Mi?rcoles, 20 de abril de 2011
Conferencia del Card. Paul Poupard, pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla, como acto central de la Semana de Santo Tom?s de Aquino, el 25 de enero de 1996.
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La inteligencia y la cultura
La inteligencia y la cultura
Quisiera comenzar haciendo referencia al libro del Papa Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la Esperanza. El cap?tulo cuarto se titula: ??Hay de verdad un Dios en el Cielo?? La pregunta es muy interesante, sobre todo si se observa c?mo se la plantea al Papa el periodista que edita el libro, Vittorio Messori. Le dice literalmente: ?Santidad, situ?ndonos en una perspectiva s?lo humana ?si eso es posible, al menos moment?neamente?, ?puede el hombre, y c?mo, llegar a la convicci?n de que Dios verdaderamente existe?? (Plaza y Jan?s, Barcelona 1994, p. 49). La actualidad de la pregunta es innegable, y es muy interesante la respuesta que da el Papa. El Santo Padre sostiene con un gran ?nfasis que ?la respuesta a la pregunta An Deus sit? no es s?lo una cuesti?n que afecte al intelecto; es, al mismo tiempo, una cuesti?n que abarca toda la existencia humana [...], m?s a?n, es una cuesti?n del coraz?n humano (las raisons du coeur de Blas Pascal)? (p. 52).

Ahora bien, sin quitarle al tema, en lo m?s m?nimo, su car?cter existencial, el Papa afirma tambi?n que el pensamiento humano, la especulaci?n humana, est? en condiciones de decir algo v?lido sobre Dios, tal y como recuerda la Constituci?n conciliar Dei Verbum sobre la Divina Revelaci?n en su n?mero tres. A fin de cuentas, ya el Libro de la Sabidur?a y la Carta a los Romanos indican este camino. Y por ello, el mismo Santo Tom?s, no abandona la v?a de los fil?sofos, sino que inicia la Summa Theologiae con la pregunta: An Deus sit?, ?existe Dios? (cfr. I, q. 2, a. 3).

Para el Papa, el intento filos?fico de Santo Tom?s de llegar a Dios, es v?lido y hasta provechoso, y lo defiende con las siguientes palabras:

?Pienso que es injusto considerar que la postura de Santo Tom?s se agote en el solo ?mbito racional. Hay que dar la raz?n, es verdad, a ?tienne Gilson cuando dice con Tom?s que el intelecto es la creaci?n m?s maravillosa de Dios; pero eso no significa en absoluto ceder a un racionalismo unilateral. Tom?s es el esclarecedor de toda la riqueza y complejidad de todo ser creado, y especialmente del ser humano. No es justo que su pensamiento se haya arrinconado en este per?odo posconciliar; ?l realmente, no ha dejado de ser el maestro del universalismo filos?fico y teol?gico. En este contexto deben ser le?das sus quinque viae, es decir, las cinco v?as que llevan a responder a la pregunta An Deus sit??.

Como se ve, la respuesta del Papa a la pregunta de Messori es rica y matizada. Pone de manifiesto el car?cter vital de la cuesti?n, y al mismo tiempo mantiene el valor que la tradici?n siempre le ha reconocido al intelecto humano, reconoci?ndole la capacidad de llegar hasta Dios, de llegar hasta el Dios verdadero, incluso si nos situamos, como dice Messori, ?en una perspectiva s?lo humana?. La respuesta del Papa es, pues, muy equilibrada. Por ello, se experimenta una cierta sorpresa cuando se lee la pregunta que da inicio al cap?tulo siguiente. Messori, con la incisividad propia del periodista, ?vuelve a la carga? dici?ndole al Papa:

?Perm?tame una peque?a pausa. No discuto, es obvio, sobre la validez filos?fica, teor?tica, de todo lo que acaba de exponer; pero ?esta manera de argumentar tiene todav?a un significado concreto para el hombre de hoy? ?Tiene sentido que se pregunte sobre Dios, Su existencia, Su esencia?? (p. 53; el nuevo cap?tulo al que da inicio esta pregunta se titula: ?"Pruebas", pero ?todav?a son v?lidas??).

Estas preguntas, situadas en su contexto, me parece que introducen maravillosamente nuestro tema. Lo que en ellas se pone en cuesti?n es el alcance de la inteligencia humana. Se pone en cuesti?n, de modo radical, la capacidad de la inteligencia humana de llegar a Dios. Y para ello se apela al ?hombre de hoy?, un hombre que quiz?s no ve siquiera el sentido de plantearse una pregunta que trasciende su existencia concreta para elevarse hasta el conocimiento del Creador.

