Lunes, 25 de abril de 2011
Publicamos la Conferencia cuaresmal ?Vivir cristianamente en democracia? de monse?or Fernando Sebasti?n Aguilar, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela.
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Vivir cristianamente en democracia
Vivir cristianamente en democracia
PAMPLONA, s?bado, 3 marzo 2007 (ZENIT.org).-
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Introducci?n

Para poder vivir con paz en este mundo nuestro, tenemos que tratar de comprender los elementos esenciales de nuestra propia vida. No podemos disfrutar de nuestra condici?n de cristianos si no la conocemos suficientemente. Los laicistas querr?an recluir la vida cristiana, la vida de los cristianos, al ?mbito privado, como si la vida personal y la vida en familia pudiera estar inmunizada de las influencias del ambiente y del conjunto de la sociedad. Tanto si las aceptamos como si las rechazamos, los cristianos vivimos en este mundo, recibimos las influencias de todo lo que hay en la sociedad y nos sentimos tambi?n movidos y responsabilizados de influir en la vida de la sociedad, denunciando y eliminando los males y apoyando todas las cosas buenas vengan de donde vengan.

Para cumplir la recomendaci?n cuaresmal tenemos que tener en cuenta la gravedad del conflicto cultural en que vivimos. Est?n enfrentadas dos maneras de entender la vida, uno de sus rasgos diferenciantes fundamentales es la valoraci?n de la religi?n, vida humana con Dios o sin Dios. Esta es una cuesti?n capital. Y no solamente como una cuesti?n social o cultural, este conflicto se hace m?s agudo porque el gobierno y grandes fuerzas sociales son claramente beligerantes en favor de la implantaci?n social de la concepci?n de la vida sin Dios.

Miembros responsables de la sociedad

No somos de este mundo pero vivimos en el mundo. Somos ciudadanos del cielo y conciudadanos de los santos, pero esta vida celestial tenemos que ejercerla penosamente en las condiciones terrenas de nuestra vida temporal. Esta es la complejidad y la riqueza de la vida cristiana, vivir en comuni?n con el dios del Cielo mientras peleamos en este mundo, estar bien presentes en la tierra teniendo el coraz?n en el cielo, vivir intensamente en el hoy, cuando tenemos puesta la esperanza en el ma?ana de la vida eterna.

Para no confundir las cosas, tenemos que afirmar desde el principio la originalidad y las diferencias de la Iglesia respecto del resto de la sociedad. La Iglesia es la sociedad de los hijos de Dios en el mundo. Despu?s de una larga preparaci?n, comienza con la encarnaci?n del Hijo de Dios en el seno de la Virgen Mar?a. El es el Hijo de Dios hecho hombre, principio de la nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios encabezados por El y santificados por el Esp?ritu Santo. La Iglesia ?tiene su origen y su fundamento permanente en Cristo, sus miembros nos incorporamos libremente a ella por la fe y el bautismo y recibimos el don del Esp?ritu Santo, principio de renovaci?n espiritual que nos dispone para actuar justamente en este mundo mientras caminamos en la presencia de Dios hacia la vida eterna. Ninguna otra instituci?n tiene en la tierra medios ni fines semejantes.? (Orientaciones morales, n.45).

Los cat?licos nos sentimos hijos de Dios, llamados a la vida eterna, pero tenemos los pies en el suelo y sabemos que tenemos que afirmar nuestra fe, ejercitar nuestra esperanza y practicar diligentemente nuestra caridad en el contexto real y actual de nuestra vida terrestre. As?, en la vida de los cristianos se va haciendo poco a poco, penosamente, la reconciliaci?n y el encuentro entre el Creador y las criaturas, entre el Padre celestial y la humanidad. Viviendo para Dios no nos alejamos del mundo, porque sabemos que el mundo es de Dios y Dios se ha vinculado definitivamente a nuestro mundo en la carne de su Hijo. Quien se acerca a Dios, se siente enviado al mundo con el mismo amor con el cual El vino y se entreg? por nosotros. El cristianismo es la religi?n del hombre para Dios y porque antes Dios quiso vivir y morir para el bien del hombre.

De este modo los cristianos nos sentimos doblemente vinculados a nuestro mundo y a nuestros hermanos. Por nuestra condici?n humana y por la ley del amor nos sentimos vinculados a nuestro mundo, al bien de la sociedad concreta en que vivimos.

Los cristianos y la misma Iglesia, somos parte de la sociedad, estamos profundamente arraigados en ella por v?nculos naturales y sobrenaturales, por m?ltiples v?nculos de convivencia reforzados por el apremio del amor fraterno. El hecho de adorar a Dios y de vivir arraigados en Cristo no nos aleja del mundo sino que nos permite vivir m?s intensamente nuestras responsabilidades y ofrecer a nuestros conciudadanos los mismos dones sobrenaturales que nosotros hemos recibido y los abundantes bienes de orden cultural y social que se derivan de la iluminaci?n de la fe y de la sanaci?n espiritual que los dones del Esp?ritu Santo producen en nosotros. Si la raz?n humana es capaz de organizar la convivencia y elaborar modelos morales de vida y de comportamiento, la fe purifica y enriquece las capacidades naturales, ilumina la raz?n, purifica los deseos y fortalece la voluntad para percibir y practicar el bien en la vida personal y social.

