S?bado, 16 de abril de 2011
Fundamento y gu?a principal de la tarea del Psic?logo
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La confianza en la Gracia
La confianza en la Gracia
Hoy en d?a la Psicolog?a, cumpliendo de alguna manera el proyecto nietzscheano de ?se?ora de las ciencias?, aparece en todos los ?mbitos donde se mueve el hombre mismo. Por eso nos referiremos a la tarea del psic?logo en un sentido amplio, en las diversas ?reas en que se requiere generalmente su presencia, en las distintas situaciones a las que se enfrenta, y en las que los dem?s ponen exageradas expectativas respecto de la resoluci?n de problemas.

La Psicolog?a se ha forjado, en el mundo actual, para el com?n de la gente ?y hasta en muchos de ?mbitos acad?micos? una cierta imagen de omnipotencia. Y hasta en los ambientes m?s religiosos ha penetrado reemplazando la verdadera vida espiritual y la m?stica cristiana. Esto no nos extra?a, ya que es heredera de la filosof?a moderna, y realiza sus ideales antropoc?ntricos de superioridad de la ciencia humana y de su m?todo. Por eso vemos que pretende dar pautas indiscutibles de conducta: en la educaci?n, en la salud y la enfermedad, en las crisis vitales, en el discernimiento vocacional, en la elecci?n profesional, en las relaciones familiares, institucionales, sociales, etc. Y todav?a m?s, muchas veces se le exige al psic?logo hacer pron?sticos certeros sobre la vida entera de una persona, con una proyecci?n de futuro m?s propia de Dios que de los hombres.

Debido a esto, hablaremos del psic?logo como aquel que se enfrenta a un hombre que ciertamente no se encuentra en el estado de naturaleza ?ntegra (donde la mente estaba sometida a Dios), pero tampoco totalmente corrompido como pretende Lutero y el protestantismo, Freud y el psicoan?lisis, y tambi?n muchas corrientes de psicolog?a de ra?z moderna. Nuestra posici?n se ubica en el reconocimiento del hombre que posee una naturaleza ca?da, con un severo desorden en su personalidad, pero que tiene la posibilidad de ser restaurada y sanada por la gracia.

El hombre no puede llegar a su plenitud como hombre, si no es por la gracia. No puede llegar a ser plenamente ?sano? y ordenado ps?quicamente, si no es con la ayuda de la gracia.

Por eso el psic?logo en su tarea, debe confiar en la gracia, es decir, deber tener fe en la realidad de la gracia de Dios, en su efectiva acci?n en el alma y en su dinamismo, que la eleva al fin ?ltimo sobrenatural. Y esto plantea tambi?n un tema pol?mico y urticante para muchos ?a?n entre los psic?logos cat?licos? y es si el psic?logo es mejor si tiene fe, y hasta si es bueno que de testimonio de su fe. ?Es lo mismo un psic?logo con fe, que uno sin fe? ?Es mejor un psic?logo que conf?a m?s en la omnipotencia de la Psicolog?a que uno que conf?a en el poder de la gracia de Dios y trata de ser un buen instrumento?

Pero avancemos en el desarrollo de los temas e iremos develando estas cuestiones.

1.El hombre y la ley natural

El psic?logo debe intentar que la persona cumpla con la ley natural y as? logre su propio despliegue y sano desarrollo. Todo ser siente inclinaci?n natural a la operaci?n de aquello que le es propio por su forma. La forma propia del hombre es el alma racional, y la inclinaci?n natural es a obrar conforme a la raz?n. Esto significa vivir virtuosamente, como hombre normal y sano, pues seg?n Santo Tom?s (siguiendo a Arist?teles) ?la virtud es la perfecci?n propia del hombre? . El hombre es bueno como hombre en la medida en que su conducta es dirigida por la recta raz?n, o sea por una raz?n que dirige sus actos rectamente al fin.

La ley natural es una participaci?n de la ley eterna en la criatura racional. Si bien todas las cosas participan de la ley eterna de alguna manera, en cuanto tienen tendencia a sus propios actos y fines, sin embargo el ser racional lo hace de modo especial en cuanto por la luz de la raz?n natural discierne lo bueno y lo malo. Justamente es ley porque es algo propio de la raz?n, con la cual el hombre es capaz de percibir lo que Dios ha grabado en su mente, y as? ordenar sus conductas al fin, al bien que juzga como propio.

