S?bado, 16 de abril de 2011
Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a la 68 Sesi?n de la Conferencia Internacional del Trabajo OIT, 15 de junio de 1982. En ?l rinde un homenaje ante todo al trabajo del hombre, sea cual sea este trabajo y el lugar del globo en que se realice; a cualqu
?
Discurso a la 68 Sesi?n de la Conferencia Internacional del Trabajo OIT
Discurso a la 68 Sesi?n de la Conferencia Internacional del Trabajo OIT
VIAJE APOST?LICO A GINEBRA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA 68 SESI?N DE LA CONFERENCIA INTERNACIONAL
DEL TRABAJO - OIT

Martes 15 de junio de 1982



Se?or Presidente,
Se?or Director general,
Se?ores Ministros,
Se?oras y Se?ores Delegados,
Se?oras y Se?ores:


1. Deseo ante todo expresar mi alegr?a por la oportunidad que se me ofrece de encontrarme hoy aqu? y de tomar la palabra ante esta ilustre asamblea reunida para celebrar la 68 sesi?n de la Conferencia Internacional del Trabajo. Los hechos que ustedes conocen me impidieron corresponder a la invitaci?n que me hab?a dirigido el Director general para participar en la sesi?n precedente. Doy gracias a Dios por haberme conservado la vida y devuelto la salud. La imposibilidad en que me encontr? de venir hasta aqu? ha reforzado en m? el profundo deseo que ten?a de encontrarlos, puesto que me siento unido al mundo del trabajo por m?ltiples v?nculos. El menor de ?stos no es ciertamente la conciencia de una particular responsabilidad en relaci?n con los numerosos problemas inherentes a la realidad del trabajo humano: problemas importantes, muchas veces dif?ciles, y siempre fundamentales; problemas que constituyen la raz?n de ser de su Organizaci?n. Por ello me alegr? de forma particular la invitaci?n que me reiter? el Director general ya durante mi convalecencia. Mientras tanto, he publicado mi Enc?clica Laborem exercens sobre el trabajo humano con el fin de aportar una contribuci?n al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia cat?lica, cuyos grandes documentos, comenzando por la Rerum novarum del Papa Le?n XIII, han encontrado un eco respetuoso y favorable en las sesiones de la Organizaci?n Internacional del Trabajo, siempre sensible a los diversos aspectos de la compleja problem?tica del trabajo humano a trav?s de las diferentes etapas hist?ricas de su existencia y en sus actividades.

Me sea permitido expresar aqu? mi agradecimiento por su invitaci?n y por la acogida calurosa que me ha sido dispensada. Al mismo tiempo, deseo manifestar el aprecio que me han merecido las amables palabras que el Director general acaba de dirigirme; gracias a ellas me resulta m?s f?cil dirigirles, a mi vez, la palabra. Hu?sped de esta Asamblea, les hablo en nombre de la Iglesia cat?lica y de la Sede Apost?lica, situ?ndome en el terreno de su misi?n universal que posee, ante todo, un car?cter religioso y moral. Por esta raz?n, la Iglesia y la Santa Sede comparten la preocupaci?n de su Organizaci?n por lo que constituyen sus objetivos fundamentales y, al mismo tiempo, se unen a la entera familia de las naciones en el objetivo que ?sta se propone, a saber: contribuir al progreso de la humanidad.

2. Al dirigirme a todos ustedes, se?oras y se?ores, deseo, a trav?s de ustedes, rendir homenaje ante todo al trabajo del hombre, sea cual sea este trabajo y el lugar del globo en que se realice; a cualquier trabajo ?as? como a cada uno de los hombres y mujeres que lo realizan? sin distinci?n de sus caracter?sticas espec?ficas; bien se trate de un trabajo ?f?sico? o de un trabajo ?intelectual?; sin distinci?n tampoco de sus determinaciones particulares: bien sea un trabajo de ?creaci?n? o de ?reproducci?n?, bien sea el trabajo de investigaci?n te?rica que pone las bases del trabajo de otros, o el trabajo que consiste en organizar las condiciones y las estructuras o bien el trabajo, en fin, de los cuadros directivos o el de los obreros que ejecutan las tareas necesarias para la realizaci?n de los programas fijados. En cada una de sus formas, este trabajo merece un respeto particular puesto que se trata de la obra del hombre, puesto que, detr?s de cualquier trabajo, hay siempre un sujeto vivo: la persona humana. Es de este hecho de donde el trabajo recibe su valor y su dignidad.

