S?bado, 16 de abril de 2011
Una definici?n de cultura a partir de la cual podremos analizar de modo pr?ctico, las responsabilidades educativas que de ella se derivan para padres y educadores... Necesitamos una nueva forma de pensar, una nueva forma de mirar a los dem?s...
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Cultura y aficiones
Cultura y aficiones
Entendemos por "cultura" todos aquellos "medios con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace m?s humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a lo largo del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones, para que sirvan al progreso de muchos, e incluso de todo el g?nero humano"[ Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 67. Cf. Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 24-27: AAS 73 (1981) 637-647. 162]. En este sentido, la cultura debe considerarse como el bien com?n de cada pueblo, la expresi?n de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de su camino hist?rico.[1]



La cita de Juan Pablo II tomada de Christi Fideles Laici nos permite adentrarnos en el tema que se ha puesto a nuestra consideraci?n, mediante una definici?n de cultura a partir de la cual podremos analizar de modo pr?ctico, las responsabilidades educativas que de ella se derivan para padres y educadores.



Cultura son todos aquellos medios con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales. Por lo tanto no son culturales ni contribuyen a su fin aquellas instancias que por ejemplo, no contribuyen al desarrollo de las cualidades corporales.



En efecto, pensemos en el bien conocido ?culto al cuerpo?, muy emparentado con el tambi?n conocido ?odio al cuerpo?. De el se derivan lamentables situaciones que han multiplicado las posibilidades laborales de los m?dicos. Y no es que tenga nada contra los psiquiatras especialistas en bulimia y anorexia ni contra los cirujanos pl?sticos capaces de transformar en portada de Vogue a mujeres en edad de ser abuelas ya que tengo amigos entre estos especialistas. Sin embargo, el razonable y sano cuidado del cuerpo se transforma en patol?gico cuando concurren determinadas circunstancias detr?s de las cuales se encuentra una visi?n dualista de la persona.



En sus consideraciones acerca del reciente congreso internacional sobre la Filosof?a personalista de Karol Wojtyla, Don Antonio Orozco Delcl?s analiza el porqu? del odio al cuerpo, manifestado actualmente en el gusto por la violencia en el cine, la televisi?n, los videojuegos, etc. El odio al cuerpo es una consecuencia del dualismo. Para el dualismo, el cuerpo es una c?rcel. Se entiende el hombre como compuesto de alma y cuerpo al modo cartesiano como dos elementos meramente yuxtapuestos. De ah? surge un espiritualismo desencarnado, que desprecia el cuerpo y le niega la satisfacci?n hasta de sus l?citas apetencias. En forma paradojal esa misma antropolog?a dualista es la que da lugar al materialismo, ubicado en las ant?podas del espiritualismo, que pide al cuerpo la satisfacci?n del ansia que el hombre tiene de gozar y que no es capaz de satisfacer en su vida terrena. Como el cuerpo es tremendamente limitado y no da lo que se le pide, surgen esas manifestaciones de odio al cuerpo a las que esta sociedad comienza a tenernos acostumbrados. De esta manera la idolatr?a del cuerpo se convierte en odio al cuerpo. Un buen ejemplo para el an?lisis de este tema se ve en la pel?cula ?El fest?n de Babette? ( Babettes g?stebud, Gabriel Axel, Oscar 1987).[2] La pel?cula relata la historia de una peque?a comunidad de protestantes luteranos en la Dinamarca del siglo XIX. Dos hermanas solteronas, hijas del pastor que dirige religiosa y moralmente esta comunidad, se quedan tras la muerte de aqu?l al servicio de los fieles, cuidando de ellos y de su fe y renunciando con ello a cualquier posibilidad de disfrute de su propia felicidad. Un d?a irrumpe en sus vidas Babette, una francesa huida de la Revoluci?n de la Comuna de Par?s quien les pide que la acojan como sirvienta en su casa. Tras ganar la loter?a, Babette decide proponer y hacerse cargo de un banquete culinario por todo lo alto, hecho que causa gran sopor en la devota poblaci?n, quienes no ven con buenos ojos ning?n tipo de disfrute o placer de los sentidos, sea ?ste del tipo que sea. La generosidad y la entrega de Babette son las que finalmente lograr?n el cambio en las vidas de todas las personas.



Por tanto, los padres y educadores en sentido amplio, hemos de tener claro el trasfondo antropol?gico que fundamenta el tratamiento educativo del cuerpo. ?ntimamente relacionado con ello, la educaci?n en el pudor, el cuidado y la elegancia en el vestir, el cuidado de la salud, el no a las drogas y otras adicciones, una educaci?n sexual correcta y respetuosa de la persona, explicar con claridad las consecuencias de la banalizaci?n del sexo, etc. No profundizaremos ahora en estos temas que son objeto de estudio de otros cap?tulos.



