Mi?rcoles, 20 de abril de 2011
Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II on los los campesinos, los obreros y los mineros durante su viaje apost?lico a Uruguay, Bolivia, Lima y Paragua, 11 de mayo de 1988. En ?l habla de los salarios y problemas de pobreza.
?
Encuentro con los los campesinos, los obreros y los mineros
Encuentro con los los campesinos, los obreros y los mineros
VIAJE APOST?LICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS CAMPESINOS, LOS OBREROS Y LOS MINEROS

Oruro, Bolivia
Mi?rcoles 11 de mayo de 1988



Queridos hermanos y hermanas del altiplano,
Ancha man?sghas runa masis, Diusp?ta Waw?snin:


1. Siento un gran gozo por estar hoy con vosotros en Oruro para celebrar nuestra fe com?n en Jesucristo resucitado. Que El viva siempre en vuestros corazones, en vuestras familias, en vuestros trabajos de cada d?a.

Saludo con afecto a todos los presentes sin excepci?n. En particular, al Pastor de esta di?cesis, Monse?or Julio Terrazas Sandoval, as? como a todos los hermanos en el Episcopado que aqu? nos acompa?an, junto con sus sacerdotes, religiosos y religiosas. Entre vosotros hay tambi?n un gran numero de campesinos, mineros, obreros y pobladores de barrios marginales.

Mis ojos contemplan maravillados a toda esta multitud congregada aqu? para saludar al Papa y hacerle part?cipe de su vida, de sus preocupaciones y esperanzas de un futuro mejor. S? que para llegar a este lugar muchos de vosotros, familias enteras de campesinos, hab?is tenido que recorrer largas distancias, con grandes sacrificios y sufriendo los rigores de esta dura naturaleza del altiplano. Vosotros, mineros, tra?is las marcas del profundo socav?n de donde extra?is el mineral que por siglos ha sido la principal fuente de riqueza de vuestro pa?s. Ven?s tambi?n de Potos? y de otros lugares del altiplano; en vuestros semblantes se dejan traslucir las se?ales de la soledad, de la fatiga y de las privaciones propias de una vida austera que os ha ense?ado a prescindir aun de lo indispensable y os ha dado un temple recio, capaz de resistir al cansancio y al sufrimiento y de esperar en medio de la adversidad.

Al veros, campesinos, mineros, trabajadores de toda condici?n, mi coraz?n se eleva en acci?n de gracias a Dios Padre por el don de la fe que, como gran tesoro supieron cultivar vuestros antepasados, y que vosotros trat?is de encarnar en vuestras vidas y transmitir a vuestros hijos. Me vienen a los labios las palabras de Jes?s: ?Yo te bendigo, Padre, Se?or del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a los peque?os? (Mt 11, 25). Esta plegaria del Se?or resuena hoy con eco particular en Oruro, porque a los sencillos de coraz?n quiso Dios manifestar las riquezas de su reino.

Vengo a visitaros en nombre de Jes?s, pobre y humilde, que nos dio como se?al de su realidad mesi?nica el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Ib?d., 11, 6); de este Jes?s que sent?a compasi?n por las muchedumbres, que ven?an de todas partes a escuchar su palabra, ?porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor? (Ib?d., 9, 36). Vengo a traeros un mensaje de esperanza que no quiere decir pasividad ante las situaciones de miseria que cada d?a se hacen m?s evidentes, sino que es compromiso por la construcci?n de una nueva sociedad fundada en el amor, la solidaridad y la justicia.

2. Conozco las dificultades de vuestra situaci?n actual y quiero aseguraros al respecto que la Iglesia os acompa?a como Madre sol?cita, en vuestras leg?timas aspiraciones. Vosotros, campesinos, que represent?is la gran mayor?a de la poblaci?n, hab?is sido y segu?s siendo parte central de la historia y esp?ritu de Bolivia, pues hab?is participado en tantos momentos decisivos para vuestra patria. S? de tantos trabajadores que hab?is sido desplazados de vuestros lugares de trabajo. Los profundos socavones que hace a?os eran la gran fuente de la riqueza nacional, especialmente en Oruro y Potos?, ahora son s?lo testigos mudos de much?simas vidas humanas all? consumidas calladamente, sin haber encontrado acaso un adecuado y merecido reconocimiento por parte de los beneficiarios de aquel silencioso sacrificio.

S? tambi?n que existe un gran desajuste entre los salarios que percib?s y el costo de la vida siempre en aumento, lo cual hace m?s ardua la tarea de procurar digno mantenimiento a vuestras familias. Motivo de honda preocupaci?n son los casos de ni?os que mueren en temprana edad como consecuencia de problemas de desnutrici?n y por falta de adecuados servicios sanitarios para atender a las necesidades de la poblaci?n. S?, tambi?n del desempleo creciente que hoy ha adquirido dimensiones alarmantes a nivel nacional.

Las casi 4.000 comunidades campesinas desparramadas por vuestra geograf?a se ven obligadas a soportar un alto ?ndice de pobreza. En efecto, un elevado porcentaje de familias no cuenta con ingresos suficientes para cubrir las necesidades alimenticias m?s elementales. Por otra parte, en lo que se refiere a la distribuci?n de tierras, me consta que Bolivia fue uno de los primeros pa?ses latinoamericanos que llev? a cabo una reforma agraria, lo cual permiti? en principio que muchos de vosotros pudieran adquirir al menos un peque?o terreno en propiedad. Sin embargo, los inconvenientes del minifundio ?en un territorio inmenso poco poblado? y la existencia de vast?simos latifundios, no ha cesado de crear graves problemas al trabajador del campo. Son cuestiones muy serias de sobra conocidas que est?n reclamando soluciones audaces que hagan valer las razones de justicia, esto es, esa hipoteca social que grava en realidad sobre la propiedad privada. La doctrina social de la Iglesia ha sido constante en defender que los bienes de la creaci?n han sido destinados por Dios para servicio y utilidad de todos sus hijos. De ah? que nadie debe apropi?rselos rehuyendo las exigencias superiores del bien com?n. De acuerdo con esta doctrina, la misma Iglesia ha predicado siempre la equitativa distribuci?n de las tierras de cultivo, bajo diversas formas y modalidades, para dar al campesinado la posibilidad de una vida digna que permita la conveniente educaci?n integral de sus hijos y el necesario progreso en su salud, en sus m?todos de trabajo y de comercializaci?n ?a precios justos? de sus productos.

No dudo pues, en apelar al sentido de justicia y humanidad de todos los responsables, para que se favorezca al campesinado pobre de Bolivia con todos los medios posibles que lo eleven en su condici?n de tenencia de tierras, de cultura y sanidad, adem?s de dotarlos de los t?tulos de propiedad de los que muchos a?n carecen.

3. Frente a tantas situaciones de sufrimiento, la Iglesia tiene siempre atentos sus o?dos al clamor de los pobres y se solidariza con las personas que sufren explotaci?n, hambre y miseria. Como ya indiqu? en la Enc?clica ?Laborem Exercens?, ?la Iglesia est? vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como la verificaci?n de su fidelidad a Cristo, para ser verdaderamente la ?Iglesia de los pobres?? (Laborem Exercens, 8).

La opci?n preferencial, mas no exclusiva ni excluyente, por los pobres es fruto del amor que es fuente de energ?a moral capaz de sostener la noble lucha por la justicia e impulsa a su vez a la Iglesia a buscar, junto con todas las personas de buena voluntad, los caminos m?s acertados que conduzcan a una convivencia m?s fraterna, a una sociedad donde reine la justicia, el amor y la paz.

Esta b?squeda debe inspirarse, para un cristiano, en la Palabra de Dios, de ese Dios que se revela como verdadero Padre de todos haciendo que nosotros seamos hermanos. Nuestra fe en la paternidad universal de Dios y en el reino que Jes?s vino a anunciar, fundamenta nuestra preocupaci?n por la justicia, sin perder nunca de vista que nuestra patria definitiva est? en los cielos.

Precisamente porque el hombre ha sido puesto por Dios en el mundo, donde lograr? conseguir su propia perfecci?n, a base de su trabajo, hay que respetar y hacer respetar el derecho que todo ser humano tiene al trabajo, lo cual ?constituye una dimensi?n fundamental de la existencia del hombre en la tierra? (Laborem Exercens, 4). Como cristianos, no podemos permanecer indiferentes ante la situaci?n actual de tantos hermanos bolivianos, privados del derecho a un trabajo honesto, de tantas familias sumidas en la pobreza, de miles y miles de j?venes que, aun teniendo la debida preparaci?n ven desvanecerse ante ellos muchas perspectivas de futuro.

Ciertamente, no pueden negarse los buenos resultados conseguidos por el esfuerzo conjunto de la iniciativa p?blica y privada en los pa?ses donde vige un r?gimen de libertad. Tales logros, sin embargo, no han de servir de pretexto para soslayar los defectos de un sistema econ?mico cuyo motor principal es el lucro, donde el hombre se ve subordinado al capital, convirti?ndose en una pieza de la inmensa m?quina productiva, quedando su trabajo reducido a simple mercanc?a a merced de los vaivenes de la ley de la oferta y la demanda.

4. Frente a los no pocos factores negativos que a veces podr?an llevar al pesimismo y a la desesperaci?n, la Iglesia, sigue anunciando la esperanza en un mundo mejor, porque Jes?s ha vencido el mal. Jes?s resucitado es ya el inicio de ese mundo nuevo. Un mundo que promete ser mejor porque Cristo es Se?or de la historia y en la medida en que vamos promocionando al hombre, vamos construyendo el reino que El vino a implantar. Este mundo est? ya de alguna manera presente entre nosotros y debemos escrutarlo para descubrir los signos de esperanza, de vida, de resurrecci?n.

En efecto, son signos de esperanza y primicias de un mundo nuevo: la fe que se hace vida y se manifiesta en el compromiso por la justicia; la b?squeda de formas de convivencia social m?s humanas y modelos econ?micos no basados exclusivamente en el lucro ni en el consumo, sino en la coparticipaci?n y en la solidaridad; el rechazo de toda forma de violencia, aunque fuese para acabar con una pretendida violencia institucional; la decisi?n de combatir la corrupci?n en sus diversas formas, la mentira, la inmoralidad p?blica y privada.

5. Queridos hermanos todos, de la ciudad y del campo, de la mina y de la industria, trabajadores, pobladores de barrios marginales: Al veros aqu? en tan gran n?mero, convocados por la com?n fe cristiana para encontraros con el Sucesor del Ap?stol Pedro, me viene espont?neo haceros una llamada a la solidaridad, a la hermandad sin fronteras. El saberos hijos del mismo Dios, redimidos por la sangre de Jesucristo, ha de moveros, bajo el impulso de la fe, a buscar solidariamente las condiciones necesarias que hagan de esta sociedad y de toda Bolivia un lugar m?s fraterno y acogedor. Los criterios a adoptar en la noble lucha por la justicia no han de ser nunca de enfrentamiento de hermano contra hermano, sino que en todo momento han de estar inspirados y movidos por los principios evang?licos de colaboraci?n y di?logo, excluyendo toda forma de violencia. Estad seguros de que la violencia y el odio son perniciosas semillas incapaces de producir algo que no sea odio y violencia.

Esta precisa solidaridad a la que como Pastor de la Iglesia universal os invito, echa sus ra?ces no en ideolog?as dudosas y pasajeras, sino en la perenne verdad de la Buena Nueva que nos trajo Jes?s; tiene su fundamento insustituible en la oraci?n y en la celebraci?n de los sacramentos, particularmente en la Santa Misa, donde encontrar?is la alegr?a de sentiros miembros de una sola familia: la Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo mistico de Cristo.

En vuestras parroquias y comunidades, donde se escucha y se vive la Palabra revelada, experimentar?is de modo especial la dignidad de ser hijos de Dios; un Dios que es siempre comprensivo y misericordioso con todos los que sufren: ?Venid a m? todos los que est?is fatigados y agobiados, y yo os aliviar?. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de m?, que soy manso y humilde de coraz?n: y hallar?is descanso para vuestras almas? (Mt 11, 28-29).

A vosotros sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas y tantos agentes de pastoral que desempe??is abnegadamente vuestra labor con los m?s necesitados, os aliento a continuar vuestras tareas apost?licas en comuni?n plena con vuestros Pastores y con las ense?anzas de la Iglesia, siendo instrumentos de santificaci?n mediante la palabra y los sacramentos. En vuestro ministerio, est?is llamados a dar testimonio de santidad y entrega, conscientes de que vuestra labor es ante todo de car?cter religioso, espiritual. No permit?is que intereses extra?os al Evangelio enturbien la pureza de la misi?n que la Iglesia os ha confiado. S? que vuestro trabajo no est? exento de dificultades; por ello necesit?is estar muy unidos a Cristo, alimentados por la savia de la fe, a la luz de la Palabra de Dios, y en fidelidad y amor a la Iglesia.

6. A todos quiero invitaros a vivir en la esperanza puesta en un ma?ana mejor, a sabiendas de que es un ma?ana en cuya construcci?n ten?is que empe?aros todos, cada uno seg?n sus posibilidades y en la medida de los dones recibidos. No es una esperanza f?cil, pero para hacerla realidad cont?is con tantos valores demostrados por vuestras gentes a lo largo de la historia de este pa?s: la austeridad, la hospitalidad, la conciencia comunitaria, el sentido de fiesta y gratitud, para mencionar s?lo algunas caracter?sticas de la identidad del querido pueblo boliviano.

Esperanza sembraron en vuestro pa?s los misioneros, que con el sacrificio de sus vidas dejaron en esta tierra del altiplano las semillas de la fe, que con la gracia del Se?or hab?is conservado intacta. De esto dan testimonio figuras ejemplares como el padre Vicente Bernedo y la madre Nazaria Ignacia.

Camino de esperanza para este pueblo es la vitalidad de la Iglesia cada d?a m?s comprometida con su cultura, que se hace vida en los catequistas, los agentes de pastoral, las comunidades eclesiales de base, la pastoral juvenil, y, de manera especial en las familias que deben ser comunidades de fe, y fermento de la sociedad.

Quiero animaros a proseguir en la edificaci?n de la Iglesia para que cada d?a sea m?s testigo del amor divino, instrumento de unidad, sacramento de comuni?n y liberaci?n, integral. Una Iglesia cada vez m?s solidaria con los pobres, los marginados, los m?s abandonados de la sociedad. Superando las diferencias naturales entre los grupos humanos empe?aos en construir una sociedad solidaria. ?Los ?mecanismos perversos? y las ?estructuras de pecado? ?a que me refer?a en la reciente Enc?clica ?Sollicitudo rei socialis?? s?lo podr?n ser vencidos mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la que la Iglesia invita y que promueve incansablemente. S?lo as? tantas energ?as positivas podr?n ser dedicadas plenamente en favor del desarrollo y de la paz? (Sollicitudo rei socialis, 40).

7. Para concluir, volvamos nuestros ojos a Mar?a, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos. A Ella los fieles de Oruro, del altiplano y de toda Bolivia se encomiendan en sus necesidades.

El hombre de la mina recurre permanentemente a Mar?a del Socav?n, porque ve en Ella el modelo de todas sus esperanzas. El campesino, el trabajador acuden a Ella como a una madre.

Ella que sufri? la pobreza, que tuvo que huir en la persecuci?n, os ayude a seguir adelante con esperanza. Ella que nos trajo a Jes?s, os conduzca hacia El, verdadero camino al Padre, que uni? la fe con la vida, os ense?e a hacer que la fe sea vida operante, comprometida. Ella, que cant? en el Magn?ficat que Dios derroca a los poderosos y exalta a los humildes, sea la Madre y protectora de este pueblo sufrido y sencillo.

Permitidme antes de terminar, despedirme en vuestra propia lengua.

Quechua:

Se?orn?chej kankun?huan h?chun y paytaj bendeciycuchun tocuy familiayquichejta jallpayquichejta uyhuasniyquichejta y j?oyapillankaynichejta.

(Que el Se?or est? con ustedes y les bendiga sus familias, sus campos, sus ganados y sus trabajos en las minas).

Aymara:

Nayajj chuymajjaruj apastuwa munat jilatanaka, cullakanaka,

(Les llevo en mi coraz?n queridos hermanos y hermanas. Felicidades).

Publicado por mario.web @ 21:13
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios