S?bado, 16 de abril de 2011

Arist?teles hablaba, hace ya muchos siglos, de tres condiciones para que exista la amistad.

La primera: querer el bien del otro, apreciarle por lo que es en s? mismo y desear que sea feliz, que triunfe, que se realice plenamente.

Esto parece algo sencillo, pero no resulta tan f?cil. El mismo Arist?teles pon?a el ejemplo del vino: un aficionado a los buenos vinos puede ?amar? una botella, cuidarla, guardarla en el mejor lugar de la casa. Pero, en el fondo, todo su cari?o queda explicado por la sencilla raz?n de que un d?a esa botella le podr? dar un gran placer. Ha amado la botella por lo que esperaba a conseguir de ella, no porque ella fuese digna de un amor desinteresado.

En otras palabras, no hay verdadero amor de amistad si ?ste se funda en el inter?s (?me puedes ayudar?) o s?lo en la b?squeda de una satisfacci?n ego?sta (?me haces sentir cosquillas en la barriga...?).

La segunda condici?n: que el otro quiera mi bien, me ame a m? como yo le amo a ?l.

Aqu? las cosas se ponen m?s dif?ciles, pues es posible que yo ame a otro, pero el otro no tenga pr?cticamente el menor inter?s por m?. Es algo que ocurre muchas veces en el mundo de los enamorados: Francisco ama apasionadamente a Isabel, pero Isabel se siente como ante un poste de luz cada vez que encuentra o mira a Francisco. La amistad verdadera no puede ser unidireccional: tiene que ir de un lado a otro, y viceversa.

La tercera condici?n puede parecer banal: que haya conocimiento del mutuo afecto, que se sepa por las dos partes que hay amor. Porque pasa, no s?lo en novelas o pel?culas, que un chico ame a una chica, que esa chica ame tambi?n al chico, y, sin embargo, por mucho tiempo no se dicen una palabra: les falta el valor para dar el primer paso que permite construir el puente sobre el que pueda pasar la corriente del amor descubierto y correspondido.

Son tres condiciones sencillas, que pueden llevar a preguntarnos: ?tenemos muchos amigos verdaderos, profundos, incondicionales?

Volvamos a escuchar a Arist?teles. Para ?l, no es verdadera la amistad basada en el placer, como tampoco lo es la que se construye sobre la utilidad.

Porque, y no hay que ser fil?sofos para darnos cuenta de ello, el placer cambia como cambia el viento: hoy me produce placer una persona y ma?ana otra. Por eso fracasan tantos matrimonios y tantas amistades de artificio.

Tampoco hay verdadera amistad en las alianzas que buscan un beneficio mutuo. En este caso s?lo habr?a uni?n de esfuerzos en tanto en cuanto sirven para los intereses mutuos. Lograda la meta, se rompe el motivo de la aparente amistad, que no era sino una alianza de ego?smos. Luego, cada quien sigue su camino, a no ser que se haya descubierto en la otra parte (en el ?socio?) algo nuevo: no s?lo me puede ayudar en un trabajo o negocio, sino que es bueno, que vale la pena amarlo por s? mismo.

Lo propio del amor verdadero consiste, por lo tanto, en ir a fondo, al centro del otro. Tiene que saber respetarlo con sus defectos y sus cualidades, apreciarlo por lo que es, aunque los a?os hayan cambiado el pelo, la piel o la silueta del esposo o de la esposa...

El camino para lograr la verdadera amistad que todos desear?amos es dif?cil y arduo. Inicia cuando uno deja de ser el centro de su vida y empieza a girar en torno al otro. Cuando uno, como repet?a Arist?teles, llega a ser ?virtuoso?, bueno, desinteresado, capaz de dejar ego?smos o avaricias para ganar y ser m?s gracias al amor.

El programa es dif?cil, pero vale la pena. Los que tienen un amigo de verdad lo saben muy bien. Quiz? no son muchos, pero pueden serlo muchos m?s de los que imaginamos. Basta con que cada d?a dejemos de pensar en el propio bienestar, en los intereses coyunturales, para empezar a darnos, para amar y dejarse amar. El resto depende del tiempo y de la fidelidad, que es la corona del amor.


Publicado por mario.web @ 20:03
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