S?bado, 16 de abril de 2011
Luis Mar?a Sandoval (Arbil.org) pregunta: ?Se puede esperar el reconocimiento de una sana laicidad sin la admisi?n previa de un orden diferente al pol?tico, de origen sobrenatural? ?Creemos que de verdad se puede evitar el choque con el laicismo remiti?nd
?
Laicidad ?Premisa o fruto? ?M?nimo o ideal?
Laicidad ?Premisa o fruto? ?M?nimo o ideal?
?Y si no hay coincidencia acerca de su misma existencia, contenido ni interpretaci?n? ?Han dejado de ser necesarios ?en el orden pr?ctico- la Revelaci?n y el Magisterio para generalizar, abreviar, aclarar y dirimir el conocimiento de aqu?l? Y, situ?ndonos en el ?mbito del derecho natural, ?no es la religi?n el primer deber natural, entendida como deber de buscar la verdad en lo que se refiere a Dios, abrazarla y practicarla? ?La sana laicidad es s?lo un m?nimo necesario o la meta suficiente y plena? ?Es buen plantamiento cristiano poner la esperanza en un sistema humano y neutral que no se remita, ni necesite, a Cristo? ?Cabe un cristianismo social neutral y sin Cristo? ?Creemos sin darnos cuenta que hay puntos medios m?s justos, sabios y prudentes que la doctrina cristiana que deben bastarnos, sobre el matrimonio, por ejemplo? Y lo m?s importante, ?cabe imaginar alg?n otro lugar coherente para Dios en la vida p?blica que no sea el de Rey, aunque hoy est? en el exilio?

Reto?ar del laicismo

En Espa?a y en el mundo nos encontramos de nuevo ?son muchas en m?s de dos siglos- en una fase aguda de agresividad laicista, en la que los cat?licos debemos defendernos socialmente de las pretensiones de un laicismo con pretensiones totalitarias, que en realidad pretende usurpar el trono de Dios y competir con la Iglesia como maestra de la moral.

Efectivamente, hoy, el Estado, debidamente gobernado por el esp?ritu progresista -?nico aceptable-, al legislar hace el bien y el mal, y luego adoctrina al respecto a la poblaci?n, y en particular a la juventud mediante asignaturas de la ense?anza obligatoria.

Frente al nuevo recrudecimiento del laicismo, como religi?n civil obligatoria, los cat?licos nos vemos obligados a recordar que el laicismo se apropia del concepto de laicidad y lo pervierte. Y si el Concilio Vaticano II afirm? que ?la sociedad goza de propias leyes y valores que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar? tambi?n estableci? que eso no quiere decir que ?la realidad creada es independiente de Dios? (Gaudium et spes ? 36), y, adem?s, ?Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando ?ntegramente sus propias leyes, est? conforme con los principios ?ltimos de la vida cristiana...? (Apostolicam actuositatem ? 8).

Laicidad, cueti?n cristiana

Ahora bien, al establecer como l?nea de defensa frente a la ofensiva laicista la reivindicaci?n de la aut?ntica laicidad conviene plantearse si nuestra argumentaci?n es coherente y tiene capacidad para ser convincente.

La laicidad es una noci?n espec?ficamente cristiana, procedente de afirmar la coexistencia y la distinci?n entre un orden natural y una revelaci?n positiva, y, paralelamente, la existencia de dos poderes, civil y religioso, independientes entre s?.

La sana laicidad es un justo medio entre el clericalismo y el cesaropapismo, es una cuesti?n en el interior de la Iglesia acerca de la justa autonom?a ?tras la justa subordinaci?n al Magisterio, claro- de los laicos en el orden pol?tico y social. Sin embargo, frente a los que no comparten las premisas cristianas la apelaci?n a la laicidad carece de sentido y de base com?n reconocida.

Frente a un sistema teocr?tico y que no reconoce derecho natural, sino s?lo leyes positivas reveladas, como es el islam, la reivindicaci?n de la laicidad es incomprensible.

Y para un ate?smo postcristiano no existe un orden superior objetivo. Entonces, la religi?n, sin un Dios vivo realmente existente, no es m?s que una proyecci?n de subjetividades personales ?opiniones, sentimientos- que el Estado ?respeta? (es decir: procura no zaherir en exceso) como cuesti?n individual m?s o menos generalizada, pero que no puede admitir que interfiera, limite o vete su soberan?a en la regulaci?n social.

Sentadas las premisas cristianas, la laicidad de la sociedad se deriva l?gicamente de ellas. Pero, sin la precedencia de la Fe y la filosof?a cristianas, la pretensi?n de una laicidad respetuosa y cooperadora con la religi?n carece de base.

?Y el Derecho Natural?

?Ser? suficiente reivindicar la sana laicidad en nombre del derecho natural? Del m?s puro derecho natural es la cuesti?n del aborto y en ella encontramos una ceguera empecinada y una resistencia recalcitrante.

El recurso al derecho natural, v?lido en orden de principio, se encuentra limitado en la pr?ctica a aquellos pocos que llegan a salvar muchas dificultades: de capacidad intelectiva y de desorden pasional. Por eso la gu?a externa de la revelaci?n divina ?en el orden de la verdad- y de la gracia ?ata?ente al desorden del coraz?n- es necesaria de modo general para los hombres [1] .

Conviene insistir acerca del desorden de las pasiones al respecto, porque la coincidencia en el orden natural requiere la buena intenci?n: coincidir en el derecho natural era m?s factible entre cristianos y paganos que lo es entre cristianos y laicistas postcristianos (y anticristianos).

Pero, incluso si se acepta la existencia de un derecho natural, su concreci?n pr?ctica es objeto de disputas. Y entre pareceres encontrados ?qui?n dirimir?? Es decir ?qu? autoridad dirimir?? Si viene a ser el poder establecido se llega a una versi?n suave de estatismo: el Estado no ?hace? el bien y el mal, pero los discierne, que para el caso ser? lo mismo.

De todos modos, el recurso al derecho natural supone aceptar una racionalidad establecida en el mundo natural, que encuentra su justificaci?n completa en la doctrina cristiana de la Creaci?n. Y en un orden ateo, de existencia por azar, evolucionismo ciego y maleabilidad del mundo a manos del hombre, el derecho natural no existe, y s?lo podr? reaparecer tras una conversi?n a Dios. Entretanto, s?lo cabe el positivismo absoluto: bien y mal dependen de la voluntad y el poder humanos.

En resumen: el recurso al derecho natural no resulta decisivo en la pr?ctica sin ciertas premisas ni auxilios externos.

La Iglesia, Maestra

Los cristianos, creyentes en la armon?a de Fe y raz?n, confiamos en el Derecho Natural, pero no nos damos cuenta que esa confianza va acompa?ada por la confianza en la Iglesia como Maestra de la verdad.

El Catecismo de la Iglesia Cat?lica ense?a que "Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, as? como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvaci?n de las almas" (? 2032) porque "la autoridad del Magisterio se extiende tambi?n a los preceptos espec?ficos de la ley natural", recordar la cual a los hombres es parte esencial de su funci?n prof?tica (? 2036): "corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas" (? 1930).

El discernimiento ?ltimo del derecho natural no corresponde en ?ltima instancia ni al Tribunal Constitucional ni a la ONU. Cuando la Iglesia (el Papa, los obispos) se presenta a s? misma como ?experta en humanidad? y como Maestra [2] no lo hace en virtud del n?mero de fieles, de su antig?edad, o de presuntas superiores cualificaciones humanas de su jerarqu?a, sino s?lo como transmisora de la palabra del Dios verdadero. Y quien no quiere acogerle a ?l no puede aceptarla a ella (Mt 10,40; Lc 10,16).

Por esto no debemos depositar una confianza desproporcionada en el recurso al Derecho Natural para reclamar la sana laicidad del Estado.

Adem?s, a diferencia de cuestiones como la bio?tica, en que la Iglesia confirma qu? postura se ajusta al Derecho Natural, pero no a?ade ning?n precepto que no sea natural, en orden a la justa relaci?n de la pol?tica y la religi?n no sucede as?.

Como dijimos, var?a sustancialmente la actitud del Estado respecto de las religiones si acepta que hay unas realidades trascendentes a nuestra existencia o si asienta el dogma de la inmanencia absoluta.