En nombre de esta dignidad, que es propia de todo trabajo humano, deseo expresar, asimismo, mi estima por cada uno de ustedes, se?oras y se?ores, y por las instituciones concretas, las organizaciones y las autoridades que ustedes representan aqu?. Dado el car?cter universal de la Organizaci?n Internacional del Trabajo, se me ofrece la oportunidad de rendir homenaje con la presente intervenci?n a todos los grupos aqu? representados, y de alabar el esfuerzo por el que cada uno de ellos tiende a desarrollar sus propias potencialidades a fin de realizar el bien com?n de todos sus miembros: hombres y mujeres, unidos de generaci?n en generaci?n en los diferentes puestos de trabajo.

3. Por ?ltimo ?y pienso que soy en esto el portavoz no s?lo de la Sede Apost?lica sino, en cierto sentido, de todas las personas presentes? desear?a expresar una estima y una gratitud particulares por la misma Organizaci?n Internacional del Trabajo. Vuestra Organizaci?n tiene, en efecto, un lugar importante en la vida internacional, tanto por su antig?edad como por la nobleza de sus objetivos. Creada en 1919 por el Tratado de Versalles, se ha impuesto como misi?n el contribuir a una paz duradera por la promoci?n de la justicia social, como dicen las primeras palabras del pre?mbulo de su constituci?n: ?Considerando que la paz universal y permanente s?lo puede basarse en la justicia social...?. Este compromiso fundamental por la paz lo ha vuelto a recordar el Director general en el simposio organizado en Roma por la Pontificia Comisi?n ?Iustitia et Pax? a principios del pasado abril, al referirse al pergamino contenido en la primera piedra del edificio de la Oficina Internacional del Trabajo que contiene el lema: ?Si vis pacem, cole iustitiam: Si quieres la paz, cultiva la justicia?.

Los m?ritos de vuestra Organizaci?n se manifiestan de forma evidente en la existencia de numerosas Convenciones internacionales y de recomendaciones que establecen las normas internacionales del trabajo, ?nuevas reglas de comportamiento social? para obligar ?a los intereses particulares a someterse a la visi?n m?s amplia del bien com?n? (Discurso de Pablo VI a la OIT, nn. 14 y 19: AAS 61, 1969, p?gs. 497 y 499). Sus m?ritos son visibles tambi?n en muchas otras actividades emprendidas para satisfacer las nuevas necesidades que se han manifestado a partir de la evoluci?n de las estructuras sociales y econ?micas. Dichos m?ritos son evidentes, en fin, cuando se considera el trabajo cotidiano y perseverante de los funcionarios de la Oficina Internacional del Trabajo y de las instancias que ?sta ha puesto a su servicio para reforzar su acci?n, tales como el Instituto internacional de estudios sociales, la Asociaci?n internacional de la seguridad social, y el Centro internacional de perfeccionamiento profesional y t?cnico.

Si me he permitido citar la Organizaci?n Internacional del Trabajo en mi Enc?clica Laborem exercens lo he hecho tanto para atraer la atenci?n sobre sus m?ltiples realizaciones, como para animar a reforzar las actividades en favor de la humanizaci?n del trabajo. He querido adem?s poner de relieve el hecho de que, en el esfuerzo dirigido a fundar el trabajo humano sobre las razones del verdadero bien ?cosa que corresponde a los principios objetivos de la moral social? las metas de la Organizaci?n Internacional del Trabajo est?n muy pr?ximas a las que la Iglesia y la Sede Apost?lica desean alcanzar en el terreno que les es propio y con medios adaptados a su misi?n. Por otra parte, esto ha sido subrayado, en diversas ocasiones, por mis predecesores los Papas P?o XII y Juan XXIII y, en particular, por Pablo VI en 1969, con ocasi?n de la visita con la que quiso asociarse a la celebraci?n del 50 aniversario de la fundaci?n de la Organizaci?n Internacional del Trabajo. Hoy como ayer la Iglesia y la Sede Apost?lica se alegran de la excelente colaboraci?n que existe con vuestra Organizaci?n, colaboraci?n que ya ha llegado al medio siglo y que ha culminado formalmente en la acreditaci?n, en 1967, de un Observador permanente ante la Oficina Internacional del Trabajo. Con este paso la Sede Apost?lica ha querido asegurar una expresi?n estable a su voluntad de colaboraci?n y al vivo inter?s que la Iglesia cat?lica, descosa del verdadero bien del hombre, concede a los problemas del trabajo.

4. La palabra que ustedes esperan de m?, se?oras y se?ores, no puede ser diferente de la que he pronunciado en otras asambleas en que se encontraban representantes de los pueblos de todas las naciones del mundo: la Asamblea General de la Organizaci?n de las Naciones Unidas, la Organizaci?n de las Naciones Unidas para la Alimentaci?n y la Agricultura y la Organizaci?n de las Naciones Unidas para la Educaci?n, la Ciencia y la Cultura. Mis reflexiones se inspiran, en un modo que desea ser coherente, en la misma idea fundamental y en la misma preocupaci?n: la causa del hombre, su dignidad y los derechos inalienables que se derivan de ella. Ya en mi primera Enc?clica, Redemptor hominis, he insistido en el hecho de que ?el hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre ?todo hombre sin excepci?n alguna? ha sido redimido por Cristo...? (n. 14). Por esta misma raz?n, y con ocasi?n del 90 aniversario de la Rerum novarum, he querido consagrar un documento mayor de mi pontificado al trabajo humano, al hombre que trabaja: ?Homo laborem exercens?. Pues no s?lo el trabajo lleva la marca del hombre, sino que es en el trabajo donde el hombre descubre el sentido de su existencia: en todo trabajo concebido como una actividad humana, sean cuales sean las caracter?sticas concretas en las que se ejerce esta actividad. El trabajo comporta ?esta dimensi?n fundamental de la existencia humana de la que la vida del hombre est? hecha cada d?a, de la que deriva la propia dignidad espec?fica y en la que a la vez est? contenida la medida incesante de la fatiga humana, del sufrimiento y tambi?n del da?o y de la injusticia que invaden profundamente la vida social dentro de cada naci?n y a escala internacional? (Laborem exercens, 1).

5. En la problem?tica del trabajo ?una problem?tica que tiene repercusiones en tantos campos de la vida y a todos los niveles, individual, familiar, nacional e internacional? hay una caracter?stica que es al mismo tiempo exigencia y programa, y que desear?a subrayar hoy ante ustedes: la solidaridad. A ofrecerles estas consideraciones me anima, en primer lugar, el hecho de que la solidaridad est? inscrita en formas diferentes en la naturaleza misma del trabajo humano, pero tambi?n me animan a ello los objetivos de su Organizaci?n y, sobre todo, el esp?ritu que la mueve. El esp?ritu en el que la Organizaci?n Internacional del Trabajo ha realizado su misi?n desde el comienzo es un esp?ritu de universalismo, que tiene su punto de apoyo en la igualdad fundamental de las naciones y en la igualdad de los hombres y que es percibido, al mismo tiempo, como punto de partida y como punto de llegada de toda pol?tica social. Es tambi?n un esp?ritu de humanismo deseoso de desarrollar todas las potencialidades del hombre, materiales y espirituales. Es, en fin, un esp?ritu comunitario que se expresa de forma acertada en el tripartidismo de vuestras estructuras. En este sentido, hago m?as las palabras pronunciadas aqu? por Pablo VI durante su visita en 1969. ?Su instrumento original y org?nico es hacer que conspiren las tres fuerzas interesadas en la din?mica humana del trabajo moderno: los hombres de Gobierno, los empresarios y los trabajadores. Y su m?todo ?paradigma t?pico en adelante? es armonizar esas tres fuerzas, hacer que no se opongan, sino que concurran en una colaboraci?n animosa y fecunda mediante un di?logo constante para el estudio y la soluci?n de problemas siempre repetidos y renovados sin cesar? (Discurso a la OIT, 10 de junio de 1969, n. 15: AAS 61, 1969, p?g. 498).