No s?lo los partidos pol?ticos y las instituciones temporales pueden y deben enriquecer la vida de la sociedad. Tambi?n la Iglesia y los cristianos en tanto que cristianos podemos y debemos ofrecer a la sociedad en que vivimos todos los bienes naturales y sobrenaturales que hemos recibido. Creer en Dios y vivir seg?n su voluntad no es algo opcional de lo que podamos prescindir sin padecer graves privaciones y malograr nuestra existencia. Este es precisamente el error tr?gico del laicismo, pensar que el hombre encerrado en s? mismo, sin contar con Dios, puede alcanzar la plenitud de su existencia. Si estamos hechos para convivir con Dios, si somos algo m?s que el resultado de una evoluci?n estrictamente mundana y material, los hombres no podemos llegar nunca a serlo totalmente sin reconocer a Dios como referencia absoluta y centro definitivo de nuestras aspiraciones. Por eso los cristianos, al sentirnos elegidos y enriquecidos por el conocimiento y el reconocimiento de Dios, nos sentimos obligados a ofrecer a nuestros conciudadanos esta fe que sostiene nuestra existencia y de la cual nacen convicciones y sentimientos que iluminan y fortalecen nuestra existencia tambi?n en las vicisitudes y obligaciones de nuestra vida social, cultural, econ?mica y pol?tica. ?No ser?amos fieles a los dones recibidos, ni ser?amos tampoco leales con nuestros conciudadanos, si no intent?ramos enriquecer la vida social y la propia cultura con los bienes morales y culturales que nacen de una humanidad iluminada por la fe y enriquecida con los dones del Esp?ritu Santo? (ib. n.46).

?La fe no es un asunto privado? (ib. n.48). Quienes pretenden reducirla a la vida privada cometen dos equivocaciones. En primer lugar no se dan cuenta de que la fe en Dios es una decisi?n personal que afecta a la persona entera, en la comprensi?n de s? mismo y del mundo, en el proyecto y realizaci?n de todas sus acciones y realizaciones sociales. Por otra parte, esa distinci?n que a veces aceptamos sin discusi?n entre vida privada y vida p?blica no responde la realidad de nuestro ser. Nada en el hombre es del todo privado ni es ?nicamente p?blico. Nuestras convicciones personales m?s ?ntimas condicionan la manera de manifestar y desarrollar nuestra vida en las relaciones con los dem?s. Lo que hacemos en la vida p?blica nace de lo que somos en el foro interior de nuestra conciencia, de nuestras convicciones, de nuestras aspiraciones m?s profundas y personales.

Por eso est? plenamente justificado que nos preguntemos c?mo podemos y debemos portarnos los cristianos en la vida p?blica, y m?s en concreto qu? debemos hacer para vivir adecuadamente como cristianos en una sociedad democr?tica? Lo que ocurre a nuestro alrededor nos influye profundamente, influye en nuestras familias, nos facilita o nos perjudica vivir de acuerdo con nuestra fe y nuestras convicciones religiosas. De estas cuestiones queremos ocuparnos en esta tercera conferencia.

El servicio de la evangelizaci?n

A la hora de pensar en los servicios que los cristianos tenemos que hacer a la sociedad en la que vivimos, tendemos a pensar inmediatamente en servicios de orden material, valorando ?nicamente lo que la Iglesia hace en el orden de la educaci?n de la asistencia a los enfermos o los necesitados de cualquier g?nero. Que esta simplificaci?n la hagan quienes no conocen ni valoran la fe como una riqueza de la existencia, puede ser explicable y excusable. Pero que esto mismo lo hagamos los mismos cristianos es un error imperdonable.

La Iglesia, y los cristianos como miembros suyos, estamos en este mundo, ante todo, para difundir el evangelio de Jes?s, para ampliar y multiplicar su testimonio sobre la bondad de Dios, para ayudar a nuestros hermanos a descubrir la verdad y grandeza de nuestra existencia, tal como Dios nos la manifest? en Cristo, ?para que su nombre sea santificado, para que venga su Reino, para que su voluntad se cumpla en la tierra como en el Cielo?.

Con frecuencia se piensa que este anuncio del evangelio corresponde s?lo a los Obispos y sacerdotes, a los religiosos y consagrados. Es cierto que todos tenemos nuestras responsabilidades y tareas espec?ficas, pero tenemos que tener muy claro que el anuncio, la presentaci?n de la Palabra de Dios como palabra de salvaci?n, consiste en la presencia elocuente de Cristo en nuestro mundo, como Palabra de salvaci?n, que se hace presente en el testimonio, en la vida y en la actuaci?n de los cristianos en su conjunto. La Iglesia entera, todas las comunidades, todos las familias cristianas, todos los cristianos en su conjunto, arraigados en Cristo y vivificados por el Esp?ritu, somos la ampliaci?n elocuente de la gran palabra de Dios al mundo que es Cristo.

Tenemos que cambiar muchas cosas en este servicio de la evangelizaci?n superando cualquier actitud de superioridad o de imposici?n. Sin condenar, sin juzgar ni menospreciar a nadie, nuestra misi?n es ofrecer humilde y amablemente, y con toda claridad, lo que hemos recibido, porque estamos seguros de que los dem?s tambi?n lo necesitan para vivir su vida adecuadamente, para ser felices, y porque adem?s el Se?or merece ser conocido y alabado por todos sus hermanos. Ese es el primer gesto de reconocimiento y alabanza que le debemos. La primera exigencia de nuestra gratitud. Evangelizar sin condenar, ofrecer sin humillar, ?ste tiene que ser el nuevo estilo.

Los derivados culturales de la fe

Junto con el anuncio de la bondad y de las promesas de Dios en Jesucristo, la Iglesia y los cristianos podemos ofrecer a nuestros conciudadanos muchos bienes de orden cultural, ya no directamente religiosos, que hist?ricamente han nacido de la experiencia cristiana, como la valoraci?n de la persona, el aprecio de la vida, la igualdad entre var?n y mujer, el valor del trabajo, el respeto absoluto por la justicia, la unidad e igualdad de razas y pueblos, etc.

Aunque la vida cultural y pol?tica no es competencia directa de la Iglesia, nuestra fe clarifica los contenidos de la justicia y purifica la voluntad para servirla y respetarla. (Benedicto XVI en ?Dios es amor?). Este servicio de la Iglesia ha tenido una importancia decisiva en la configuraci?n de nuestro patrimonio cultural, social, jur?dico y pol?tico. La misma democracia ha nacido y crecido en el humus cultural del cristianismo.

Una distinci?n fundamental

En este punto hemos de tener presente una distinci?n que es fundamental para ver con claridad en este asunto. La Iglesia en su conjunto, quienes la representan y tienen autoridad en ella, los cristianos en cuanto miembros de la Iglesia, tenemos que mantener una distancia en relaci?n con los asuntos de este mundo, con todo lo que es obra de la raz?n, de las ciencias y t?cnicas, de la pol?tica. Los asuntos que forman parte de la vida racional y t?cnica del hombre y de la sociedad son competencia del hombre y de la sociedad en sus instituciones y actividades naturales. El mundo tiene una consistencia interior que no puede ser alterada al margen de su propia naturaleza. Esta es la verdadera secularidad del mundo. En este terreno la Iglesia no tiene competencia especial. Su misi?n es religiosa y moral. Otra cosa es que la moral derivada de la fe en Dios, cuando se cree desde el fondo del coraz?n, influya realmente en la manera de ver y hacer todas las cosas. Anunciando el Reino de Dios la Iglesia trabaja indirectamente en favor de la libertad, de la solidaridad, del desarrollo y de la convivencia. La fe ilumina y humaniza todas los ?mbitos de la vida personal, familiar y social, nacional e internacional (ib. nn.48 y 49).

Responsabilidad social y pol?tica de los laicos cristianos
Los fieles cristianos, en la medida en que forman parte de la sociedad terrestre, tienen que colaborar con todos los dem?s ciudadanos en la noble tarea de construir la ciudad terrestre de la manera m?s justa posible, buscando continuamente f?rmulas de convivencia y de colaboraci?n en la verdad, la libertad y la justicia. Esta es la doctrina ampliamente ense?ada en la Iglesia por el Concilio Vaticano y por m?ltiples documentos de los Papas y de los Obispos. En Espa?a la Conferencia Episcopal publico en 1986 un documento sobre este punto ?Cat?licos en la vida p?blica? que tiene hoy plena actualidad.

Los laicos, como ciudadanos de la sociedad secular, en plenitud de sus derechos y obligaciones, tienen preferentemente la tarea de hacer valer las normas nacidas de la recta raz?n, de la fe y del amor cristiano en las relaciones y actividades de la vida secular. Los laicos cristianos tienen ?el deber inmediato de actuar en favor de un orden m?s justo en la sociedad?. La caridad tiene que animar toda la vida de los fieles cristianos y por tanto tambi?n sus actuaciones pol?ticas, en forma de lo que se llama ?caridad social?. Su misi?n es ?configurar rectamente la vida social, respetando su leg?tima autonom?a y colaborando con los otros ciudadanos, seg?n las respectivas competencias y baso su propia responsabilidad (ib. n. 29).

Con frecuencia, cuando los cristianos criticamos una ley o proponemos un proyecto, nos dice que queremos imponer a la sociedad nuestras propias convicciones de moral, como hac?amos en los tiempos del Estado confesional y de la Iglesia impositiva. La respuesta es clara. Primero que nosotros no queremos imponer nada, simplemente proponemos nuestras ideas como las dem?s, porque las consideramos buenas para todos. Reclamamos solamente la posibilidad de que nuestras ideas sean conocidas y lleguen a ser aceptadas como cualquier otra si por los procedimientos previstos alcanzan la mayor?a y la aceptaci?n requerida.

Por otra parte, la moral cristiana no es una moral ajena a la naturaleza humana, no es algo arbitrario y a?adido a la vida y a la conciencia humana normal. En su mayor parte, la conciencia cristiana es simplemente la moral com?n, fundada en la naturaleza humana, al alcance de la raz?n, refrendada por la tradici?n humana, iluminada y fortalecida por la fe. La fe no nos trae una visi?n sobrea?adida, artificial, y por tanto perturbadora y prescindible. Sino que es la misma moral humana, fundada en la misma naturaleza, conocida por la raz?n com?n, clarificada por la fe y la tradici?n cristiana, fortalecida por los dones y a las ayudas del esp?ritu. Otra cuesti?n es si la moral cristiana tiene alg?n contenido espec?fico no perceptible por la sola raz?n al margen de la revelaci?n divina. Algunos moralistas dicen que no. Pero no parece una opini?n bien fundada teol?gicamente. En profunda sinton?a con lo natural, la gracia desborda la naturaleza, no s?lo te?ricamente sino tambi?n en el orden pr?ctico, en la manifestaci?n del amor a Dios y al pr?jimo, como p.e. la abnegaci?n martirial y asc?tica, el amor a los enemigos, el perdonar setenta veces siete, etc. La constituci?n de un patrimonio moral social, din?micamente entendido, con la aportaci?n cristiana, en colaboraci?n con el ejercicio de la recta raz?n de todos los conciudadanos es aceptable como base moral de la vida pol?tica, pero no como sustitutivo de la moral eclesial tradicional y plena. La Iglesia no puede por qu? concordar su patrimonio con nadie ni someterlo a nadie.

Con una plataforma com?n

?La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la raz?n y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer pol?ticamente esta doctrina: quiere servir a la formaci?n de las conciencias en la pol?tica y contribuir a que crezca la percepci?n de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con intereses personales? ?La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa pol?tica de establecer la sociedad m?s justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede desentenderse de las exigencias de la caridad en el mundo. Tampoco puede quedarse al margen de la lucha por la justicia. Tiene el deber de ofrecer, mediante la purificaci?n de la raz?n y la formaci?n ?tica, su contribuci?n espec?fica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y pol?ticamente realizables.? (Benedicto XVI, Dios es amor, n.28).

?La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la raz?n y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer pol?ticamente esta doctrina: quiere servir a la formaci?n de las conciencias en la pol?tica y contribuir a que crezca la percepci?n de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con intereses personales? ?La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa pol?tica de establecer la sociedad m?s justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede desentenderse de las exigencias de la caridad en el mundo. Tampoco puede quedarse al margen de la lucha por la justicia. Tiene el deber de ofrecer, mediante la purificaci?n de la raz?n y la formaci?n ?tica, su contribuci?n espec?fica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y pol?ticamente realizables.? (Benedicto XVI, Dios es amor, n.28).

En sus juicios y actuaciones sociales, los cristianos tenemos con los dem?s la plataforma com?n del reconocimiento de la dignidad y los derechos de la persona en la medida en que son conocidos por la recta raz?n y forman parte del patrimonio cultural y moral de la sociedad. La iluminaci?n de la fe y del amor cristiano no entran en conflicto con este patrimonio racional y com?n, pues raz?n y fe son v?as armoniosas y complementarias de conocer la misma realidad y en mismo ser de la persona en todas sus dimensiones. La profunda armon?a entre fe y raz?n, arraigadas en la mente y en la voluntad del mismo y ?nico Dios, hacen posible la colaboraci?n sincera y paciente entre cristianos y no cristianos. Quien sigue las luces de la recta raz?n se acerca a la fe, quien vive la fe sinceramente asume con facilidad las verdades adquiridas social y hist?ricamente por mediante el ejercicio de la raz?n.

Aunque a veces nos acusen de lo contrario, la intervenci?n de los cristianos en pol?tica no tiende a imponer a los dem?s la fe o las obligaciones de la moral cristiana, sino en favorecer el bien com?n de todos, en libertad y justicia, tal como es patrimonio de la sociedad con la iluminaci?n y la purificaci?n, la rectitud y perseverancia que la vida cristiana aporta a quien la vive sinceramente.

Esta intervenci?n de los cristianos en la vida p?blica se puede y se debe hacer en muchos ordenes y de diferentes maneras.

