S?bado, 16 de abril de 2011
La identidad de la vida consagrada, hunde por tanto sus ra?ces en el seguimiento de Cristo a trav?s de los consejos evang?licos.
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3. El carisma como protagonista de la formaci?n

Contamos ya con los protagonistas de la formaci?n para la vida consagrada: Dios, la formanda y la formadora. Tres personajes que de alguna manera ir?n dando forma al ideal de mujer consagrada. Pero este ideal de mujer consagrada debe contar con unas bases firmes, debe tener unos criterios bien definidos. Es cierto que la definici?n que sobre la vida consagrada nos da el derecho can?nico, deja muy en claro los elementos constitutivos de dicha consagraci?n. Elementos jur?dicos y elementos teol?gicos.

Son los cauces naturales, perm?taseme esta comparaci?n, por donde debe correr el manantial de la vida consagrada. Sin embargo, para formar una religiosa, una mujer consagrada, no basta tomar esta definici?n y ponerse a trabajar sobre ella. El seguimiento de Cristo bajo la acci?n del Esp?ritu Santo tiene muchas posibilidades. Hay quien sigue m?s de cerca de Cristo en su vertiente apost?lica. Hay quien lo sigue en su vertiente contemplativa. La misma profesi?n de los consejos evang?licos acepta diversos estilos de vida. "La identidad y autenticidad de la vida religiosa se caracteriza por el seguimiento de Cristo y la consagraci?n a ?l mediante la profesi?n de los consejos evang?licos de castidad, pobreza y obediencia.

Con ellos se expresa la total dedicaci?n al Se?or y la identificaci?n con ?l en su entrega al Padre y a los hermanos. El seguimiento de Cristo mediante la vida consagrada supone una particular docilidad a la acci?n del Esp?ritu Santo, sin la cual la fidelidad a la propia vocaci?n quedar?a vac?a de contenido".1

La identidad de la vida consagrada, hunde por tanto sus ra?ces en el seguimiento de Cristo a trav?s de los consejos evang?licos. Pero con s?lo este norte, la formadora puede perderse. Pensar en formar una religiosa que siga a Cristo s?lo a trav?s de los consejos evang?licos ser?a una empresa ardua y dura, m?s de lo que ya implica en su practicidad.

El hombre busca modelos que seguir. Y Cristo ha dejado a su Iglesia diversos modelos que seguir. Por la consagraci?n bautismal se puede seguir a Cristo de muy diversas formas, pero ?l ha querido asociar a s?, hombres y mujeres que lo sigan en la vivencia de los consejos evang?licos, consagr?ndole as?, toda la vida. "Por obra del Esp?ritu, el carisma de la vida consagrada se encarna y se vive en la polifon?a y en la policrom?a de los carismas de los diversos Institutos. Gracias a la variedad de tales carismas, cada uno de los misterios del Verbo Encarnado adquieren una peculiar relevancia y las diversas facetas del Cristo consagrado, misionero y orante, encuentran una visibilidad espec?fica."2

Han existido a lo largo de la historia de la Iglesia, hombres y mujeres, que bajo una iluminaci?n especial del Esp?ritu Santo, han contemplado el rostro de Cristo en uno de sus aspectos particulares. As?, hay quien ha fijado su mirada en el Cristo orante y se ha dedicado a seguir a Cristo m?s de cerca en la oraci?n. Hay quien se ha sentido impelida por el Esp?ritu y ha visto a Cristo en su acci?n de m?dico de cuerpos, curando y procurando el bien f?sico de sus semejantes. Hay quien, enamorada por el Cristo que ama a los hombres con un amor ?nico y total, ha querido imitarlo en la misi?n. As?, estos hombres y mujeres, han dado origen a diversas familias religiosas que tienen como ideal el seguir a Cristo en una forma muy peculiar.