1. La espiritualidad de la inteligencia en los cl?sicos y la crisis de lo racional.

Debo decir que a m? esta puesta en duda de la capacidad de la inteligencia humana me ha impresionado siempre, y de modo profundo. Para los cl?sicos, estaba fuera de toda duda la dignidad de la inteligencia, esta facultad maravillosa del hombre, cuyo car?cter espiritual parec?a a todos casi evidente. Con el cristianismo, se va a?n m?s lejos, y se descubre la inteligencia como imagen creada del Verbo eterno del Padre. Los grandes te?logos de la Edad Media exaltan la inteligencia, y al contemplar hoy retrospectivamente sus obras nos da la impresi?n de que caen en un intelectualismo excesivo. Sin embargo, tiene toda la raz?n el Papa cuando dice que no ceden a un ?racionalismo unilateral?, porque este aprecio del intelecto no significa el m?s m?nimo desprecio por el resto de las dimensiones que configuran la totalidad de la persona humana. En la inteligencia, simplemente, se ve algo sublime, algo que es espiritual de modo indudable, algo cuya espiritualidad se puede intuir casi, y experimentar incluso, en la maravilla de nuestra vida intelectiva.

Hay que precisar, que este car?cter espiritual de la inteligencia, en el que la Escol?stica pone tanto ?nfasis, no es reduccionista. La espiritualidad no viene reducida a la inteligencia, aunque es la inteligencia el primer paso, el primer pelda?o, para llegar a descubrir el nivel espiritual del hombre, as? como el mejor aval para concebirlo de modo correcto. En la inteligencia, el hombre medieval ?toca? casi con la mano el nivel espiritual; ello le llena de gozo, y en consecuencia le hace exaltar sobremanera las excelencias de la inteligencia. Pero al mismo tiempo, es siempre bien consciente de que la inteligencia es una mera facultad del alma, una simple ?potencia operativa?. Es m?s, la inteligencia no es ni siquiera la ?nica facultad espiritual del alma; est? tambi?n la voluntad, unida a la inteligencia en intim?sima relaci?n. Pero una vez admitido que en el hombre hay una facultad de orden espiritual, lo que queda elevado al nivel espiritual es todo el hombre, en su alma y en su cuerpo, porque una potencia operativa espiritual s?lo puede inherir en un alma espiritual, y el alma es forma del cuerpo en unidad de sustancia. De este modo, la exaltaci?n medieval de la inteligencia, no es en el fondo m?s que una exaltaci?n de la espiritualidad del hombre.

Es delicioso comprobar c?mo se refleja esta concepci?n del hombre en los escritos de los m?sticos espa?oles del Siglo de Oro, como Santa Teresa de Jes?s y San Juan de la Cruz. Santa Teresa habla con toda naturalidad de las ?potencias del alma?, refiri?ndose a la inteligencia y a la voluntad, y cuenta c?mo Dios ?toca? estas potencias cuando viene a su encuentro en la experiencia m?stica. Permitidme que os cite, por el encanto especial que tienen, las palabras con que Santa Teresa describe en el Libro de la Vida lo que ella llama ?oraci?n de uni?n?:

?Par?ceme este modo de oraci?n uni?n muy conocida de toda el alma con Dios, sino que parece quiere Su Majestad dar licencia a las potencias para que entiendan y gocen de lo mucho que obra all?.

?Acaece algunas y muy muchas veces, estando unida la voluntad [...], vese claro y enti?ndese que est? la voluntad atada y gozando; digo que "se ve claro", y en mucha quietud est? sola la voluntad, y est? por otra parte el entendimiento y memoria tan libres, que pueden tratar en negocios y entender en obras de caridad.

?[...] La memoria queda libre, y junto con la imaginaci?n deve ser; y ella, como se ve sola, es para alabar a Dios la guerra que da y c?mo procura desasosegarlo todo. A m? cansada me tiene y aborrecida la tengo, y muchas veces suplico a el Se?or, si tanto me ha de estorbar, me la quite en estos tiempos? (cap. 17, n. 3-5: Efr?n de la Madre de Dios y Otger Steggink [ed.], Obras completas, 8? ed., BAC, Madrid 1986, pp. 96-98).