Se puede hacer de forma personal o asociada. En la vida ordinaria, por el sistema del boca a boca, familia, amigos, tertulias, si sabemos responder, si tenemos el valor de replicar amablemente y serenamente podemos hacer valer la opini?n cristiana sobre muchos acontecimientos y pr?cticas en muchos asuntos. Estamos pecando de demasiado silencio, de demasiadas condescendencias.

Diversos planos

Esta intervenci?n e influencia de los cristianos en la vida social se puede desarrollar en

-el plano de las actividades profesionales, m?dicos, abogados, jueces, periodistas, profesores. Hay que saber en qu? mundo vivimos y saber replicar serenamente con argumentos s?lidos defendiendo los puntos de vista cristianos de acuerdo con la ley natural. Este es un elemento fundamental para la identidad de los cristianos y el vigor espiritual de la Iglesia. Los perfiles de la Iglesia se desdibujan si los cristianos no se diferencian por el ejercicio de la caridad en su vida profesional. En muchos casos puede resultar obligatoria la objeci?n de conciencia, m?dicos, farmace?ticos, abogados, constructores, pol?ticos, funcionarios, etc.

-especial importancia tiene lo que podamos hacer mediante actuaciones que influyen directamente en la opini?n p?blica, en las tendencias culturales, estudios, investigaciones, publicaciones, declaraciones, cartas al director, favorecer unos medios u otros, etc., etc.

El ejercicio del voto

La participaci?n m?s com?n de los cristianos en la vida pol?tica consiste en el ejercicio del derecho a votar. ?C?mo votar en unas elecciones en las que ning?n partido asume enteramente las ense?anzas del evangelio ni de la moral cat?lica? Los cat?licos sabemos que en la sociedad actual es muy dif?cil que el programa pol?tico de un partido coincida en todo con la moral cat?lica, ni siquiera con lo que se podr?a esperar de un gobernante cat?lico que quisiera en todo atenerse a las directrices de una recta conciencia. Dos cosas quiero se?alar. La primera es decir que los cat?licos, como todos los ciudadanos, antes de votar valoramos las propuestas de los partidos en muchos elementos contingentes y opinables acerca de c?mo resolver los m?ltiples problemas temporales de la convivencia. Pero en esta valoraci?n es necesario que valoremos tambi?n de manera especial los aspectos y las consecuencias morales de la ideolog?a, los programas y las actuaciones conocidas de los diferentes partidos en asuntos como la educaci?n religiosa, el apoyo al matrimonio y a la familia, el respeto a la vida desde la concepci?n hasta la muerte natural, la protecci?n de la seguridad, la paz social y la convivencia, la atenci?n y solidaridad con los pobres y necesitados, emigrantes, enfermos, tercer mundo, adem?s de todos los dem?s elementos que integran el bien com?n actual de nuestra sociedad.

?Es preciso afrontar con determinaci?n y claridad de prop?sitos el peligro de opciones pol?ticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropol?gicos y ?ticos arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular con respecto a la defensa de la vida humana en todas sus etapas, desde la concepci?n hasta la muerte natural, y a la promoci?n de la familia fundada en el matrimonio, evitando introducir en el ordenamiento p?blico otras formas de uni?n que contribuir?an a desestabilizarla, oscureciendo su car?cter peculiar y su insustituible funci?n social? (Benedicto XVI, Discurso al IV? Congreso Nacional de la Iglesia de Italia, Verona, 19 de octubre de 2006). Podemos los cat?licos apoyar con nuestro voto a un partido que ha eliminado la figura del matrimonio de nuestra legislaci?n civil y est? preparando el ambiente para legalizar la eutanasia?

En el momento actual, los cat?licos, adem?s de pensar en los elementos de orden material y social que podemos esperar de la buena acci?n de los gobiernos, para votar responsablemente y seg?n nuestra conciencia y nuestras obligaciones como cat?licos, tendr?amos que preguntarnos c?mo se sit?a cada partida y cada pol?tico en relaci?n con la ley natural y la ley de Dios en asuntos tan importantes como:

-el respeto a la vida humana desde la concepci?n hasta la muerte natural;

-la visi?n del matrimonio y de la familia, la protecci?n legal de la familia, desde las pol?ticas de la vivienda, la compatibilidad del trabajo exterior con las obligaciones de la familia, las ayudas para la crianza y educaci?n de los hijos, el reconocimiento del trabajo de la mujer en la casa como una actividad de alto inter?s social, etc.

-en todo lo referente a la educaci?n de los ni?os y j?venes, desde el derecho a la elecci?n de centro, la formaci?n religiosa en la escuela p?blica, la ayuda a la creaci?n y mantenimiento de centros de ense?anza no estatales en igualdad de condiciones, el clima educativo general en materias morales, la lucha contra las drogas, contra la promiscuidad sexual, el apoyo a una buena educaci?n de ni?os y j?venes, etc.