El hecho de que se haya pensado que los problemas del trabajo deben resolverse con la intervenci?n de todas las partes interesadas, mediante negociaciones pac?ficas que miren al bien del hombre del trabajo y a la paz entre las sociedades, demuestra que son ustedes conscientes de la exigencia de la solidaridad que les une en un esfuerzo com?n por encima de las diferencias reales y las divisiones que son siempre posibles.

6. Esta intuici?n fundamental que los fundadores de la Organizaci?n Internacional del Trabajo han inscrito tan ampliamente en la misma estructura de la Organizaci?n y que tiene como corolario el que los objetivos perseguidos s?lo pueden ser realizados mediante un esfuerzo comunitario y solidario, responde a la realidad del trabajo humano. Pues, en sus dimensiones profundas, la realidad del trabajo es la misma en cualquier punto del globo terrestre, en todos los pa?ses y en todos los continentes; entre los hombres y mujeres que pertenecen a las m?s distintas razas y naciones, que hablan lenguas diferentes y representan culturas distintas; entre aquellos y aquellas que profesan religiones diferentes o que expresan en modos m?ltiples sus relaciones con la religi?n y con Dios. La realidad del trabajo es la misma dentro de la multiplicidad de formas: el trabajo manual y el trabajo intelectual; el trabajo agr?cola y el trabajo en la industria; el trabajo en los servicios del sector terciario y el trabajo en el campo de la investigaci?n; el trabajo del artesano, del t?cnico y del educador, del artista o de la madre en el hogar; el trabajo del obrero en las empresas y el de los cuadros y directivos. Sin ocultar las diferencias espec?ficas que existen y que distinguen frecuentemente de forma bastante radical a los hombres y mujeres que realizan estas tareas m?ltiples, el trabajo ?la realidad del trabajo? realiza la uni?n de todos en una actividad que tiene un mismo significado y una misma fuente. Para todos, el trabajo es una necesidad, un deber, una tarea. Para cada uno y para todos, constituye un medio de asegurar la vida, la vida de familia, y sus valores fundamentales; es tambi?n el camino que conduce a un futuro mejor, el camino del progreso, el camino de la esperanza. En la diversidad y en la universalidad de sus formas, el trabajo humano une a los hombres, pues todo hombre busca en el trabajo ?la realizaci?n de su humanidad, el perfeccionamiento de esa vocaci?n de persona que tiene en virtud de su propia humanidad? (Laborem exercens, 6). S?, ?el trabajo lleva en s? un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas? (Laborem exercens, pre?mbulo). El trabajo lleva el signo de la unidad y de la solidaridad.

Por otra parte. al abordar aqu?, ante esta Asamblea, un panorama tan vasto, tan diferenciado y, al mismo tiempo. tan universal como el del trabajo de toda la familia humana, resulta dif?cil no escuchar en el fondo de nuestros corazones las palabras del libro del G?nesis en las que el trabajo ha sido dado como tarea al hombre a fin de que, por medio de este trabajo, someta la tierra y la domine (cf. G?n 1, 28).

