Mi?rcoles, 20 de abril de 2011
Gustavo Morales nos habla de la pol?tica del bien p?blico y se cuestiona si estas corresponden a las exigencias de la sociedad.
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 Del bien p?blico y el contrato social
Del bien p?blico y el contrato social
Minor?as combativas han conseguido mediante una acci?n continuada la conquista de parcelas de poder pol?tico y medi?tico muy superiores a su proporci?n en la poblaci?n. La ley de matrimonios del mismo g?nero, la ley del aborto, las leyes de protecci?n de los pol?ticos, etc. no responden a exigencias de la sociedad, a un clamor popular expresado en acciones multitudinarias, sino a la acci?n decidida de minor?as activas en una sociedad inerte y desarmada ideol?gicamente. Cuantos anteponen el bien com?n a la ventaja de la facci?n, tienen que desarrollar una acci?n sin apocarse ante el guirigay de los medios de comunicaci?n de costumbre

La pol?tica del bien p?blico

El concepto de pol?tica est? devaluado, lo recogen muchas expresiones del idioma, como la del mismo perro con distinto collar. Los pol?ticos no son valorados positivamente por sus compatriotas. Ah? est?n las encuestas y el decir de la calle. Esto produce un alejamiento constante de la pol?tica de muchas personas que se vuelven a su entorno desentendi?ndose del com?n, de la res publica. Sin embargo, la pol?tica es m?s que importante, es inevitable. Participemos o no sufriremos la acci?n del Gobierno al frente del Estado. Por ello, es necesaria una reivindicaci?n de la pol?tica, de la participaci?n en la definici?n de bien com?n y de su aplicaci?n. ?Si el problema fundamental de la sociedad es que las demandas son infinitas y los recursos limitados, la ciencia de las ciencias es la pol?tica y no la econom?a? [1] .El Estado totalitario muri? en el siglo XX, intentaba crear una sociedad nueva sin conflictos.

La pol?tica es una actividad humana porque es espec?fica del homo sapiens. Personal porque responde a la persona, no al individuo, es decir, al hombre en relaci?n con su entorno social del que no puede desligarse sino para caer en el racionalismo est?ril o el mito de Robinson Crusoe. Quiz?s quien mejor comprenda esta diferencia es el Derecho, encargado de hacer normativa de las relaciones humanas. ?El ?nico habitante de una isla no es titular de ning?n derecho ni sujeto de ninguna jur?dica obligaci?n. Su actividad s?lo estar? limitada por el alcance de sus propias fuerzas. Cuando m?s, si acaso, por el sentido moral de que disponga. Pero en cuanto al derecho, no es ni siquiera imaginable en situaci?n as? (...) La personalidad, pues, no se determina desde dentro, por ser agregado de c?lulas, sino desde fuera, por ser portador de relaciones.? [2] Es decir, ?mi identidad, sin embargo, es algo tanto individual como social. Es individual porque es ?nicamente m?a, pero en realidad est? compuesta por una serie de reconocimientos mutuos con otras personas en un contexto social?. [3]

La vida pol?tica es inevitable, un imperativo de la polis al que no podemos sustraernos porque es nuestro medio de desarrollo y convivencia. Libre porque la libertad legitima de forma m?s s?lida el proceso de elecci?n de gobierno y la cr?tica a su actuaci?n.

La participaci?n de todos y el gobierno de pocos est?n justificados en cuanto su objetivo es el bien com?n, de otro modo es oligarqu?a cuando menos. Monse?or Sebasti?n, arzobispo de Pamplona, sintetiza: ?La vida pol?tica, en su conjunto, la de los votantes y la de los dirigentes, es una actividad humana, personal y libre, cuya legitimaci?n moral est? en la promoci?n y defensa del bien p?blico?. ?La legitimaci?n moral de qu??, La de ser dirigentes, la de gobernar sobre iguales; la de elegir pensando en el bien com?n y no de facci?n o geograf?a.

Para santo Tom?s el bien p?blico es la finalidad ?ltima del Estado, el fin social. Es sabido que justifica el tiranicidio. Sin duda, ha sido a trav?s de los caminos de Roma como se extendi? el cristianismo en Europa. El humanismo cristiano y el Derecho romano sustentan el moderno Estado dem?crata. El cristianismo difunde la idea de la igualdad ante Dios, de la libertad para elegir entre el bien y el mal, de la fraternidad entre pr?jimos. No s?lo palabras. Como ejemplo menor, miles de monjes copiaban a mano textos griegos y ?rabes que superan la pestilente Alta Edad Media europea y convierten al subcontinente en la primera potencia en filosof?a. El peso del cristianismo es indiscutible en los valores europeos.