-la actitud ante los temas de convivencia general y pac?fica, la seguridad de los ciudadanos, la lucha efectiva contra el terrorismo, la justicia y la solidaridad entre todos los pueblos de Espa?a.

Los cat?licos tendr?amos que aprender tambi?n a hacer valer nuestro voto mediante la presencia de nuestros puntos de vista en la opini?n p?blica y la cohesi?n de nuestros votos exigiendo garant?as de los candidatos sobre aquellos puntos que nos interesan a todos. La dispersi?n y la falta de unidad hace que los pol?ticos no nos tengan en cuenta y no acepten nuestros puntos de vista. Es verdad que la Iglesia nos reconoce la libertad de opinar en pol?tica y la libertad de voto, pero tiene que ser nuestra conciencia la que nos mueva a votar teniendo en cuenta las dimensiones morales de la cuesti?n, apoyando a aquellos partidos que m?s se acerquen a las exigencias de una conciencia cat?lica. Aunque la fe cristiana no se identifique con ning?n partido, tampoco los cristianos podemos ser indiferentes o neutrales. Estamos m?s cerca de los que m?s se acercan a la concepci?n cristiana de la vida y menos agresivos son contra la moral natural y cristiana.

La intervenci?n de los cristianos en los diferentes partidos pol?ticos

Aunque los partidos no sean confesionales ni est?n del todo de acuerdo con las exigencias morales del cristianismo, los cristianos pueden participar en ellos, con tal de que tengan la libertad de ser cr?ticos y confesantes en aquellos puntos que tienen conexi?n clara y directa con las propuestas y normas de la moral natural y cristiana. Los cristianos pueden militar libremente en los partidos que mejor les parezca en funci?n de su servicio al bien com?n. Pero es evidente que a la hora de juzgar la capacidad de un partido para servir al bien com?n, el cristiano tiene que mirar mucho c?mo se comporta el partido que quiere elegir en los puntos m?s directamente relacionados con los aspectos morales de la vida social, tal como hemos se?alado al hablar del voto.

En el caso de la participaci?n activo en un partido, el cristiano tiene que exigir al menos plena libertad para disentir y manifestar sus puntos de vista en cualquier punto que se discuta y la libertad de conciencia y de actuaci?n necesaria para no verse obligado a apoyar ning?n acuerdo que vaya en contra de su conciencia, en contra del bien com?n en las materias morales tal como las entendemos y defendemos en la Iglesia.

Con frecuencia se da el caso de que algunos cristianos valoran m?s su obediencia partidista, incluso en materias morales, que la integridad de su comuni?n eclesial. Para vivir c?modamente en un determinado partido esperan que la Iglesia cambie en sus ense?anzas sobre materia sexual, p.e., sobre la indisolubilidad del matrimonio, el aborto o la eutanasia. Se presentan como cristianos progresistas y pretenden que la Iglesia se someta a los programas de su partido en vez de luchar para que su partido se acerque a las posturas de la Iglesia, o por lo menos las respete, posturas que son de ley natural y del verdadero bien social y personal. Para poder seguir militando en un partido m?s o menos laico, m?s o menos laicista, el cristiano debe exigir la libertad para disentir y presentar objeci?n de conciencia en todo aquello que suponga una infracci?n contra la ley natural y contra su conciencia cristiana. Tiene que preguntarse si su militancia colabora o no con los proyectos de su partido en lo que tengan de inmorales, si el bien que pueda conseguir mediante esa militancia, dentro y fuera del partida, compensa de alguna manera los riesgos de esa posible colaboraci?n. Lo que no vale es pretender que la Iglesia y la conciencia cristiana se someta a las exigencias de la identidad partidista.

Democracia y moral

Lo que venimos diciendo supone que la pol?tica no es una actividad exenta de las normas y valoraciones morales. La tentaci?n del laicismo en este punto consiste en considerar la pol?tica exenta de cualquier ley moral objetiva y superior, previa e independiente a las decisiones del parlamento y de las instituciones p?blicas. Con ello que hace de la pol?tica como el techo del mundo que no puede ser traspasado por los ciudadanos y de los pol?ticos los dioses de la sociedad moderna que deciden lo que es bueno y malo para el pueblo. Esta concepci?n de las cosas es inaceptable para los cristianos y resulta insostenible ante la recta raz?n.

La pol?tica es obra del hombre y el hombre de la pol?tica. Antes que cualquier instituci?n y poder pol?tico, existe el hombre, el matrimonio, la familia, la libertad y la conciencia moral de los hombres. La actividad pol?tica, como actividad libre y responsable, tiene que ser una actividad moral, que los hombres tienen que realizar en conformidad con su conciencia. El valor y la condici?n moral de cualquier actividad pol?tica viene siempre de su servicio a la justicia, de su servicio al bien com?n de los ciudadanos. La pol?tica es justa cuando sirve de verdad a la justicia. Esto supone que podemos conocer y definir lo que es la justicia, lo cual requiere saber previamente qu? es el hombre, cu?les son sus responsabilidades, necesidades y derechos. Conocer todo esto, definirlo y servirlo sinceramente es la justicia personal del pol?tico y la permanente legitimaci?n de la autoridad que se le concede. En esta moralizaci?n permanente de la pol?tica y de los pol?ticos tienen los cristianos una campo espec?fico de actuaci?n siempre necesario, urgente y apremiante en la sociedad espa?ola en estos momentos. (Cf Orientaciones Morales, nn. 52-55).