Creo que apenas habr? quien no se sienta como ?ganado? por estas palabras tan simp?ticas de la Santa de ?vila. La concepci?n del hombre que en ellas se trasluce no peca de reduccionista, porque el hombre no queda reducido a sus ?potencias?; antes bien, el alma es todo un castillo interior delicad?simo, con infinidad de estancias o moradas, en las cuales la luz amorosa de la presencia divina sabe arrancar un sinf?n de dulc?simos destellos. Es todo un mundo interior el que subyace a lo que experimentamos en el ejercicio cotidiano de nuestra facultad intelectiva; y este mundo, aunque invisible a los sentidos, e incluso a nuestra vida interior cotidiana, es completamente real. Cito de nuevo a la Santa de ?vila, y esta vez tomando las palabras de su obra cumbre, las Moradas del castillo interior. Dice as? en su primer cap?tulo:

?Estando hoy suplicando a nuestro Se?or hablase por m? [...] se me ofreci? lo que ahora dir? para comenzar con alg?n fundamento, que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ans? como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un para?so adonde dice El tiene sus deleites.

?[...] No es peque?a l?stima y confusi?n que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mesmos ni sepamos qui?n somos. ?No ser?a gran ignorancia, hijas m?as, que preguntasen a uno qui?n es y no se conociese ni supiese qui?n fue su padre, ni su madre, ni de qu? tierra?

?Pues si esto ser?a gran bestialidad, sin comparaci?n es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qu? cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y ans?, a bulto, porque lo hemos o?do y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas; mas qu? bienes puede haver en esta alma u qui?n est? dentro en esta alma u el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos, y ans? se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura; todo se nos va en la groser?a del engaste u cerca de este castillo, que son estos cuerpos? (cap. 1, n? 1-2: loc. cit., pp. 472-473).

Vale la pena remontarse a esta concepci?n cristiana de la persona humana, antes de considerar el cambio de perspectiva que se produce en la Edad Moderna. En la Edad Media, los t?rminos rationale y spirituale son pr?cticamente equivalentes, porque lo racional es espiritual y viceversa. As?, no hay ning?n problema en llamar rationale lumen a la iluminaci?n del Esp?ritu. En cambio, hoy en d?a, no s?lo se aprecian grandes diferencias de significado, sino que el t?rmino ?racional? se ha cargado de connotaciones negativas. Lo ?racional?, lo ?conceptual? y ?abstracto? dan la impresi?n de referirse a un conocimiento viciado, a un conocimiento que no llega a la realidad de las cosas porque trata de aferrarla con conceptos abstractos, inadecuados para la riqueza de lo real. Lo conceptual parece puramente teor?tico, como una malla que al tratar de aprehender lo real lo deforma irremisiblemente. Frente a lo racional tendr?a la primac?a el conocimiento experiencial, concreto, sensible; el conocimiento por connaturalidad que se manifiesta en los sentimientos ?ntimos; el conocimiento m?stico o suprarracional al que se llega por el amor humano o por la experiencia religiosa. De estos niveles de conocimiento, lo racional quedar?a irremisiblemente excluido. La situaci?n podr?amos resumirla diciendo que en nuestro modo de pensar corriente la raz?n est? siempre bajo sospecha, como un acusado en el banquillo al que se le exige que d? pruebas de su inocencia.

2. El conocimiento cient?fico y la b?squeda sapiente de sentido.

La consecuencia de todo esto, a poco que reflexionemos, es bien curiosa. Vivimos en una cultura altamente sofisticada, en la que todo est? estudiado, pesado, medido. El conocimiento cient?fico que hemos logrado de la realidad se refleja en un avance tecnol?gico poderos?simo, que pone en nuestras manos posibilidades infinitas de control de nuestro entorno. En la sociedad moderna, no hay actividad humana que se realice sin una complej?sima labor de planificaci?n previa, que revele y sopese los pros y los contras de todas y cada una de las maniobras previstas. Hemos llegado a tener compa??as de seguros ?hasta para morirnos! Y bien, en esta sociedad en que la raz?n ocupa un puesto tan primordial, yo dir?a incluso que central, parece que el hombre se sintiera impotente para dar, con su entendimiento, con ese entendimiento que tanto hace trabajar a diario, un peque?o salto metaf?sico, una ligera elevaci?n que le permita el acceso a los niveles m?s profundos de la realidad.

Existe un p?rrafo de la Constituci?n Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, que, con toda delicadeza, invita precisamente a los hombres de nuestro tiempo a prestar atenci?n a los niveles profundos de la realidad, niveles que se revelan especialmente cuando se toma en consideraci?n la constituci?n de la persona humana. Son estas las palabras del Concilio:

?No se equivoca el hombre cuando se reconoce superior a las cosas corporales y se considera algo m?s que una part?cula de la naturaleza o un elemento an?nimo de la ciudad humana. Por su interioridad, es superior al universo entero; a estas profundidades retorna cuando se vuelve a su coraz?n, donde le espera Dios, que escruta los corazones [cf. 1 Re 16,7; Jer 17,10], y donde ?l solo decide su propio destino ante los ojos de Dios. As?, pues, al reconocer en s? mismo un alma espiritual e inmortal no es v?ctima de un falaz espejismo, procedente s?lo de condiciones f?sicas y sociales, sino que, al contrario, toca la verdad profunda de la realidad? (n? 14).