Es as? como nacieron, nacen y seguir?n naciendo los diversos carismas de la vida consagrada, "?C?mo no recordar con gratitud al Esp?ritu la multitud de formas hist?ricas de vida consagrada, suscitadas por ?l y todav?a presentes en el ?mbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena de ramas que hunde sus ra?ces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada ?poca de la Iglesia. ?Qu? extraordinaria riqueza! (...) Precisamente este servicio evidencia con claridad c?mo la vida consagrada manifiesta el car?cter unitario del mandamiento del amor, en el v?nculo inseparable entre amor a Dios y amor al pr?jimo."3

Los carismas representan por tanto, la forma en la que se vive en forma peculiar la consagraci?n dentro de la instituci?n de la vida consagrada en la Iglesia. Concebidos, si es que podemos utilizar esta palabra, por un hombre o una mujer, dejan para la historia el ejemplo y las normas de vida de un peculiar estilo de consagraci?n, es decir, del seguimiento de Cristo.

Elementos comunes al carisma del fundador son: "el haber concebido (bajo la inspiraci?n del Esp?ritu Santo) la idea del Instituto con sus finalidades; el haber dado vida al Instituto; la experiencia divina o llamada a una vocaci?n particular; particular sensibilidad hacia una necesidad, espiritual o material del propio tiempo; paternidad/maternidad; el haber dado al grupo las normas de vida y de gobierno; sufrimiento del fundado o fundadora; la eclesialidad de la fundaci?n; el car?cter misionario de la fundaci?n; la nueva forma del seguimiento de Cristo."4

Siguiendo con nuestra explicaci?n del capitulo anterior, podemos afirmar que el carisma engloba los elementos esenciales de la consagraci?n. No es algo accidental o accesorio de la consagraci?n. No se reduce a un elemento folclorista o externo en donde el cambio o la diferencia se dan a trav?s de elementos intrascendentes o perif?ricos, como pudieran ser el h?bito, las oraciones, las obras de apostolados que cada Congregaci?n o Instituto desarrolla. Podemos afirmar que no se puede ser consagrada de acuerdo al concepto de consagraci?n expresado y explicado por el Derecho Can?nico, si no se da dentro del carisma de una congregaci?n. Podr?n darse formas diversas de consagraci?n dentro de la iglesia como la orden de las v?rgenes o de los eremitas. Pero en cuanto al concepto de la consagraci?n con sus elementos distintivos, s?lo podemos referirnos a ella hablando siempre desde un carisma.

En este sentido, la formadora, como nuestra imagen originaria del carpintero, tiene en su mente una idea bastante clara, di?fana y n?tida del tipo de mujer consagrada que quiere formar. Los adjetivos usados no son gratuitos, sino que de alguna manera quieren enfatizar la gu?a privilegiada que tiene la formadora, cuando ahonda en el carisma de su consagraci?n.

La formadora, al final de la etapa en la que la Iglesia, a trav?s de su congregaci?n, le ha confiado la formaci?n de una mujer consagrada, deber? entrega un tipo de mujer muy definido: postulante, novicia, juniora, religiosa de votos temporales o perpetuos, religiosa que trabaja en el apostolado o religiosa en casa de reposo. Y esta religiosa "tipo" no ser? otra que la querida por su Fundador/a.

El carisma ser? para la formadora el mapa seguro por donde podr? guiarse para formar las mujeres a ella encomendada. Por lo que podemos afirmar que cada carisma contiene la s?ntesis de lo que debe ser una mujer consagrada: "Precisamente en esta fidelidad a la inspiraci?n de los fundadores y fundadoras, don del Esp?ritu Santo, se descubren m?s f?cilmente y se reviven con m?s fervor los elementos esenciales de la vida consagrada. En efecto, cada carisma tiene, en su origen, una triple orientaci?n: hacia el Padre, sobre todo en el deseo de buscar filialmente su voluntad mediante un proceso de conversi?n continua, en el que la obediencia es fuente de verdadera libertad, la castidad manifiesta la tensi?n de un coraz?n insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza alimenta el hambre y la sed de justicia que Dios prometi? saciar (cf. Mt 5, 6).

En esta perspectiva el carisma de cada Instituto animar? a la persona consagrada a ser toda de Dios, a hablar con Dios o de Dios, como se dice de santo Domingo, para gustar qu? bueno es el Se?or (cf. Sal 3334, 9) en todas las situaciones. Los carismas de vida consagrada implican tambi?n una orientaci?n hacia el Hijo, llevando a cultivar con El una comuni?n de vida ?ntima y gozosa, en la escuela de su servicio generoso de Dios y de los hermanos. De este modo, " la mirada progresivamente cristificada, aprende a alejarse de lo exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto impide al hombre la levedad que le permitir?a dejarse conquistar por el Esp?ritu ",y posibilita as? ir a la misi?n con Cristo, trabajando y sufriendo con ?l en la difusi?n de su Reino.

Por ?ltimo, cada carisma comporta una orientaci?n hacia el Esp?ritu Santo, ya que dispone la persona a dejarse conducir y sostener por ?l, tanto en el propio camino espiritual como en la vida de comuni?n y en la acci?n apost?lica, para vivir en aquella actitud de servicio que debe inspirar toda decisi?n del cristiano aut?ntico. En efecto, esta triple relaci?n emerge siempre, a pesar de las caracter?sticas espec?ficas de los diversos modelos de vida, en cada carisma de fundaci?n, por el hecho mismo de que en ellos domina " una profunda preocupaci?n por configurarse con Cristo testimoniando alguno de los aspectos de su misterio", aspecto espec?fico llamado a encarnarse y desarrollarse en la tradici?n m?s genuina de cada Instituto, seg?n las Reglas, Constituciones o Estatutos."5

En el carisma la formadora encuentra el modelo y las herramientas necesarias para formar la mujer consagrada querida por Dios a trav?s del Fundador/a.

Para formar una mujer consagrada, es necesario partir de una triple identidad. Una identidad humana, una identidad cristiana y una identidad consagrada. Esta triple identidad permitir? a la mujer consagrada seguir m?s de cerca las huellas de Cristo, de acuerdo al carisma de su consagraci?n. Hablamos de esta triple identidad, porque en ella se engloba a toda la persona humana. El seguimiento de Cristo implica toda la persona humana, no s?lo una parte. Todo le pertenece a Cristo: su persona f?sica, su psicolog?a, su esp?ritu. "L?intera loro vita, infatti, ? stata ceduta al servizio di Dio, e ci? costituisce una speciale consacrazione che ha le sue profonde radici nella consacrazione battesimale e che l?esprime con maggior pienezza"6

Podemos decir que la asimilaci?n de la identidad humana se logra a trav?s de la madurez. Madurez que se expresa en una cierta firmeza de ?nimo, en saber tomar decisiones ponderadas y en el recto modo de juzgar personas y eventos. No podemos pensar, ser?a ilusi?n, en una mujer consagrada que no tuviera las bases humanas necesarias. "Primero el hombre y despu?s el Santo". La gracia de Dios act?a sobre la naturaleza humana. La gracia, dec?a el Aquinate, supone la naturaleza, no la elimina. Sin una base humana, ?a d?nde van a parar las gracias de Dios?.

Por ello es necesario que la formadora este muy atenta a ver la parte humana de la formanda. "El Concilio Vaticano II, en su declaraci?n sobre la educaci?n cristiana, enunci? los objetivos y los medios de toda verdadera educaci?n al servicio de la familia humana. Es importante tenerlos presentes en la acogida y la formaci?n de los candidatos a la vida religiosa, siendo la primera exigencia de esta formaci?n la de poder encontrar en la persona una base humana y cristiana. Muchos fracasos en la vida religiosa pueden atribuirse en efecto a fallos no percibidos o no superados en este campo. La existencia de esta base humana y cristiana no solo debe ser verificada a la entrada en la vida religiosa, sino que hay que asegurar las evaluaciones a lo largo de todo el ciclo formativo, en funci?n de la evoluci?n de las personas y de los acontecimientos".7

El carisma de la congregaci?n le ofrece a la formadora los instrumentos necesarios para lograr este ideal de madurez humano. El Fundador/a ha dejado consignada una forma especial del seguimiento de Cristo. Esta forma implica una manera de ser muy peculiar. Quien se fija en un aspecto determinado de la persona de Cristo, en alguno de sus misterios divinos y quiere asemejarse a ?l, procurar? imitarlo. Es en esta imitaci?n, cuando comienzan a desarrollarse virtudes humanas. Muchas veces en forma inconsciente. Quien por su carisma debe atender a los enfermos en un hospital, desarrollar? ciertas cualidades diversas a quien debe dedicarse a la ense?anza. Si bien, por la diversidad y amplitud de carismas, pueden desarrollarse diversos trabajos en la Congregaci?n, ?stos se desarrollan con un esp?ritu muy espec?fico. Es ?ste esp?ritu el que dota al car?cter, a la personalidad de la mujer, unas caracter?sticas espec?ficas perfectamente bien definidos. Son estas caracter?sticas las que llevar?n a formar una base humana s?lida, sobre la cu?l puede construirse la consagraci?n a Dios.

De esta manera, el carisma en las manos de la formadora es un protagonista de la formaci?n humana. La formadora que sabe transmitir el carisma estar? atenta y verificar? que la mujer en formaci?n desarrolle las cualidades humanas que la hagan apta para consagrarse a Dios o para seguir respondiendo a Dios en la consagraci?n. La madurez humana, expresada en una cierta firmeza de ?nima, la toma de decisiones y el juicio prudente se van logrando en la medida en se asimilen y se lleven a la pr?ctica las virtudes humanas y sociales m?s recomendadas por el Fundador/a. Quien vive la disponibilidad en el apostolado va forjando una personalidad humana capaz de abrirse a sus semejantes. Quien a su vez es capaz de trabajar con laboriosidad, ir? formando la virtud de la responsabilidad. Son tan s?lo algunos ejemplos para ilustrar la manera en que el carisma ayuda y deja huella en la formaci?n humana de la mujer consagrada.

Un segundo aspecto de la consagraci?n es la identidad cristiana. La mujer consagrada es aquella que hace una experiencia personal y experimental de Cristo. Hemos repetido en varias ocasiones a lo largo de este cap?tulo, que la vida consagrada es un seguimiento especial de Cristo. Pero bien sabemos que nadie sigue lo que no conoce, y nadie conoce lo que no ama. Antes de seguir a Cristo es necesario amarlo y antes de amarlo ser? necesario conocerlo. La formadora estar? atenta para ayudar a que la formanda pueda ir haciendo esa experiencia personal de Cristo, que le ayudar? a mantener siempre fresca y lozana su consagraci?n a Cristo. Sobre la base de la experiencia que de Cristo hizo el Fundador/a, se puede acompa?ar a la formanda en este itinerario.

Por experiencia de Cristo no entendemos una m?stica aparici?n o revelaci?n, sino una amistad ?ntima y personal con Cristo. A la manera en que la vivi? el Fundador/a. Esta experiencia, si bien en grado diferente, no es patrimonio exclusivo de los Fundadores. Dios permite que tenga esa experiencia para que sea compartida por much?simas almas. Tal es el origen de las familias religiosas: personas que siguen a Cristo, a la manera en que lo sigui? el Fundador/a. "Es el Esp?ritu quien nos hace reconocer en Jes?s de Nazaret al Se?or (cf. 1Co 12, 3), el que hace o?r la llamada a su seguimiento y nos identifica con ?l: "el que no tiene el Esp?ritu de Cristo, no es de Cristo" (Rm 8, 9). (...)Es necesario, por tanto, adherirse cada vez m?s a Cristo, centro de la vida consagrada, y retomar un camino de conversi?n y de renovaci?n que, como en la experiencia primera de los ap?stoles, antes y despu?s de su resurrecci?n, sea un caminar desde Cristo"8

Si la formadora conoce y vive esta experiencia de Cristo, a la manera en la que la vivi? el Fundador/a, asegurar? este elemento de capital importancia para la vida consagrada: saber qui?n es Cristo, para que conoci?ndole le amen y am?ndole le sigan.

Nuevamente el carisma se nos presenta aqu? como protagonista privilegiado en la formaci?n, especialmente en la formaci?n bajo el aspecto de su identidad cristiana. No se pide muchas veces cosas extraordinarias a la mujer consagrada. Simplemente que siga a Cristo con un amor apasionado y total. Sin embargo, cuando no se ponen las bases de ese amor en las primeras etapas de la formaci?n, el caminar de los a?os puede marchitar este amor. Es necesario que la formadora, en los a?os de la formaci?n inicial sepa transmitir no s?lo el amor, sino el conocimiento de Cristo. Y para ello cuenta con un itinerario privilegiado: el mismo itinerario dejado por el Fundador/a. Hacer la experiencia de Cristo al estilo del Fundador/a, tal deber? ser la tarea de la formadora para que las fomandas asimilen la identidad cristiana.

Por ?ltimo nos encontramos con la identidad consagrada, que bien podr?amos definir como una donaci?n total a Dios. Es vivir la total pertenencia a ?l. As? lo expresa Juan Pablo II: "As?, la demanda de nuevas formas de espiritualidad que se produce hoy en la sociedad, ha de encontrar una respuesta en el reconocimiento de la supremac?a absoluta de Dios, que los consagrados viven con su entrega total y con la conversi?n permanente de una existencia ofrecida como aut?ntico culto espiritual"9

Los Fundadores no han escatimado sacrifico alguno en compartir esta experiencia de Dios y hacerla accesible a la familia religiosa por ellos fundada. Esta misma experiencia de Dios es una caracter?stica esencial del carisma. Viviendo esta relaci?n con Dios, expresada en la riqueza de las Constituciones y las tradiciones genuinas que cada Instituto conserva, la formadora encontrar? elementos preciosos que le sirvan como medios en este aspecto de la formaci?n, que ser? la identidad consagrada. Pertenecerle a Dios como el Fundador/a perteneci? a Dios. En esta frase podr?amos reducir la tarea de la formadora para lograr la asimilaci?n de la vida consagrada por parte de la formanda.

Es as? como el carisma se presenta como protagonista de la formaci?n, siempre y cuando la formadora lo viva y lo haga vivir a las formandas.

NOTAS
1 Giovanni Paulo II, Lettera apost?lica Los caminos del evangelio a los religiosos y religiosas de Am?rica Latina en ocasi?n del V centenario de la evangelizaci?n del Nuevo Mundo, 29.6.1990, n. 16.
2 ?ngel Pardilla, Vida consagrada para el Nuevo Milenio, Libreria Editrice Vaticana, Citt? del Vaticano, 2003, p. 1396.
3 Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 5.
4 Giancarlo Rocca, Il carisma del fondatore, ?ncora editrice, Milano, 1998, p. 81-85.
5 Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 36.
6 Pablo VI, Decreto Perfectae Caritatis, 28.20.1965, n. 5.
7 Congregaci?n para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apost?lica, Orientaciones sobre la formaci?n en los Institutos Religiosos, 2.2.1990, n.33.
8 Congregaci?n para los institutos de vida consagra y las sociedades de vida apost?lica., Caminar desde Cristo, 19.5.2002, n.20 y 21.
9 Juan Pablo II, Exhortaci?n Apost?lica Post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 38.


Publicado por mario.web @ 20:15
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