S?bado, 16 de abril de 2011
Manuel Mart?n-Algarra pronunci? estas palabras en un acto de homenaje al Prof. Manuel Fern?ndez Areal en Pontevedra, el 27 de octubre del 2000.
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Hablar para entenderse
Hablar para entenderse
No existe la comunicaci?n solitaria


AH? EST? EL SENTIDO de la comunicaci?n en la vida del hombre: en su necesidad de superar las distancias que lo separan del mundo de los dem?s. La comunicaci?n tiene b?sicamente ese cometido de conocimiento, de llenar el vano que nos aleja del mundo y sus habitantes. El conocimiento sobre "lo otro" que resulta de la comunicaci?n tiene, pues, como resultado obvio la integraci?n del hombre en el mundo y especialmente en el mundo social El hombre no est? solo; es "en el mundo" por naturaleza "uno como los otros": ?nico distinto, pero como los dem?s hombres. Verdaderamente nada de lo humano nos es ajeno porque en cada ser humano est? "la humanidad", y su dignidad proviene tanto de su unicidad irrepetible como de su naturaleza compartida.

Hay tres paradojas que ayudan a entender y explicar la comunicaci?n. La primera de ellas es que el mundo en el sentido m?s amplio del t?rmino es cognoscible precisamente por su "aparecerse", por su mostrarse, pero esa apariencia no agota el ser del mundo. Las cosas, en contra del decir popular, son realmente lo que parecen y, al mismo tiempo, no s?lo lo que parecen. Los cient?ficos saben bien esto: el mundo es algo tan rico, que siempre se puede conocer mejor, siempre es susceptible de presentarnos nuevas facetas que exigen nuevos avances en su conocimiento y tambi?n exigen nuevos instrumentos para su medici?n. Por eso la ciencia avanza, porque conoce el mundo, pero nunca acaba de conocerlo.

La segunda paradoja es la contrapartida subjetiva de la anterior: el ser humano tiene capacidad de conocer realmente el mundo, pero ese conocimiento, siendo aut?ntico, no agota el aparecerse del mundo y menos a?n el ser del mundo. El conocimiento humano es verdadero conocimiento, pero un conocimiento limitado que no nos alcanza para conocer todo ni conocer las cosas perfectamente, aunque es un conocimiento suficientemente ?til para vivir. El hombre, por tanto, siempre puede conocer m?s y mejor.

Por ?ltimo, estas dos paradojas nos conducen a la tercera: el hombre puede expresar realmente su conocimiento del mundo: lo que sabe, lo que siente, lo que vive; pero, una vez m?s, esa capacidad es limitada. Los productos humanos que expresan el mundo exterior o el mundo interior nunca representan plenamente ni perfectamente lo que sabe o siente el hombre que se expresa, aunque esos productos sean verdaderamente un signo de lo que hay en su interior y, por a?adidura, de la realidad que conoce y que desea expresar. Esta es la raz?n por la que las cosas pueden ser dichas de infinitas maneras todas ellas adecuadas tanto a la realidad como al pensamiento. As?, desde la teor?a de la comunicaci?n se puede afirmar que la libertad de expresi?n no es s?lo un derecho individual, sino tambi?n una necesidad que viene exigida por las limitaciones del aparecerse de las cosas y del conocer y expresarse del hombre.

Estas tres paradojas proponen un punto de partida "posmoderno" para el estudio de la comunicaci?n: el mundo se puede conocer, el hombre es capaz de conocer el mundo y de darlo a conocer. Pero podr?an, no obstante, verse esas paradojas como la degradaci?n del conocimiento de la realidad: la apariencia refleja limitadamente la realidad, el conocimiento capta limitadamente la apariencia y la expresi?n s?lo limitadamente exterioriza el conocimiento. Si a esto a?adimos que el producto que resulta de la expresi?n es interpretado y posteriormente expresado por otro, parece como si en cada paso de la comunicaci?n el conocimiento del mundo se hiciera m?s borroso para el ser humano.