Sebasti?n, obispo adem?s de Tudela, recuerda: ?Los principios que rigen la vida democr?tica han nacido del cristianismo. La igualdad y los derechos de las personas, la soberan?a de los pueblos, el concepto de autoridad como servicio al bien com?n y no como simple dominio o imposici?n, la igualdad de todos ante la ley, todo esto, nace hist?ricamente de la experiencia cristiana y de los valores morales del cristianismo. Incluso cuando semejantes ideas se afirman contra la Iglesia, quienes las defienden son hijos de la tradici?n y de la cultura cristianas? [4] . La Iglesia perdi? poder temporal pero una idea cristiana tom? su relevo: el libre albedr?o, justificado en la relaci?n directa con el Creador, sin intermediarios: ?S?lo a trav?s de mi se llega al Padre?. Las tesis de Lutero contra cierta corrupci?n vaticana de su tiempo sirvieron para una reforma protestante, la primera a que se aplica el t?rmino fundamentalismo. Tambi?n dieron justificaci?n y bandera a los ambiciosos pr?ncipes alemanes para romper la unidad imperial romano-germ?nica, al te?ir de ideolog?a las ambiciones por dominios y gabelas en el floreciente comercio de Flandes. Sus aires se respiran en el nacimiento del liberalismo. Democracia y filosof?a, dos fen?menos que no se producen en territorios con otras religiones mayoritarias. La idea es de Gustavo Bueno.

El Estado ego?sta

El abandono de una acci?n moral por parte del Estado florece en la mente de un hijo de la Iglesia, que puso su patria por encima de su fe: el cardenal Richelieu. A partir de la raz?n de Estado como argumento supremo, la Revoluci?n posterior pretende construir un nuevo mundo con una nueva moral. Tras la edad de las catedrales, cuando los hombres escrib?an en piedra dice V?ctor Hugo, lleg? la de los comerciantes cuyos intereses afianzaron la presencia de Europa en ultramar. El Renacimiento fue un puente para el homocentrismo. Una nueva ideolog?a, el liberalismo, se expande en el siglo XIX, combate en el XX y entra victoriosa en el siglo XXI. La nueva hegemon?a proclama el dogma del ego?smo individual, al que transmutan de vicio privado en virtud p?blica. Con la ca?da de la Uni?n Sovi?tica y hasta la extensi?n del integrismo isl?mico las instituciones del liberalismo celebraban el fin de la Historia.

El liberalismo dice que el bien p?blico es la simple suma de los intereses individuales de personas y grupos: reduce al Estado al papel de gendarme que evite la anarqu?a y sea el depositario de la soberan?a nacional instrumentalizada en las leyes. ?Nace el Estado liberal cuando triunfaba en Europa la cultura . Una Constituci?n es ante todo un producto racional, que se nutre de ese peculiar optimismo que caracteriza a todo racionalista: el estar seguro de la eficacia y el dominio sobre toda realidad posible, de los productos de su mente? [5] . Es una muestra m?s de la soberbia racionalista. Desde la Revoluci?n Francesa el hombre al nacer se supone realiza un presunto contrato social para aceptar los l?mites a su libertad a cambio de las ventajas del Estado. Las constituciones liberales son la expresi?n escrita del contrato social.

Esta idea falla en tanto no es la suma de los ego?smos individuales la que construye el bien p?blico. El trabajador es libre de no aceptar las condiciones laborales. El emigrante es libre de quedarse en su pa?s. El tendero es libre de no fiarles comida. La entidad financiera es libre de invertir y prestar a quien quiera. Pero el ejercicio de esas libertades tiene consecuencias: paro, miseria, carest?a y fuga de capitales. El liberalismo ondea la bandera de la libertad para ocultar los intereses m?s ego?stas, las apetencias m?s mezquinas. El nuevo marco mundial tras la derrota del fascismo en Europa hizo prioritario para el liberalismo dirigir la voluntad de los trabajadores-consumidores-votantes desde la segunda mitad del siglo XX, como ven?a haci?ndose desde finales del siglo XIX en Estados Unidos. Los intervencionistas norteamericanos desde el presidente Wilson defend?an la idea de evangelizar el mundo con un sistema pol?tico tan justo y perfecto como el suyo. Para eso crearon Naciones Unidas. El bien p?blico lo defin?a en cada momento la opini?n p?blica, a la postre, la opini?n publicada. ?La violencia y el terror necesarios para conseguir la unanimidad no son m?s humanos cuando se aplican en nombre de la democracia que cuando el objetivo es la pureza racial o la igualdad econ?mica? [6] . Alexis de Tocqueville habla del ?despotismo democr?tico?: ?Ausencia de gradaciones en la sociedad (...) un pueblo compuesto de individuos muy semejantes (...) esa masa informe que es reconocida como el ?nico soberano leg?timo ha sido cuidadosamente despojada de toda facultad que pueda permitirle dirigir, o por lo menos supervisar, el gobierno.? [7]

Un hecho, una cr?tica y casi una alternativa:

El sistema liberal no redistribuye. Quinientas personas del mundo tienen m?s dinero que 400 millones de occidentales. Sin incluir a 400 millones de indios con menos de medio d?lar diario, tantos africanos, m?s asi?ticos y algo menos de hispanos. Uno es demasiado.

Una cr?tica. Las mayor?as no deciden sobre la verdad y la mentira ni pueden cambiar el bien por el mal con leyes y comisiones. Aza?a se sali? de una votaci?n del Ateneo sobre si exist?a Dios: ?Son ustedes unos idiotas?. La democracia no es la exigencia de que todos comulguemos con las mismas ruedas de molino. ?De ninguna manera debemos aceptar que para ser un buen dem?crata haya que ser relativista en lo religioso y en lo moral?[8] . Las creencias no est?n a merced de los votos. El Gobierno no puede pedir a las entidades sociales, y la Iglesia lo es, que se circunscriban al ?mbito de lo privado cuando sus leyes son ofensivas para una parte importante de la poblaci?n. El Estado prima a las minor?as religiosas sobre una mayor?a social cristiana indudable.

Utop?a. El bien com?n facilita a cada persona su b?squeda de la felicidad en un ambiente tolerable al promocionar el bien y proscribir el mal. Un Estado administra ese bien p?blico, da servicio a todos, de forma m?s acusada a quienes m?s lo necesitan.

En cambio, la vida parlamentaria con sus servidumbres en listas cerradas y disciplina de voto, teje continuos ataques de facci?n, alianzas postelectorales y el endiosamiento de la ley cada vez m?s ajena a la justicia. Los diputados est?n al servicio de parte. No reciben m?s los necesitados sino quienes disponen de fuerza parlamentaria para pactar, poderosos a la postre. La ley de ese Estado defiende menos a los m?s de los comunes que a los menos comunes. Cede ante la raz?n de la fuerza de secesionistas interiores y reductores exteriores. Los votos se sientan con las pistolas en la mesa de negociaciones. Olvidan que el Estado de Derecho es respetable cuando esa ley expresa la justicia, no cuando la ofende. La obediencia debida muri? en los juicios de Nuremberg.

P?lpito audiovisual

Ahora la sociedad light prima el individualismo menos fraterno y la satisfacci?n en sensaciones instant?neas y fugaces. El culto al ego?smo corresponde hoy al modelo de cultura audiovisual donde se instalan los nuevos p?lpitos, cuya raz?n se basa en mayor?as manipuladas. ?Tan responsable como el dominador es quien admite la dominaci?n?, adujo el imam Al?. Otras plumas ya escriben mejores trabajos sobre pol?ticos y pol?tica individual. Estas l?neas valoran la acci?n del p?blico inerme e inerte a quien el decano Patxi Andi?n cantaba a finales de los a?os setenta del siglo pasado: ?Quiero insultar a esos hombres que estando en el escenario no son m?s que decorados?.

Es un p?blico bien atendido con su soma diario. El aumento del ocio ha multiplicado la oferta audiovisual. Buena parte de la vida ha pasado del hecho personal al espect?culo para las masas. Imagen, sonido y titulares bombardean con las leyes del consumo al individuo donde se refuerza su condici?n de espectador. La vida reflejada en los medios de masas induce modelos de comportamiento y conducta en los espectadores. Un nuevo modo de vida se universaliza al ser visto como algo normal en cine y televisi?n. La libertad de los ajenos al poder y la gloria se reduce a la elecci?n de canal. ?La aparente libertad an?nima ser? espejismo (...) donde s?lo las clases propietarias e ilustradas tendr?n vida y actividad reales.? [9] Gran parte del resto de la gente dedica su ocio creciente a la contemplaci?n de vidas ajenas.

La homogeneizaci?n del p?blico, mediante pautas de conducta emitidos por los medios, facilita la producci?n masiva de bienes de consumo abarat?ndose por su globalizaci?n. Este proceso de imposici?n de gustos no crea un v?nculo distinto al de consumidores. La globalizaci?n requiere que esa masa est? invertebrada, compuesta por individuos aislados cuyo asociacionismo sea inocuo. Para romper la resistencia, se acaba con las entidades m?s naturales podando a la persona para dejarla en individuo. Finaliza el proceso de trasformaci?n de comunidad a sociedad basada en el contrato social. Esa cultura general alcanza incluso a quienes constituyen la nomenclatura del poder pol?tico y comprenden el proceso, son c?mplices. ?No s?lo son individualistas los meros ciudadanos que van por libre: tambi?n el pol?tico lo es en la medida en que su oficio ha dejado de ser un claro servicio p?blico para ser un servicio a los intereses de un partido o de una clase profesional?. [10] El bien com?n queda relegado por el inter?s del partido o del gremio ante la indiferencia social.

Los nuevos predicadores est?n en los medios audiovisuales y generan opini?n. Los medios no son fundaciones culturales sino empresas a la b?squeda de beneficios. Sus emisiones responden a objetivos en t?rminos de obtenci?n de clientela para ventas publicitarias o electorales. Influyen de modo importante sobre las decisiones y tomas de actitudes de cuantos forman la sociedad.

Persona

La persona trasciende al individuo aislado cuando se encarna en la humanidad y dentro de una cultura con la que no hay contrato social previo sino armon?a o conflicto. Es obvio que nadie elige nacer en un entorno concreto, no se negocia. S? en cambio es posible una participaci?n personal en el gobierno del com?n. En palabras de Maurras, ?la sociedad es, pues, un ?agregado natural?, que se rige por las leyes de jerarqu?a, selecci?n, continuidad y herencia. Su desarrollo consiste en la elevaci?n del grado de sociabilidad desde la familia hasta la naci?n? [11] . En cada uno de esos segmentos, de vida y tarea, participa la persona. Es la vertebraci?n que Ortega a?oraba en Espa?a. El Derecho que ya vimos regula esas relaciones humanas, no es inocuo. Se construye para alcanzar objetivos. ?El Derecho es, ante todo, un modo de querer, es decir, una disciplina de medios en relaci?n a fines, ya que todo ingrediente psicol?gico de la voluntad es ajeno al concepto l?gico del Derecho (...) Sus normas, adem?s, se imponen a la conducta humana con la aquiscencia o contra la aquiscencia de los sujetos a quienes se refieren; es decir: que el Derecho es aut?rquico?. [12]

Decimos que la aceptaci?n de la relaci?n entre persona y sociedad marca la integraci?n en la Historia humana. La rebeli?n contra esa relaci?n con ?xito hace la Historia. Son revoluciones que aceleran un proceso incluso cuando fracasan, como le ocurri? al comunismo que impuso un bien p?blico en nombre de una sola clase internacional.

En resumen, la vida pol?tica es ineludible como seres humanos, en ella estamos cuando menos de financieros v?a impuestos y receptores de la acci?n del Estado, distributiva y represiva. La vida pol?tica debe mantener como polar un imperativo moral, tanto para representantes como representados, a favor del bien p?blico alejando bander?as. Los gobiernos que reciben la confianza pol?tica de la mayor?a deben administrar y distribuir conforme al inter?s com?n de la naci?n, no de una parte u otra de ella geogr?fica o sectorial. Estas palabras son c?nticos et?reos y no realidades.

La sociolog?a nos dice que Espa?a es una pa?s cristiano, tambi?n hay mayor?a entre los diputados. ?La vida pol?tica ha estado y est? dirigida por gobiernos en los que participan decisivamente partidos, grupos y pol?ticos supuestamente cristianos, muchos de ellos cat?licos [...] Un pol?tico cat?lico, si no es un oportunista no puede disociar sus creencias religiosas de su actividad pol?tica. En conciencia, no puede aceptar ni colaborar en la cada vez m?s numerosa legislaci?n anticristiana, como la abortista o la favorable a la eutanasia, o la que ataca de diversas maneras a la persona o destruye la familia [...] Dada la participaci?n activa en la vida pol?tica de tantos cat?licos y que una gran proporci?n de votantes lo son tambi?n de buena fe, de ser medianamente atendida, provocar?a una revoluci?n en los usos pol?ticos? [13] .

Minor?as combativas han conseguido mediante una acci?n continuada la conquista de parcelas de poder pol?tico y medi?tico muy superiores a su proporci?n en la poblaci?n. La ley de matrimonios del mismo g?nero, la ley del aborto, las leyes de protecci?n de los pol?ticos, etc. no responden a exigencias de la sociedad, a un clamor popular expresado en acciones multitudinarias, sino a la acci?n decidida de minor?as activas en una sociedad inerte y desarmada ideol?gicamente. Cuantos anteponen el bien com?n a la ventaja de la facci?n, tienen que desarrollar una acci?n sin apocarse ante el guirigay de los medios de comunicaci?n de costumbre. Se produce lo que Joaqu?n Estefan?a califica de ?efecto Queipo de Llano?, los partidarios de las ideas predominantes al expresarse con fuerza y seguridad desde los medios de masas producen la sensaci?n de ser abrumadoramente mayoritarios frente a las personas que apenas se atreven a expresarse p?blicamente y que transmiten la sensaci?n de representar opiniones menos valiosas y extendidas. Se sienten minoritarios y evitan expresiones p?blicas por temor a la marginaci?n social. Es sabido que la libertad de prensa ?se convierte en privilegio (...) ya que su ejercicio queda reservado a quienes cuentan con los cuantiosos medios materiales que se necesitan para disponer de uno de esos medios de comunicaci?n? [14] .

Debemos asumir que ?la transformaci?n social que propugnamos busca precisamente la organizaci?n y la solidaridad de los espa?oles.? [15] Ese es el bien p?blico.

Tenemos derecho a nuestras creencias y a movilizarnos por ellas.

Notas


[1] Bernard Crick En defensa de la pol?tica KRITERIOS Tusquets, Barcelona, 2001, p?gina 185.

[2] Jos? Antonio Primo de Rivera ?Ensayo sobre el nacionalismo. La tesis rom?ntica de naci?n? Revista JONS, n? 16, abril de 1934.

[3] Bernard Crick Obra citada, p?gina 265.

[4] Fernando Sebasti?n, arzobispo de Pamplona, en Iglesia en democracia. http://www.iglesianavarra.org/6104democracia.htm

[5] Ramiro Ledesma en la revista Acci?n Espa?ola, n? 24. Marzo de 1933.

[6] Bernard Crick Obra citada, p?gina 68.

[7] < Bernard Crick Obra citada, p?gina 71.

[8] Fernando Sebasti?n, arzobispo de Pamplona, en Iglesia en democracia. http://www.iglesianavarra.org/6104democracia.htm

[9] Francisco J. Palacios Romeo La civilizaci?n de choque Centro de Estudios Pol?ticos y Constitucionales. Madrid, 1999, p?gina 168.

[10] Victoria Camps Paradojas del individualismo Cr?tica, Barcelona 1993.

[11] Pedro C. Gonz?lez Cuevas ?Maurras en Catalu?a? Raz?n Espa?ola http://www.galeon.com/razonespanola/re85-mec.htm

[12] Jos? Antonio Primo de Rivera ?Derecho y pol?tica? Arriba n? 21, 28 de noviembre de 1935.

[13] Dalmacio Negro ?Conducta pol?tica de los cat?licos? El Rotativo, n?mero 70.

[14] Luis Su?rez ?El hecho concreto de una desideologizaci?n?. Altar Mayor n? 81. Agosto 2002, p?gina 690.

[15] Ramiro Ledesma Nuestra Revoluci?n. Julio 1936 http://www.ramiroledesma.com/nrevolucion/rnr.html

Publicado por mario.web @ 21:41
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