Lunes, 18 de abril de 2011

Fuente: arcol
Autor: Alejandro Gonz?lez Varas

Occidente duerme bajo las s?banas de un nuevo fantasma que lo arrulla. Es el relativismo, su nuevo se?or. Le hace so?ar en que no tiene por qu? haber conceptos universalmente aceptados. Todo es relativo y discutible. Mientras vela su reposo le continuar? cantando suavemente, no sea que despierte, que no puede existir una verdad objetiva ni un punto de coincidencia com?n en el pensamiento o valoraci?n de la realidad.
De pronto llama a la puerta de la alcoba un fen?meno parad?jico: el hombre relativista reclama un respeto a su sistema de valores. No acepta injerencias ni de otras personas ni de los poderes p?blicos, lo que podr?a llegar incluso a una negaci?n del Derecho. Pero, al mismo tiempo, los hechos demuestran que hacen falta reglas que ordenen la convivencia de tan dispares sujetos. Por eso se reclama la intervenci?n de un tercero que ponga el orden necesario. Este sujeto se identifica con el Estado, que est? llamado a actuar a trav?s de las normas jur?dicas para conseguir ese fin. Se exalta lo privado, pero se requiere la intervenci?n p?blica.

Ahora bien, no se puede legislar de cualquier modo. La moral y el Derecho se han de separar porque cualquier coincidencia entre ellos puede dar lugar a que se cuestione la laicidad o neutralidad religiosa de los poderes p?blicos. Dentro de esta dispersi?n ?tica y moral, incluso se entiende que las religiones tradicionales que proponen un concepto concreto de divinidad, de hombre, y de Verdad, son una amenaza de car?cter totalitario.
Sin embargo, este planteamiento no parece tener en cuenta dos cosas. La primera consiste en que hay valores religiosos que se han convertido en verdadera cultura civil, por lo que alejarse de ellos conllevar?a negar a la propia sociedad que, de modo consciente o no, nace y crece sobre ellos. Por otra parte, la verdadera neutralidad es dif?cil que exista porque toda decisi?n pol?tica y jur?dica se fundamenta en alg?n valor. En otros t?rminos, resulta el fruto de una elecci?n basada en que lo elegido es mejor que lo descartado, y all? hay un juicio de valor. La verdadera neutralidad, por tanto, es dif?cil que exista. Lo que sucede es que el lugar que antes ocupaba el elemento moral o religioso como punto de referencia valorativo queda sustituido por las ideolog?as. Recordemos, como indica Rafael Navarro Valls, que el dogmatismo ideol?gico es tan poco neutral como el dogmatismo religioso.

Si se entiende que el legislador no dispone de asideros conceptuales, ?ticos ni morales estables ?cu?l es la pauta de conducta para adoptar decisiones? Se considerar? v?lida cualquier decisi?n adoptada seg?n el criterio de las mayor?as, independientemente de su contenido.
Se produce en este punto del discurso una nueva paradoja: el aspecto procedimental se eleva al principal grado de importancia, qued?ndole subordinado lo material o sustancial. El resultado es que el legislador adquiere un poder omn?modo. Como indica Lo Castro, el Derecho adquiere una dimensi?n ?autorreferencial?, es decir, depende s?lo de s? mismo o, lo que es lo mismo, del poder que lo crea. El legislador puede transformar o sepultar principios e instituciones ?como el matrimonio o la familia- porque nada es definitivo ni inmutable. Basta que se proceda de acuerdo con la regla de las mayor?as para legitimar la decisi?n. Con ello el Derecho positivo puede ocupar c?modamente el lugar que antes ten?a reservado el Derecho natural.

Esta situaci?n produce, entre otros efectos, el fen?meno de las objeciones de conciencia. Se presenta como el vapor a presi?n que escapa de una olla express. Un incumplimiento de una norma cuyo obligatorio contenido llega a lesionar la libertad religiosa y de conciencia del ciudadano.
A estas consideraciones considero conveniente unir un ?ltimo punto de reflexi?n. La norma jur?dica aprobada seg?n las oportunas reglas procedimentales adquiere un evidente efecto legitimador. Si se aprueba o despenaliza una acci?n, lo normal ser? pensar que, en realidad, era buena o, al menos, no tal mala como se cre?a en un principio. El car?cter instrumental del Derecho sigue existiendo, s?lo que cambiado de signo: no es ya un modo de expresar los valores de la sociedad destinados al logro de la justicia y de la limitaci?n del poder pol?tico, sino una expresi?n de los criterios pol?ticos que buscan, a trav?s del Derecho, la transformaci?n de la ?tica a su medida.
El relativismo presenta un alcance amplio. Adoptar como punto de partida que una realidad puede no puede ser valorada de un ?nico modo genera la imposibilidad de establecer l?mites externos al poder con los riesgos que presenta.

El Derecho can?nico ten?a raz?n. Cuando comenz? a emplear en la edad media el principio mayoritario para adoptar decisiones, lo hizo pensando en que la mayor?a estaba al servicio de la verdad. Como dec?a el jurista del siglo XIII Sinibaldo dei Fieschi -posteriormente Inocencio IV- la mayor?a existe porque per plures melius veritas inquiritur. Es decir, porque a trav?s de ella se puede descubrir mejor la verdad.


Alejandro Gonz?lez Varas, es Profesor de Derecho P?blico en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza


Publicado por mario.web @ 19:19
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