El hombre siente inclinaci?n natural a aquellas cosas que son aprehendidas naturalmente por la inteligencia como buenas y practicables, y sus contrarias, como malas y prohibidas. Las inclinaciones nos muestran el bien connatural.

Primero, hay en el hombre una inclinaci?n hacia un bien com?n a todos los seres: la conservaci?n conforme a su naturaleza. Y as? encontramos que pertenecen a la ley natural los preceptos relativos a la conservaci?n de la vida y la evitaci?n de lo que se opone a ella. En segundo lugar, hay inclinaciones hacia bienes m?s particulares, los que tiene en com?n con los animales. Pertenecen as? a la ley natural la relaci?n entre hombre y mujer, la educaci?n de los hijos, etc. Y por ?ltimo y en tercer lugar, hay una inclinaci?n espec?ficamente racional, y es aquella por la cual el hombre tiende naturalmente a vivir en sociedad, a conocer la verdad y m?s especialmente las verdades de Dios. Todo hombre tiene una profunda sed de verdad, de la contemplaci?n de la verdad, que est? conectada con la nostalgia de Dios y el deseo de felicidad.

Debemos recordar aquello que nos dec?a S. S. Juan Pablo II en Fides et Ratio: ?Se puede definir, pues, al hombre como aqu?l que busca la verdad.? Pero una verdad que no queda s?lo en lo especulativo, sino que lo compromete de manera total, que se realiza pr?cticamente en la consecuci?n del bien previsto. As?, cada persona conformar? toda su personalidad seg?n la honestidad de esa b?squeda y la rectitud de su obrar. Y de acuerdo a esto podr?amos decir ?junto a Santa Teresa? que lo propio del hombre ps?quicamente sano es ?andar en verdad?.
El hombre es capaz de Dios, el deseo de Dios est? escrito en su coraz?n porque hay un deseo natural de felicidad que es de origen divino, porque Dios es el ?nico que puede satisfacerlo y s?lo en ?l encontrar? el hombre la verdad y la felicidad que ans?a.

Pero esta b?squeda puede frustrarse. Nos enfrentamos a un mundo en que aparecen cada vez m?s como ?normales? aquellas conductas que son irracionales (y ?podr?a decirse? hasta monstruosas), que se oponen a las inclinaciones naturales y a la raz?n: la eutanasia, el suicidio, el aborto (que si consideramos que el hijo es como algo de los padres, estamos frente a un pseudo-suicidio), las relaciones homosexuales, todo tipo de vicios, la mentira pertinaz, la vida ficticia, la negaci?n de Dios y su desplazamiento absoluto de todos los ?mbitos en que se mueve el hombre, etc. Y no s?lo vemos la cercan?a de estos problemas, sino que hasta pretenden ser ?legalizados? por la ley humana, para que puedan cometerse estos actos contrarios a la ley natural con toda tranquilidad, avalados por la misma sociedad.
Si bien la ley natural est? impresa en el coraz?n del hombre de manera imborrable, muchas veces sus conductas son contrarias a la naturaleza y al dictamen de la raz?n. Y esto es la causa de los des?rdenes psicopatol?gicos, de las enfermedades ps?quicas o enfermedades del alma.

Es natural al hombre obrar seg?n este dictamen de la raz?n, pero vemos que ?en la pr?ctica? esto no siempre sucede. ?Por qu?? Porque la raz?n procede de lo m?s universal a lo particular, y en este proceso la raz?n pr?ctica que se ocupa de las acciones humanas, cuanto m?s desciende a lo particular y concreto, tiene m?s posibilidad de fallar y evidenciar su debilidad. Este defecto es causado por impedimentos particulares, por la raz?n pervertida por la pasi?n o las malas costumbres. En las obras concretas, la raz?n no aplica los principios comunes debido al desorden interior que padece, lo cual le impide ?como a todo enfermo? mover las partes del alma hacia su fin.
Antes del pecado de Ad?n la mente humana estaba sujeta a Dios y las partes del alma en armon?a y orden, lo cual supon?a la subordinaci?n de las potencias inferiores a la raz?n y ?sta al fin ?ltimo. La naturaleza compuesta de muchos elementos, recibe una determinada ordenaci?n en sus partes. As? el hombre, en el estado de justicia original , estaba inclinado a la virtud, su raz?n dominaba las fuerzas inferiores y ella estaba sometida a Dios.

