S?bado, 23 de abril de 2011

Fuente: Catholic.net
Autor: H. Arturo Guerra, L.C.

Llegu? un par de minutos antes de que empezara la misa de una y media en una parroquia de aquella ciudad. Entr?.

Me encontr? con un nutrido grupo de hombres y mujeres en callada piedad; desde mi punto de vista, muy mayores. S?lo desenton?bamos una mam?, su inquieto beb? que desde un carrito azul se esforzaba por dejar claro que estaba presente, y yo.

Es posible que llegados a este punto a alguien se le ocurra comentar que a la iglesia s?lo van los viejos porque no tienen nada que hacer, porque no saben c?mo administrar su aburrimiento, porque comienzan a temer irracionalmente el despu?s de la muerte...

Pero dudo mucho que esos pensamientos reflejen la realidad...

Son ellos quiz? los que asisten a la iglesia m?s libremente... Algunos est?n ah? despu?s de haberlo probado todo en la vida (excepto a Dios) y finalmente han descubierto en ?l una felicidad que sabe a eternidad. Otros vuelven con l?grimas en los ojos despu?s de haber malgastado la fortuna lejos de la casa del Padre. Otros nunca se marcharon; han estado ah? todo el tiempo porque desde siempre Dios ha fundamentado su plenitud humana y su realizaci?n como personas...

Qu? historias detr?s de cada uno de ellos, qu? itinerarios, qu? dep?sitos de experiencias, qu? caminos, qu? sedimentos de vivencias multicolores, qu? pluralidad de modos de vida...

S?, ellos vislumbran una eternidad ya cercana... Pero ?sa es una eternidad que a todos nos aguarda. No s?lo a ellos. Ninguno de nosotros sabemos ni el d?a ni la hora. Es un misterio que ning?n cient?fico, ninguna t?cnica, ninguna ideolog?a han podido explicar ni descifrar: simplemente porque no les compete...

Unos con bast?n, otros con temblores, otros no pueden ya arrodillarse, otros hacen su mayor esfuerzo por realizar un gesto de adoraci?n en la consagraci?n, ese momento en el que un trozo de pan y unas gotas de vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

C?mo deber?a interpelarnos su religiosidad, c?mo deber?amos acordarnos de que la vida es breve, de que tarde o temprano esa vida llegar? a su fin, de que nuestra juventud y nuestros proyectos pasar?n m?s r?pido de lo que nos imaginamos, de que al final de la vida lo ?nico que va a quedar ser? lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres, de que entonces muchas cosas se habr?n ya evaporado porque realmente no eran importantes a pesar de los muchos a?os y a?os que hayamos dedicado a acariciarlas: d?gase salud, dinero...

Entre estas personas puede percibirse una fina sensibilidad hacia el mundo sobrenatural. Para algunos de ellos el hecho de conocer demasiado el mundo les ha dejado vac?os y les ha acercado al mundo espiritual, al de Dios, donde ni la polilla carcome ni la herrumbre corroe. No es que hayan dejado de amar su planeta, su terru?o, sus seres queridos. Siguen siendo de este mundo. Tan de este mundo que una de las presentes ven?a de sus compras y hab?a dejado recargadas sobre el muro un par de bolsas repletas, de las que sobresal?a un frasco de detergente para pisos... Pero se han hecho m?s sensibles a una realidad que antes s?lo conoc?an de lejos y que ahora, en cierto sentido, son capaces de tocarla.

Tambi?n el sacerdote celebrante era anciano. Sobre la nariz llevaba una gasa blanca. Su dicci?n a veces se entrecortaba. Pero ese rostro parchado y esa voz quebrada trasluc?an una bondad acendrada y a?eja fruto de muchos inviernos al servicio de Dios y de los hombres.

Cuenta Tatiana G?richeva -una rusa ortodoxa conversa desde el ate?smo m?s militante- que durante los a?os m?s represivos contra la religi?n por parte del gobierno sovi?tico, agentes estatales ?profetizaban? a un sacerdote ortodoxo m?s o menos en estos t?rminos: d?se cuenta que su Iglesia morir? pronto, basta que usted constate que actualmente a su iglesia s?lo asisten unas cuantas viejas ignorantes; una vez que mueran esas ancianas usted se quedar? sin trabajo y podremos dar el ?ltimo adi?s a su religi?n que quedar? como reliquia de un pasado oscurantista y supersticioso.

Y lo curioso es que la URSS como sistema es ya una triste reliquia del pasado...

El beb?, como buen beb?, en alg?n momento de la misa llor? sonoramente... Y es muy posible que ?l, cuando alcance la edad de 80 a?os, asista a la misa de una y media de esa parroquia; y quiz? vendr? acompa?ado de alguno de sus inquietos nietos recostado en un carrito azul o amarillo o negro...

Junto a ese beb? yo tambi?n me sent? un poco intruso en tan madura asamblea. Pero al mismo tiempo me sent? en casa, en familia, como hermano peque?o en la fe. Esa fe que lleva trasmiti?ndose dos mil a?os de generaci?n en generaci?n. ?Gracias, hermanas y hermanos mayores!

Arturo Guerra, LC
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Publicado por mario.web @ 14:18
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