S?bado, 16 de abril de 2011
Jos? Mar?a Permuy nos dice: Frente a los que opinan que se trata de un asunto opinable, la confesionalidad del Estado es un deber moral exigido por la ley natural y, por tanto, universal e inmutable.
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La Confesionalidad de los Estados: un deber moral universal e inmutable
La Confesionalidad de los Estados: un deber moral universal e inmutable
El Estado debe actuar y legislar en conformidad con la ley natural, y el primero de los preceptos de esa ley es amar a Dios sobre todas las cosas, ador?ndole y d?ndole el culto establecido por El. El Magisterio de la Iglesia ha sido constante y un?nimemente partidario de la confesionalidad del Estado, y aquello que ha sido ense?ado por la Iglesia siempre y en todas partes ha de ser cre?do como verdad de fe.

La ley es una prescripci?n de la raz?n, en orden al bien com?n, promulgada por aquel que tiene el cuidado de la comunidad.

Ley natural es la ley eterna inscrita en la naturaleza.

As? pues, cuando Le?n XIII, en su enc?clica Inmortale Dei, sobre la constituci?n cristiana de los Estados, ense?a que los Estados est?n obligados a dar culto a Dios porque as? lo ordenan la raz?n y la naturaleza, est? afirmando que ese deber moral de los Estados viene imperado por la ley natural.

La ley natural es universal. Obliga a todos los hombres de todos los tiempos y lugares, cualesquiera que sean sus creencias.

La ley natural es inmutable, no puede cambiar jam?s, y ninguna situaci?n o circunstancia puede modificar el contenido de la ley.

De todo ello se sigue que el deber moral que obliga a las comunidades pol?ticas a dar culto a Dios es universal e inmutable. No es un mero consejo sostenido por la Iglesia en coyunturas distintas a la ?poca actual, que puede ser atendido o desatendido en funci?n de los cambios acaecidos en la sociedad. No es una opini?n que pueda ser admitida o rechazada libremente.

Desde hace unas d?cadas, lamentablemente, muchos eclesi?sticos dicen que los Estados no deben o no pueden profesar su fe en Dios. Que no es competencia del Estado creer o no en Dios, sino tan s?lo permitir que las distintas confesiones religiosas puedan expresarse y actuar libremente en la vida social, sin que exista ning?n tipo de coacci?n por parte del Estado. Es lo que el beato P?o IX condenaba en el Syllabus defini?ndolo como la Iglesia libre en el Estado libre.

Sin embargo, muchos de esos mismos eclesi?sticos no dejan de recordar que los Estados deben respetar la ley natural. Si es as? (que lo es), ?no es igualmente cierto que el dec?logo es expresi?n revelada de la ley natural, y que el primero de los mandamientos es amar a Dios sobre todas las cosas, ador?ndole y rindi?ndole el culto que le es debido? Pues si los Estados han de actuar en conformidad con la ley natural, y si adorar a Dios y darle culto es el primero de los mandamientos de la ley revelada pero al mismo tiempo natural, es evidente la contradicci?n en que incurren dichos eclesi?sticos.

Aparte de ello, cabr?a preguntarse por qu? adherirse a ellos y no a Le?n XIII y a todos los papas y obispos que durante siglos y siglos han defendido la confesionalidad de los Estados. Eso s?, con una diferencia: la tesis de que los Estados no deben dar culto a Dios ni profesar religi?n alguna es muy reciente y no es un?nime. La tesis contraria, aun cuando no haya sido definida solemnemente como dogma, cuenta con el aval de siglos de un?nime magisterio, y no olvidemos que aquello que ha sido cre?do siempre y en todas partes por la Iglesia, aunque se trate de magisterio ordinario y no extraordinario, ha de ser tenido por verdad de fe del mismo modo que los dogmas proclamados por el Papa ex c?tedra o por un Concilio ecum?nico.

La confesionalidad de los Estados es ?recapitulando lo hasta aqu? escrito? un deber moral derivado de la ley natural y ense?ado siempre y un?nimemente por la Iglesia (al menos hasta hace cuarenta a?os). No es doctrina mudable ni discutible.

Pero demos un paso m?s.

Le?n XIII, en la enc?clica arriba citada, sigue ense?ando que, partiendo de que la ley natural obliga al Estado a profesar la fe en Dios y darle culto, no basta con tributar un culto cualquiera, sino que ha de rendirle el culto por El mismo querido y establecido, que es el culto cat?lico, y, para ello, el Estado no s?lo no puede desentenderse de toda religi?n, sino que tampoco puede considerar a todas por igual. El Estado est? obligado a reconocer y profesar aquella religi?n que ha sido revelada por Dios como ?nica verdadera, esto es, la cat?lica. M?xime en aquellas naciones en que la sociedad es mayoritariamente cat?lica.

No basta, pues, con que el Estado sea confesional, sino que debe ser espec?ficamente cat?lico si se trata de la organizaci?n pol?tica de una sociedad que mayoritariamente profesa con entera libertad la religi?n cat?lica.

En esto consiste, b?sicamente, el deber moral de las sociedades para con Cristo y su Iglesia del que habla el Concilio Vaticano II en la Declaraci?n Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, en la cual se advierte que el Concilio deja ?ntegra la doctrina cat?lica tradicional al respecto. Raz?n por la cual, los obispos espa?oles presentes en el II Concilio Vaticano escribieron que ?ste no se opon?a a la confesionalidad cat?lica de los Estados.

Sorprende que desde entonces, transcurridas cuatro d?cadas, sean cada d?a m?s los cat?licos (pol?ticos y obispos especialmente) que se escudan en el Concilio Vaticano II para decir precisamente todo lo contrario: que del Concilio se sigue el rechazo de la confesionalidad de los Estados.

No es verdad.

En uno de sus p?rrafos, la Declaraci?n Dignitatis humanae afirma que si un Estado desea profesar una determinada religi?n, debe asimismo garantizar la libertad religiosa.

Ello quiere decir, obviamente, que el Vaticano II no ve incompatibilidad entre la confesionalidad del Estado y la libertad religiosa. Si as? fuera, pedir?a que los Estados confesionales, en aras de la libertad religiosa, dejaran de serlo. Y no es as?. Luego no hay rechazo ni condena del Concilio Vaticano II a la confesionalidad de los Estados. Y much?simo menos a la confesionalidad cat?lica, que forma parte de la doctrina tradicional que el Concilio dice dejar ?ntegra.

Sostener que los Estados no deben ser confesionales implica alguna de las siguientes negaciones:

1? Negar que los Estados deban reconocer la ley natural, cuyo primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas.

2? Negar que aquellas ense?anzas que han sido mantenidas por la Iglesia siempre y en todas partes tienen el car?cter de verdades de fe cat?lica, puesto que la confesionalidad de los Estados ha sido defendida por la Iglesia a lo largo de casi dos mil a?os de manera constante y un?nime.

3? Negar la infalibilidad de la Iglesia, en caso de reconocer que la doctrina de la confesionalidad es una verdad de fe indiscutible por haber sido propuesta un?nime y constantemente durante siglos.

4? Negar que la confesionalidad del Estado, a pesar del magisterio multisecular un?nime y constante en su favor, es una verdad de fe de obligada creencia. ?No supone ello el peligro de poner en tela de juicio muchas verdades cat?licas que no han sido definidas de modo extraordinario y aun el hecho mismo de que puedan ser consideradas como definitivas verdades que no cuenten con el respaldo de una definici?n ex c?tedra o la proclamaci?n de un Concilio Ecum?nico? ?Podr?an ser revocadas en un futuro las ense?anzas de la Iglesia sobre los anticonceptivos o la clonaci?n, por ejemplo?

Si la confesionalidad del Estado fuera opinable, lo ser?a tanto para impugnarla como para propugnarla. Los cat?licos partidarios de la confesionalidad no estar?amos obligados a adherirnos a las opiniones de obispos o Papas en contra. Pero lo cierto es que los argumentos en contra de la confesionalidad carecen de base s?lida: no se hallan en la sagrada Escritura, se oponen a la Tradici?n y chocan con el Magisterio perenne de la Iglesia Cat?lica. No hay ning?n fundamento para pensar que se trata de una doctrina opinable.

Publicado por mario.web @ 9:17
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