Viernes, 22 de abril de 2011

Fuente: Vatican Press
Autor: Benedicto XVI

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:

Con gran placer os acojo al final de los trabajos, en los que hab?is reflexionado sobre un problema antiguo y siempre nuevo como es el de la responsabilidad y el respeto al surgir de la vida humana. Saludo en particular a mons. Rino Fisichella, rector magn?fico de la Pontificia Universidad Lateranense, que ha organizado este Congreso internacional, y le agradezco las palabras de saludo que me ha dirigido. Mi saludo se extiende a todos los ilustres relatores, profesores y participantes, que con su contribuci?n han enriquecido estas jornadas de intenso trabajo. Vuestra aportaci?n se inserta eficazmente en la producci?n m?s amplia que, a lo largo de los decenios, ha ido aumentando sobre este tema controvertido y, a pesar de ello, tan decisivo para el futuro de la humanidad.

El concilio Vaticano II, en la constituci?n Gaudium et spes, ya se dirig?a a los hombres de ciencia invit?ndolos a aunar sus esfuerzos para alcanzar la unidad del saber y una certeza consolidada acerca de las condiciones que pueden favorecer "una honesta ordenaci?n de la procreaci?n humana" (n. 52). Mi predecesor, de venerada memoria, el siervo de Dios Pablo VI, el 25 de julio de 1968, public? la carta enc?clica Humanae vitae. Ese documento se convirti? muy pronto en signo de contradicci?n.

Elaborado a la luz de una decisi?n sufrida, constituye un significativo gesto de valent?a al reafirmar la continuidad de la doctrina y de la tradici?n de la Iglesia. Ese texto, a menudo mal entendido y tergiversado, suscit? un gran debate, entre otras razones, porque se situ? en los inicios de una profunda contestaci?n que marc? la vida de generaciones enteras. Cuarenta a?os despu?s de su publicaci?n, esa doctrina no s?lo sigue manifestando su verdad; tambi?n revela la clarividencia con la que se afront? el problema.

De hecho, el amor conyugal se describe dentro de un proceso global que no se detiene en la divisi?n entre alma y cuerpo ni depende s?lo del sentimiento, a menudo fugaz y precario, sino que implica la unidad de la persona y la total participaci?n de los esposos que, en la acogida rec?proca, se entregan a s? mismos en una promesa de amor fiel y exclusivo que brota de una genuina opci?n de libertad. ?C?mo podr?a ese amor permanecer cerrado al don de la vida? La vida es siempre un don inestimable; cada vez que surge, percibimos la potencia de la acci?n creadora de Dios, que se f?a del hombre y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza.

El Magisterio de la Iglesia no puede menos de reflexionar siempre profundamente sobre los principios fundamentales que conciernen al matrimonio y a la procreaci?n. Lo que era verdad ayer, sigue si?ndolo tambi?n hoy. La verdad expresada en la Humanae vitae no cambia; m?s a?n, precisamente a la luz de los nuevos descubrimientos cient?ficos, su doctrina se hace m?s actual e impulsa a reflexionar sobre el valor intr?nseco que posee.

La palabra clave para entrar con coherencia en sus contenidos sigue siendo el amor. Como escrib? en mi primera enc?clica, Deus caritas est: "El hombre es realmente ?l mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad ?ntima; (...) ni el cuerpo ni el esp?ritu aman por s? solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma" (n. 5). Si se elimina esta unidad, se pierde el valor de la persona y se cae en el grave peligro de considerar el cuerpo como un objeto que se puede comprar o vender (cf. ib.).

En una cultura marcada por el predominio del tener sobre el ser, la vida humana corre el peligro de perder su valor. Si el ejercicio de la sexualidad se transforma en una droga que quiere someter al otro a los propios deseos e intereses, sin respetar los tiempos de la persona amada, entonces lo que se debe defender ya no es s?lo el verdadero concepto del amor, sino en primer lugar la dignidad de la persona misma. Como creyentes, no podr?amos permitir nunca que el dominio de la t?cnica infecte la calidad del amor y el car?cter sagrado de la vida.

No por casualidad Jes?s, hablando del amor humano, se remite a lo que realiz? Dios al inicio de la creaci?n (cf. Mt 19, 4-6). Su ense?anza se refiere a un acto gratuito con el cual el Creador no s?lo quiso expresar la riqueza de su amor, que se abre entreg?ndose a todos, sino tambi?n presentar un modelo seg?n el cual debe actuar la humanidad. Con la fecundidad del amor conyugal el hombre y la mujer participan en el acto creador del Padre y ponen de manifiesto que en el origen de su vida matrimonial hay un "s?" genuino que se pronuncia y se vive realmente en la reciprocidad, permaneciendo siempre abierto a la vida.

Esta palabra del Se?or sigue conservando siempre su profunda verdad y no puede ser eliminada por las diversas teor?as que a lo largo de los a?os se han sucedido, a veces incluso contradici?ndose entre s?. La ley natural, que est? en la base del reconocimiento de la verdadera igualdad entre personas y pueblos, debe reconocerse como la fuente en la que se ha de inspirar tambi?n la relaci?n entre los esposos en su responsabilidad al engendrar nuevos hijos. La transmisi?n de la vida est? inscrita en la naturaleza, y sus leyes siguen siendo norma no escrita a la que todos deben remitirse. Cualquier intento de apartar la mirada de este principio queda est?ril y no produce fruto.

Es urgente redescubrir una alianza que siempre ha sido fecunda, cuando se la ha respetado. En esa alianza ocupan el primer plano la raz?n y el amor. Un maestro tan agudo como Guillermo de Saint Thierry escribi? palabras que siguen siendo profundamente v?lidas tambi?n para nuestro tiempo: "Si la raz?n instruye al amor, y el amor ilumina la raz?n; si la raz?n se convierte en amor y el amor se mantiene dentro de los confines de la raz?n, entonces ambos pueden hacer algo grande" (Naturaleza y grandeza del amor, 21, 8).

?Qu? significa ese "algo grande" que se puede conseguir? Es el surgir de la responsabilidad ante la vida, que hace fecundo el don que cada uno hace de s? al otro. Es fruto de un amor que sabe pensar y escoger con plena libertad, sin dejarse condicionar excesivamente por el posible sacrificio que requiere. De aqu? brota el milagro de la vida que los padres experimentan en s? mismos, verificando que lo que se realiza en ellos y a trav?s de ellos es algo extraordinario. Ninguna t?cnica mec?nica puede sustituir el acto de amor que dos esposos se intercambian como signo de un misterio m?s grande, en el que son protagonistas y part?cipes de la creaci?n.

Por desgracia, se asiste cada vez con mayor frecuencia a sucesos tristes que implican a los adolescentes, cuyas reacciones manifiestan un conocimiento incorrecto del misterio de la vida y de las peligrosas implicaciones de sus actos. La urgencia formativa, a la que a menudo me refiero, concierne de manera muy especial al tema de la vida. Deseo verdaderamente que se preste una atenci?n muy particular sobre todo a los j?venes, para que aprendan el aut?ntico sentido del amor y se preparen para ?l con una adecuada educaci?n en lo que ata?e a la sexualidad, sin dejarse enga?ar por mensajes ef?meros que impiden llegar a la esencia de la verdad que est? en juego.

Proporcionar ilusiones falsas en el ?mbito del amor o enga?ar sobre las genuinas responsabilidades que se deben asumir con el ejercicio de la propia sexualidad no hace honor a una sociedad que declara atenerse a los principios de libertad y democracia. La libertad debe conjugarse con la verdad, y la responsabilidad con la fuerza de la entrega al otro, incluso cuando implica sacrificio; sin estos componentes no crece la comunidad de los hombres y siempre est? al acecho el peligro de encerrarse en un c?rculo de ego?smo asfixiante.

La doctrina contenida en la enc?clica Humanae vitae no es f?cil. Sin embargo, es conforme a la estructura fundamental mediante la cual la vida siempre ha sido transmitida desde la creaci?n del mundo, respetando la naturaleza y de acuerdo con sus exigencias. El respeto por la vida humana y la salvaguarda de la dignidad de la persona nos exigen hacer lo posible para que llegue a todos la verdad genuina del amor conyugal responsable en la plena adhesi?n a la ley inscrita en el coraz?n de cada persona.

Con estos sentimientos, os imparto a todos la bendici?n apost?lica.


Publicado por mario.web @ 10:25
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios