Lunes, 28 de marzo de 2011
El fil?sofo espa?alo Juli?n Mar?as nos deja este art?culo reflexivo sobre la verdad como fundamento de la vida humana.
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Defensa de la verdad
Defensa de la verdad
La verdad es el fundamento de la vida humana, el elemento en que se mueve cuando no olvida su condici?n; por eso es el fundamento de la convivencia, lo que la hace posible y asegura su car?cter humano; si le falta, se produce su degeneraci?n hacia una u otra de estas dos posibilidades: la cosa o el reba?o.

Por esto, la exigencia primaria, irrenunciable, es la escrupulosa fidelidad a la verdad: el esfuerzo constante por evitar el error, el implacable rechazo de su perversi?n, la mentira. Pero esto no basta, porque est? en curso una ampl?sima ofensiva contra la verdad. Esto no es nuevo; la novedad consiste en sus recursos, en sus posibilidades, multiplicadas en esta ?poca.

Esto exige, ante todo, una escrupulosa vigilancia para utilizar todos los medios disponibles para descubrir, formular, comunicar la verdad; su utilizaci?n est? habitualmente muy por debajo de lo posible. Casi todo lo que se oye o lee se resiente de insuficiencia, falta de atenci?n, de rigor, de cautela; se deja que el error se deslice, se parta de ?l, se lo d? por v?lido, se articule as? con otros errores que van tendiendo una red que nos aleja de la verdad, nos conduce a esa situaci?n que puede y debe llamarse "estado de error".

Todo esto es en alguna medida "involuntario", puede parecer "inocente" aunque sea culpable el no resistir a ello, su aceptaci?n pasiva. Lo m?s grave es otra cosa: la hostilidad a la verdad, el sentirla como la enemiga, su voluntaria y deliberada persecuci?n, su suplantaci?n, no ya por el error, sino por la mentira. Esto es lo que obliga a organizar la defensa activa de la verdad, la atenci?n al error ajeno, su descubrimiento y filiaci?n, no digamos de la mentira expresa, que intenta desplazar y destruir la verdad.

Esto obliga a un esfuerzo de atenci?n considerable, que en otras situaciones no era necesario, pero que en la nuestra es inexcusable. La falsedad es peligrosa, insidiosa, tiene que ser reconocida, probada, mostrada como tal. Si es involuntaria debe ser corregida, superada, mediante el restablecimiento de la verdad, acompa?ada de su justificaci?n hasta donde sea posible.

Pero si se trata de la mentira, de la falsedad querida y buscada por s? misma, esto debe llevar a la descalificaci?n, a la exclusi?n de la convivencia.

Ante innumerables afirmaciones que se oyen o leen mi pregunta es: ?C?mo lo sabe? Si no hay respuesta o ?sta no es convincente, no se justifica, lo adecuado es el rechazo; hay que exhibir los t?tulos de legitimidad de lo que se dice, sobre todo si se trata de materia grave.

No digamos si lo que se puede probar directamente es la falsedad de lo dicho. Se dir? con toda raz?n que esto impone un esfuerzo particularmente penoso -y no sin riesgos, por supuesto-, pero es absolutamente necesario. Se est? tejiendo una espesa red de mentiras que hacen irrespirable el mundo. Cada vez son m?s, se apoyan mutuamente, invaden muchos libros, por supuesto medios de comunicaci?n, diarios, revistas, emisoras, canales de televisi?n. Si esto no consta, no se pone de manifiesto, no se ataja, se vive en la falsedad, en ese funesto estado de error, que lleva al fracaso, por el car?cter incoherente de la falsedad, sobre la cual no se puede construir nada.

Cuando una figura p?blica, un escritor, un gobernante, un pol?tico, que aspira a serlo, enuncia falsedades que no puede probar -o cuya falsedad se puede probar- tiene que quedar descalificado, y si la opini?n p?blica lo reconoce, fuera de juego. A veces pierdo la confianza cuando advierto el peso que adquiere en la vida p?blica alguien de quien he comprobado muchas veces su habitual desprecio por la verdad. Esto me lleva a una desconfianza que puede ser salvadora, a una cautela ante todo lo que tenga esa procedencia. Por el contrario, la veracidad probada y comprobada muchas veces es una presunci?n de verdad, que no exime de su comprobaci?n en cada caso, pero permite una aceptaci?n "provisional" como punto de partida.

De una publicaci?n o una emisora o un programa de televisi?n es relativamente f?cil hacer pruebas de veracidad. Es frecuente la variaci?n de los resultados. En varios pa?ses he comprobado que peri?dicos normalmente fiables han dejado de serlo desde cierto momento -un cambio de direcci?n, o de propiedad, el paso a otra esfera de influencia-. Hay que renunciar a algo con lo que se contaba, en lo que se pod?a confiar. En los Estados Unidos, en la Argentina, m?s dolorosamente en Espa?a, he tenido que renunciar en los ?ltimos a?os a instrumentos que he admirado, acaso durante medio siglo, que me hab?an ayudado a entender el mundo, pero entregados desde cierta fecha a la operaci?n de confundirlo. A veces, durante cierto tiempo, se conservan las apariencias, y se tarda en advertir la transformaci?n, que puede llegar a ser la total inversi?n del proyecto originario. A veces la he advertido apenas iniciada, por la prisa o la torpeza de los realizadores; en otros casos es un proceso lento, que requiere mucho tiempo y es dif?cil de descubrir.

En medios de comunicaci?n nuevos, o con los que no estoy familiarizado, uso un recurso que suele ser eficaz. No estoy enterado y bien informado de la mayor parte de los asuntos tratados, pero acaso estoy enterado de una de las cuestiones debatidas. Si lo que se dice coincide con mi informaci?n, presto alguna atenci?n y un cr?dito sujeto a confirmaci?n. Si aquello de que entiendo est? desfigurado, temo que lo mismo ocurrir? con las cuestiones que me son ajenas, y suspendo la confianza.

Este m?todo me ha librado de no pocos errores, y lo aplico siempre que es posible. Pero, por desgracia, es imprudente prolongar ligeramente la confianza. Estamos en una ?poca de gran inestabilidad, y los cambios, muchas veces decisivos, son con frecuencia disimulados.

Un hecho sobremanera inquietante es el descenso de calidad de muchas cosas que la hab?an conservado muy alta durante largos a?os; es inquietante, y penoso, ver c?mo se dilapida sin reparo un alto prestigio; tal vez una editorial, revista o diario, admirable durante medio siglo o m?s de un siglo, que hab?a ejercido una dif?cil y admirable funci?n orientadora, abandona s?bitamente todo eso y se pone en fila con los instrumentos m?s despreciables que vuelven la espalda a la verdad y buscan oscuras ventajas de las que deber?an avergonzarse, de las que probablemente tendr?n pronto que avergonzarse, tal vez al precio de su propia existencia.

Publicado por mario.web @ 20:20
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