Viernes, 22 de abril de 2011
?Existe una teolog?a del trabajo?, ?qu? hacer ante la acumulaci?n desmedida de bienes a la que nos orienta la sociedad actual? Paulino Quevedo nos habla de los derechos de las personas, la propiedad privada y el "tener".
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El trabajo y la propiedad de los bienes
El trabajo y la propiedad de los bienes


Teolog?a del trabajo (8)


Hola, amigos:


Hay que buscar la forma de vivir una civilizaci?n del amor en peque?o.

Breve preart?culo


En art?culos previos hemos visto que los seres humanos usualmente trabajamos para adquirir la propiedad de algunos bienes, principalmente dinero, para luego por su medio adquirir otras cosas. Aun as?, al final de mi art?culo de la semana pasada, Dinero, trueque, trabajo y propiedad, surgi? la pregunta de si nuestro trabajo tiene la finalidad o misi?n de adquirir la propiedad de los bienes.

En el presente art?culo analizaremos esa pregunta y trataremos de encontrar alguna respuesta. Debe notarse que, en cuanto que pone en duda o cuestiona lo establecido, tal pregunta tiende a verse como una falta de captaci?n y de aceptaci?n de la realidad y, por lo mismo, como una locura. Y m?s loco aun se considerar? el camino por el cual llevaremos a cabo dicho an?lisis.

No obstante, dado que la pregunta est? bien hecha, bien formulada, merece una respuesta al margen de lo pertinente o impertinente que pueda parecer. Adem?s, se trata de un tema que debe ser abordado, y abordado con cierta urgencia, habida cuenta de las consecuencias econ?micas y sociales derivadas de las diversas respuestas que se puedan encontrar.

Aunque los art?culos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relaci?n; debido a lo cual se aprovechar? mejor la lectura de cada uno si previamente se han le?do los anteriores, que pueden encontrarse activando el siguiente v?nculo:

Teolog?a del trabajo

Cuerpo del art?culo


La convicci?n actual, pr?cticamente universal, es que el trabajo humano adquiere la propiedad de algunos bienes, casi siempre con la mediaci?n de dinero. Y el dinero mismo es considerado como un bien, por peculiar que sea, que tambi?n puede ser adquirido con el trabajo. Sin embargo, como veremos, esta postura adolece de serios inconvenientes.

Uno de los inconvenientes de que el trabajo adquiera la propiedad de los bienes consiste en que lleva, de manera casi irremediable, a la concentraci?n de la riqueza, es decir, a que ?sta termine por estar en manos de unos pocos, aunque gran parte de la poblaci?n mundial padezca indigencia. La humanidad se ha encontrado en esta situaci?n desde que tenemos noticia hist?rica de ella.

En seguida veremos algunas razones que fundamentan los inconvenientes mencionados en el p?rrafo anterior, una de tipo natural y otra de tipo revelado. Ambas son coincidentes y complementarias.

La dignidad y los derechos de la persona humana.

Al igual que toda persona, la persona humana tiene una dignidad y unos derechos. Pues bien, esta dignidad y estos derechos se ven atropellados en el caso de que el trabajo humano adquiera la propiedad de los bienes; as? lo ha mostrado siempre la historia de la humanidad, lo mismo que ahora. En efecto, siempre se ha supuesto que el trabajo adquiere la propiedad de los bienes, con la consecuencia de que la dignidad y los derechos humanos sean violados.

Ante la p?sima distribuci?n de la riqueza que tiene lugar en nuestro mundo, donde unos pocos tienen fortunas desorbitadas mientras otros padecen indigencia de lo indispensable o incluso mueren de hambre, si el trabajo adquiere la propiedad de los bienes, aun el m?s rico puede justificarse diciendo lo siguiente: Todo lo que tengo me lo he ganado con mi trabajo; si hay otros que carecen de lo necesario... ?se es su problema... ?que lo resuelvan como puedan!

Si el trabajo humano adquiere la propiedad de los bienes, el hombre tender? a trabajar con el objeto principal de adquirir esa propiedad y de enriquecerse. Esto es precisamente lo que estamos viendo. Y as?, las diferentes capacidades para trabajar tienen la consecuencia de que los m?s h?biles acumulan riquezas, mientras los menos h?biles viven en la indigencia; es decir, la riqueza tiende a concentrarse en las manos de unos pocos.

Otra consecuencia es que los bienes necesarios para la supervivencia y para una vida humanamente digna normalmente se tienen en la medida en que se adquieren, ya sea mediante trueque o mediante dinero. De esta forma, muchas personas llegan a carecer de alimento, de atenci?n m?dica, de educaci?n, de vestido, de casa y de muchos otros bienes. A todo lo cual los seres humanos tienen derecho por su misma dignidad de personas; es decir, su dignidad y sus derechos son violados.

La ?nica manera de asegurar que la dignidad y los derechos de la persona humana sean respetados consiste en que posea los bienes necesarios para llevar una vida humanamente digna ?sin que tenga necesidad de adquirirlos!, supuesto que existan, independientemente de qui?n o qui?nes los hayan logrado o producido, ya sea trabajando o de cualquier otra forma.

Aun as?, hay que lograr motivar a todos, para que todos trabajen y ayuden a satisfacer las necesidades de la humanidad. Pero en todos los casos hay obligaci?n de dar al indigente lo necesario para subsistir: hay que dar de comer al hambriento, y as? en todo lo dem?s. De lo contrario, la dignidad y los derechos del hambriento ser?n violados. Todo lo cual indica, al menos de alguna forma quiz? no muy clara, que el trabajo no adquiere la propiedad de los bienes, aunque se trate de algo contrario al sistema establecido.

El destino universal de los bienes

Lo dicho en el apartado anterior es del todo coincidente y complementario con el destino universal de los bienes, es decir, con el hecho de que ?stos hayan sido dados por Dios a todos los seres humanos, y no s?lo a algunos. Este universal destino de los bienes ha sido ense?ado por el Magisterio de la Iglesia, adem?s de que se desprende de los textos mismos de la Sagrada Escritura:

"Y cre? Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo cre?, y los cre? macho y hembra; y los bendijo Dios, dici?ndoles: ?Creced y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra?" (G?nesis 1, 27-28).

"Tom?, pues, Yav? Dios al hombre, y lo puso en el jard?n de Ed?n para que lo cultivase y guardase" (G?nesis 2, 15).

Es muy claro que Dios da los bienes de la Tierra al hombre y a la mujer que acaba de crear, y tambi?n a todos sus descendientes ?multiplicaos? hasta henchir la Tierra. Y es tambi?n muy claro que Dios le dio al hombre la misi?n de cultivar y guardar la Tierra, de perfeccionarla con su trabajo y hacerla acogedora para todos. Y la misi?n de someter y dominar indica una forma de posesi?n de la Tierra de parte del hombre, de todos los hombres y de todas las mujeres.

Dios dio en propiedad todos los bienes del mundo a todos los hombres; y a todas las mujeres, por supuesto. No es el caso, por tanto, de que todo ni?o que venga a este mundo haya de traer una torta debajo del brazo, porque su torta ya lo est? esperando en este mundo, que tambi?n a ?l le fue dado por Dios. Sin embargo, Dios no hizo una descripci?n detallada de cu?les bienes habr?an de pertenecer a cada quien. Dios dej? al hombre decidir esos detalles como parte de su trabajo.

El hombre es como un albacea del legado de los bienes donados por Dios; pero es como un albacea muy peculiar, pues debe decidir, a lo largo del devenir hist?rico, qu? bienes han de pertenecer a cada quien. Todo indica que si Ad?n no hubiera pecado, ni muerto, ?l ser?a el responsable de dicha distribuci?n de la propiedad de los bienes, asistido por quienes ?l mismo juzgara conveniente. Muerto Ad?n, esa responsabilidad pas? a las autoridades de este mundo.

Sin duda la propiedad humana de los bienes tiene diversas modalidades. Se trata de una propiedad en parte com?n, como la del aire, y en parte privada, como la del vestido. Y tambi?n se trata de una propiedad relativa, ya que no somos due?os absolutos de los bienes, sino, m?s bien, s?lo administradores. ?C?mo podr?amos ser due?os absolutos de unos bienes que dependen de Dios en su existencia misma, y si nosotros mismos dependemos de Dios de igual manera?

De todo lo dicho resulta que el hombre, como peculiar albacea de los bienes donados por Dios, tiene la misi?n de producirlos y distribuirlos con su trabajo, y de hacerlo conforme a la voluntad del donante divino, que quiso que fueran de todos, ya sea como propiedad com?n, ya sea como propiedad privada. La misi?n del trabajo humano es la de lograr esa producci?n y esa distribuci?n, y no la de adquirir la propiedad de los bienes donados. Nadie considera que con su trabajo de albacea adquiere la propiedad de los bienes heredados.

En todo esto radica el gran problema de la distribuci?n de la riqueza: en que el hombre le ha atribuido a su trabajo la misi?n, finalidad o funci?n de adquirir la propiedad de los bienes. Y as? ha encontrado la forma de acumular bienes por encima de sus necesidades, aunque haya personas que padezcan verdadera indigencia e incluso mueran de hambre; lo cual se ha debido, en gran parte, a las malas inclinaciones derivadas del pecado original, principalmente al ego?smo.

Lo que Dios quiere del trabajo humano

Lo que Dios quiere es algo radicalmente distinto. Quiere que trabajemos por amor, por altruismo, no por ego?smo. Quiere que trabajemos para los dem?s, con preferencia a trabajar para nosotros mismos, ya que cada uno es capaz de producir muchos m?s bienes que los que personalmente necesita; y ese mayor excedente debe ser para los dem?s. Esta forma de trabajar sigue en vigor dentro de la familia; lo cual es claro indicio de que la familia es una instituci?n amorosa de iniciativa divina.

El ego?smo es la causa de que no se quiera dar a otros lo que se considera propio, y tambi?n de que se busquen motivos para poder considerar como propio todo lo que se pueda, y as? poder justificar la acumulaci?n de riquezas. Y entonces s?lo se quiere dar lo que se considera propio si se adquiere algo a cambio, en lo cual consiste el trueque: doy para que me des. Luego se procura salir ganando en el trueque y aparecen las habilidades negociadoras. Y finalmente aparece el dinero como facilitador y catalizador del trueque. El resultado, casi inevitable, es el establecimiento del capitalismo ?amor al capital o al dinero? y la concentraci?n de la riqueza en unos pocos, en detrimento de los dem?s.

El hecho es que hoy vivimos en un mundo donde el motor del trabajo y de la econom?a es el ego?smo, el capitalismo, el amor al dinero por encima de las personas, excepci?n hecha de las que consideramos nuestras o muy cercanas a nosotros, como lo son los familiares. Lo que se considera propio se defiende mediante facturas, escrituras, leyes, litigios, etc?tera, tanto en lo personal como en lo familiar, empresarial y social en general. Y las naciones lo defienden mediante ej?rcitos, armamento b?lico y guerras. Con lo que se gasta en armamento y ej?rcitos se podr?an solucionar casi todos los problemas econ?micos del mundo.

En una econom?a y un trabajo humano movidos por el amor, por el altruismo, la propiedad privada de los bienes logrados con el trabajo de todos, en beneficio de todos, ser?a asignada a cada quien de acuerdo a sus necesidades por autoridades competentes. Y as?, por ejemplo, la silla de ruedas de un enfermo que se cura definitivamente, dejar?a de ser propiedad suya para pasar a ser propiedad de alguien que la necesite. Es obvio que un mundo movido por el amor, hoy por hoy, es considerado algo ut?pico.

Desde el punto de vista econ?mico hay dos principales estilos de vida: la vida de ricos y la vida austera. En la vida de ricos, basada en el ego?smo, se quiere que la propiedad privada sea m?xima, sobre todo la propia, y que la propiedad com?n sea m?nima. Notemos c?mo el agua ya ha pasado de ser propiedad com?n a ser propiedad privada; y quiz?s en un futuro algo semejante pueda suceder con el aire.

En cambio, en la vida austera, basada en el altruismo, se quiere que la propiedad privada sea m?nima, para que la propiedad com?n sea m?xima y pueda llegar a todos en m?xima medida. Por ejemplo, se prefiere que haya un buen transporte colectivo a que se tenga un coche para cada uno.

No debemos inhibirnos ante la llamada utop?a del amor

Ante la consideraci?n ??acusaci?n?? de utop?a tan s?lo por proponer un mundo movido por el amor, tambi?n en la econom?a y en el trabajo, ?qu? se puede hacer?, ?qu? podemos hacer los que quisi?ramos un mundo as?? Expresemos esa consideraci?n o acusaci?n con toda crudeza: ?La civilizaci?n del amor es una utop?a! ... ?El Papa es un ut?pico! ... ?Cristo es el m?ximo ut?pico!

?Qu? podemos hacer? ?C?mo podemos reaccionar? ?C?mo lograr romper esa utop?a, esa paradoja, esa magia negativa? Todo indica que la soluci?n no est? en esperar a que el mundo cambie, para luego cambiar nosotros. La soluci?n parece estar en cambiar nosotros primero, para luego atraer a otros con la magia positiva de nuestra vida, y as?, poco a poco, ir cambiando el mundo.

Y la clave del asunto est? en no molestar a nadie al cambiar nosotros, en no recriminar a los dem?s, en no convertirnos en unos separatistas ni en unos raros, en no ser anti-nada ni anti-nadie. En futuros art?culos veremos algunos trucos que nos permitan vivir una civilizaci?n del amor en peque?o, al menos inicialmente.


Publicado por mario.web @ 10:05
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