Sin embargo no es as?, ya que los aspectos negativos de esas paradojas, los que reconocen la limitaciones en las capacidades de conocer y ser conocido nos posicionan en una razonable antropolog?a de la comunicaci?n. Las paradojas sencillamente muestran que estamos refiri?ndonos a personas, y no hay personas que s?lo tengan defectos, como tampoco las hay que s?lo tengan virtudes.

La comunicaci?n no un proceso cibern?tico, en el que siempre hay p?rdida de informaci?n debido al ruido, como se?alaron Shanoon y Weaver en su cl?sica obra The Mathematical Theory of Communication . Puede ser esa una explicaci?n buena para los soportes y canales f?sicos de las tecnolog?as de la comunicaci?n. Pero aqu? nos movemos en un ?mbito humano en el que no hay simplemente respuestas a est?mulos, sino decisiones libres acciones. Por eso el fin de la comunicaci?n est? siempre inserto en cada una de las acciones que realizan los que participan en ella.

Son ciertas las limitaciones, cognitivas y expresivas del ser humano, pero tambi?n es cierto que los que se comunican detectan esas limitaciones, circunstanciales o no, y buscan modos de superarlas. Por eso la comunicaci?n no es un proceso de desgaste del conocimiento, sino que en cada paso ese conocimiento se mantiene o se incrementa.

Por otra parte, en la comunicaci?n hay siempre una acci?n que precisa de otra acci?n. No hay actores pasivos; no hay unos que practiquen y otros que padezcan la comunicaci?n, del mismo modo que en una conversaci?n entre dos personas no hay uno que comunica y otro que padece la comunicaci?n: hay dos que se comunican, y ninguno de ellos es prescindible porque ambos aportan elementos esenciales a la realidad que estamos considerando: uno, la expresi?n por medio de productos que recogen experiencias, sensaciones, ideas... conocimiento, en definitiva; y otro, la interpretaci?n de esos productos y la comprensi?n de su significado.

Esa interpretaci?n que precisa la expresi?n comunicativa no consiste en la reconstrucci?n de la se?al como ocurre con el descodificador en los procesos cibern?ticos, sino en el reconocimiento de la misma realidad, material o no, que no est? presente sino representada por productos expresivos que s? est?n materialmente presentes. La interpretaci?n en la comunicaci?n no es s?lo respuesta a un est?mulo. Es una acci?n que completa el conocimiento de lo expresado, lo mejora frente al mismo producto expresivo e incluso frente al conocimiento que gener? la creaci?n de ese producto.

La comunicaci?n se nos muestra, por tanto, como una realidad esencialmente social. Por eso hablar de "comunicaci?n social" es redundante: no hay comunicaci?n que no sea social, nadie se comunica solo, no existe la comunicaci?n solitaria. S?lo se puede pensar en la comunicaci?n considerando al ser humano como ser social, que no es lo mismo que gregario o funcional y operativamente dependiente de los dem?s. Que el ser humano es social quiere decir que ontol?gicamente es "como los dem?s" y al mismo tiempo "distinto de todos los dem?s".Justamente por eso (porque somos distintos) los hombres necesitamos comunicarnos y tambi?n por ello (porque somos iguales) podemos llegar a comprendernos a trav?s de la comunicaci?n.

La comprensi?n de los fen?menos comunicativos concretos, as? como de la comunicaci?n en abstracto, necesita una doble interpretaci?n: por una parte la de los productos (las palabras, por ejemplo) por medio de los cuales se expresa el contenido; y por otra la de la misma acci?n de expresar. O dicho de otro modo: los que se comunican deben comprender no s?lo "lo que se dice", sino tambi?n "lo que se hace" por medio de lo que se dice.

Saber "lo que te dicen" cuando lees un peri?dico, cuando oyes un anuncio por la radio, cuando te comentan algo en el lugar de trabajo, cuando ves un programa de televisi?n un jueves por la noche, etc., es algo muy distinto de saber "lo que te hacen". ?Cu?ntas veces, al entender lo que se nos dice por medio de los m?s diversos modos de expresi?n, pensamos que ya est?, que hemos captado todo lo que es necesario para comprender, y sin embargo desconocemos lo que nos han hecho por medio de lo dicho! Decir, expresar algo, no es siempre sin?nimo de comunicar, de dar a conocer, de estar m?s cerca del otro o de superar las diferencias que nuestra individualidad marca hacia los dem?s. Los simples productos expresivos, aislados de la finalidad que les da su naturaleza comunicativa, convierten la comunicaci?n en una farsa que conduce al enga?o, al desconocimiento, al desinter?s por el mundo, a la desintegraci?n social, a la soledad, al aislamiento e incluso a la muerte. La m?xima degeneraci?n de la comunicaci?n no est? principalmente en la falta de verdad en las palabras sino en la falta de verdad en las acciones.

En la infancia nos ense?aban a valorar la sinceridad con la historia del pastor mentiroso. Aquel relato conclu?a con una moraleja un tanto pragm?tica: "No mientas, porque cuando necesites ser cre?do nadie te creer?". Sin embargo, lo verdaderamente grave de aquel buc?lico episodio no era la "tomadura de pelo"; ni siquiera la muerte de las ovejas a garras del lobo feroz (con el consiguiente disgusto del pastor mentiroso y, suponemos, el may?sculo enfado de los propietarios del ganado). La desgarrada ense?anza del relato es la p?rdida del valor de la palabra. Si la palabra no se usa para comunicar, si se prescinde del car?cter "vertido al otro" de la palabra o de cualquier otro modo de expresi?n comunicativa, lo que resulta es el aislamiento, la imposibilidad de contar con los dem?s para el propio desarrollo, puesto que se ponen trabas a la superaci?n de las limitaciones con que nacemos los humanos.

Un cuento no es un enga?o. Es mentira en cierto sentido, pero cuando el cuento se da a conocer como cuento, como mito, como narraci?n ejemplarizante, es interpretado verazmente porque es expresado verazmente. Hay un acuerdo entre los copart?cipes en la comunicaci?n, una regla conocida y aceptada por todos, un "pacto de lectura", como lo llama la teor?a literaria. Lo que se hace de acuerdo con lo pactado se entiende bien, aunque lo que se diga no sea verdad. Por eso, a pesar de su "falsedad", en los relatos de ficci?n lo que se dice se interpreta verazmente. Yo no s? si los cuervos comen queso, pero s? estoy seguro de que los zorros no hablan. Sin embargo, la conocida f?bula no es falsa porque sabemos que es una f?bula y en qu? consiste una f?bula.

Por contra, se da una quiebra insalvable, aunque sea menos visible y por ello letal, cuando, aun expresando cosas verdaderas, se rompe el pacto, se hace por medio de lo expresado algo que no es lo que se daba por supuesto. Hay conocidos ejemplos en el mundo de los medios de comunicaci?n: el experimento de Orson Welles con la retransmisi?n radiof?nica de la invasi?n de Nueva York por los marcianos en 1938; o, ya en los primeros a?os ochenta, el Premio Pulitzer adjudicado y retirado poco despu?s a Janet Cook por un espeluznante reportaje publicado en el Washington Post sobre un heroin?mano de cinco a?os que result? existir s?lo en la imaginaci?n de la periodista. Algo similar, aunque ciertamente con matices, podr?a decirse de esos spots que para anunciar, por ejemplo, autom?viles nos muestran se?oras y paisajes, pero del coche muestran m?s bien poca cosa (si es que muestran algo). En estos casos se excluye compartir un conocimiento por medio de la expresi?n y se busca m?s bien una finalidad espuria de apariencia, y s?lo de apariencia, comunicativa.

Los casos expuestos son llamativos, y por fortuna poco frecuentes (o eso creemos). Sin embargo, menos llamativa pero m?s frecuentemente se da esta mentira de las acciones en la comunicaci?n interpersonal cotidiana, sobre todo en espacios cerrados en los que hay relaciones humanas de competitividad, como ocurre por ejemplo en la vida profesional. Caer en esa falsificaci?n de la comunicaci?n no es algo exclusivo de gentes de mala fe. No es necesario para ello ser de una maldad fr?a y calculadora. Basta con tener un planteamiento poco reflexivo, fr?volo de la comunicaci?n: usarla para despistar, para alejar, para que el otro no se entere, incluso para agredir. Formalmente nos encontraremos ante situaciones similares a cualquier otra situaci?n de comunicaci?n, pero en realidad estaremos ante algo que genera lo contrario de la comunicaci?n: el desconocimiento, el aislamiento, la desintegraci?n de los v?nculos sociales...

Antes he mencionado de intento que esa mentira no de las palabras sino de las acciones de la comunicaci?n puede resultar letal. No es una afirmaci?n exagerada. William Shakespeare , en esos retratos sobre la naturaleza humana que son sus obras, nos ofrece a trav?s de Otelo una magistral muestra de las consecuencias de la apariencia de normalidad en la comunicaci?n cuando las acciones implicadas en ella no son comunicativas, no tienen el fin de dar a conocer ni de alcanzar la cercarn?a, la integraci?n social. Yago presenta como signos de infidelidad de Desd?mona hacia Otelo objetos que realmente no son signos. No son productos expresivos que resulten de las acciones de Desd?mona, sino del propio Yago, que los presenta a la interpretaci?n de Otelo como productos de acciones que no existen. Ante eso, ?c?mo podr?a no ser err?nea la actitud del Moro de Venecia? El lector o espectador de la obra de Shakespeare sabe que esos productos son la estrategia de Yago para alcanzar su mal?vola venganza. Y as?, por ese enga?o en las acciones de expresar e interpretar, el amor y la m?xima uni?n entre dos personas se convierte en la zozobra de la desconfianza, en la soledad patol?gica de los celos y, finalmente, en la muerte.

Espero no estar pareciendo porque no lo soy uno m?s de los catastrofistas que tanto abundan en estos tiempos. Pero s? quiero se?alar que con frecuencia tendemos todos a ajustar la realidad a un sentido que no es el de la propia realidad, por naturaleza abierto, cambiante, vers?til, un tanto misterioso, expresable de mil maneras diversas e igualmente veraces. Tendemos a ajustar nuestras percepciones del mundo en un esquema en el que podamos encajar l?gicamente cualquier asunto: eso nos proporciona la falsa seguridad de tener una explicaci?n para todo, algo quim?rico si tenemos en cuenta nuestra propia limitaci?n y la ya mencionada apertura del mundo, su versatilidad imprevisible y misteriosa. Puede que con nuestro esquema cerrado logremos cierta tranquilidad, pero ser? siempre tranquilidad en la falsedad.

El uso estrat?gico de lo que teniendo apariencia de comunicaci?n no lo es (porque busca resultados inconfesados y a veces inconfesables) produce entre los que participan en esa farsa el aislamiento y la sospecha. Por el contrario, la claridad, la transparencia en lo que se hace al comunicar, y no s?lo en lo que se dice, genera en ese entorno los beneficios de la comunicaci?n, alcanza sus fines tan humanos.

Dicen que no hay nada m?s ?til que una buena teor?a. Esta frase, en mi opini?n, adem?s de un lugar com?n, es una gran verdad. Es posible que esta reflexi?n haya resultado bastante te?rica. Por eso me permito finalizar como lo hac?an nuestros mayores al contarnos cuentos, con un consejo muy pr?ctico: hablemos para entendernos.


Publicado en nuestro tiempo
Octubre 2001, n? 568

Publicado por mario.web @ 21:37
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