Si no hubiera ninguna norma moral vinculante a la que tuvieran que atener los gobernantes en sus decisiones, la sociedad entera quedar?a sometida en definitiva a las opiniones y deseos de unas pocas personas que se alzar?an con un poder sobre las conciencias y las vidas de los ciudadanos mucho m?s amplios de lo permisible. La pol?tica y los pol?ticos est?n al servicio de la convivencia, pero no tienen capacidad ni competencia para definir lo bueno y lo malo, para configurar y dirigir la vida de los ciudadanos. No vale decir que los pol?ticos interpretan y ejecutan lo que quieren las mayor?as, porque los ciudadanos en sus preferencias tambi?n tienen que someterse a las exigencias ?ticas de la conciencia y de la recta raz?n. Ni se puede desconocer la capacidad incalculable que en la sociedad moderna tienen los pol?ticos de dirigir los deseos y preparar los consensos de los ciudadanos mediante el control y la direcci?n de los poderosos medios de comunicaci?n. Sin el predominio de la ley moral socialmente reconocida y vigente, la mejor democracia degenera en dictadura de unas pocas personas con apariencias democr?ticas.

As? vemos c?mo aun siendo de orden diferente, religi?n y pol?tica no son del todo independientes ni aisladas entre s?. Coinciden en los agentes, pues los cristianos, junto con los dem?s ciudadanos, son tambi?n agentes de la pol?tica. Y coinciden en la realizaci?n de la justicia, conocida y ejercida por la raz?n y la voluntad del hombre, dej?ndose iluminar y fortalecer por las revelaci?n de Dios y los dones del Esp?ritu Santo. No conviene engrandecer la pol?tica. La vida no empieza ni termina en la pol?tica. Es un modo de organizarnos para defendernos de los peligros y alcanzar los bienes comunes deseados, seguridad, libertad, salud, cultura, bienestar material, condiciones para vivir libremente en plenitud seg?n la propia conciencia y las propias convicciones, Pero antes de actuar pol?ticamente el hombre ya es persona y act?a como tal. Si ha de ser religioso o no, depende de su mismo ser de hombre, de lo que percibimos con nuestra raz?n, de la magnitud de los deseos y carencias que surgen en nuestra vida. La pregunta sobre el origen de la existencia, la pregunta sobre Dios y sobre el bien y el mal, la pervivencia, salvaci?n o perdici?n, no depende de la democracia ni de ninguna otra forma pol?tica, nace de las entra?as del ser humano, aunque se manifiesta de manera diferente en cada ?poca y en cada circunstancia.

El servicio al bien com?n es el fundamento del valor y de la nobleza de las instituciones pol?ticas. Cuanto esta finalidad se oscurece o se sustituye por la rivalidad entre partidos o por las ventajas de un grupo determinado todo se deval?a y se corrompe(Ibn. 57).

Proteger y favorecer la libertad religiosa

En una pol?tica democr?tica moderna el objetivo central de las instituciones pol?ticas es el de crear unas condiciones de vida en las que los ciudadanos puedan vivir y actuar libremente en un contexto de justicia y solidaridad. Esta defensa y protecci?n de la vida personal implica la protecci?n de la libertad religiosa. Ello significa que cada ciudadanos pueda vivir seg?n su propia conciencia y manifestar privada y p?blicamente sus convicciones religiosas. Las democracias europeas se orientan hacia unas formas de estado plenamente respetuosas con la vida religiosa de los ciudadanos, un Estado sin ingerencias ni beligerancias pol?ticas, pero tambi?n sin exclusiones ni discriminaciones en contra de las actividades e instituciones religiosas. ?Un Estado laico, verdaderamente democr?tico, es aquel que valora la libertad religiosa como un elemento fundamental del bien com?n, digno de respeto y protecci?n? (ib. n.62)

Al fin y al cabo la religi?n es una actividad profundamente humana, claramente ben?fica para las personas y para la sociedad, especialmente la religi?n cristiana, cuando es vivida correctamente, que una pol?tica respetuosa con los derechos de la persona y servidora del bien com?n, tiene que respetar y favorecer. El Estado aconfesional no es un Estado que desconoce la religi?n y mucho menos cargado de reticencias en contra de ella, sino un Estado que favorece todo aquello que forma parte de la vida razonables de los ciudadanos y est? presente y operante en la sociedad. La religi?n es parte esencial de la cultura de los pueblos. Gobernar en contra de ella o desconocerla en las gestiones del gobierno es una verdadera agresi?n contra la historia, la cultura y la identidad de una sociedad determinada. Ning?n pueblo que quiere seguir siendo libre puede permitir que se desarrollen leyes o pol?ticas contrarias y perjudiciales para sus convicciones y tradiciones religiosas. Un gobierno laico que pretenda directa o indirectamente debilitar la vida religiosa del pueblo para ir imponiendo e inculcando poco a poco el laicismo y la irreligi?n de los ciudadanos, es necesariamente un gobierno autoritario y sectario aunque se vista con piel de neutralidad y de respeto.

El gran principio de la subsidariedad

Una cuesti?n esencial en la concepci?n cristiana de la pol?tica es la afirmaci?n de que el ordenamiento y las instituciones pol?ticas surgen de la sociedad, por decisi?n de los ciudadanos, para el servicio del bien com?n de las personas. La pol?tica est? al servicio del bien de las personas y no al contrario. De lo cual se sigue que la pol?tica no debe absorber la vida entera de los ciudadanos sino solamente aquellas cosas que las personas solas no pueden hacer, o no pueden hacer las familias, ni tampoco otras instituciones inferiores. En cada instancia se debe llevar a cabo lo que en instancias inferiores no se puede resolver. Este principio es fundamental contra la tendencia a reglamentar todo, a invadir todo desde la administraci?n, a hacer presente la actividad pol?tica en todos los ?rdenes de la vida, con una reglamentaci?n cada vez m?s amplia, m?s detallada, m?s invasiva y condicionante de la vida de la sociedad, de las familias y de todos los individuos. Vivimos unos tiempos en los que la reglamentaci?n y el desarrollo de la administraci?n est? invadiendo demasiado la vida y las actividades de las personas, de las familias, de los municipios, de las asociaciones profesionales, etc. La visi?n cristiana, tambi?n en la pol?tica, es siempre personalista, partidaria de que las personas y las familias, con la ayuda de las instituciones, puedan ser los verdaderos protagonistas de su vida, en las mismas condiciones para todos, con paz y justicia.

Lasa circunstancias actuales requieren de los cristianos que reforcemos la consideraci?n de las consecuencias morales de nuestro voto en temas tan importantes como la educaci?n religiosa y moral de la juventud, la protecci?n del matrimonio y de la familia, el respeto a la vida humana desde la fase embrionaria hasta la muerte natural, m?s otros aspectos de siempre como la justicia social, la debida atenci?n a los emigrantes, la solidaridad, la unidad y la paz entre los pueblos y regiones de Espa?a, la solidaridad con los pa?ses subdesarrollados, etc. ,

CONCLUSION

Con estas consideraciones en torno a la presencia y actuaci?n de los cristianos en la vida social y pol?tica, no quiero que nos olvidemos de que nuestra preocupaci?n central y la importancia social de la Iglesia consiste en la memoria viva y amorosa de la persona de N.S. Jesucristo.

Jes?s es el centro de la humanidad, todo ha sido creado por El y para El, en El tienen su verdad y consistencia todas las cosas, El es la verdad y la consistencia de nuestra vida personal y comunitaria.

Vamos a comenzar los ejercicios de la Santa Cuaresma. Viv?mosla de tal manera que sea para nosotros una renovaci?n de nuestro amor a Jesucristo, una renovaci?n de nuestra fe en El, una renovaci?n de nuestro amor y de nuestra vida, arraigada en El y en las ense?anzas de su Iglesia de manera clara y determinante, sin miedos, sin titubeos, sin inhibiciones, sin ego?smos. Podemos ser d?biles y pecadores, pero no podemos ser cobardes ni indiferentes. Jes?s nos necesita. Nuestros j?venes nos necesitan. Nuestra sociedad nos necesita. Los que encuentran dificultades para creer y buscan su felicidad en excursiones alocadas lejos de Dios, lejos de la Iglesia, lejos de su propia intimidad, necesitan de unos cristianos que les muestren con claridad la doctrina y el amor de Jes?s, el ideal universal y permanente de humanidad renovada que es Jesucristo. No lo dudemos, esta sociedad que nos desconoce o nos desprecia, nos necesita, necesita a Jes?s, que solamente los cristianos le podemos ofrecer.

Termino con estas palabras del Papa en ?Deus caritas est?: ?El amor es una luz, en el fondo la ?nica, que ilumina constantemente un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar en ?l. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en pr?ctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor, y as? llevar la luz y la vida de Dios al mundo?. Esto es lo que he querido deciros y para esto he querido ayudaros con mis palabras en estas conferencias cuaresmales. El Se?or resucitado nos encuentre despiertos y disponibles, para su gloria y el servicio de nuestros hermanos. Esa ser? nuestra salvaci?n.

Pamplona, 1 de marzo de 2007
+ Fernando Sebasti?n Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Publicado por mario.web @ 8:41
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