Pero, incluso un Estado que reconociera la existencia de divinidades fuera de este mundo podr?a estar muy lejos de la laicidad cristiana. Sin revelaci?n sobrenatural, es opini?n aceptada que corresponder?a al mismo poder civil la organizaci?n del culto divino [3] . Y una pretendida revelaci?n, pero falsa ?Mahoma-, podr?a establecer la teocracia.

La laicidad cristiana procede de reconocer tanto el origen natural del Estado como la fundaci?n sobrenatural de la Iglesia.

El fondo del Derecho Natural

Pero no debe entenderse lo anterior como una desvalorizaci?n absoluta de la instancia del Derecho Natural, sino como un planteamiento de la cuesti?n m?s profunda del mismo: ?es todo el Dec?logo de derecho natural? ?es la religi?n un deber natural?

La respuesta cristiana es que s?. Que la revelaci?n cristiana satisface y supera lo que de suyo constituye un deber natural. Y a partir de este planteamiento s? se puede retornar a la reclamaci?n de la laicidad desde el derecho natural, a trav?s de los necesarios pasos intermedios.

A menudo los cat?licos actuales reclamamos que las leyes respeten el m?nimo del Derecho Natural y mostramos una humildad indebida ‑porque rebajamos lo de Dios, no lo nuestro- de no incluir en ello el Primer Mandamiento, como si fuera opcional o una afici?n privada vergonzosa.

La ense?anzas del Concilio Vaticano II en la Dignitatis Humanae parte precisamente del deber primario de los hombres de buscar a Dios y adorarLe: ?Todos los hombres est?n obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla? (? 1,2) [4] .

Y el Catecismo de la Iglesia Cat?lica, recogiendo y explicando la doctrina conciliar, nos dice: ?El deber de rendir a Dios un culto aut?ntico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es ?la doctrina tradicional cat?lica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religi?n verdadera y a la ?nica Iglesia de Cristo? (Dignitatis humanae ? 1)? para remitirnos a las enc?clicas Immortale Dei de Le?n XIII y Quas primas de P?o XI para mayor abundamiento.

Por este camino del deber natural de religi?n s? se consigue transitar a la laicidad del Estado, por la v?a de la b?squeda de la religi?n verdadera que la ense?a, es decir, por la v?a de la Nueva Evangelizaci?n, de la pol?tica tambi?n. Pero hay que tener el valor de plantearlo y abordarlo.

Consecuencia, no premisa

En realidad, la apelaci?n a la recta laicidad del Estado ante nuestros conciudadanos presupone que conservan, quiz? incoherentemente, ciertas premisas de la concepci?n cristiana del universo (religi?n trascendente a este mundo, origen positivamente sobrenatural de la Iglesia Cat?lica). Por lo que en alg?n momento esa apelaci?n puede ser efectiva, pero nunca segura mientras perdure como filosof?a subyacente el ate?smo, el agnosticismo o el relativismo social.

Pero en cuanto a los principios no debemos llamarnos a enga?o ni confiar en lo inestable. Es el Magisterio de la Iglesia el que ense?a la justa laicidad como tambi?n la verdadera libertad religiosa. Pero si se recusa su magisterio mal se pueden aceptar sus ense?anzas y dificil?simo ser? venir a coincidir con ellas. Como con la laicidad, v?ase que ocurre con la libertad religiosa a partir de presupuestos laicistas o isl?micos.

Concluyendo que la laicidad es consecuencia de los principios del orden cristiano y no su premisa, cabe plantear la cuesti?n conexa ?es la laicidad un m?nimo necesario o la meta suficiente?

?Un m?nimo sin Cristo?

Al reclamar la laicidad del Estado los cat?licos ?debemos conformarnos con un m?nimo imprescindible para la supervivencia? ?o con ella quedaremos plenamente satisfechos, pues es todo lo que la religi?n cristiana pide -y puede esperar- de la organizaci?n social?

Es cierto que en este momento tenemos que levantar la voz en defensa de la laicidad del Estado que pretende retomar extremos laicistas. Pero eso no es m?s que un m?nimo. Un estado que llama matrimonio a la sodom?a estable, o que acepta como ?legales? m?s de cien mil abortos al a?o ?y creciendo- no se convierte en el estado que nos satisface los cristianos, ya se considere que no satisface un m?nimo de aut?ntica laicidad o aunque llegue a hacerlo.

