Domingo, 17 de abril de 2011
Aprendamos a ver la adolescencia como una fase concreta e imprescindible en el desarrollo global de toda una vida
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 ?Con un adolescente?? ?Nada!
?Con un adolescente?? ?Nada!
El ?problema? de la adolescencia

A sabiendas de que escandalizar? a m?s de uno, en estas primeras l?neas querr?a sugerir que la adolescencia como problema-que-debe-ser-resuelto es, en buena medida, un mito o, m?s correctamente, una creaci?n de los adultos y, en particular, de los padres y de las madres.

Aunque, para que nadie se llame a enga?o, resalto que lo que considero casi inventado es tan solo el car?cter de problema que atribuimos a esta etapa de la vida de nuestros hijos; problema que transformamos en tragedia en la proporci?n exacta en que pretendemos solucionarlo.

No pongo en duda, l?gicamente, el hecho de la adolescencia en cuanto tal, que es algo obvio.

Y me explico.

La adolescencia como no-problema

Casi nadie que haya reflexionado un poco sobre el asunto dejar? de reconocer que, en s? misma, la adolescencia es un per?odo de crecimiento necesario en todos los ?mbitos que componen la persona humana: algo, por tanto, adem?s de ineludible, bueno, porque bueno es o deber?a ser su resultado final? que no puede lograrse si uno no es durante un tiempo adolescente.

Y que as? debemos considerarla, si queremos evitarnos y evitar a otros sufrimientos in?tiles. Hemos de aprender a verla como una fase concreta e imprescindible en el desarrollo global de toda una vida y en el horizonte de ese despliegue. Es decir, como me repet?a ?con expresi?n t?pica de M?laga? quien me ense?? hace a?os a conducir, ?mirando al lejos?, que es el ?nico modo de no obsesionarnos con esa etapa de transici?n, de relativizarla y darle su verdadero valor y alcance.

Ciertamente, as? enfocada, la adolescencia no har?a perder el sue?o a ning?n adulto. Y, de hecho, de ordinario no nos inquietan las trasformaciones morfobiol?gicas que experimentan nuestros hijos o hijas; m?s a?n, aprendemos a observarlas con agrado y una pizca de nostalgia, anticipando el desarrollo futuro. Nos preocupan, por el contrario, las dimensiones ps?quico-espirituales, no bien definidas a?n y en aparente peligro, y ciertas connotaciones que la adolescencia suele presentar hoy d?a.

Todo lo dem?s, desde las desproporciones f?sicas hasta el cambio de modulaci?n en la voz, con sus momentos rid?culos?; la atenci?n desmesurada al propio f?sico, al modo de vestir y de arreglarse?; la dependencia del qu? dir?n, sobre todo respecto a los o a las adolescentes del grupo al que se han entregado pr?cticamente por entero; los altibajos de humor y las salidas de tono? incluso podr?an divertirnos porque sabemos que, en condiciones normales, son cosas que pasan ?y que se pasan!: que acaban por desaparecer.

En la actualidad

Por el contrario, si solo pensar en la adolescencia nos hace temblar es porque medio advertimos que en el mundo de hoy:

1. Es bastante frecuente que no llegue a sazonar la esfera ps?quico-espiritual: que sea justo esta inmadurez lo que no se pase, sino que se extienda m?s tiempo del previsto e incluso tienda a instalarse de por vida -no en vano se ha acu?ado la expresi?n perpetuo adolescente-, con el c?mulo de consecuencias desagradables que esta falta de progreso lleva aparejadas.

2. Cosa que sucede, si no me equivoco y simplificando un tanto, porque en el presente existen-y-faltan elementos que en ?pocas no muy lejanas estaban m?s compensados.

Lo que sobra

Existe, por utilizar una expresi?n que puede resumir la mayor?a de las disfunciones de esta etapa, una desproporci?n entre las grand?simas posibilidades de acci?n de nuestros hijos y el dominio y la responsabilidad ?m?s bien la relativa carencia de uno y de otra? que muestran respecto a sus propias actuaciones.

Cuesti?n que cabe concretar en un solo ejemplo, de particular incidencia en nuestros adolescentes y que calificar? ?tomando este t?rmino en un sentido muy, muy amplio? como un consumismo atroz.

Un hiperconsumo -como dir?an ellos- que en parte propiciamos los propios padres, como contrapeso a nuestra mala conciencia por no atender debidamente a lo que nuestros hijos nos demandan, a veces sin siquiera ser conscientes: nuestro tiempo, nuestra intimidad? y nuestra exigencia.