Con el pecado original y la p?rdida de la gracia de Dios, se rompe esta armon?a y el alma queda desordenada, y sus partes disgregadas tendiendo a polos contrarios (pues cada una busca su propio fin), con cierta autonom?a de su fuerza rectora, que es la raz?n. Aparecen as? ?en esta naturaleza ca?da? muchas deformidades que son como principio de los des?rdenes de la personalidad. Se pierde la unidad jer?rquica que la caracterizaba en el estado de naturaleza ?ntegra, con todas las consecuencias que esto supone, principalmente la insubordinaci?n de la vida sensitiva a la intelectiva, por lo cual falla en las acciones concretas.

En este sentido podemos afirmar que el pecado original es, como lo define Santo Tom?s, una ?disposici?n desordenada? que proviene de la ruptura de esa armon?a constitutiva de la justicia original. La naturaleza no se corrompe totalmente, sino que disminuye la inclinaci?n a la virtud, o sea el obrar del hombre en cuanto racional, pues obrar seg?n la ley de la raz?n ?como dijimos? es obrar virtuosamente. La disminuci?n de esta tendencia natural a seguir el dictamen de la raz?n, se da en cuanto se ponen obst?culos que le impiden obrar rectamente.

La herida de la naturaleza, que hace que la raz?n no se someta a Dios y no pueda dominar las fuerzas inferiores, se intensifica con el pecado personal. Como la personalidad se va estructurando en base a las elecciones sobre su obrar concreto, ?sta puede llegar ?debido a este profundo desorden? a disfunciones ya claramente definidas como patolog?as ps?quicas. Porque el vicio, que es lo contrario a la virtud, contradice la ley natural y la plenitud humana, de manera que constituye la base estructural de las enfermedades mentales. Por eso suele decirse de alguien que ?perdi? la raz?n? o sea, no se comporta razonablemente, seg?n la raz?n que ya no dirige coherentemente sus acciones al fin.
Por esta herida del alma que es fruto del h?bito del pecado original (igual que en los pecados personales), la raz?n pierde agudeza (sobre todo en el orden pr?ctico), la voluntad se resiste a obrar el bien, cada vez se hace m?s dif?cil obrar el bien, y la concupiscencia se enardece sin cesar. El libre albedr?o est? impedido de hacer el bien. Todo esto dispone negativamente respecto del obrar conforme a la ley natural y a sus sanas inclinaciones. As?, el hombre es como un enfermo, que no puede desplegar todas sus potencialidades, que no puede moverse con toda la vitalidad de un sano, que no puede llevar una vida normal y plena.

Vemos entonces qu? gravemente est? pervertido este dinamismo de las apetencias naturales. Es la rebeli?n de la carne que aparta del obrar seg?n la raz?n, y que se fortalece con las elecciones personales, enferm?ndose cada vez m?s. Esto es lo que se llama ley de fomes o de concupiscencia, en el sentido de que todas las potencias del alma tienden a obrar contra el bien de la raz?n, la cual queda sujeta a los apetitos desordenados. Esta es la ra?z profunda del ego?smo, que es el principio subjetivo de los desordenes del car?cter.

2.Necesidad de la gracia

Nos preguntamos, entonces, frente a esta situaci?n ?puede el hombre cumplir plenamente con la ley natural, tener sanas inclinaciones, alcanzando la virtud y la normalidad ps?quica? ?Puede desplegarse hasta llegar a la madurez y perfecci?n personal? En estas condiciones debemos responder que no.