7. La raz?n fundamental que me impulsa a proponeros el tema de la solidaridad se encuentra, por consiguiente, en la naturaleza misma del trabajo humano. El problema del trabajo est? profundamente vinculado con el del sentido de la vida humana. Por esta vinculaci?n, el trabajo se convierte en un problema de naturaleza espiritual; y lo es realmente. Esta constataci?n no elimina ninguno de los otros aspectos del trabajo, aspectos que son, podr?a decirse, m?s f?cilmente mensurables y a los que est?n unidas estructuras y operaciones diversas de car?cter ?exterior? a nivel de la organizaci?n; esta misma constataci?n permite, por el contrario, volver a situar el trabajo humano, sea cual sea el modo en que el hombre lo ejecute, en el interior del hombre, es decir, en lo m?s profundo de su humanidad, en aquello que le es propio, en aquello que hace que sea hombre y sujeto aut?ntico del trabajo. La convicci?n de que existe un v?nculo esencial entre el trabajo de cada uno de los hombres y el sentido global de la existencia humana se halla en la base de la doctrina cristiana sobre el trabajo ?se puede decir, en la base del ?Evangelio del trabajo?? e impregna la ense?anza y la actividad de la Iglesia, en forma diversa, en cada una de las etapas de su misi?n en la historia. ?Jam?s el trabajo contra el trabajador, sino siempre el trabajo... al servicio del hombre?: es conveniente repetir tambi?n hoy estas palabras pronunciadas hace ya 13 a?os en este mismo lugar por el Papa Pablo VI (Discurso a la OIT, 10 de Junio de 1969, n. ll: AAS 61, 1969, p?g. 495). Si el trabajo debe servir siempre al bien del hombre, si el programa del progreso no puede realizarse sino a trav?s del trabajo, existe entonces un derecho fundamental a emitir un juicio sobre el progreso seg?n el siguiente criterio: ?Sirve el trabajo realmente al hombre? ?Corresponde a su dignidad? Por medio del trabajo, ?se cumple en su riqueza y en su diversidad el sentido propio de la vida humana?

Tenemos el derecho a pensar de este modo el trabajo del hombre; y tambi?n el deber. Tenemos el derecho y el deber de considerar al hombre no como algo ?til o in?til para el trabajo, sino de mirar el trabajo en su relaci?n con el hombre, con cada hombre, de considerar el trabajo en cuanto ?til o in?til al hombre. Tenemos el derecho y el deber de res flexionar sobre el trabajo teniendo en cuenta las diversas necesidades del hombre, en el terreno del esp?ritu y del cuerpo; el deber y el derecho de considerar de este modo el trabajo del hombre, en cualquier sociedad y en cualquier sistema, en las zonas donde reine el bienestar y, m?s a?n, donde domina la indigencia. Tenemos el derecho y el deber de adoptar este modo de considerar el trabajo en su relaci?n con el hombre ?y no a la inversa? como criterio fundamental de apreciaci?n del progreso mismo. Pues el progreso exige siempre una evaluaci?n y un juicio de valor: hay que preguntarse si tal progreso es suficientemente ?humano? y al mismo tiempo suficientemente ?universal?; si sirve para nivelar las desigualdades injustas y para favorecer un futuro pac?fico del mundo; si, en el trabajo, se aseguran los derechos fundamentales de cada una de las personas, de las familias, de las naciones. En una palabra: hay que preguntarse continuamente si el trabajo sirve para realizar el sentido de la vida humana. Incluso buscando una respuesta a estos interrogantes en el an?lisis del conjunto de los procesos socioecon?micos, no se pueden dejar de lado los elementos y el contenido que constituyen el ?interior? del hombre: el desarrollo de su conocimiento y de su conciencia. La relaci?n entre el trabajo y el sentido mismo de la existencia humana es un testimonio permanente de que el hombre no ha sido alienado por el trabajo, que no ha sido esclavizado. Dicha relaci?n confirma, m?s bien, que el trabajo se ha convertido en el aliado de su humanidad, que le ayuda a vivir en la verdad y la libertad; en la libertad construida sobre la verdad que le permite conducir, en plenitud, una vida m?s digna del hombre.