El problema es la secularizaci?n de los propios cat?licos, sobre la que nos han exhortado nuestros obispos [5] . Tenemos que acrecentar nuestra Fe y no confiar en las virtudes de un cierto ?punto medio?. La laicidad a que debemos aspirar no es que haya tanta libertad para abortar como para no hacerlo. Ni a que la Comunidad de Madrid, l?der espa?ola en abortos, multiplique sus subvenciones por tres a la causa pro-vida, para que se equiparen a sus subvenciones directas a intervenciones abortivas.

Ni siquiera se trata de alcanzar un t?rmino medio. El punto central del debate est? en si es posible un estado de cosas satisfactorio para los cristianos, acerca de lo que sea, sin Cristo. Una restauraci?n de ?valores? sin remitirlos a Cristo. Una apelaci?n al derecho natural sin necesidad de confirmaci?n por la Revelaci?n de Cristo. En suma, un cristianismo sin Cristo, derivado de un pelagianismo social [6] .

?Creemos que la legislaci?n de Cristo es la m?s justa, compasiva y prudente? ?O creemos que nosotros podemos concordar en algo suficiente, y adem?s menos extremista? Para responder pensemos en el divorcio: es aquel adulterio cualificado por cometerse con la complicidad de las leyes civiles [7] . No se puede justificar en cristiano, en nombre de comprensiones e indulgencias, porque ya se conoc?a en Israel y Jes?s lo conden? expresamente. ?Creemos que es s?lo un consejo, no exigible, y menos a todos? Entonces ?qu? tenemos que oponer al divorcio-express?

Dios en la vida p?blica

Para escapar a la tentaci?n del cristianismo sin Cristo hace falta considerar a fondo el t?tulo de nuestro congreso ?cu?l es el lugar de Dios en la vida p?blica?

El lugar y papel de los cristianos es f?cil de decir: unos ciudadanos que no aceptan ser menos que los dem?s, ni imponen a los que no lo son discriminaci?n alguna. Es sencillo, pero ?y el lugar de Dios?

--- Dios es un observador ajeno e impasible de la pol?tica. Esa es la contestaci?n del que no cree que Dios sea, no ya providente, sino todav?a m?s: amoroso y encarnado. Y tambi?n del que no acepta que ?Los hombres no est?n menos sujetos al poder de Dios cuando viven en sociedad que cuando viven aislados? [8] .

--- Otros quisieran que Cristo fuera uno m?s: hombre, pero no Dios. De modo que tendr?a su voto igual al resto, y habr?a de ser un dem?crata leal: esperando su turno para pasar de la oposici?n al gobierno, el cual deber?a estar dispuesto a dejar de nuevo. En realidad, querr?an que fuera un centroderechista m?s: que ni siquiera cuando llegara a gobernar limitara el aborto o anulara los llamados matrimonios homosexuales. Porque los ?avances? progresistas deben aceptarse como irreversibles: hasta por ?dios?.

--- M?s ?cristianamente? se propone que Dios act?e en la sociedad desde detr?s de las bambalinas. Es el Dios inspirador, que actuar?a como un locutor de radio de gran audiencia o como el propietario de un poderoso grupo medi?tico. S?lo por la comparaci?n con esos personajes vemos ya la indignidad de la propuesta.

--- Cristo, en la sociedad, s?lo puede tener un lugar condigno: Rey. Claro que no un rey que figure en las monedas y en el Hola, para que en su nombre se haga cualquier cosa y su contraria. Cristo es otro tipo de Rey: el que funda el Reino con su sangre, y el que sirve a sus s?bditos con la verdad. Es digno de observarse como el Viernes Santo Cristo no s?lo reclama su condici?n de Mes?as ante la autoridad religiosa de Israel, sino que est? igualmente interesado en afirmar su condici?n de Rey, ligada expresamente a la verdad, ante la autoridad pol?tica romana (Jn 18,37).

Que Cristo es rey verdadero del Universo, ?en particular sobre las sociedades humanas? (Catecismo ? 2105), no es una especulaci?n privada, sino una verdad profesada por la Iglesia mediante la festividad anual de Cristo Rey, establecida por la enc?clica Quas primas, precisamente para insistir en que ?el mundo ha sufrido y sufre este diluvio de males porque la inmensa mayor?a de la humanidad ha rechazado a Jesucristo y su sant?sima ley en la vida privada, en la vida de familia y en la vida p?blica del Estado? (? 1), en tanto que, ?si los hombres reconocen p?blica y privadamente la regia potestad de Cristo, necesariamente recoger? toda la sociedad civil incre?bles beneficios? (? 9), y se establece la fiesta de Cristo Rey como remedio del laicismo, enfermedad de nuestra ?poca (?lo era y lo sigue siendo!) (? 12), de modo que ?cuanto mayor es el indigno silencio con que se calla el dulce nombre de nuestro redentor en las conferencias internacionales y en los Parlamentos, tanto m?s alta debe ser la proclamaci?n de ese nombre por los fieles y la energ?a en la afirmaci?n y defensa de los derechos de su real dignidad y poder? (? 13), y para recordar ?tambi?n a los estados que el deber del culto p?blico y de la obediencia a Cristo no se limita a los particulares, sino que se extiende tambi?n a las autoridades p?blicas y a los gobernantes? (? 20).

El de Rey es el ?nico lugar de Cristo en la vida p?blica que es coherente con la naturaleza de las cosas. Rey que no es totalitario ni absorbente, puesto que ?No arrebata el reino temporal el que da el reino celestial? (V?d. Quas primas ? 8).

Pero que en este momento es un Rey en el exilio. No un rey por venir, sino que ya fue reconocido durante siglos en buena parte del mundo, como Espa?a, y fue v?ctima de una rebeli?n. Para algunos esa situaci?n de rey en el exilio les agrada por est?tica y comodidad: se dice ser fiel a la figura ornada de atributos reales, pero se vive cotidianamente bajo la tiran?a de los usurpadores sin mayor problema, aprovech?ndola incluso. Por el contrario, P?o XI, con la fiesta de Cristo Rey, quer?a instarnos a los cat?licos a preparar y acelerar su retorno ?por medio de una activa colaboraci?n? (Ibidem ? 13).

Los precedentes de la nueva evangelizaci?n

Juan Pablo II nos convoc? a una Nueva Evangelizaci?n. S?lo por ella se aceptar?n las premisas que fundamentan s?lidamente una situaci?n de sana laicidad del Estado.

Y el ser nueva implica que hubo otra (u otras) anterior. Y esto, a su vez, permite contemplar dos aspectos: negativo (que hubo una apostas?a que la arruin?) y positivo (de qu? modo la previa evangelizaci?n triunf?, a?n sin alcanzar la perfecci?n de la santidad). Ambas consideraciones se superponen para ense?anza nuestra.

Hasta el siglo IV, durante m?s de doscientos a?os, los cristianos fueron perseguidos por el Imperio Romano, que era una cima de civilizaci?n, y muy tolerante en materia religiosa.

?Ser?a equivocado, sin embargo, imaginar una persecuci?n continuada, que hubiera durado sin interrupci?n dos siglos y medio. La Iglesia conoci? en esta ?poca lapsos de paz, en los que pudo desarrollar p?blicamente sus actividades. Pero eran siempre per?odos de tolerancia de facto, ya que la situaci?n legal no hab?a variado y el Cristianismo segu?a estando fuera de la ley? [9] .

Del mismo modo, desde hace m?s de doscientos a?os ?desde la Ilustraci?n y la Revoluci?n Francesa- la religi?n cristiana viene siendo objeto de periodos de persecuci?n ?incruentos unos, muy cruentos otros- alternados con periodos, incluso muy fruct?feros, de paz. Pero, como cuando la primera evangelizaci?n, la filosof?a pol?tica de los estados sigue siendo la misma: la soberan?a de los parlamentos no reconoce m?s l?mites en materia de derechos humanos que los que ellos mismos promulgan.

Por lo cual, aun cuando durante largos periodos se mantengan dentro de la sensatez, la posibilidad de conflicto est? siempre presente, pues los cristianos nunca podemos concordar con el enunciado de la soberan?a moral del Estado, aun cuando no hagamos constar nuestra disconformidad si no se producen nuevas aplicaciones lesivas de ese err?neo principio.
Conclusi?n

La justa laicidad del Estado es consecuencia de los principios cristianos, a veces incongruentemente supervivientes. Tampoco es m?s que un m?nimo respecto de las consecuencias sociales de nuestra Fe.

Y, si debemos aprovechar todas las oportunidades para ir salvando la libertad de la Iglesia, no debemos confiar en alegatos que no pueden ser atendidos sin una previa evangelizaci?n, ni en fundamentos inestables.

Tanto religiosa como intelectualmente no hay recurso que pueda sustituir el reinado Social de Nuestro Se?or como salvaci?n y meta. Y en esa l?nea debe efectuarse la formaci?n de los cat?licos.

Resumen

Ante el laicismo, que pretende dictar el bien y el mal, reivindicamos la sana laicidad del Estado que aquel usurpa, sin que esa autonom?a implique independencia absoluta de Dios.

La laicidad del Estado se sostiene sobre premisas cristianas, que act?an en hombres con esa herencia latente, pero es incompatible en rigor con las premisas relativistas vigentes. La laicidad no es premisa del orden cristiano, sino consecuencia de sus principios. La apelaci?n al derecho natural no es concluyente en la medida en que es negada su existencia y el auxilio divino para confirmarlo.

La laicidad s?lo quedar? asegurada tras una nueva evangelizaci?n de la pol?tica. Y no es sino un m?nimo, considerando el lugar que corresponde a Dios en la vida p?blica, lo cual es un deber natural seg?n el Vaticano II. Ese lugar condigno no es sino el de rey de la verdad, como nos ense?an la fiesta de Cristo Rey y la enc?clica Quas primas. Es in?til e imp?o querer darnos por satisfechos con un punto medio entre Cristo y el mundo, o pretender una restauraci?n de valores sin El.

La nueva evangelizaci?n es iluminada por la primera: como en los dos ?ltimos siglos, las persecuciones cruentas no fueron continuas, pero la incompatibilidad de fondo subsist?a cuando hubo tolerancia. Los cat?li?cos implicados en lo posible cotidiano no deben ignorar por ello estas verdades.

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Luis Mar?a Sandoval


[1] Por eso la Fe acude en socorro de la raz?n. Esta doctrina es el comienzo mismo de la Suma Teol?gica de Santo Tom?s de Aquino. ST I, q. 1 a. 1. El Catecismo de la Iglesia Cat?lica dedica a este asunto sus p?rrafos 36 a 38 remiti?ndose al Concilio Vaticano I y a una extensa cita de la enc?clica Humani Generis de P?o XII. V?ase tambi?n la enc?clica Fides et ratio de Juan Pablo II.

[2] Concilio Vaticano II, Dignitatis Humanae, ? 14: ?Por voluntad de Cristo, la Iglesia Cat?lica es la maestra de la verdad, y su misi?n consiste en anunciar y ense?ar aut?nticamente la verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana?.

[3] As? lo hace Santo Tom?s de Aquino en De regimine principum ?? 80 y 82.

[4] La idea de este ?deber? u ?obligaci?n? subyace a toda la Declaraci?n Dignitatis Humanae como su fundamento, as? en ?? 2,2; 3,1

[5] Teolog?a y secularizaci?n en Espa?a. A los 40 a?os de la clausura del Concilio Vaticano II. Instrucci?n pastoral de la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Espa?ola. 30-III-2006

[6] V?d. Luis Mar?a Sandoval, ?Pelagianismo pol?tico. Tendencias pelagianas de los cat?licos en pol?tica? en Cat?licos y vida p?blica. Actas del Congreso 5, 6 y 7 de noviembre de 1999 (Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1999), p?gs. 305-313.

[7] El Catecismo de la Iglesia Cat?lica le dedica un apartado (?? 2382-2386) en que lo califica de ofensa grave a la ley natural, que introduce desorden en la sociedad.

[8] Punto central de la enc?clica Immortale Dei de Le?n XIII a la que nos remite el Catecismo.

[9] Jos? Orlandis, Historia de la Iglesia I. La Iglesia Antigua y medieval, Madrid, Palabra, 1982, p?g. 33.

Publicado por mario.web @ 21:58
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