Domingo, 17 de abril de 2011
Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los Obreros de San Pedro Sula, 8 de marzo de 1983, durante el viaje apost?lico a Am?rica Central. En ?l se pronuncio sobre la industrializaci?n y el trabajo de los obreros y su dignidad a la luz de la ense?anza soc
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Discurso a los Obreros de San Pedro Sula
Discurso a los Obreros de San Pedro Sula
VIAJE APOST?LICO A AM?RICA CENTRAL

DISCURSO EL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBREROS DE SAN PEDRO SULA

Martes 8 de marzo de 1983



Por la brevedad de mi permanencia en estos pa?ses no he podido reunirme por separado con los obreros, que he ido encontrando a lo largo de mi visita apost?lica dispersos entre el Pueblo de Dios. Por eso, en este significativo lugar de San Pedro Sula, entregar? ahora a representantes de obreros un mensaje escrito, que dirijo a todos los obreros de Am?rica Central, Belice y Hait?, acompa?ando de un cordial?simo y reiterado saludo para ellos y sus familias, a la vez que los bendigo de coraz?n.

Testo del mensaje

Queridos obreros,

1. En el marco de mi viaje apost?lico por tierras del ?rea geogr?fica centroamericana, env?o a vosotros, obreros y obreras de los diversos pa?ses, un cordial recuerdo y saludo, que extiendo a vuestras familias.

Es verdad que esta zona del mundo presenta caracter?sticas prevalentemente rurales. Sin embargo, la industrializaci?n todav?a incipiente, que vuestros pueblos est?n llamados a lograr en mayor grado, en un futuro no lejano, me hace pensar en el importante papel que tendr?is como constructores de la sociedad en vuestras naciones.

Deseo por ello compartir con vosotros algunas reflexiones sobre vuestro trabajo y dignidad, a la luz de la ense?anza social de la Iglesia.

2. Debe respetarse la dignidad de todo trabajador y debe garantizarse el valor de su trabajo, todos los que est?n comprometidos en los procesos laborales habr?n de convenir en la prioridad del trabajo sobre el capital como camino hacia el desarrollo industrial de estas naciones (cf. Laborem Exercens, 12).

Ninguno ignora que muchas de las condiciones actualmente existentes son injustas; que las estructuras econ?micas no sirven al hombre; que tantas situaciones reales no elevan la dignidad humana; que la naciente industrializaci?n crea ya un cierto grado de desempleo, particularmente da?oso para la juventud. La tarea que se impone es la de afrontar honestamente la complejidad de estos problemas en el plano econ?mico social, pero m?s a?n en el plano humano y cultural.

Al proponer estos objetivos no se quiere simplemente acusar a un sistema, ni efectuar una especie de an?lisis de clase que contraponga una ideolog?a a otra. La Iglesia habla partiendo de una visi?n cristiana del hombre y de su dignidad. Porque est? convencida de que no hay necesidad de recurrir a ideolog?as o proponer soluciones violentas, sino comprometerse en favor del hombre, de cada hombre y de todos los hombres, de su dignidad integral, partiendo del Evangelio. Asumiendo para ello el valor humano y espiritual del hombre en cuanto trabajador, que tiene derecho a que el producto de su trabajo contribuya equitativamente a su propio bienestar y al bienestar com?n de la sociedad.

Es cierto que el trabajador no siempre ha tenido la oportunidad de llegar a un suficiente desarrollo; por eso debe ser ayudado, t?cnica y culturalmente, a capacitarse para lograrlo, a fin de liberarlo de las injusticias y darle los medios para conseguir esta contribuci?n al bienestar propio y ajeno, en armon?a y paz con los otros sectores del mundo del trabajo.

3. Para que ello pueda obtenerse progresivamente habr? que desarrollar los sistemas y procesos que est?n de acuerdo con el principio de la prioridad del trabajo sobre el capital, implantando estructuras y m?todos que superan la contraposici?n entre trabajo y capital (cf. Laborem Exercens, 13).

La opci?n que se pone ante nosotros no es la del status quo o la lucha ideol?gica de clase, con su correspondiente violencia. La Iglesia se dirige a los corazones y a las mentes, y sobre todo a la capacidad de cambio que existe en todos. El modo de acabar con la violencia de la oposici?n de clases, no es ignorar las injusticias, sino corregirlas, como la Iglesia reclama insistentemente en su ense?anza social.

Por eso ella propone como medio el estudio de nuevos modos de organizaci?n del trabajo y de las estructuras referentes al trabajo, seg?n las exigencias que emergen de la dignidad del trabajador, de su vida en familia y del bien com?n de la sociedad; sobre todo en una sociedad que comienza a industrializarse, y donde puede ser fuerte la tentaci?n de dejar que las fuerzas del mercado sean el factor determinante en el proceso productivo. En tal caso se llega a una inaceptable reducci?n de la persona del trabajador a la condici?n de objeto.

Al contrario, la Iglesia siempre ense?a que todo esfuerzo de progreso social debe respetar el car?cter prevalentemente subjetivo de la persona y de su trabajo, es decir, ?cuando toda persona, bas?ndose en su propio trabajo, tenga pleno t?tulo a considerarse al mismo tiempo ?copropietario? de esa especie de gran taller de trabajo en el que se compromete con todos? (Ib?d.. 14).

Cada persona y las distintas organizaciones de la sociedad deben colaborar; a encontrar o crear estructuras sociales que ayuden a eliminar injusticias y asegurar estos objetivos. Ante todo las asociaciones o sindicatos constituidos a este fin y que, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, deben gozar de la conveniente libertad de acci?n, de manera que respondan lo m?s adecuadamente posible a las necesidades de la sociedad.