Y ?qu? es lo que puede hacer el hombre cuya personalidad est? tan gravemente desordenada y enferma? Ciertamente, puede conocer algunas verdades proporcionadas a su raz?n natural, y tambi?n puede hacer alg?n bien particular como edificar casas, plantar vi?as o cosas semejantes, seg?n dice Santo Tom?s. Pero no puede hacer todo el bien connatural, no alcanza a hacer aquello que es propio de su naturaleza; de tal manera que en todo obrar es de alguna manera deficiente. No puede querer ni hacer el bien con sus solas fuerzas naturales. Dec?amos que es como el enfermo que puede hacer algunas cosas, pero no con la vitalidad y perfecci?n del sano, salvo que se lo cure con alg?n medicamento.

Y este medicamento viene de Dios, el ?nico que puede curar y restablecer el orden de la naturaleza. Por eso ?en esta situaci?n lamentable del hombre y de la cual muchas veces no toma conciencia? es necesaria la gracia de Dios, el don o regalo inmerecido que sana la personalidad orden?ndola, curando desde sus ra?ces la enfermedad ps?quica.
A medida que la gracia habitual va trabajando en el alma, y restaurando el orden; el apetito inferior se somete a la raz?n, y la raz?n se somete a Dios fijando en ?l el fin de su voluntad. Y as? todos los actos humanos se regulan por el fin, y los movimientos del apetito sensitivo se regulan por el juicio de la raz?n, como corresponde a la naturaleza del hombre sano.

Pero esta curaci?n que produce la gracia, la restauraci?n de la naturaleza, es progresiva: se da primero en la mente, antes de que el apetito carnal le est? totalmente subordinado y ordenado. Por eso con la gracia habitual el hombre ya no obrar? gravemente contra el dictamen de la raz?n, aunque todav?a no podr? abstenerse de todos los movimientos interiores de la sensualidad. Podr? dominar cada uno en particular, pero no todos todo el tiempo, y sobre todo cuando escapan a su vigilancia.
La fuerza de la gracia de Dios act?a en el alma siguiendo una determinada evoluci?n; se va sanando de arriba hacia abajo. La raz?n se sujeta a Dios y la voluntad desea la Voluntad de Dios, pero los afectos contin?an desordenados o con cierto desorden, hasta que se someten totalmente. Las potencias inferiores, que estaban dispersas, se recogen y unifican progresivamente hasta que el alma vuelve a tener sobre ellas la fuerza y el se?or?o que hab?a perdido, dirigiendo sus conductas coherentemente hacia el fin ?ltimo.

Esta es la verdadera psicoterapia que necesita el hombre, y el psic?logo puede ayudar mucho en este proceso, pero el trabajo principal lo hace Dios.
Por eso es imposible una praxis correcta de la psicolog?a, si no se consideran los datos de la Teolog?a, porque entonces el psic?logo estar? impedido de captar a la persona que evoluciona con este perfeccionamiento interior y que se dirige din?micamente al fin ?ltimo sobrenatural, aunque el ordenamiento de la personalidad no sea a?n total.

3.La realidad de la gracia

La gracia de Dios pone en el alma una realidad sobrenatural intr?nseca y creada, distinta del alma y sus potencias. Pone realmente algo en quien la recibe. Dios quiere al hombre y con su Amor lo sana y eleva, lo hace agradable y bello ante sus ojos. Las facultades son elevadas y el dinamismo ps?quico es potenciado porque es atra?do por el Bien, que es el fin ?ltimo, donde el hombre encontrar? su perfecci?n.
Contrariamente al amor humano, que ama a alguien porque es bueno, Dios lo hace bueno porque lo ama. El amor divino causa una perfecci?n en la persona amada. En relaci?n a esto, vemos c?mo muchos psic?logos cat?licos esgrimen la famosa frase atribuida a Santo Tom?s (y que el Aquinate jam?s la dijo): ?la gracia supone la naturaleza?, para manifestar que la ordenaci?n hecha por el psic?logo atraer? luego la benevolencia de Dios. Lo cierto es que la Teolog?a nos ense?a lo contrario: el que Dios nos mire con benevolencia y nos perfeccione con su gracia, es la causa del orden y la salud ps?quica. Con esto no negamos que el psic?logo sea capaz de secundar la gracia y actuar muchas veces como instrumento v?lido de la misericordia divina.