Y que consideramos mucho m?s peligroso que el practicado por nosotros mismos como consecuencia de la falta de consonancia entre la capacidad de acci?n y la responsabilidad del adolescente a que acabo de aludir.

?? y por qu? sobra?

Intento explicarme de nuevo. En general, los adolescentes de clase media o media-alta? o medio-baja o baja de nuestro pa?s, como los de muchos otros de caracter?sticas semejantes, gozan de instrumentos materiales (dinero, en primer t?rmino, pero tambi?n medios de locomoci?n propios o de sus amigos, acceso a lugares de esparcimiento y diversi?n, a fincas y casas de campo, hoteles y similares?), y de una libertad de movimientos de los que los padres no carecemos, pero tampoco podemos emplear con la ligereza y desenvoltura con que ellos lo hacen: en esto, que bastantes llamar?an un poco ingenuamente libertad, nos superan por goleada.

Como consecuencia, los adolescentes componen un poderos?simo colectivo, presa f?cil de la publicidad y del af?n de ganancias de los que negocian con los impulsos ajenos.

El adolescente actual posee todas los atributos del mejor consumista: dinero del que no tiene que dar cuenta a nadie y ganado sin otro esfuerzo que el de pedirlo-exigirlo, a veces con solo poner mala cara? si es que los padres no nos adelantamos a d?rselo por miedo a que nos las pongan; compulsividad a la hora de comprar, usar y tirar; comparaciones con otros adolescentes, de las que derivan caprichos descontrolados; incapacidad de esfuerzo y, sobre todo, de espera?

A?ado, aun a sabiendas de que con esto pierdo ante los adultos m?s puntos de los que ya he perdido con los adolescentes, que a la mayor?a de los padres no nos asusta el consumismo de nuestros hijos, que nosotros mismos ?con una mal disimulada hipocres?a o, al menos, con una flagrante falta de coherencia? vivimos en primera persona y provocamos en ellos a cambio de que nos dejen en paz. Nos aterra m?s bien que semejante consumo se ejerza sobre productos peligrosos: no tanto el sexo, que en la mayor?a de las familias empieza casi a hurtadillas a formar parte de lo pol?ticamente correcto, sino sobre todo el alcohol, la droga? y todo lo que estos ambientes llevan consigo, como, por se?alar tan solo un par de extremos, la prostituci?n o la delincuencia.

Lo que falta

No existen en nuestra sociedad, por el contrario, realidades b?sicas e insustituibles para el crecimiento de una persona.

Enumero, sin af?n de ser exhaustivo:

1. Faltan personas o personajes que encarnen modelos de vida como los que los padres querr?amos para nuestros hijos, pero que nosotros mismos estamos lejos de hacer propios, porque nuestros principales intereses se mueven en otras direcciones.

2. Faltan ense?anzas ambientales (la mal llamada cultura popular) e institucionales (centros educativos de los distintos niveles) capaces de poner freno a lo que los adultos afirmamos como correcto, aunque no siempre lo vivamos.

3. Faltan leyes y actividades pol?ticas acordes con el perfeccionamiento de la persona.

4. Y falta un dilatado etc?tera, virtualmente m?s peligroso para quien, como el adolescente, ha abandonado todos los valores que hasta ese momento lo proteg?an y que ahora advierte como impuestos y, por lo tanto, rechazables? con el fin, no siempre consciente, de recuperarlos (esos u otros, pero ahora como propios).

El suma y sigue de estos excesos y carencias es que casi toda la educaci?n de los adolescentes deber?amos llevarla a cabo en la familia? en un momento de la civilizaci?n en que la presencia de los padres en la propia casa no es excesivamente amplia ni de gran calidad educativa.

Pues, bastante a menudo, los padres ?y, en particular, los varones? pasamos el tiempo en el hogar descansando de un trabajo que nuestros hijos no presencian y cuyo valor no pueden, por tanto, apreciar.

O, lo que viene a traducir y concretar el p?rrafo anterior: viendo la televisi?n, navegando por Internet, haciendo cuentas del dinero ganado o que estamos por ganar, organizando los viajes y dem?s planes de recreo para el matrimonio o la familia o los amigos?

Entonces? ?nada?

Les pido que me concedan que en lo esbozado hasta ahora hay, al menos, un punto de verdad.

?Por qu?, entonces, sugiero en el t?tulo que, ante semejante situaci?n, lo mejor que podemos hacer por los adolescentes es precisamente NADA?

Aclaro que, aunque haya intentado expresarlo con humor, no es en absoluto una broma ni una declaraci?n de impotencia ni, mucho menos, de indiferencia o cinismo.

Y me explico mediante una comparaci?n. Los que vamos estando entrados en a?os, y cualquier persona con un poco de experiencia vivida, sabe que los sentimientos y estados de ?nimo son controlables solo hasta cierto punto y de dos maneras complementarias.

1. A veces, uniendo lo que nos otorga nuestro temperamento y un empe?o habitual y repetido, somos capaces de atajar las emociones que tienden a salirse de madre por exceso o por defecto: elev?ndonos sin fundamento hasta las nubes o hundi?ndonos en la miseria, tambi?n sin suficiente base real.

2. Pero lo m?s habitual es que hayamos aprendido no tanto a moderar nuestros afectos, increment?ndolos o disminuy?ndolos, seg?n convenga; sino m?s bien a convivir con ellos, tal y como se nos imponen, pero haci?ndoles solo el caso que en cada circunstancia les debemos otorgar.

Por eso, en los momentos bajos que alguna vez nos aquejan pr?cticamente a todos, a menudo hemos de limitarnos? a dejar que esos ratos o temporadas pasen y, mientras tanto, a no tomar decisi?n alguna.

Con otras palabras: en tales situaciones, lo mejor que podemos hacer ??lo ?nico!? es? no hacer nada y esperar a encontrarnos de nuevo en forma.

Entonces? ?nada!

Pues no es muy distinto lo que sucede con el adolescente? o s? es muy distinto, como prefieran. En realidad, visto desde nuestra perspectiva de adultos, las diferencias son tres y nada irrelevantes:

1. En primer t?rmino, el protagonista del drama ??o de la tragedia!, si nos empe?amos? es una persona distinta a nosotros mismos, sobre la que no tenemos un dominio ni un influjo directo.

2. Adem?s, se trata de alguien que ?no tanto por definici?n, sino por naturaleza: por ser adolescente? se ve sometido a cambios constantes de ?nimo? que a?n no ha aprendido a manejar.

3. Y casi siempre, y ah? comienzan los aut?nticos problemas, pensamos que nuestra responsabilidad consiste en tomar ?por ellos! las decisiones que les permitir?n superar el desasosiego (sobre todo el que generan en nosotros, seamos francos).

3.1. Con el agravante, en primer t?rmino, de que lo que menos quiere y est? dispuesto a permitir un adolescente es que nadie usurpe su lugar? y menos todav?a su padre o su madre: por lo que nuestra pretensi?n de indicarles lo que deben hacer solo consigue inclinarlos m?s decididamente hacia el otro lado de la balanza: a no hacer ni decidir ni decidir-hacer nada, cosa que nos resulta enervante.

Un buen adolescente ?un adolescente que se precie? responder? que no, por principio, tanto a una sugerencia paterno-materna? como a la exactamente contraria: ?para algo es adolescente!

3.2. Y con el gravamen a?adido de que la situaci?n de los adolescentes ?igual que los que calificamos como nuestros momentos de baja? no puede solucionarse? y menos todav?a tomando decisiones? y menos a?n tom?ndolas en lugar de ellos.

Tambi?n ahora es preferible esperar momentos mejores.

?Luego??

Luego hay que armarse de paciencia, de esperanza y de buen humor del bueno, que consiste en no tomarse en serio ni a uno mismo ni a los pu?eteritos adolescentes (expresi?n que emplear?a mi suegro, maestro de buen humor), por m?s que sean nuestros hijos o precisamente por serlo.

Lo cual ?ahora me toca a m? ser sincero? no se presenta ni es demasiado f?cil.

1. No lo es la paciencia, en una ?poca cuya mayor y tal vez la ?nica novedad verdadera es justo la velocidad.

2. No lo es la esperanza, en momentos en que, en buena parte porque dejamos que dirijan nuestra mirada sobre todo a lo que no marcha en el mundo, parece que la civilizaci?n est? al borde del fracaso? igual que los civilizados en ella.

3. Y menos todav?a lo es el buen humor ?la relativizaci?n de lo relativo, comenzando por m? mismo y acabando por todo lo m?o? porque el resto parece que ni siquiera existe?, en una etapa de la historia en que se nos ense?a desde muy peque?os a considerar nuestro ego como el ombligo del mundo.

