo que significa que se la puede dirigir en cualquier direcci?n, s?lo si se es lo suficientemente inteligente. Todo es tan razonable, tan evidente -?en qui?n debemos confiar? - El encuentro con la belleza puede convertirse en el impacto de la flecha que hiere el alma y as? ?sta abre sus ojos, de tal modo que ahora -a causa de lo experimentado- posee un criterio y tambi?n entonces puede evaluar correctamente los argumentos. Para m? es inolvidable el concierto de Bach que Leonard Bernstein dirigi? en Munich despu?s de la s?bita muerte de Karl Richter. Yo estaba sentado al lado del obispo luterano Ha nselmann. Cuando la ?ltima nota de una de las grandes cantatas del gran cantor de la iglesia de santo Tom?s en Leipzig se extingui? triunfalmente, nos miramos espont?neamente y nos dijimos sencillamente unos a otros: todo aqu?l que ha escuchado esto, sabe que la fe es verdad. En esta obra musical se percibi? la fuerza inaudita de una realidad tan actual, que sab?amos ya no por deducci?n l?gica sino por la emoci?n profunda que nos embargaba que ?sta obra no hab?a podido originarse de la nada, sino que s?lo pod?a haber naci?do gracias a la Verdad que se hace presente en la inspiraci?n del compositor. ?Y no sucede lo mismo, cuando dejamos que nos impacte el icono de la Trinidad de Rubl?v? En el arte de los iconos, como en las grandes pinturas occidentales de los per?odos rom?nico y g?tico, la experiencia descrita por Cabasilas se ha desplazado desde el interior hacia el exterior y as? ha sido compartida. Pavel Evdokimov ha se?alado con ah?nco cu?l es la senda interior que supone el icono. ?ste no es justamente una reproducci?n sencilla de lo que es percibido por los sentidos, sino que supone -como ?l dice- ?un ayuno de la vista?. La percepci?n interior tiene que liberarse ella misma de la impresi?n meramente sensible y, en la oraci?n y en el esfuerzo asc?tico, cultivar una nueva y m?s profunda visi?n, tiene que pasar de lo meramente externo a la profundidad de la realidad, de tal manera que el artista ve lo que los sentidos no ven y que sin embargo aparece en lo sensible como tal: el esplendor de la gloria de Dios, ?la gloria de Dios brillando en la faz de Cristo? (2 Cor 4,6). Admirar los iconos y las grandes obras maestras del arte cristiano en general nos conduce a un camino interior, a un camino de superaci?n de nosotros mismos, y nos lleva entonces, en esta purificaci?n de la visi?n que es una purificaci?n del coraz?n, a la belleza del rostro o al menos a un destello de ?l, con lo cual nos pone en contacto con el poder de la verdad. Con frecuencia he afirmado mi convicci?n de que la verdadera apolog?a del cristianismo, la demostraci?n m?s convincente de su verdad contra todo lo que lo niega, la constituyen, por un lado, los santos, y por otro la belleza que la fe ha generado. Para que hoy la fe se pueda extender, tenemos que conducirnos a nosotros mismos y guiar a las personas con las que nos encontramos al encuentro con los santos y a entrar en contacto con lo bello.

Pero ahora tenemos que afrontar una objeci?n. Ya hemos rechazado la aseveraci?n que afirma que esto ser?a un vuelo hacia lo irracional, un mero esteticismo, porque en realidad es verdad justamente lo contrario: es de esta manera como la raz?n se libera de su letargo y es capaz de actuar. Pero hay otra objeci?n que hoy tiene incluso m?s peso: el mensaje de la belleza est? cuestionado en general, en virtud del poder de la mentira, de la seducci?n, de la violencia y del mal. ?Puede ser verdad la belleza, o de ?ltimas, es solamente una ilusi?n? ?0 quiz?s la realidad es mala por principio? Ha acosado a los hombres de todas las ?pocas la angustia ante el temor de que al final de todo no es la flecha de la belleza la que nos lle?va a la verdad, sino la mentira -que lo feo y lo vulgar ser?an la ?verdad aut?ntica?-. Actualmente, esta mentira se expresa en la frase que dice que despu?s de de Auschwitz no es ya posible escribir poes?a, ya no es posible hablar de un Dios que es bueno. La gente se pregunta: ?d?nde estaba Dios cuando las c?maras de gas estaban operando? ?sta objeci?n, que sonaba como algo suficientemente razonable tambi?n ya antes de Auschwitz, a causa de todas las atrocidades de la historia, muestra en todo caso que un concepto meramente armonio?so de la belleza no es suficiente. Este concepto no afronta la seriedad de la pregunta respecto a Dios, la verdad y la belleza. Apolo -quien para el S?crates de Plat?n era ?el dios? y garantizaba la belleza serena como lo verdaderamente divino- no es suficiente. Por eso retornamos a las ?dos trompetas? de la Biblia de las que hab?amos partido, a la paradoja que tanto se puede decir de Cristo ?t? eres el m?s bello de los hombres?, como tambi?n ?tan desfigurado ten?a el aspecto que no parec?a hombre, ni su apariencia era humana?. En la Pasi?n de Cristo, la maravillosa est?tica griega con su contacto vislumbrante con lo divino (que sin embargo permanec?a inexpresable) no est? suprimida, pero ha sido superada. La experiencia de lo hermoso ha recibido una nueva profundidad y un nuevo realismo. Aqu?l que es la Belleza misma se dej? abofetear y escupir el rostro y coronar con espinas -el sudario de Tur?n nos puede ayudar a imaginar esto en una forma conmovedora-. Pero justamente en el rostro tan desfi?gurado se manifiesta la verdadera y definitiva belleza, la belleza del amor que avanza ?hasta el fin? y que se muestra en esto m?s fuerte que la mentira y la violencia Quien ha percibido esta belleza sabe que la verdad, no la falsedad, es la ?ltima instancia del mundo. La mentira no es lo ?verdadero?, sino que lo verdadero es precisamente la Verdad. Es, por as? decir, un nuevo ardid de la mentira que ella se presente a s? misma como tal y nos diga: m?s all? de m? no hay en definitiva nada, dejen de buscar la verdad o incluso de amarla, por cuanto ustedes est?n en el camino equivocado. El icono del Crucificado nos libera de esta r?plica mentirosa, hoy por de? m?s tan vehemente, por cuanto supone indudablemente que nos dejamos herir por ?l y que confiamos en el Amor que puede arriesgarse a despojarse de su belleza externa para proclamar, de esta manera, la verdad de la belleza.

Es cierto que la mentira conoce todav?a otro ardid: la belleza enga?osa y falsa, una belleza deslumbrante que no arranca de s? a los hombres al ?xtasis del ascenso a las alturas, sino que los encierra totalmente en ellos mismos. Es la belleza que no despierta el anhelo por lo inefable, ni disposici?n para el sacrificio, ni el abandono de s? mismo, sino que excita la avidez, la voluntad de poder, de posesi?n y de placer. Es ese tipo de experiencia de la belleza de la que habla el G?nesis en el relato del pecado original: Eva vio que el fruto del ?rbol era ?hermoso? para comer y ?apetecible a la vista?. La ? belleza?, tal como ella la experimenta, provoca en ella la mentira de la posesi?n, por as? decir la repliega sobre ella misma. ?Qui?n no reconocer?a, por ejemplo en la publicidad, las im?genes hechas en forma sumamente refinada, para seducir irresistiblemente a los hombres a posesionarse de todo, a buscar la satisfacci?n moment?nea m?s que estar abiertos a los dem?s? Por eso hoy el arte cristiano est? atrapado entre dos fuegos (como quiz?s lo ha estado siempre): tiene que oponerse al culto de lo feo, el cual nos dice que todo lo dem?s y toda belleza es un enga?o, ya que s?lo la exposici?n de lo que es atroz, indigno y vulgar ser?a la verdad y la verdadera explicaci?n. En consecuencia, el arte cristiano tiene que oponerse a la belleza enga?osa que disminuye a los hombres en lugar de engrandecerlos, raz?n por la cual es precisamente una mentira.

?Hay alguien que no conozca la frase de Dostoievsky citada con frecuencia: ?la belleza nos salvar?? Por lo general se olvida mencionar que con la belleza redentora Dostoievsky se est? refiriendo a Cristo. Tenemos que aprender a verlo. Si lo conocemos no solamente a trav?s de meras palabras, sino al ser heridos por la flecha de su belleza parad?jica, entonces aprendemos a conocerlo realmente y a saber de ?l no s?lo de segunda mano. De este modo hemos encontrado la belleza de la Verdad, de la Verdad que redime. Nada puede llevarnos a estar en contacto con la belleza de Cristo mismo m?s que el mundo de lo bello creado por la fe y la luz que refulge del rostro de los santos, a trav?s de la cual llega a ser visible su propia luz.

Publicado por mario.web @ 20:16
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