8. Los obreros, sobre todo del mundo de la industria, han reaccionado ante las clamorosas injusticias nacidas de los sistemas del siglo pasado, descubriendo, al mismo tiempo, por encima de la miseria com?n, la fuerza que suponen las acciones concordadas. V?ctimas de las mismas injusticias, se han unido en una misma acci?n. En mi Enc?clica sobre el trabajo humano, he llamado a esta reacci?n ?una justa reacci?n social?; tal situaci?n ha ?hecho surgir e incluso irrumpir un gran impulso de solidaridad entre los hombres del trabajo y, ante todo, entre los trabajadores de la industria. La llamada a la solidaridad y a la acci?n com?n, lanzada a los hombres del trabajo ?sobre todo a los del trabajo sectorial, mon?tono, despersonalizador en los complejos industriales, cuando la m?quina tiende a dominar sobre el hombre? ten?a un importante valor y su elocuencia desde el punto de vista de la ?tica social. Era la reacci?n contra la degradaci?n del hombre como sujeto de trabajo... Semejante reacci?n ha unido al mundo obrero en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad? (Laborem exercens, 8). A pesar de las mejoras logradas desde entonces, a pesar del mayor y m?s efectivo respeto de los derechos fundamentales de los trabajadores en muchos pa?ses, diversos sistemas fundados en la ideolog?a y el poder han dejado persistir injusticias flagrantes o han creado otras nuevas. Adem?s, la conciencia acrecida de la justicia social hace descubrir nuevas situaciones de injusticias que, por su extensi?n geogr?fica o por el menosprecio de la dignidad inalienable de la persona humana, contin?an siendo verdaderos retos a la humanidad. Es necesario que se forje hoy una nueva solidaridad basada en el verdadero significado del trabajo humano. Pues s?lo a partir de una justa concepci?n del trabajo ser? posible definir los objetivos que debe perseguir la solidaridad y las diferentes formas que ?sta deber? asumir.

9. El mundo del trabajo, se?oras y se?ores, es el mundo de todos los hombres y de todas las mujeres que, por su actividad, intentan responder a su vocaci?n de someter la tierra para el bien de todos. La solidaridad del mundo del trabajo ser?, por consiguiente, una solidaridad que ensancha los horizontes para abarcar, junto a los intereses de los individuos y de los grupos particulares, el bien com?n de toda la sociedad, tanto a nivel de una naci?n como a nivel internacional y planetario. Se tratar? de una solidaridad para el trabajo que se manifiesta en la lucha por la justicia y por la verdad de la vida social. ?Cu?l ser?a, en efecto, la justificaci?n de una solidaridad que se apoyara en una lucha de oposici?n irreductible a los otros, en una lucha contra los otros? Ciertamente la lucha por la justicia no podr? ignorar los intereses leg?timos de los trabajadores unidos en una misma profesi?n o afectados de forma especial por ciertas formas de injusticia. Dicha lucha no ignora que existen, entre los grupos, tensiones que amenazan muchas veces con convertirse en conflictos abiertos. La verdadera solidaridad mira a la lucha por un orden social justo en el que todas las tensiones puedan ser absorbidas y en la que los conflictos ?tanto a nivel de grupos como a nivel de naciones? puedan encontrar su soluci?n m?s f?cilmente. Para crear un mundo de justicia y de paz, la solidaridad debe destruir los fundamentos del odio, del ego?smo, de la injusticia, erigidos con demasiada frecuencia en principios ideol?gicos o en ley esencial de la vida en sociedad. En el interior de una misma comunidad de trabajo, la solidaridad impulsa a descubrir las exigencias de unidad inherentes a la naturaleza del trabajo, m?s que las tendencias a la distinci?n y a la oposici?n. Se opone a concebir la sociedad en t?rminos de lucha ?contra? y las relaciones sociales en t?rminos de oposici?n irreductible de las clases. La solidaridad, que encuentra su origen y su fuerza en la naturaleza del trabajo humano y, por consiguiente, en el primado de la persona humana sobre las cosas, sabr? crear los instrumentos de di?logo y de concertaci?n que permitir?n resolver las oposiciones sin buscar la destrucci?n del oponente. No, no es algo ut?pico afirmar que se podr? hacer del mundo del trabajo un mundo de justicia.

Publicado por mario.web @ 14:51
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios