S?bado, 16 de abril de 2011

Hace muchos a?os, siendo a?n muchacho, acud? al sepelio de Miss Lolita, maestra, profesora y casi madre de m?s de veinte generaciones en la escuela que me vio crecer. Apenas si conoc?a a Mis Lolita, pero mi madre me envi? al cementerio agregando esta recomendaci?n: "Ella fue la maestra de tus hermanos. Ellos tienen una deuda con ella que no pueden ahora cumplir. Ve t? en su lugar". El entierro fue sencillo y solitario. Una veintena de personas entre todos acompa?aban el ata?d a su descanso. (Cuantos alumnos por sus aulas, cu?n sola hoy estaba! (Cu?nto dio y cuan poco recibi?! (Cosas de la vida y, a veces, cosas de los hombres! Ella fue una de esas mujeres que sin formar su propio hogar, fue cari?osa compa??a y gu?a paciente de muchos ni?os y j?venes necesitados de ayuda y direcci?n.

Hoy por el mundo se ha desparramado un peque?o ej?rcito de hombres que llevan impreso en el coraz?n y en el alma, sin quiz? ellos saberlo, el amor y cari?o de Miss Lolita. Porque el profesor tiene en su palabra el secreto de la vida: haciendo nacer la verdad en el pecho del alumno, ha encendido un fuego que incendia el mundo. El profesor tiene la llave de la existencia, pero ?l mismo se queda en la penumbra. Es como esas l?mparas de los escenarios que permaneciendo ellas mismas escondidas, derraman su luz dando a los personajes forma y color.

El ser profesor es mucho m?s que una tarea u oficio. Es la vocaci?n que modela la fisonom?a humana y espiritual de los educandos. Un profesor es un gu?a de alta monta?a: indica, acompasa el paso, orienta la mirada, despierta la iniciativa, encauza la pasi?n. No se equivocaba Ward cuando afirm?:

El profesor mediocre, dice.
El buen profesor, explica.
El profesor superior, demuestra.
El gran profesor, inspira.

Inspirar es hacer nacer en el pecho del alumno un ideal, es poner en marcha su voluntad sin avasallar su libertad, es despertar en ?l la fuerza de la pasi?n bajo el dictado de la raz?n. Recuerdo el caso de la expedici?n chilena que conquist? el Everest en 1992. En ella iba un hombre, gu?a alpinista de varias generaciones, hab?a intentado en distintas ocasiones la ascensi?n de la gran monta?a, pero sin ?xito, contaba ya cerca de los 60 a?os. En la expedici?n iba tambi?n su alumno m?s aventajado quien era, adem?s, el jefe del grupo. Las cosas de la vida determinaron que el maestro se quedara en el campamento base como apoyo, mientras el alumno conquistaba la cumbre. Desde abajo, por medio de la radio, con la voz entrecortada por la emoci?n, el maestro alentaba, aconsejaba, daba fuerza... inspiraba. ?l, maestro de alpinismo, despu?s de una vida de ascensiones permanec?a en el campamen?to base; su alumno, heredero de mil lecciones, se encaramaba en el techo del mundo.

Ser profesor es, pues, mucho m?s que ense?ar, es despertar el alma, es ser cooperador de la verdad, es hacer que el otro sea plenamente aquello que Dios ha querido de ?l, es darle los medios para que camine por los vericuetos de la vida. Es necesario que en nuestro M?xico, en el que gracias a Dios hay miles de grandes profesores, se valore m?s y mejor esta profesi?n. El futuro de la sociedad y de la familia se gesta en las aulas escolares.

Pero no es f?cil ser profesor. Supone dar tanta luz que se pierde el contorno de la propia estrella. El buen profesor nutre sus lecciones con el sacrificio personal, con largas horas pasadas en el rinc?n del hogar preparando clases, corrigiendo apuntes, actualizando estudios. Son muchas las satisfacciones naturales que se niega a s? mismo en el cumplimiento de su tarea, pero precisamente esto lo hace m?s fuerte y desintere?sado en su capacidad de acogida de sus alumnos. ?l no sabe llamar la atenci?n sin antes despertar en su propio coraz?n un gran respeto y aprecio por el formando, "porque s?lo el que ama tiene derecho a corregir". Sabe ser fuerte en el fondo de su exigencia, pero suave y amable en la forma. El verdadero profesor, artista del alma, es un personaje extraordinario de nuestra sociedad. Mucho se le debe y mucho deber?a ?l mismo valorar su propia tarea educadora.
No es poco el dominio y la infinita paciencia que se requiere de ?l. Un grande poeta, Le?n Felipe, lo expres? de forma muy bella:

"Voy con las riendas tensas
y refrenando el vuelo.
Porque no es lo que importa
llegar solo, ni pronto,
sino con todos y a tiempo."

El aula de clase es un gimnasio de caridad y de entrega personal, como bien lo demostr? Cantinflas en aquella obra genial del "Profe". Hay que saber callar, tragar muchas cosas, ahogar una palabra indiscreta y, sobre todo, saber esperar el momento oportuno para mover el alma hacia lo mejor. En cierto modo, hacerla resucitar. El profesor aprende de sus alumnos cuando los trata como personas y quiere encender en ellos la iniciativa personal. Se maravilla de sus logros, los aprecia, los ama y se entusiasma con sus triunfos. Los triunfos del educando son la corona del educador. Y su mayor ilusi?n ver que ellos caminan por la recta senda, y que incluso superan al maestro.

Un gran profesor y literato mexicano, Octavio Paz. Hombre inquieto y pensador insigne. Escritor, editor, amigo, fundador de instituciones y revistas, gu?a intelectual compuso un verso en el lejano 1974:

"Soy un hombre de breve duraci?n,
y es inmensa la noche.
Pero miro hacia lo alto:
las estrellas escriben.
Sin entender, comprendo:
soy tambi?n escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea".

S?, el profesor y maestro "entiende y comprende", ?l tambi?n es escritura de Alguien que le deletrea.


Publicado por mario.web @ 14:40
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios