Viernes, 22 de abril de 2011

Fuente: Catholic.net
Autor: Salvador I. Reding V.

Para los j?venes padres de familia, cuidar a sus beb?s, ayudarlos en su absoluta dependencia para subsistir, a aprender a caminar, y a valerse cada vez m?s por s? mismos, es vivido como un camino m?gico, esperado y muy satisfactorio, cuya recompensa es ver desarrollarse al hijo y convertirse en una personita. Cuidarlos cuando enferman, es una preocupaci?n que se puede llevar al extremo, para que sus males sean bien atendidos, medicinados y seguidas las instrucciones del m?dico. Nadie cuestiona esta responsabilidad y satisfacci?n.

Es muy f?cil dar amor y apapacho a un beb? o a una ni?ita encantadora, o un abrazo a un ni?o. La satisfacci?n paterna es f?cil de conseguir y lleva al orgullo de ser protector y cuidador de los hijos que crecen. Estas satisfacciones se convierten en orgullo que puede llegar a la soberbia, la presunci?n consigo mismo del deber cumplido.

Pero hay otro extremo de la vida, la decadencia con los a?os, que convierte a personas vigorosas de la edad madura en ancianos, cada vez m?s necesitados de ayuda de todo tipo: material, f?sica y psicol?gica -por no especificar espiritual. Quienes no mueren en el camino de la vida, se hacen viejos, con una creciente dependencia de gente m?s joven, que en toda cultura humana, es vista como responsabilidad fundamental de los hijos, y en segundo lugar de otros parientes, como los hermanos menores.
La responsabilidad para con los viejos es tan importante como para con los infantes; ?stos crecen y aquellos decrecen, los ni?os son cada d?a menos dependientes y los viejos cada vez m?s, los ni?os ganan fuerza, los viejos la pierden. Aqu? empiezan los problemas para quienes, como adultos en plenitud de vida, enfrentan necesidades de sus padres que envejecen: ?que lata con el viejo!

Tal como la memoria hist?rica de los pueblos los hace olvidar y repetir los errores pasados, de acci?n y de omisi?n, las personas tienden a olvidar lo recibido de sus padres, desde el cuidado y alimentaci?n reci?n nacidos, hasta sacrificios personales de tiempo y dinero para su educaci?n. Y no es falta de memoria hist?rica familiar, es un mecanismo ego?sta para olvidar la dedicaci?n paterna y materna recibida.

Muy f?cilmente, los padres de familia j?venes y en edad madura, ego?stamente pueden despreciar cada vez m?s lo recibido de sus padres, d?ndolo como una obligaci?n que cumplir sin mayor m?rito, pero al mismo tiempo llegan a sobreestimar sus propias acciones para con sus hijos. El ego?smo y la sobre-autoestima se imponen, desestimando a sus padres.

Atender a los padres que envejecen o ya ancianos, es vista por adultos ego?stas como carga incomod?sima, que demanda algo que quieren tener para su exclusivo provecho: tiempo. Una vez que un adulto empieza a sentir la necesidad paterna de dedicarles tiempo, la alternativa se hace presente: si dejo mis cosas para ver a mis pap?s, me pesa, y si no les doy tiempo, me remuerde la conciencia. La soluci?n m?s f?cil: deso?r la conciencia.

El envejecimiento humano es sin?nimo, desgraciadamente, de p?rdida de facultades, y al mismo tiempo puede serlo de testarudez, necedad, mal car?cter y cerraz?n a ideas y costumbres que a trav?s de su vida llegaron a considerar como propias: yo tengo raz?n y las nuevas generaciones est?n equivocadas. Los viejos chochean, entorpecen sus movimientos, pierden la memoria reciente y enferman cada vez m?s f?cil y m?s perennemente. ?Que lata son los viejos!
S?, los padres que envejecen o ya ancianos son una carga, pero es el proceso vital de todo ser viviente. Esta carga es, para una recta conciencia libre de ego?smo, una responsabilidad ineludible, a cumplir con el mismo amor con que se atiende a los hijos al prepararlos para la vida. Pero la dificultad de atender a los viejos es m?s gratificante que atender a los hijos, y el premio divino inmenso.

No podemos hacernos sordos ni ciegos ante la demanda de atenci?n de los padres viejos, cuya mayor dolencia es la soledad. En todas las culturas humanas y todas las religiones, esta responsabilidad es muy grave; es primero corresponder a la atenci?n y amor recibidos mientras se crec?a, con todas las fallas y errores que ello pudiera haber tenido. Salvo casos muy particulares de irresponsabilidad paterna, el saldo de amor y cuidados que recibimos, es muy favorable a los padres. Olvidarlo es tan, tan c?modo... que pensar en ello mortifica el uso de mi tiempo: sacrificar mi ocio tan agradable en pasar tiempo con los viejos...

La Biblia es muy clara en cuanto a la responsabilidad para con los padres ancianos, con todas sus debilidades, fallas y exigencias. La palabra de Dios es m?s exigente que cualquier palabra humana sobre el deber ante los padres. Dios no deja de amenazar a quien no lo cumple y de ofrecer recompensa a quien da amor a sus viejos. (Ver Eclesi?stico, Cap. III, Vers. 1-18).
En conclusi?n: debemos dar a nuestros padres envejeciendo los que necesitan de nosotros, en cosas materiales -lo m?s c?modo-, pero esencialmente en tiempo, tiempo lleno de calor humano, de cari?o y de mucha, mucha comprensi?n de sus debilidades de ancianidad y de su soledad. De paso, no olvidar que, si no morimos en plenitud de vida, tambi?n nos haremos ancianos y requeriremos tiempo de nuestros propios hijos quienes, naturalmente, repetir?n lo que nos vieron hacer o dejar de hacer.


Publicado por mario.web @ 10:29
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