S?bado, 16 de abril de 2011
La mujer consagrada que se afana y lucha por hacer en su vida la experiencia del esp?ritu, pasar? f?cilmente de la oraci?n a la acci?n, es m?s, har? de la acci?n una continuaci?n de la oraci?n y llevar? a la oraci?n lo que ha vivido en la acci?n
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Ense?ar a orar con el propio carisma
Ense?ar a orar con el propio carisma
Una ojeada al mundo actual.
La situaci?n del cristianismo a inicios del siglo XXI no es nada halag?e?a. No sin fundamento se comienza a llamar a esta ?poca con el ep?teto de tiempos postcristianos. Los valores que dieron origen a una cultura esencialmente cristiana han quedado superados por valores laicos que est?n generando la as? llamada sociedad laica.

Ante este panorama que bien conocemos, el hombre ?ni?o, joven o adulto-, queda a merced de su propia soledad, o de su propia autonom?a, seg?n quieren hacer ver los propagadores del laicismo. El hombre moderno, racionalista centrado en s? mismo, el hombre copernicano que inicia con el iluminismo, tiende cada d?a a cobrar carta de identidad, fundado su vida y su historia en s? mismo. Los valores religiosos, Dios, sin ser negados frontalmente, quedan relegados a la esfera de lo privado, sin poder incidir en la vida p?blica de las personas y por tanto en toda la sociedad . 1

Mucha son las consecuencias de este querer desterrar a Dios de la vida de los hombres y del hombre mismo. La angustia vital en la que se debate su existencia, tratando de ser paliada o por lo menos narcotizadas a trav?s de varios suced?neos es la suma de todas las consecuencias. Adultos que viven en una completa adolescencia porque no saben afrontar la vida como un compromiso 2. Es para ellos simplemente el sucederse de un d?a tras otro .3 J?venes que del futuro tienen m?s miedo que esperanza porque no han aprendido a poner su esperanza en lo que permanece y viven como gitanos como n?madas, sin rumbo ni morada fijas. Ni?os y adolescentes que carecen de la m?s elemental educaci?n, porque para ellos todo est? permitido, pues no existe un ideal ni en la mente de sus padres ni en la mente de sus maestros y formadores .4

En estos mismos problemas se encuentra escondido el grito desesperado de toda una generaci?n que viviendo en una cierta opulencia o en un cierto bienestar, que se da cuenta que vive atrapada en la trampa de una felicidad material, vana, esclerotizada. La naturaleza no puede traicionarse a s? misma y tarde o temprano se da cuenta de la incoherencia en la que vive. Incoherencia entre lo que es y lo que deber?a ser. Siendo esp?ritu y materia, este yo ideal se revela ante el yo actual, lo que genera una serie de crisis que van desde una forma sencilla de malestar hasta una profunda depresi?n o disgusto por el simple hecho de vivir. La crisis, inevitable, se presenta como una oportunidad para crecer, para ser coherente entre lo que se es y lo que se vive, entre lo que el hombre es por naturaleza y lo que pretende ser por puro vicio o por falta de una formaci?n adecuada. Es el gemido del esp?ritu, al que hac?a referencia San Pablo, y del que debemos estar atentos para ayudar a los hombres a superar la incongruencia que se da en sus vidas.

No es necesario tampoco pensar que solamente a trav?s de la crisis se puede ayudar al hombre de hoy a superar la incongruencia en sus vidas para que vivan lo que son 5. Existe tambi?n la inmensa posibilidad del prevenir, que en lenguaje pedag?gico llamamos educaci?n. A trav?s de la educaci?n podemos ir formando a hombres y mujeres conscientes de lo que son y con instrumentos adecuados para vivir con responsabilidad y coherencia la gram?tica elemental de su existencia.

Habiendo hablado de la naturaleza del hombre, cabe hacer una reflexi?n sobre lo que significa esta naturaleza, de forma que podamos ayudar a prevenir, educar, y a aliviar los sufrimientos de las personas que se alejan de esta naturaleza. Sin ahondar en conceptos antropol?gicos, es necesario sin embargo partir de una sana antropolog?a, para poder comprender mejor la naturaleza del hombre. Observando dicha naturaleza podemos comprender que el hombre comparte ciertas capacidades del animal, pero al mismo tiempo es diferente. La diferencia principal se establece por el hecho de que el hombre puede pensarse a s? mismo, se trasciende. Y esto porque posee un esp?ritu. El hombre es por tanto materia y esp?ritu, pero en una unidad inseparable. Es por tanto un esp?ritu encarnado. Por tanto su realizaci?n, el ser lo que tiene que ser se lograr? en la medida en que viva la realidad de ser un esp?ritu encarnado. Ni ?ngel ni bestia, sino hombre.

La situaci?n de nuestros tiempos, sin oponerse a la parte espiritual del hombre, la ha relegado a un plano personalista, a un plano meramente opcional. Mientras que las creencias de cada hombre no disturben la convivencia social, el hombre puede creer en lo que quer?a, dando pie a un profundo individualismo que desemboca por l?gica en un relativismo. Por otra parte, y casi en forma parad?jica, la misma sociedad que no permite que las creencias personales vengan involucradas en la toma de decisiones culturales o sociales, empuja al hombre a sobrestimar y a vivir casi ?nicamente de la materia, de sus pasiones y de sus instintos. Nos encontramos por tanto con el contrastante espect?culo de ver por una parte como es exaltada la pornograf?a, la vida de los sentidos y por otro lado el esc?ndalo de la pedofilia. Se castiga y es causa esc?ndalo lo que es consecuencia de lo que se exalta y se promueve.

El equilibrio consistir?a en entender bien lo que es el hombre y en promoverlo en todos los sentidos. En nuestra ?poca, quiz?s como una reacci?n a ?pocas anteriores, todo lo que tenga sabor a obligatoriedad puede entenderse como coacci?n contra la libertad. Sin embargo, cabr?a aclarar lo que es la libertad y la necesaria obligatoriedad de ciertas normas, especialmente de las normas que rigen la naturaleza del hombre, con la consecuencia nefasta, que de no observarlas, el hombre puede ir a la deriva en su destino. Basta analizar el mundo de los j?venes ?e incluso el de los adultos-, en donde no se conoce la m?s elemental gram?tica del sentido de la vida .6 Se es hombre, como se pudiera ser animal y la vida se reduce a una repetici?n de actos sin sentido, en d?nde el placer, una cierta vaga felicidad fungen de normas para las personas. De aqu? la importancia de recobrar el verdadero sentido de la vida humana, sin caer en los extremos de quien lo asimila a un objeto m?s de la naturaleza, ni de quien lo exalta hasta la tonter?a de verlo como centro de la creaci?n.

Para que el hombre vuelva a ser hombre, tiene que conocer su destino final. Conocemos los objetos en la medida que percibimos su finalidad ?ltima. Lo mismo debe suceder con el hombre. Y su finalidad ?ltima nos la recuerda Benedicto XVI cuando nos dice que la verdadera sustancia de la vida es la esperanza: ?En esta imagen, que despu?s perdurar? en el arte de los sarc?fagos durante mucho tiempo, se muestra claramente lo que tanto las personas cultas como las sencillas encontraban en Cristo: ?l nos dice qui?n es en realidad el hombre y qu? debe hacer para ser verdaderamente hombre (?)En estos casos se ha comprobado que la nueva ? sustancia ? es realmente ? sustancia ?; de la esperanza de estas personas tocadas por Cristo ha brotado esperanza para otros que viv?an en la oscuridad y sin esperanza. En ellos se ha demostrado que esta nueva vida posee realmente ? sustancia ? y es una ? sustancia ? que suscita vida para los dem?s. Para nosotros, que contemplamos estas figuras, su vida y su comportamiento son de hecho una ? prueba ? de que las realidades futuras, la promesa de Cristo, no es solamente una realidad esperada sino una verdadera presencia: ?l es realmente el ? fil?sofo ? y el ? pastor ? que nos indica qu? es y d?nde est? la vida.? 7

De esta forma el hombre es una creatura llamada por Dios a gozar de la vida eterna. Y de esta realidad, hoy olvidada por muchos cristianos, las almas tienen necesidad de que les recuerde, no en forma anecd?tica, doctrinal o intelectual, sino enana forma vivencial, de tal forma que esta realidad pueda verdaderamente transformar sus vidas .8 Es necesario que esta realidad, la de la vida eterna, recorra esencial y fundamentalmente la vida de los cristianos, si en verdad quieren llegar a ser lo que en verdad son y no dejarse llevar por cualquier viento ideol?gico.

Lograr esa transformaci?n del hombre, no es una cosa sencilla. Si hemos dicho que no se logra simplemente con la transmisi?n de conocimientos, diciendo a las personas cu?l es el fin ?ltimo de sus vidas, sino verdaderamente haciendo que vivan de cara a esa esperanza y dejando transformar todas sus capacidades y su persona en base a esa realidad, ser? necesario pensar el medio m?s adecuado para lograr esta transformaci?n. Iniciemos como siempre, partiendo de lo que es el hombre.


El hombre y su infinita sed de ser orante.
El hombre, hemos dicho, esta constituido de alma y cuerpo. Alma y cuerpo que forman una unidad, de forma que ninguno de esos componentes se contraponen, sino que se complementan, Conociendo cada uno de esos componentes y proyect?ndolos hacia el fin ?ltimo, la vida eterna, podemos lograr que este destino final ilumine todos los aspectos del hombre, haciendo de ?l un ser que tienda a la eternidad ya desde esta tierra, es decir, un ser que viva de la esperanza y en la esperanza de los bienes eternos.

Las realidades que conforman al hombre, esp?ritu y materia, pueden abarcarse en tres niveles, como son el nivel f?sico, el nivel ps?quico y el nivel espiritual. Cada uno de estos niveles se interrelacionan el uno con el otro, ya que el hombre es una unidad indisoluble. Por ello, lo que acaece en el aspecto f?sico se refleja en el nivel espiritual y en el nivel ps?quico. Lo mismo que lo que acaece en estos dos niveles afectan los otros .9

Ser? necesaria imbuir de esta esperanza, de este sentido ?ltimo de la vida del hombre, a todas y cada una de estas realidades, pero se deber? comenzar por la realidad espiritual, ya que el objeto de la esperanza es netamente espiritual. La posesi?n de los bienes eternos, de la sustancia que da vida, no se puede comprender sino a partir de la esfera espiritual.

Este esfera, como hemos analizado en el inciso anterior est? muy deteriorada en el hombre de hoy. Ahogado, atrofiado por los bienes materiales que se encuentran en el nivel material, no dejan respiro a su esp?ritu. Por tanto el esp?ritu no sabe aspirar a las cosas eternas. Complacido moment?neamente por la materia, queda siempre insatisfecho, con una gran nostalgia por los bienes eternos, que son los bienes para lo cu?l ha sido creado el hombre 10. Apoyado en esta brizna que mantiene a todo hombre en la vida, aunque ?l no lo sepa o ponga su esperanza en realidades materiales, se puede comenzar la formaci?n del hombre, para lograr su transformaci?n, de acuerdo al fin para el que fue creado.

Esta aspiraci?n a la eternidad que late en cada hombre debe de ser animada sobretodo a trav?s de su esp?ritu. Es por tanto la formaci?n espiritual, es decir, la formaci?n en la vida del esp?ritu de d?nde se debe partir para lograr el objetivo que nos hemos propuesto, esto es, de hacer que el hombre sea lo que es. Ser? por tanto la vida del esp?ritu la que haga capaz al hombre de adherirse a las verdades eternas, puesto que siendo ?stas verdades espirituales, deben encontrar su s?mil en el hombre, de tal forma que ?ste pueda seguirlas, no s?lo recordarlas. Si de verdad queremos que el hombre recobre el verdadero sentido de la vida, debemos buscar que no s?lo recuerde la sustancia (esperanza) para la cual ha sido creado, sino que recordando esa verdad, toda su vida, f?sica, ps?quica y espiritual, as? como todas su capacidades queden imbuidas de esta esperanza. Podremos decir entonces que el hombre aprender? a vivir de la esperanza. Por ello se debe conocer muy bien lo que significa esta vida del esp?ritu, de forma que pueda ser cultivada, como un lugar adecuado para iniciar la esperanza.

La vida del esp?ritu no debe entenderse ni como una serie de conocimientos, de normas a seguir, ni tampoco como una vida que da solo la prevalencia a lo psicol?gico. Son dos tendencias opuestas, pero que vale la pena de clarificar para evitar posibles errores en la concepci?n de la vida espiritual y por lo tanto, en la forma en c?mo debemos impostar el programa de formaci?n de vida espiritual de los laicos, por parte de las religiosas.

La primera tendencia, la de ver la vida del esp?ritu reducida a una serie de pr?cticas o de normas, viene heredada de un pasado en el que quiz?s se deba demasiada importancia a las normas, los horarios, la rigidez en la vivencia de la vida. Podemos decir que se pensaba que cumpliendo con esas reglas, horarios y disposiciones, se produc?a la vida del esp?ritu. Ser?a como un automatismo en donde precisamente la ascesis, la mortificaci?n, la adquisici?n de las virtudes, aseguraban la vida del esp?ritu. Leamos lo que al respecto dice un autor espiritual contempor?neo: ?Si la vida espiritual se entiende como una actividad intelectual, entonces bastar?a adherirse a determinados presupuestos doctrinales, observar ciertos principios, seguir una determinada l?gica, cumplir con precisi?n algunas pr?cticas y as? poder ser considerada una persona espiritual? . 11L?gicamente nos damos cuenta que esta postura no es del todo adecuado, pues la vida del esp?ritu no consiste en un saber, sino m?s bien en un ser. Ha sido quiz?s un poco la visi?n del pasado, especialmente en algunas congregaciones religiosas que viv?an la observancia de la regla, pero no el esp?ritu de la regla12 .

Del otro lado, como en un p?ndulo est? la postura psicologista. ?A una espiritualidad desencarnada, abstracta y conceptualista, se responde con una espiritualidad del ?sentir?. Cuenta s?lo aquello que se siente. A una direcci?n espiritual impositiva se reacciona con un counseling psicol?gico, s?lo de escucha, en d?nde es mejor no intervenir jam?s. En la espiritualidad de tipo gn?stico se sobrevalora o se ignoraba la realidad psicol?gica. La impostaci?n era fuerte sin tantas esfumaturas: la vida espiritual era el fruto de la voluntad, del ejercicio constante y de la ascesis (?) hoy asistimos al exceso contrario: parecer?a que, si no se tiene cuenta del subconsciente y de la historia psicol?gica del individuo, la vida espiritual sea pr?cticamente imposible.? 13

Frente a este dualismo debemos centrarnos en conocer verdaderamente el concepto de vida espiritual para ayudar al hombre a encontrar el sentido ?ltimo de su vida. La vida espiritual no es otra cosa que la vida del esp?ritu, es decir lograr que el hombre viva la misma vida de Dios. No se trata ni de renunciar a sus capacidades humanas, ni tampoco de dar la prevalencia a una de sus dimensiones, la espiritual, en menosprecio de las otras dos, la f?sica y la ps?quica. Se trata m?s bien de lograr que el hombre encuentre a Jesucristo y haga de este encuentro una experiencia de vida, de forma que pueda vivir a trav?s de este encuentro personal. Ser? este encuentro personal el que se buscar? de fomentar, de reavivar todos los d?as, y para ello se podr?n utilizar diversos medios. Existe por tanto una unidad entre la experiencia real del encuentro con Dios y los medios para continuar esa experiencia a lo largo de la vida. Y es precisamente en este encuentro personal con Dios14 en d?nde el hombre encuentra el sentido ?ltimo de su existencia, es decir, la esperanza. Pues es en ese encuentro en d?nde se verifica el entendimiento de lo que es la verdadera sustancia ?esperanza-, de la vida. ?La fe otorga a la vida una base nueva, un nuevo fundamento sobre el que el hombre puede apoyarse, de tal manera que precisamente el fundamento habitual, la confianza en la renta material, queda relativizado. Se crea una nueva libertad ante este fundamento de la vida que s?lo aparentemente es capaz de sustentarla, aunque con ello no se niega ciertamente su sentido normal. Esta nueva libertad, la conciencia de la nueva ? sustancia ? que se nos ha dado, se ha puesto de manifiesto no s?lo en el martirio, en el cual las personas se han opuesto a la prepotencia de la ideolog?a y de sus ?rganos pol?ticos, renovando el mundo con su muerte. Tambi?n se ha manifestado sobre todo en las grandes renuncias, desde los monjes de la antig?edad hasta Francisco de As?s, y a las personas de nuestro tiempo que, en los Institutos y Movimientos religiosos modernos, han dejado todo por amor de Cristo para llevar a los hombres la fe y el amor de Cristo, para ayudar a las personas que sufren en el cuerpo y en el alma. En estos casos se ha comprobado que la nueva ? sustancia ? es realmente ? sustancia ?; de la esperanza de estas personas tocadas por Cristo ha brotado esperanza para otros que viv?an en la oscuridad y sin esperanza. En ellos se ha demostrado que esta nueva vida posee realmente ? sustancia ? y es una ? sustancia ? que suscita vida para los dem?s.? 15

Podemos enfocar el problema con una terminolog?a que hasta ahora ha causado un poco de confusi?n, pero que en verdad son dos componentes de la vida del esp?ritu: m?stica y asc?tica. Por vida m?stica se entiende la uni?n con Dios. 16La asc?tica es la ciencia teol?gica que trata de los esfuerzos del hombre por encontrar la perfecci?n, mientras que la ascesis es el ejercicio en sentido estricto .17 Se establece por tanto una unidad entre ambos, no una contradicci?n. Si hemos dicho que la vida espiritual es vivir la misma vida de dios, a partir de una experiencia personal con el mismo Dios, debemos lograr en primer lugar que el hombre alcance esta experiencia de Dios. Esto corresponde a la m?stica. De nada servir?n las oraciones, los ejercicios de piedad, las pr?cticas fervorosas, si el hombre no ha encontrado a Dios o no ha hecho la experiencia personal de Dios. Este punto es esencial para recuperar el verdadero sentido del hombre. Despu?s seguir? l?gicamente la continuaci?n de este encuentro, pues, como parte de un enamoramiento, no basta con un primer encuentro, sino que hay que nutrir y acrecentar este encuentro. Aqu? entra la parte de la ascesis. 18

El trabajo que debe realizar el hombre para volver a encontrar el sentido de su vida, esto es, encontrar en la esperanza la verdadera sustancia de su vida y poner en esta esperanza toda su persona, es por tanto una labor doble, de m?stica o encuentro personal con Dios, hacer la experiencia personal del esp?ritu, y de ascesis, para buscar la acci?n de Dios en su vida, favorecerla y as? recordar y actualizar constantemente la experiencia personal con dios que lo lleve a poner en la esperanza toda la sustancia de su vida.

Esta doble experiencia se lleva a cabo no s?lo con un trabajo meramente intelectual o volitivo, sino bajo una base vital. Es decir, que el hombre debe aprender a tender siempre hacia Dios para lograr hacer la experiencia personal del esp?ritu y actualizarla a lo largo de su vida, de forma que la esperanza sea la fuerza hacia la cual tienda toda su vida. Esta experiencia espiritual no se realiza de una vez para siempre, sino que debe ser constantemente actualizada. Nos encontramos por tanto con la encrucijada del labor espiritual que desde siempre ha acompa?ado al cristiano, es decir, establecer aquello que corresponde a Dios y aquello que corresponde al hombre, ya que no todo puede reducirse a un aspecto volitivo intelectual, ni tampoco a un sentimiento afectivo o emotivo.

A mi parecer esta encrucijada puede resolverse cuando el cristiano se encuentra en una constante postura interior que lo lleve a buscar en todo momento y en toda circunstancia su fin ?ltimo, esto es el fin para el cual fue creado. Esta tendencia no es un mero recordatorio, sino que es una postura interna, que nace de la experiencia del esp?ritu y que se actualiza a cada paso, en cada momento, en cada circunstancia de la vida ordinaria. No ser? algo forzado, sino algo connatural a la persona, si ha hecho la experiencia del esp?ritu.

Esta tendencia hacia el infinito, es decir hacia Dios como fin de todas las cosas y como fin de la vida de todo ser humano, es lo que fundamenta la vida espiritual. El hombre buscar? de vivir la misma vida de Dios, es decir, la vida del esp?ritu, en su propia vida. Sus gestos externos, su conducta ser? guiada por la ?ntima convicci?n que es una creatura de Dios, de Dios ha salido y hacia Dios se dirige. No es por tanto ni un sentimiento que se reduce a un estado emotivo pasajero, ni una alienaci?n mental que coarta su libertad. Es tomar conciencia de la labor que Dios realiza en ?l mismo, m?stica, y su voluntad que se pone en marcha para responder siempre de acuerdo a esta acci?n de Dios en ?l.

Para percibir la acci?n de Dios en el alma, es decir, la experiencia del esp?ritu, es necesario que el hombre se adentre en el conocimiento personal de Dios. Si mencion?bamos que el hombre de nuestro tiempo es un hombre que no conoce la elemental gram?tica del sentido de su vida, no solamente espiritual sino meramente humana, ser? necesario que alguien le ayude a encontrar este sentido de la vida. Estamos hablando de personas constructoras de sentido, que ayuden al hombre a encontrar el verdadero sentido de la vida. El verdadero sentido de la vida se encuentra en el plano espiritual, para de ah? irradiar los otros niveles de la persona, el nivel f?sico y el nivel ps?quico. Acceder al plano espiritual requiere todo un ejercicio de forma que el alma est? abierta constantemente a la acci?n de Dios, experiencia espiritual, y quiera responder siempre a esta experiencia. Al nivel espiritual no se accede sino por la v?a del esp?ritu, por lo tanto, las personas constructoras de sentido deber?n ser expertas de la vida del esp?ritu, para que puedan transmitir su propia experiencia espiritual y ayuden a las personas a seguir respondiendo a esta experiencia espiritual.

Podr?a aparecer aventurado el que algunas personas se atrevieran a despertar en los cristianos esta a?oranza por los bienes eternos, sin embargo no hay dificultad alguna cuando la persona que se pone en ayuda a otra para recordarle y ayudarle a construir el sentido de su vida, vive ella misma en un plano espiritual. La postura espiritual es la que encuentra o hace iguales a las personas. No hay diferencia alguna en lo referente a sexo, edad, condici?n social o incluso condici?n eclesi?stica. Una persona que vive la experiencia del esp?ritu y se esfuerza por responder a lo largo de su vida a dicha experiencia, por la vivencia que adquiere, puede servir como constructora de sentido para otros hombres, ya que no estar? transmitiendo conocimientos o t?cnicas, sino una verdadera experiencia espiritual basada en el encuentro personal con Dios y en la respuesta a dicha experiencia.

Non encontramos por tanto en un nivel de experiencia orante, en donde la persona se pone en constante di?logo con Dios. No es una experiencia intelectual, ni volitiva, sino una experiencia espiritual que se traduce en una conducta y unos comportamientos que tienden a acrecentar en todo momento esta experiencia. Decimos que es una experiencia orante porque el alma se dirige a Dios, le habla y lo escucha. Es la postura de tantos santos y de tantas almas que han aprendido a tratar con Dios como a una persona y lo han hecho el centro de sus pensamientos y de sus acciones. No se trata por tanto de ense?ar s?lo a rezar o a orar, sino a tener una postura de oraci?n constante, es decir una inclinaci?n de toda la vida para referirse a Dios como centro de todo el ser. No se trata de recordar de vez en cuando que Dios existe, sino de hacer de toda la existencia un punto de encuentro con Dios.

Esta postura orante ser? la que ayude al hombre a encontrar el sentido de su vida la sustancia de la que hemos hablado y hacer que viva constantemente la esperanza cristiana y de esta misma esperanza. No en vano Benedicto XVI define la oraci?n como un lugar de la esperanza, un lugar en d?nde se ejercita la esperanza19 . La persona consagrada por excelencia, como veremos en el siguiente inciso, es quien puede ayudar a vivir la oraci?n como un lugar de esperanza y as? convertirse en un constructor de sentido. Lo importante es que ella misma vida su oraci?n en una postura de constante referencia a Dios en forma tal que pueda mostrar la mejor forma en que el hombre aprende a vivir de Dios y s?lo para Dios, sin olvidar las realidades terrenas, sino poni?ndolas en una adecuada jerarqu?a.

La persona orante no es la que huye del mundo fuga mundi porque desprecia las realidades terrenas. La verdad es otra. La persona orante es la que estando en el mundo sin ser del mundo, sabe dar a cada una de las realidades terrenas el lugar que le corresponde, porque ha puesto a Dios, a trav?s de la experiencia del esp?ritu, como centro de su vida, es decir, como su sustancia, como su esperanza. De ah?, de este centro, se desprenden todas las realidades terrenas, sin que ninguna de ella pretenda acaparar el centro. Es la postura orante que aprende a ver en todas las realidades terrenas a Dios. De esta forma, una flor, un paisaje, as? como una circunstancia alegre o triste, le hace ver a Dios, porque tiene a Dios como centro de su existencia. La fuga mundi no procede en las personas que hacen de Dios una experiencia espiritual, porque saben encontrar a Dios en todos los acontecimientos y las cosas terrenales.

Nos encontramos por tanto con la necesidad de contar con personas constructoras de sentido que sean expertas en la experiencia espiritual expertas y expertas en la forma en que se debe responder a la experiencia espiritual. Por tanto estas personas, expertas en m?stica y asc?tica. Las personas consagradas, y especialmente las mujeres consagradas, viviendo el propio carisma pueden ser las personas id?neas para esta misi?n, es decir, para ser constructoras de sentido.

Publicado por mario.web @ 20:08
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