En el fondo, somos bien conscientes de que la realidad tiene niveles profundos. Por ejemplo, confiamos mucho, y con raz?n, en el poder de la ciencia. Algunas de sus conquistas m?s sobresalientes pertenecen al patrimonio de nuestra cultura moderna, y ello nos llena de leg?timo orgullo. Es m?s, algunos desarrollos de la ciencia, de naturaleza especialmente te?rica, y por ello m?s admirables, nos han permitido liberarnos para siempre de viejos t?picos, propios de la natural ingenuidad humana, y conocer m?s de cerca la colosal complejidad de las cosas, en la cual, a pesar de todo, nuestro entendimiento es capaz de hacer alguna luz, conociendo con certeza algo v?lido y demostrable sobre nuestro mundo, desde sus remotos or?genes, hasta la m?s peque?a part?cula subat?mica. Sin embargo, al mismo tiempo, se constata que a esta relaci?n con el mundo que la ciencia promueve, le falta algo, porque no acierta a conectarse con la m?s intr?nseca realidad de las cosas. De hecho, estamos cayendo en la cuenta de que la moderna cosmovisi?n cient?fica ?es m?s una fuente de desintegraci?n y de dudas que de integraci?n y sentido?. As? lo constababa hace poco m?s de un a?o el Presidente de la Rep?blica Checa, Vaclav Havel, en un art?culo aparecido en un peri?dico espa?ol: ?Pese a que en la actualidad sabemos inconmensurablemente m?s sobre el universo que nuestros antecesores, parece cada vez m?s claro que ellos sab?an algo que a nosotros se nos escapa? (?El doloroso parto de una nueva era?, Diario El Mundo, Madrid, 23-IX-1994).

De manera que, en este final de siglo, el progreso de la ciencia, por un lado, nos hace mirar con optimismo las virtualidades de la inteligencia humana; pero, por otra parte, se va haciendo cada vez m?s evidente que necesitamos cultivar urgentemente una sabidur?a superior, que vaya m?s all? de la ciencia, que humanice nuestra vida, y que responda a la plenitud de las exigencias de nuestra naturaleza espiritual. La Constituci?n Gaudium et spes, ya citada, expresaba esta tensi?n parad?jica propia de nuestro tiempo en su n?mero quince, que, por su inter?s, reproduzco en su integridad:

?Tiene raz?n el hombre, part?cipe de la luz de la mente divina, al creerse, por su inteligencia, superior al universo de las cosas. Con el ejercicio infatigable, siglo tras siglo, de su propio ingenio, ha progresado grandemente en las ciencias emp?ricas y en las artes t?cnicas y liberales, y en la era actual ha obtenido ?xitos extraordinarios, sobre todo en la investigaci?n y dominio del mundo material. Siempre, sin embargo, supo buscar y encontrar una verdad m?s profunda, ya que su inteligencia no se limita exclusivamente a lo fenom?nico, sino que es capaz de alcanzar con verdadera certeza la realidad inteligible, a pesar de que, como consecuencia del pecado, se encuentre parcialmente d?bil y a oscuras.

?Hay que a?adir que la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona, y se debe perfeccionar, por la sabidur?a, que atrae suavemente a la mente humana hacia la b?squeda y el amor de la verdad y del bien. Guiado por ella, el hombre por medio de las cosas visibles es llevado a las invisibles.

?Nuestra ?poca, mucho m?s que los siglos pasados, tiene necesidad de esa sabidur?a para humanizar todos los descubrimientos que el hombre va haciendo. Est? en peligro el destino futuro del mundo si no se logra preparar hombres dotados de mayor sabidur?a. Y n?tese a este prop?sito que muchas naciones, m?s pobres, ciertamente, que otras en recursos econ?micos, pero m?s ricas en esta sabidur?a, pueden ofrecer a las dem?s un servicio incalculable.

?Finalmente, por un don del Esp?ritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y gustar el misterio del plan divino?.

3. Hacia la superaci?n de los irracionalismos.

El Concilio parte de las potencialidades humanas de la raz?n, y termina aludiendo a su capacidad de ser elevada por el Esp?ritu Santo para comprender los mismos misterios divinos. Ahora bien, ?c?mo asume el hombre de hoy estos desaf?os que tiene planteados en cuanto persona inteligente? ?C?mo se plantea la cuesti?n del sentido de su vida? ?Qu? es lo que se considera hoy como ?nivel profundo? de la realidad, y de qu? modo se intenta hoy vivir a ese nivel?

Un an?lisis pormenorizado de estas importantes cuestiones desbordar?a por completo el marco de mi intervenci?n. Pero querr?a resaltar al menos un aspecto que sin duda est? presente; a saber, una especie de ?vagabundeo espiritual?. El hombre de hoy con frecuencia est? embarcado en una b?squeda de experiencias dadoras de sentido, pero en su traves?a carece de ?puntos de anclaje?, de espacios en que sea seguro para ?l ?echar el ancla? y ganar en estabilidad, porque desconf?a de los puntos de apoyo que le han llegado por medio de la tradici?n. Se siente impulsado por una verdadera hambre de lo divino y de lo rec?ndito, pero ?sta le lleva con frecuencia a un sentimentalismo fide?sta, e, incluso, a lo que se ha dado en llamar ?religiosidad salvaje?. Aunque saciado suficientemente en sus necesidades materiales ?gracias a una calidad de vida siempre creciente? siente sin embargo una sed de algo m?s que no sabe c?mo apagar, y que, llegado a un cierto punto, le hace sentirse como una olla a presi?n que puede saltar en cualquier momento.

No quiero detenerme en describir los diversos modos en que se produce esta b?squeda del hombre de hoy. Cualquiera de Vds. podr?a hacer, desde su punto de vista, y desde su experiencia personal, una ilustraci?n de este fen?meno, que nos enriquecer?a a todos con nuevos datos y con una visi?n m?s completa y matizada del problema. Por mi parte, lo ?nico que quiero decir, es esto: ante este fen?meno de insatisfacci?n y de b?squeda de algo m?s, ?no es hora de que empecemos a pensar con la cabeza?

Me explico. Creo que uno de los problemas m?s serios del momento actual es un cierto irracionalismo, que nos puede bloquear a la hora de buscar las soluciones que nuestra cultura necesita en este momento de crisis. No quiero pedir con esto la vuelta a un racionalismo desfasado; pero s? a un uso serio de la raz?n. La raz?n, con la cual nacemos equipados al nacer, es una facultad maravillosa, perfectamente adaptada a la soluci?n de los problemas humanos, con tal de que la sepamos usar como se debe, y tributarle el respeto que se merece. No ganamos nada con humillarla. Ciertamente, es necesario un sano realismo a la hora de aceptar los l?mites humanos de nuestra capacidad de comprensi?n de las cosas, en especial de aqu?llas que m?s nos desbordan, y de las cuales nuestro conocimiento humano ser? siempre confuso, aunque no por ello falso: un conocimiento puede ser confuso, en el sentido de poco preciso, sin dejar por ello de ser verdadero. Sin embargo, esta humildad ante los l?mites de nuestras capacidades, no deber?a impedir en nosotros la actitud de un sano realismo ante el mundo, un sentirnos capaces de afrontar la realidad tal y como es, sin complejos pesimistas, y sin sue?os idealistas. ?Qu? sentido tiene, me pregunto, en este momento de la historia, seguir insistiendo en la endeblez de nuestro pensamiento? Y no s?lo porque no sea productivo, sino porque, ante todo, no es verdad que nuestro pensamiento sea un pensamiento d?bil. La inteligencia humana es capaz de mucho. Soy consciente de hallarme ante un auditorio plural; pero me atrevo a proponer, con todo respeto, la siguiente afirmaci?n: la inteligencia humana es capaz, incluso, de atisbar, como causa suprema de la creaci?n, como fundamento ?ltimo de su ser y de su armon?a, la majestad infinita de Dios.

Pero no es ?ste el punto ?ltimo al que quer?a llegar. La capacidad de la inteligencia humana de llegar a Dios ?que para los cat?licos es un dogma de fe, dogma definido en el Concilio Vaticano Primero (Dei Filius, cap. 2: Denzinger, n? 3004 y 3026) y reafirmado en el Concilio Vaticano Segundo (Dei verbum, n? 6: Denzinger, n? 4206)? es, si quer?is, s?lo un caso particular de las posibilidades del intelecto humano. Lo verdaderamente importante ?y creo que en esto s? que podemos alcanzar todos un consenso a pesar de la pluralidad de opiniones? es que reconozcamos, sin reduccionismos, que la raz?n humana es mucho m?s potente de lo que una cultura ambiente superficial parece inclinarnos a pensar. En este momento hist?rico, es importante advertir que no es leg?timo deslegitimizar a cada paso cualquier intento razonable de elevarse por encima de la chata consideraci?n emp?rica de las cosas. Bien est? que exijamos rigor; pero, ?no es verdad que nos hemos deleitado demasiado ?incluso a nivel de las ?lites intelectuales de nuestro siglo? en exaltar un esp?ritu de sospecha, de desmitologizaci?n, de relativismo, que llevado a sus ?ltimas consecuencias, es absurdo en s? mismo? Despu?s del largo per?odo que hemos pasado de deconstructivismo, de disoluci?n, de escepticismo, ?no habr? llegado ya la hora de empezar a construir, de empezar a edificar, de empezar a poner cimientos s?lidos? ?O preferimos seguir profundizando y enfang?ndonos cada vez m?s en la pura negatividad? Ante nosotros se abren dos opciones: abrazar con toda la mente, con todo el coraz?n, con todas nuestras fuerzas, un esp?ritu constructivo, o seguir abrazados a ese cad?ver que es el esp?ritu deconstructivo, ese esp?ritu que nos hace hijos espirituales de Mefist?feles, quien, en la obra cumbre de la lengua alemana, el Fausto de Goethe, se define a s? mismo como esp?ritu de contradicci?n: ?Ich bin der Geist, der stets verneint!? (Johann Wolfgang Goethe, Faust. Erster Teil. Insel, Frankfurt am Main 1974, p. 64); es decir: ?Soy el esp?ritu que siempre dice que no?. ?Es ?ste el esp?ritu que queremos seguir?

4. Los niveles profundos de la realidad y la felicidad del hombre.

Quisiera recapitular en este punto el tema central que he querido desarrollar a lo largo de esta ponencia. En efecto, mi objetivo puede parecer modesto, pero no ha sido m?s que ?ste: tratar de mostrar que en la realidad que nos circunda y en la que estamos inmersos, existen niveles profundos, y que nuestra inteligencia es capaz de captarlos. Vivimos en un mundo en que los medios de comunicaci?n de masas, y especialmente los audiovisuales, tienen un influjo cada vez m?s preponderante. A la hora de valorar este influjo, hoy se tiende a no dramatizar, constatando simplemente que los medios de comunicaci?n se limitan a transmitir y a reforzar los valores y la mentalidad que ya existen en una sociedad determinada. De todos modos, hay que reconocer que, de hecho, nuestra cultura se caracteriza por una enorme superficialidad, e, incluso, por la p?rdida progresiva de una sana racionalidad. Y con esto no me refiero a la p?rdida de la moral, a la degeneraci?n del tejido ?tico de nuestra sociedad, que es tambi?n manifiesta; es ya a nivel no?tico, a nivel de los valores cognoscitivos, que se observa una preocupante regresi?n.

Se suele decir, y es verdad, que ?una imagen vale por mil palabras?. Ahora bien, ?no es verdad que en el mundo que nos hemos fabricado vivimos inmersos en un mar de im?genes banales? ?No es verdad que la sociedad en su conjunto anda cada vez m?s a la caza de experiencias de todo g?nero, y en cambio se olvida de cultivar sus dimensiones m?s elevadas? ?No es verdad ?y de esto sois bien conscientes todos los que form?is parte del rico mundo universitario? que el nivel cultural de la sociedad experimenta un descenso lento, pero constante? Ante esta realidad, dram?tica para la cultura, yo me atrever?a a decir: es cierto que una imagen vale m?s que mil palabras; pero hay veces que un concepto, un t?rmino bien acu?ado, vale m?s que mil im?genes, porque capta lo esencial; y en nuestro mundo de hoy, estamos llegando a perder los conceptos, lo cual es muy peligroso.

Hace unos a?os, el Consejo Pontificio para el Di?logo con los No Creyentes que yo presid?a promovi? un estudio sobre el tema ?felicidad y fe cristiana?, que se trat? en la Asamblea Plenaria del Consejo en el a?o 1991. Uno de los resultados principales a los que llegamos fue precisamente ?ste. Constatamos que hoy, cada vez m?s, el mundo de la imagen tiende a ?bloquear? las mentes, impidiendo de hecho una verdadera b?squeda de la felicidad que arranque de las necesidades m?s profundas y aut?nticas del hombre:

?Hoy, cada vez m?s, el campo de batalla de los valores est? localizado en el mundo de las im?genes, m?s bien que en el de las ideas. [...] En esta perspectiva, el conflicto de im?genes de la felicidad es de una importancia vital para la transmisi?n de la misma fe. Si el dato puramente banal ocupa la mente humana, y lo hace usando im?genes atrayentes, resulta dif?cil que se verifique aquella "escucha" de la que proviene la fe. [...] El verdadero peligro de este momento hist?rico es que la gente, al quedar prisionera de semejante superficialidad, no se d? cuenta de las necesidades fundamentales del coraz?n humano? (Cardenal Paul Poupard, Felicidad y fe cristiana. Herder, Barcelona 1992, p. 65.)

Citando este p?rrafo puede parecer que me he salido del tema, desplaz?ndome del terreno cognoscitivo al volitivo, del tema de la verdad al tema del bien y de la felicidad. Pero no hay oposici?n. ?Puede haber interrelaci?n m?s ?ntima de la que hay entre inteligencia y voluntad, entre la b?squeda del esp?ritu y el deseo del alma? El ser humano desea saber, y no puede querer sino conociendo. Es ?ste el car?cter existencial del conocimiento al que hac?a referencia el Papa al hablar del conocimiento de Dios. El conocimiento del hombre afecta a su misma existencia. Por ello es especialmente grave el que en este momento hist?rico el hombre se halle bloqueado en su conocimiento a nivel de la imaginaci?n, porque, de este modo, corre el riesgo de no percibir siquiera d?nde est? la felicidad que puede saciarle de veras. Envuelto en el ritmo fren?tico de la vida moderna, y en los placeres superficiales que constantemente se le ofrecen o se le insin?an, el hombre corre el riesgo de pasarse la vida entera distra?do, sin plantearse siquiera los interrogantes que son m?s decisivos para la existencia.

De todos modos, esta presentaci?n que he hecho pecar?a de simplista si no fuera completada con otro dato. Es verdad que en nuestro mundo sufrimos una especie de ?embotamiento? intelectual, as? como un hedonismo f?cil que tiende a excluir los planteamientos profundos, metaf?sicos o religiosos. No obstante, es un hecho cada vez m?s patente el rebrotar de los sentimientos religiosos, esa ?hambre de lo divino y de lo sagrado? a la que antes alud?a. El tema de Dios y de la religi?n interesan cada vez m?s. Se intenta recuperar la piedad popular y las manifestaciones religiosas propias de cada tierra. Se hace cada vez m?s frecuente el estudio de las llamadas ciencias ocultas, el recurso a la magia o al espiritismo, al hor?scopo o al tarot, a la sabidur?a del Oriente o de sectas herm?ticas.

?Qu? nos indica todo esto? A mi juicio, dos cosas. Una positiva, y otra negativa. La positiva es ?sta: una vez m?s, se verifica aquello del inquietum cor de San Agust?n: ?Nos hiciste, Se?or, para ti, y nuestro coraz?n est? inquieto hasta que descanse en ti? (Confesiones, lib. 1,1: CCL 27,1). La secularizaci?n de la modernidad no s?lo no ha logrado erradicar la idea y la vivencia de Dios, sino que, en pocos a?os, se demuestra que el hombre tiene una necesidad constitutiva de saciar de alg?n modo sus deseos de algo m?s, de vivir de alg?n modo en una relaci?n religiosa con un Dios que le sobrepasa. Es decir, considero como positivo el hecho de que a pesar de un enorme proceso de secularizaci?n que hemos sufrido, la idea de Dios siga todav?a viva, lo cual demuestra la enorme vitalidad de la religi?n.

Hasta aqu? lo positivo. Y lo negativo: el modo de saciar esta manifiesta hambre de lo divino. Como hemos perdido casi del todo la confianza en el poder de la raz?n para ayudarnos a salir del atolladero, corremos el serio riesgo de salir, como se dice, ?por peteneras?. Es decir, de dejarnos llevar por sentimientos exacerbados, o por un subjetivismo atroz que olvide por completo la sabidur?a que nos ha legado la tradici?n. Es ?ste, a mi juicio, el punto delicado, y donde hace falta, m?s que nunca, una lucidez a toda prueba, unida a un esp?ritu abierto que se atreva a explorar nuevos caminos. S?lo cultivando la inteligencia de este modo, lograremos salir de la crisis cultural en que nos encontramos.

5. La banalizaci?n de la religi?n en la cultura actual.

Una ?ltima observaci?n, relativa a la religi?n. Aunque he tratado de ce?irme al terreno estrictamente intelectual, es indudable que el tema de la religi?n est? ?ntimamente relacionado. Y ahora me pregunto: en esta sociedad que corre el riesgo de caer por el precipicio de la superficialidad y de la banalidad, ?qu? papel juega la religi?n? ?qu? lugar ocupa? Por un lado, es evidente que la religi?n ha sufrido, hoy como siempre, pero quiz?s hoy m?s que en muchas ?pocas, una acerada cr?tica desde diversas instancias. La voz de la religi?n muchas veces resulta molesta, inc?moda, y se ha intentado acallarla, cuando no combatirla desde un ate?smo militante. Sin embargo, en el momento actual, yo creo que este estado de cosas ha cambiado ya, y est? cambiando radicalmente. Yo dir?a en este sentido que la cultura actual simplemente se limita a absorber la religi?n como un elemento m?s, integr?ndola, banaliz?ndola, y yuxtaponi?ndola al resto de los elementos culturales.

A la religi?n cada vez se la ataca menos de forma directa. Es m?s, se la respeta. Al elemento religioso se le concede incluso un cierto espacio en los medios de comunicaci?n. De este modo, se logran dos cosas. Por un lado, se satisface as? a aquella minor?a de creyentes que cree de verdad, ofreci?ndole lo que le gusta. Por otra parte, a la gran mayor?a, esa gran mayor?a de la gente m?s o menos indiferente, que ni cree ni deja de creer, que cree en parte, pero se comporta como si no creyese, o que no cree, pero que se comporta como si creyese en parte, se le ofrece, como un elemento m?s de su vida superficial, alg?n elemento religioso, m?s o menos interesante, m?s o menos curioso, m?s o menos esot?rico, para que, al menos durante algunos momentos de la jornada, pueda sentir la emoci?n de plantearse un poco una serie de cuestiones que animen su existencia, la cual, sin embargo, sigue su curso superficial.

Perd?neseme lo que voy a decir, pero creo que la imagen es ilustrativa: la religi?n es hoy como un boxeador al que la secularizaci?n lo ha dejado ?sonado?. La religi?n sigue estando ah?, pero ya no se la combate, porque no hace falta. A uno que est? ?sonado? no hace falta golpearle. ?Qu? quiero decir con esto? Que necesitamos, urgentemente, salir de ese estado en que nuestra inteligencia funciona s?lo a mitad de rendimiento, que necesitamos hacer un poco de luz, empezar a pensar, empezar a poner un cierto orden en nuestros esquemas de pensamiento, en nuestras ideas, y en nuestra misma sociedad. Necesitamos, en suma despertar. Y en el fondo ?no se trata de algo tan dif?cil!

(Fran?ais)

Le Cardinal Poupard aborde ? l?Universit? de S?ville le th?me de l?intelligence et de la culture. L?homme moderne met en question la validit? d?une argumentation purement philosophique et th?orique. Apr?s l?exaltation de l?intelligence par les classiques, l??poque moderne regarda la raison avec soup?on. Notre culture est pour une part hautement sophistiqu?e et la raison y occupe donc une place importante; mais d?un autre c?t? il lui est d?ni? la possibilit? de pratiquer un saut m?taphysique permettant d?atteindre les niveaux les plus profonds de l??tre. Seul le retour ? une saine raison permettra de sortir de notre impasse no?tique.

(English)

Cardinal Paul Poupard spoke at the University of Seville on the theme of "The Intellectual Dimension of Culture". People today typically ask whether purely philosophical or theoretical arguments have any meaning. Classical thinkers exalted the spiritual character of the intellect, but since the Middle Ages reason has been under suspicion. Curiously, on the one hand we live in a highly sophisticated culture, where reason is central; and yet, reason is seen as incapable of making a tiny metaphysical switch to the deeper levels of reality. In view of the insistence on the "weakness" of our thought, or the temptation of a clever search for meaning which falls into various forms of irrationalism, only the recovery of a sound rationality will bring us out of our current intellectual impasse.

Conclusi?n

Queridos amigos: os he hablado con toda franqueza de c?mo veo un problema que, a pesar de ser simple, tiene una importancia inquietante. Mis palabras est?n cargadas, lo s?, de la incisividad que busca el que quiere provocar una respuesta en su auditorio. He querido situarme en un plano en el que el di?logo fuera posible, incluso con el no creyente, aunque, como es natural, en mi discurso se trasluce tambi?n mi fe cristiana. Pero el mensaje que he querido transmitir creo que es v?lido para todos, y se podr?a resumir en las famosas palabras de Blas Pascal: ?travaillons donc ? bien penser?: esforc?monos en pensar con correcci?n... y se empezar?n a arreglar m?s cosas de las que pensamos. ?Travaillons donc ? bien penser?, porque, por arduo que pueda parecer, tenemos el derecho y la obligaci?n de poner los cimientos de una nueva cultura de la verdad. ?Travaillons donc ? bien penser?, y no nos cansemos nunca de dar gracias por el don de nuestra inteligencia espiritual; que resuene siempre en nosotros aquella exhortaci?n de San Agust?n: ?Intellectum valde ama? (Epist. 120, 3, 13: PL 33, 459); ?ama mucho la inteligencia?; ?mala mucho.

Publicado por mario.web @ 14:05
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