Por eso, y dando por supuesta una confianza inconmovible en cada uno de nuestros hijos, de los tres consejos apuntados acentuar?a sobre todo el del buen humor, estableciendo como norma pr?cticamente absoluta ?que tambi?n debe afrontarse con buen humor, es decir, relativiz?ndola? que quien no sea capaz de tomarse a s? mismo en broma muy dif?cilmente dar? su justo valor a cuanto con ?l se relaciona y, de manera muy particular, a lo que le sucede a sus hijos.

De lo que concluyo que, para abordar el problema de la adolescencia, aqu? y ahora, la pregunta clave no ha de dirigirse a los hijos, sino precisamente a los padres.

Entre otros motivos, y aunque no sea el de mayor peso, porque los padres ?cada cual y cada cuala el padre o la madre que ?l o ella es? son justo lo que los padres podemos y debemos cambiar: es decir, yo y usted, e invierto el orden que se?ala la buena educaci?n para no eludir responsabilidades.

Las dos preguntas-clave

Para propiciar ese cambio se me ocurren dos preguntas bastante comprometidas, que de nuevo me hago ante todo a m? mismo

1. Cuando nos planteamos educar a nuestros hijos y, m?s en concreto, a nuestros hijos adolescentes, ?realmente perseguimos que ellos acaben siendo como deben o simplemente que no nos den problemas?

Me aconsejo y le aconsejo pensarlo con calma y con hondura, porque solo en funci?n de nuestra respuesta, serena y clara, podremos introducir en nuestras vidas un cambio eficaz? tambi?n para nuestros hijos adolescentes:

1.1. Un cambio de actitud: nuestra y de ellos.

1.2. Un cambio de estado de ?nimo: nuestro y tal vez de ellos.

1.3. Y un cambio de comportamiento: de nosotros hacia ellos (que es lo que est? en nuestras manos) y, ?qui?n sabe!, tal vez de ellos hacia s? mismos y, mucho menos probablemente, de ellos hacia nosotros (lo que, con buen humor y en fin de cuentas, no nos deber?a importar demasiado).

2. La otra gran pregunta, dirigida sobre todo a aquellos cuyos hijos a?n no han llegado a la edad fat?dica, resulta tambi?n muy neta? y comprometida: ?c?mo son tus hijos durante los 10 ? 12 a?os, o 9 si lo prefieres, o al menos 5 ? 6, que preceden hoy d?a a la adolescencia?

O, para centrar mejor la cuesti?n y hacerla m?s operativa: ?qu? has hecho y que haces realmente por tus hijos en los a?os previos a que acabo de aludir?

Porque el sentido com?n se?ala y la experiencia muestra que, salvando la libertad ?fuente siempre de sorpresas?, muy probablemente as?, como nosotros los hayamos orientado, acabar?n siendo nuestros hijos cuando dejen atr?s sus dudas e incertidumbres de adolescente.

Resumiendo

Nos puede costar m?s o menos sangre admitirlo: depende de nuevo de hacia d?nde estemos dirigiendo realmente nuestros intereses. Pero la adolescencia hay que pasarla. Nuestros hijos e hijas tambi?n. Es inevitable y buena, pues, en esencia, consiste en comenzar a ser realmente libres y responsables y, por tanto, capaces de crecer y de merecer.

Solo abandonando y rechazando todos los valores que hasta el momento se han vivido desde otros, y que en la adolescencia se descubren como ajenos, puede una persona hacerlos realmente propios.

Y si nuestros hijos no son capaces ?cuanto antes, mejor, aunque nos duela el desgarro? de vivir su vida, con independencia de nuestros dictados, aunque no de nuestros consejos? somos un fracaso como educadores y como padres.

Los interrogantes sobre la adolescencia se bifurcan, por tanto, hacia adelante y hacia atr?s.

1. Lo que importa y sobre lo que tenemos un cierto imperio es lo que transmitimos a nuestros hijos en esos a?os todav?a tiernos en que son tan deliciosos que hacen libremente? lo que nosotros les indicamos.

2. Y lo que importa m?s todav?a y sobre lo que solo tenemos un influjo muy relativo es lo que lleguen a ser? una vez pasado el per?odo de turbulencia (quer?a decir de la adolescencia).

En la pr?ctica, esto quiere decir que la adolescencia hay que trabajarla mucho antes de que llegue. Antes, incluso, de que nuestros hijos vengan a la vida: aprendiendo a apoyar a nuestro c?nyuge con la misma entrega y exquisitez absolutas con que respetamos su libertad? y entren?ndonos y prepar?ndonos desde entonces para hacer lo mismo con cada uno de nuestros hijos, que, lo digo por si alguien no lo hab?a advertido, ?no suelen nacer ya adolescentes!

Y concluyendo

Nuestros hijos ser?n normalmente lo que hayamos sembrado durante los a?os previos a la adolescencia? y durante la adolescencia misma.

?C?mo?

De menor a mayor importancia:

1. Con nuestras explicaciones, que, si siempre deben ser breves, en la adolescencia est?n de m?s ?y resultan contraproducentes? en cuanto superen las tres palabras? y un n?mero muy limitado de decibelios.

2. Con nuestro comportamiento, sin hacerlo nunca pesar, sino m?s bien logrando que nuestros hijos vean la grandeza de nuestro c?nyuge.

3. Con su conducta: la de nuestros hijos. De nuevo con el m?s radical respeto a la libertad de cada uno, nuestro quehacer educativo solo ser? eficaz cuando ?con conciencia y autonom?a crecientes? el bien que proponemos entre a formar parte de la vida vivida de cada uno de nuestros hijos. Cuando lo vayan poniendo por obra, cada vez m?s libremente: porque les da la gana.

Concretando un poco

Pero lo que verdaderamente sembremos en nuestros hijos depende a su vez, en un tanto por ciento elevad?simo, de lo que, en el fondo-fondo, pretendamos que lleguen a ser.

Y aqu?, de nuevo, el autoenga?o est? a la orden del d?a. El autoenga?o, se sobreentiende, entre quienes queremos hacerlo bien (pues yo me incluyo entre ellos, a todos los efectos? y a todos los defectos).

Normalmente sostendremos sin reparos que lo importante en esta vida es el amor, que una persona vale lo que valen sus amores, que la verdadera educaci?n consiste en ayudar al otro a estar m?s pendiente de los dem?s que de s? mismo? y un buen n?mero de alegatos por el estilo, que desde el fondo del alma estimo que son los ?nicos verdaderos y eficaces.

Pero tambi?n es bastante probable que nuestra conducta diaria desmienta afirmaciones tan encantadoras. Que, por ejemplo, demos m?s importancia a las calificaciones que a la ayuda real que nuestros hijos prestan a sus amigos o hermanos o a la honradez de no poner en un brete, para salir ?l o ella de un posible compromiso, a ninguno de sus compa?eros o compa?eras.

O, para no alargarme demasiado, que identifiquemos subrepticiamente el ser buenos con ser tontos, de modo que en cuanto indiquemos a alguno de nuestros hijos una manera recta de obrar, pero que ponga en peligro algo importante en su vida (en fin de cuenta, las aritm?ticas ??las cuentas! = $$$?), de inmediato a?adamos el truco para no dejarse pisar y para hacer valer sus derechos, no buscando el beneficio propio ??hasta ah? podr?amos llegar!?, sino para que el infractor no cometa las mismas tropel?as con otras pobres v?ctimas.

O, a la hora de ayudar a decidir la carrera universitaria, pongamos un ?nfasis excesivo en las salidas, que equivalen en ?ltima instancia a las entradas ??las cuentas! = $$$?, sin nombrar siquiera la posibilidad de servicio desde la profesi?n en que, a tenor de sus caracter?sticas personales, esa ayuda pueda ser m?s eficaz.

? Y un corolario

Con lo que, en ?ltima instancia, acabamos en lo de siempre. No educamos tanto por lo que hacemos ?con lo que pierde importancia que durante un tiempo no hagamos nada? sino por lo que somos? o luchamos por ser.

Un hijo ??cualquier hijo o hija!? solo puede ser educado por un padre o una madre a los que, simult?neamente, quiere y admira? y por quienes se siente querido y admirado.

Para lo cual no es preciso, sino m?s bien contraproducente (por falso), ser o creerse un superman o una superwoman. Basta con que puedan ver en nosotros a un adulto cabal que:

1. Ama efectivamente, y por encima de todo lo humano, a su propio c?nyuge.

2. Trabaja lealmente, con esp?ritu de servicio.

3. Y lucha por ser mejor persona. Es decir: mejor esposo o esposa, padre o madre, amigo o amiga?

(Soy consciente de dejarme en el tintero la pregunta del mill?n: ?qu? hago si, cuando deb?a, no hice lo que ten?a que hacer, porque casi no fui consciente de que ten?a hijos? justo hasta que llegaron a la adolescencia?


Tom?s Melendo

Catedr?tico de Filosof?a (Metaf?sica)
Director Acad?mico de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de M?laga

Publicado por mario.web @ 14:01
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