Esta afirmaci?n tambi?n marca una diferencia muy importante con la posici?n protestante que Freud asume (y despu?s la mayor?a de las corrientes de Psicolog?a), debido a la filosof?a moderna en que se fundamenta (Kant, Nietzsche, etc.), donde el hombre es irreparablemente malo y por eso debe lograr un bienestar mundano que equilibre la infelicidad radical. Ciertamente estos autores ven al hombre en su naturaleza ca?da, en ese estado de corrupci?n y desintegraci?n propia del pecado. El verdadero sentido de la transformaci?n interior ?que acontece dentro del alma y que se da por la gracia divina?, est? excluido del pensamiento de la psicolog?a contempor?nea. Cuando mucho, la psicolog?a actual considera que esta transformaci?n es fruto de la acci?n del psic?logo y la aplicaci?n de su m?todo. Se introduce aqu? ?solapadamente? la concepci?n pelagiana de creer que todo lo puede el hombre con sus propias fuerzas.

La gracia es una realidad que produce un profundo cambio interior, que implica una nueva relaci?n: ahora el hombre es amigo de Dios y a ?l tiende con todas sus fuerzas. Hay un nuevo movimiento por el cual este hombre se dirige ahora hacia Dios, con todo su ser. Hay una renovaci?n que se produce en la realidad interna del hombre. Nosotros creemos que la gracia de Dios causa, en las personas por ?l queridas, una real, intr?nseca y sobrenatural participaci?n de su vida y su ser. Hay una verdadera transformaci?n en la persona en quien viene a habitar el Esp?ritu Santo como en su templo. La creatura racional adquiere una nueva relaci?n con Dios y con las Personas Divinas, y este nuevo modo de relaci?n pone al hombre en posesi?n de Dios como fin ?ltimo sobrenatural. La restauraci?n implica tambi?n un nuevo dinamismo que emana de la gracia, especialmente de la caridad, que significa un cambio en los h?bitos y en las operaciones, seg?n la exigencia de este nuevo ser deificado.

La mente del hombre que crece en gracia ha ido cambiando progresivamente de tal manera, que no s?lo es muy distinto del momento de iniciaci?n del proceso, sino que es muy diferente del com?n de las personas. Dir? Santa Teresa que, al mirar para atr?s, uno apenas puede reconocerse; como la transformaci?n que sufre el horrible gusano de seda y se convierte luego en una bella mariposa.

Porque la gracia no s?lo perfecciona la naturaleza del hombre haciendo que pueda cumplir plenamente con el bien connatural, sino que adem?s la eleva sobre su condici?n natural, para hacerla participar de los bienes divinos.
La vida de la gracia es un camino de firmeza ?contrario a la in-firmidad (enfermedad)? un camino seguro que afirma y confirma en el ser, donde el hombre encuentra la verdadera salud y, hasta podr?amos decir vali?ndonos de la met?fora de Santa Teresa, una nueva fisonom?a. Por eso decimos que la gracia es creada, en cuanto que los hombres son creados seg?n ella de la nada, o sea no por sus m?ritos, sino constituidos en un nuevo ser. La gracia obra como causa formal, como la blancura que hace m?s blanco.

Santo Tom?s demuestra que el hombre recibe la ayuda gratuita de Dios de dos modos: 1) en cuanto movimiento para obtener el bien natural, as? el alma es movida para conocer, querer u obrar algo; 2) como don habitual, infundiendo cualidades sobrenaturales en aquellos que mueve a conseguir el bien sobrenatural eterno, para que puedan hacerlo con suavidad y prontitud. Esta segunda forma que es la gracia o ?regalo?, pone a la persona en relaci?n con su fin ?ltimo, y esto significa que va sacando los obst?culos de los fines ficticios que la enferman ps?quicamente y la paralizan en su despliegue personal.

Y as? Dios mueve la mente del hombre: interiormente, porque primero quer?a el mal y empieza a querer el bien, moviendo la voluntad con una din?mica que invierte la inercia del pecado; y exteriormente, porque lo querido ahora por la voluntad llega al acto exterior, d?ndole la posibilidad de obrar el bien. Por eso dice San Agust?n: ?Obra para que queramos, y cuando queremos, coopera con nosotros para que consumemos la operaci?n?.

Podemos evaluar el ?xito de una psicoterapia que secund? la gracia de Dios y se apoy? en ella, en base a que la persona no s?lo se siente m?s digna y valiosa como imagen de Dios que es, sino que tambi?n en su obrar se va desplegando con una dinamicidad propia de la interioridad renovada y libremente ordenada al fin ?ltimo. La persona que va siendo curada puede hacer uso de sus facultades, y moverse m?s f?cilmente al fin deseado. El Bien que la atrae, la mueve realmente.

Dios sana al hombre y lo ayuda a querer el bien, luego hace que obre eficazmente el bien que quiere, que persevere en ?l y que ?gracias a esto? alcance la plenitud , la contemplaci?n y gozo de la Verdad, por la cual clamaba desde la profundidad de su ser. Porque el hombre, con la ayuda de la gracia, en cuanto hace lo que debe con su voluntad, puede esperar la recompensa prometida , lo cual cambia radicalmente su forma de vivir.

El que hace el bien merece y crece en la esperanza del premio eterno. El que tiene esperanza tiene futuro, sabe que su vida no acaba en el vac?o, y as? la realidad presente se hace m?s llevadera, m?s feliz. Comprende que su vida es un compromiso que responde a un llamado personal y ?nico. Todos los acontecimientos y las vicisitudes de la vida comienzan a verse desde el verdadero fin. As? se descubre la misi?n propia que da sentido y unidad a la vida. De esta manera puede decirse que el camino de santidad es la ?nica base firme de la salud mental, de la personalidad integrada y jer?rquicamente ordenada.

4.El psic?logo, testigo de la confianza

La confianza en la gracia supone la fe en Cristo, que es el restaurador de la naturaleza humana; porque el Verbo Encarnado tiene esa naturaleza como est? en la mente de Dios, y viene a mostr?rnosla y darle plenitud. No se puede reparar aquello que no se sabe c?mo era en su estado normal. No podemos saber c?mo reconstruir una casa, cuando s?lo tenemos un mont?n de escombros. Y si supi?ramos c?mo ordenar perfectamente al hombre, no tendr?amos la fuerza necesaria para hacerlo: porque para eso tuvo que venir Cristo.

Por eso la psicolog?a debe fundamentarse en una visi?n realista del hombre, y ?sta se la puede dar la Teolog?a. Porque no existe el hombre en naturaleza pura; sus acciones se dirigen din?micamente al fin o lo contrar?an. El alma no es est?tica, el que no adelanta, retrocede. La Teolog?a nos dice que el hombre es imagen de Dios, y que para realizarse ?aun como hombre? necesita reparar y perfeccionar esa imagen deteriorada por el pecado. Para esto necesita del mismo Dios que viene en su ayuda.

Sin embargo el hombre moderno aprendi? a confiar m?s en s? mismo que en Dios. Cree conocer bien este hombre, y ni siquiera entiende el sentido de su vida. Considera que tiene la capacidad y los m?todos suficientes para diagnosticar y curar las patolog?as que lo aquejan, y cada vez hay m?s enfermos mentales.

Y esto no s?lo por vivir sumergido en el ?reino del hombre? que tiene puestas todas sus esperanzas en la ciencia salvadora, como afirma S. S. Benedicto XVI en Spe salvi , sino tambi?n porque no percibe la gravedad de ese desorden. Su omnipotencia y la fe en la ciencia humana ?que muchas veces menosprecia el poder de Dios? lo enceguece y no le permite ver lo mal que est?. Juzga sobre la salud y la enfermedad seg?n criterios totalmente superficiales, y entonces busca soluciones que s?lo le brindan un bienestar mundano, y lo frustran cada vez m?s en su b?squeda profunda de felicidad. Sin lugar a dudas los s?ntomas de esta insatisfacci?n no tardan en aparecer en las sociedades que vemos c?mo se van autodestruyendo: con la droga, el aborto, la homosexualidad, la violencia, etc.
Un buen psic?logo y cualquier buen consejero, sabe que penetrar en el misterio del alma humana ?llamada a vivir la vida divina trinitaria? es una tarea que lo supera humanamente. Por eso tiene que saber reconocer los verdaderos l?mites, y abrirse a la sabidur?a de la Iglesia para encarar los problemas ?desde lo alto?.