Tampoco son culturales ni se dirigen hacia el fin propio de la cultura aquellas instancias que no contribuyen al desarrollo del esp?ritu. Al respecto quiero hacer referencia al cuidado con que debemos seleccionar a los educadores de nuestros hijos. En efecto, si bien los padres somos los primeros educadores, en los aspectos referidos a la escolarizaci?n en su sentido m?s tradicional y en aquellos m?s t?cnicos, debemos recurrir a la ayuda de los profesionales especializados. Pero incluso en estas circunstancias, estos t?cnicos act?an seg?n el principio de subsidiariedad. Es m?s, en circunstancias especialmente adversas al entorno educativo que los padres quieren para sus hijos, se ven cada vez con mayor frecuencia resurgir iniciativas educativas de home-schooling, que en cierto sentido hace recordar a las antiguas familias de nuestro campo que ense?aban a sus hijos en el propio establecimiento, dada la lejan?a de la escuela m?s pr?xima. Es bueno recordar las palabras de Juan Pablo II:



El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como est? con la transmisi?n de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los dem?s, por la unicidad de la relaci?n de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros.

Por encima de estas caracter?sticas, no puede olvidarse que el elemento m?s radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acci?n educativa su realizaci?n, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y gu?a toda la acci?n educativa concreta, enriqueci?ndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinter?s, esp?ritu de sacrificio, que son el fruto m?s precioso del amor.[3]



Un deber inalienable e insustituible, que no puede ser usurpado ni totalmente delegado. El amor de los padres es norma que inspira y gu?a toda educaci?n educativa concreta. La credencial que nos habilita a los padres para educar a nuestros hijos es precisamente el hecho de ser padres.



La cultura la constituyen tambi?n los medios mediante los cuales el hombre procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo. A este aspecto del quehacer cultural son especialmente sensibles nuestros j?venes. Por ejemplo, en el pensamiento ecologista, que nuestros j?venes saben defender, y que tanto bien ha hecho a la preservaci?n de las condiciones de vida en nuestro planeta. Sin embargo, hay que ponerse en guardia para evitar que la sana defensa de la ecolog?a se desv?e de las coordenadas de una antropolog?a correcta. Una ecolog?a que no ponga por encima de todo la dignidad del hombre puede acarrear graves cat?strofes. Con argumentos a favor del cuidado de la tierra de ?nuestros hijos?, se promueven pol?ticas, fomentadas por agencias vinculadas a la econom?a y al desarrollo de las naciones, en las que la ausencia de control del crecimiento poblacional de los pa?ses del llamado tercer mundo es visto como una amenaza creciente para la estabilidad del primer mundo. Fueron, en gran parte, las corrientes de pensamiento malthusianas y neo-malthusianas las que dieron fundamento a la llamada ?cultura de la muerte?, y a su defensa ac?rrima del aborto, la eutanasia, la contracepci?n, etc, en pro de un futuro idealista (de un Moloc, como dice el Santo Padre en su ?ltima enc?clica[4]) que, a?n despu?s de la experiencia negativa de los reg?menes marxistas del siglo pasado, sigue encandilando a los pol?ticos y pensadores de hoy. La pregunta es: ?qui?nes sobrevivir?n para disfrutar de esa tierra futura si promovemos la cultura de la muerte? Al respecto vale la pena resaltar una vez m?s el valor prof?tico de la Enc?clica Humanae Vitae de Pablo VI[5], que advert?a en los a?os 60 de las consecuencias que traer?a consigo la disociaci?n entre el aspecto unitivo y el procreativo del acto sexual.[6]



Hoy ven con alarma los pa?ses que m?s ?nfasis pusieron en la reducci?n de su tasa de natalidad, la llegada del invierno demogr?fico con todas sus imprevisibles consecuencias sociales, econ?micas, etc. Estos temas han sido vastamente estudiados y documentados por los trabajos de Mons. Michel Schooyans, de la Universidad de Lovaina la Nueva (B?lgica)[7] y tambi?n por Juan Claudio Sanahuja[8]. El nuevo paradigma del desarrollo sustentable busca, en realidad, el dominio exclusivo y la posesi?n de los recursos de la tierra para el uso y el usufructo de unos pocos; unos hombres se sirven de otros hombres y cuando ?stos no dan esperanzas de servir o su capacidad de servicio se agota, se los destruye. El dominio discrecional del mundo material, disfrazado de m?ltiples excusas y buenas palabras, significar? tambi?n dominio discrecional de unos seres humanos sobre otros[9].



La educaci?n para el trabajo forma parte tambi?n de la transmisi?n cultural que debemos a nuestros hijos. Como es un tema abordable desde muchos aspectos de la tem?tica de esta colecci?n de libros, s?lo me voy a referir brevemente a la formaci?n para el trabajo familiarmente responsable.



Tener hijos se percibe hoy socialmente como complicarse la vida, dejar de pas?rselo bien, estar continuamente al borde del drama y la tragedia, en definitiva, un modo absurdo de perder la libertad. Este modelo de familia victimizada es falso y se alza sobre una mentira gigantesca: la de quienes dicen haber encontrado la felicidad en el individualismo radical. La ?nica verdad de ese modelo victimista es que los padres que tienen hijos precisan m?s tiempo y van m?s cargados de trabajo que quienes no los tienen. Es cierto que la maternidad y la paternidad entra?an una pesada carga de responsabilidad y sacrificio, pero tambi?n ?y esto se omite sistem?ticamente en el discurso individualista? implican la alegr?a, el gozo y la felicidad de experimentarse rodeado de los nuevos valores que comporta la maternidad y la paternidad; de recrearse en un ser que procede del propio y que, no obstante su peque?ez y desvalimiento, es una persona y est? dotado de libertad[10].



La conciliaci?n del trabajo profesional y de las responsabilidades familiares que libremente hemos elegido debe formar parte de la intencionalidad educativa con que actuamos los padres. Afecta al hombre y a la mujer en tanto padre y madre, esposa y esposo. Por eso las iniciativas de estudio sobre formas de organizaci?n laboral tienen que contemplar no s?lo los derechos de la mujer y el hombre, sino tambi?n los derechos de las familias y de los hijos. Hay por delante un amplio campo para el desarrollo del derecho laboral, para que se contemple la verdad de que no basta ser respetuosos con los derechos de la trabajadora y el trabajador considerados en forma aislada, sino que en la enorme mayor?a de los casos ellos son adem?s esposos, madres y padres con hijos, familias de cuya custodia la empresa no puede desentenderse. Por ello es tan afortunado, a mi entender, el t?rmino de ?empresas familiarmente responsables?, que comienza a utilizarse cada vez m?s en el lenguaje de las ciencias empresariales para distinguir aquellas que ven como un enriquecimiento de su patrimonio la buena salud familiar de sus empleados.



Siguiendo con el an?lisis de la definici?n inicial de Juan Pablo II, cultura son tambi?n los medios que pone el hombre para hacer m?s humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones.



?En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no s?lo su "identidad", lo que "es", sino tambi?n su "misi?n", lo que puede y debe "hacer". El cometido, que ella por vocaci?n de Dios est? llamada a desempe?ar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo din?mico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en s? misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ?"s?" lo que "eres"![11]



Este conocido fragmento de Familiaris Consortio ??familia, s? lo que eres!? tiene en su expresi?n espa?ola, la posibilidad de analizarlo en su acepci?n del verbo ser en imperativo, como en otros idiomas (!Famille, deviens ce que tu es! ?Family, become what you are!, ?Famiglia diventa ci? che sei!) pero admite la feliz posibilidad de una lectura como verbo saber. En efecto, la talla del autor pero m?s a?n, la autoridad de Quien ense?a al hombre al mismo hombre[12] nos anima a la defensa de la familia.



Adem?s de la mentalidad anti-vida, el divorcio y la plaga del aborto, se agregan ahora las consecuencias de la llamada ideolog?a de g?nero que afirma que entre hombres y mujeres s?lo existe una banal diferencia anat?mica y que por tanto, cualquier otra peculiaridad psicol?gica o afectiva es un mero producto cultural. As?, se sostiene que cada cual puede elegir sus preferencias sexuales, no determinadas gen?ticamente, sino mediante una mera opci?n que cada persona puede inventar, modelar, rectificar e intercambiar a su antojo. La reingenier?a social que se esconde detr?s de esta ideolog?a convierte a la familia en una forma de organizaci?n social anacr?nica destinada a desaparecer. ?La familia tradicional coarta tu libertad? se lee en alg?n graffiti de Montevideo; las relaciones de filiaci?n, maternidad y paternidad surgidas en su seno deben ser superadas. En este contexto, el matrimonio es visto como una uni?n de car?cter puramente contractual, configurable, modificable y rescindible a gusto de los c?nyuges.



La familia de base matrimonial es, sin embargo, un bien para la sociedad en su conjunto. Con una visi?n socio-econ?mica, el periodista Andr?s Oppenheimer recoge en su libro ?Cuentos chinos? una entrevista al Prof. Yar?a de Buenos Aires en la que asocia el fen?meno de la criminalidad con lo que llama la creciente desfamiliarizaci?n de los j?venes ?el n?mero de madres solteras en la Argentina subi? del 23% en 1974 al 33% en 1998-.[13] En igual sentido se expresaba el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Cr. Enrique Iglesias cuando afirmaba que la ruptura del n?cleo familiar explica la violencia que asola las franjas marginales y de pobreza de iberoam?rica.[14]

Dentro de los h?bitos y costumbres que buscan imponerse con nuevos aires (?que no los tienen!) est? la llamada convivencia, el matrimonio a prueba, etc. Creo no equivocarme si digo que detr?s de esta patolog?a de la familia se encuentra la incapacidad de los j?venes de asumir compromisos duraderos. La adolescencia se prolonga muchas veces con la complicidad de los padres, que quiz? hemos educado a nuestros hijos en la b?squeda desenfrenada del placer, de la comodidad, del ?xito profesional caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Y el matrimonio y la familia no entran dentro de estos planes. El diagn?stico es conocido. Incluso se le ha puesto nombre: s?ndrome de Peter Pan.



La causa de fondo es un ego?smo gigantesco. Los medios para combatirlo no son f?ciles. Implican un compromiso vital, por parte de padres y educadores, de dar ejemplo en los valores tras los cuales corre nuestra vida. De que estos valores, sobre los cuales la enorme mayor?a de las personas estar?n de acuerdo, no son entelequias, sino que existen en la medida en que se encarnan en virtudes. Y la lucha por adquirir las virtudes cuesta, exige una intencionalidad educativa clara y sin ambig?edades y presupone una vivencia de las mismas por parte del educador. Sin claudicaciones. Con esp?ritu deportivo, conocedor de las debilidades humanas pero siempre dispuesto a recomenzar.



Particularmente interesantes son las reflexiones de Mons. Javier Echevarr?a a prop?sito del d?a internacional de la mujer el 8 de marzo de 2006. Dec?a, palabras m?s, palabras menos, que en la familia padre y madre desempe?an papeles distintos, igualmente necesarios, pero no intercambiables. La responsabilidad es la misma, pero difiere la modalidad de participaci?n. Suele decirse que uno de los problemas m?s agudos de la familia en nuestros d?as consiste precisamente en la crisis de la paternidad. El var?n no puede considerarse ?una segunda madre?, ni tampoco debe descuidar las responsabilidades del hogar, sino que necesita aprender a ser padre. Algo similar cabe decir de la sociedad en su conjunto, donde cada uno ha de encontrar su posici?n. El var?n posee el derecho a desarrollarse como var?n; la mujer, como mujer. Siempre sin dar cabida a mimetismos que producen crisis de identidad, complejos psicol?gicos y problemas sociales de gran trascendencia.


El principio de igualdad puede exasperarse y perder el equilibrio cuando se confunde igualdad (de dignidad, de derechos y de oportunidades) con disoluci?n de la diversidad. Si la mujer se homologa con el var?n, o el var?n con la mujer, los dos se desorientan y no saben c?mo relacionarse. Pero tambi?n el principio de la diferencia se puede exasperar -y, de hecho, muchas veces se ha exasperado-, cuando se entiende la distinci?n como base que justifique la discriminaci?n. En este contexto, resulta oportuno y necesario considerar la virtud cristiana de la caridad, que Benedicto XVI ha querido situar en el comienzo y en el centro de su pontificado.



En las primeras palabras del G?nesis, contin?a Mons. Echevarr?a, leemos que Dios en su bondad, conf?a el mundo al hombre y a la mujer. Hemos recibido la misi?n de cuidar juntos del mundo y de hacerlo progresar. Este apasionante proyecto compartido ayuda a colocar en su sitio la cuesti?n de la relaci?n entre ambos sexos. No estamos ante un asunto cerrado sobre s? mismo, angosto y problem?tico, sino ante una cuesti?n positiva y abierta: con igual responsabilidad, con aportaciones adecuadas al propio genio, hemos de trabajar juntos por una sociedad mejor. Las cualidades masculinas y las femeninas se necesitan mutuamente para realizar esta tarea colectiva. En definitiva, s?lo se alcanza el bien com?n -com?n a todos, hombres y mujeres- mediante un trabajo conjunto. Este cuadro muestra que la discriminaci?n de la mujer no representa s?lo una ofensa para ella: constituye una verg?enza tambi?n para el var?n y un problema muy serio para el mundo.

Publicado por mario.web @ 21:40
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