4. En tema laboral, la primera e indispensable condici?n es el justo salario, que constituye el patr?n para medir la justicia de un sistema socioecon?mico (cf. Laborem Exercens, 19). Son, sin embargo, varios los elementos que componen el justo salario y que van m?s all? de la mera remuneraci?n por un trabajo espec?fico realizado.

El justo salario incluye obviamente esto como base, pero considera en primer lugar y ante todo al sujeto, es decir al trabajador. Lo reconoce como socio y colaborador en el proceso productivo y lo remunera por lo que ?l es en dicho proceso, adem?s de por lo que ha producido. Ello debe tener en cuenta, naturalmente, a los miembros de su familia y sus derechos, af?n de que puedan vivir de manera digna en la comunidad y as? puedan tener las debidas oportunidades para el propio desarrollo y mutua ayuda.

El justo salario tiene que considerar al trabajador y su familia como colaboradores en el bien de la sociedad. Y su salario debe ser tal que el trabajador y su familia puedan disfrutar de los beneficios de la cultura, d?ndoles tambi?n la posibilidad de contribuir por su parte a la elevaci?n de la cultura de la naci?n y del pueblo.

Llevar esto a cabo no es una tarea f?cil. Adem?s no compete s?lo a dos personas estipular los relativos contratos. La determinaci?n del justo salario exige tambi?n la activa colaboraci?n del empresario indirecto. Las estructuras del gobierno deben tener su parte equilibradora. Porque no es aceptable que el poderoso obtenga grandes ganancias, dejando al trabajador unas migajas. Ni es aceptable que gobierno y empresarios, sean de dentro o de fuera del pa?s, estipulen acuerdos entre s? mismos, beneficiosos para ambos, excluyendo la voz del trabajador en este proceso o su participaci?n en los beneficios.

El objetivo es, por ello, una tal organizaci?n del mundo del trabajo y de la industria que los canales de la comunicaci?n y participaci?n est?n asegurados. Entonces, utilizando estos canales, todos los trabajadores, dirigentes, propietarios de los medios de producci?n y gobierno deben colaborar para llegar a la irrenunciable meta de un justo salario, que incluya todos los factores necesarios que garantizan la justicia al trabajador en el sentido m?s pleno y profundo (cf. Ib?d.. 14). Solamente cuando cada uno de los componentes asumen su propia responsabilidad, en colaboraci?n con los otros, puede la sociedad ir m?s all? de polarizaciones de ideolog?a y lucha de clases, para asegurar el crecimiento arm?nico del trabajador, de la familia y sociedad.

5. Hay otros dos problemas, distintos pero relacionados entre s?, sobre los que querr?a llamar brevemente la atenci?n. Son los del analfabetismo y del desempleo. Afrontar estos problemas, quiere decir ante todo hacerse conscientes de la situaci?n y movilizar luego los recursos disponibles para extirpar tales males. Significa tambi?n mantener dentro de las dimensiones humanas el problema del trabajo, considerando todos los valores culturales y religiosos del hombre.

Un necesario programa de eliminaci?n del analfabetismo deber? conducir a todo ciudadano hacia la cultura, prepar?ndolo para que tenga la oportunidad de participar en la direcci?n de la sociedad y pueda desplegar sus energ?as creadoras, para contribuir a la herencia com?n de su pa?s. Ello redundar? en bien de la persona, de la familia y de la sociedad.

Este objetivo deber? estar en la base de cualquier programa de elevaci?n humana, ya que es una de las primeras exigencias de la dignidad del hombre y condici?n previa para su posterior progreso en cualquier campo.

El problema del desempleo es una lacra de nuestro mundo, debido a diversas causas econ?micas y pol?ticas. Tambi?n a la Iglesia preocupa este problema, que tiene un significado no s?lo social o econ?mico, sino tambi?n personal, psicol?gico y humano, porque humilla a la persona a sus propios ojos, le provoca un cierto sentimiento de inutilidad e indefensi?n, constituyendo una experiencia dolorosa, sobre todo para los j?venes y los padres de familia.

Hay que tender con todas las fuerzas sociales disponibles a integrar a todo trabajador en las diversas actividades del trabajo productivo. Y ser? quiz? oportuno separar una parte de beneficios laborales, para convertirlos en nuevos puestos de trabajo en favor de los desocupados. Adem?s de tratar de promocionar actividades que est?n tambi?n unidas al sistema productivo, como la asistencia social, los proyectos de educaci?n y cooperaci?n, las iniciativas culturales y otras.

6. Amados obreros: La Iglesia desea para vosotros y quiere ayudaros, en lo que de ella depende, a lograr metas m?s altas de justicia y dignidad. Desea vuestro bienestar material y el de vuestras familias. Pero no hay que detenerse ah?. Sois seres humanos con vocaci?n que supera la vida terrena. Por eso os alienta a abriros a Dios, a acoger y seguir la ense?anza y ejemplos de Cristo. A vivir responsablemente vuestra fe cristiana como hijos de Dios y de la Iglesia.

Pido para vosotros la luz, la fortaleza, la esperanza y la valent?a de la fe. Y dejo a vosotros, a todos los obreros de los pa?ses que he visitado en estos d?as y a vuestras familias, mi saludo afectuoso, mi bendici?n y mi cordial recuerdo.
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Publicado por mario.web @ 20:22
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