Sin embargo considero que en esto pueden darse dos actitudes opuestas, pero que ambas deber?an evitarse.
La primera es la de echarse atr?s ante las posibilidades concretas de lo que se puede hacer como instrumento de la gracia, y por falta de confianza en la providencia divina, renunciar a seguir adelante porque no se ve que haya un cambio en la personalidad, el cual s?lo Dios sabe cu?ndo se dar?. No ver los resultados positivos de una psicoterapia, desalienta a veces no s?lo al psic?logo sino tambi?n a aquellos que han puesto sus expectativas en ?l. Esta situaci?n es tambi?n aplicable a muchos directores espirituales, confesores y hasta padres, que env?an a las personas a los psic?logos cuando no ven progresos en su tarea, pero sin embargo creen en la omnipotencia de la psicolog?a, sin confiar en las gracias de los sacramentos y aquellas que Dios da para cumplir la propia vocaci?n.

La segunda, es la m?s com?n entre los psic?logos por la formaci?n que reciben, y es la de considerarse el autor de la transformaci?n acontecida en la personalidad, y sobre todo cuando ?sta supuso un cambio radical de conductas antinaturales y de pecados mortales. Los psic?logos hemos presenciado muchas veces verdaderas conversiones, donde se invierte la voluntad perversa y la persona vuelve a vivir seg?n la recta raz?n. En muchos casos las personas cuando son cat?licas, en la psicoterapia ven la necesidad de volver a confesarse y enfrentar una nueva vida ?en gracia?. Obviamente, el psic?logo pudo ser un buen instrumento de la gracia, pero quiz?s no el ?nico, porque Dios pone toda la realidad al servicio de la salvaci?n de los hombres.
Considero que la actitud correcta es la del psic?logo que, haciendo todo lo que est? a su alcance para secundar la acci?n de Dios y con un ardiente deseo de la salvaci?n de las almas, se ubica en el lugar de ?siervo in?til? frente al designio redentor de la Voluntad Divina.
Pero para eso es necesario confiar en el poder y la misericordia de Dios que es bueno, que no abandona a sus creaturas, y que las am? hasta el fin. Pero tambi?n es necesario tener experiencia de la gracia, con una delicada vivencia de esa transformaci?n interior que es obra de Dios, y donde ?sin lugar a dudas? hubo personas y acontecimientos, que fueron tambi?n buenos instrumentos del amor divino.

El Dios en el que creemos, debe informar toda nuestra vida. No podemos conjugar nuestro cristianismo con un ate?smo pr?ctico, que se pone de manifiesto cuando trabajamos y atendemos a nuestros pacientes.

Por eso tambi?n es necesario considerar que nuestra confianza en un Dios que es Padre providente, puede servir de ejemplo para los dem?s, y de esta manera ayudar a la persona desesperanzada y abatida por la cruz que, muchas veces, se le hace demasiado pesada.
S. S. Benedicto XVI nos recuerda que hay personas que han sido verdaderas estrellas en nuestra vida, que nos han mostrado el rumbo a seguir, que fueron luces de esperanza en el viaje por el mar de nuestra historia, muchas veces ?oscuro y borrascoso? .

Por eso nos dice el Santo Padre que ?Necesitamos tambi?n de luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo as? orientaci?n para nuestra traves?a.?
Y as? contemplamos a Mar?a, Estrella del mar, que con su ?s? pleno de confianza cambi? la historia del universo entero. Su ?s? confiado desafi? todos los dolores, soport? todas las cruces. A?n en la terrible noche del G?lgota resonaban en su interior esas palabras del ?ngel en la Anunciaci?n: ?No temas, Mar?a, porque has hallado gracia delante de Dios? (Lc. 1,30). Su coraz?n traspasado por una espada y lleno de confianza, estuvo siempre unido al Coraz?n abierto de su Hijo, que derramaba abundantes gracias para dar a los hombres la verdadera salud del alma, la salud ps?quica.

Pongamos en las manos de Mar?a Sant?sima, la ?llena de gracia?, la obra que Dios nos ha encomendado.

Publicado por mario.web @ 18:34
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