Lunes, 25 de abril de 2011
La realizaci?n del bien moral concreto en cada acto es un camino de acercamiento al Bien Supremo.
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La ley Moral
La ley Moral
El bien y el mal moral


El hombre es libre, pero no es aut?nomo. En sus actuaciones, se ve impulsado a preguntarse ??Qu? puedo hacer??, y sobre todo, ??Qu? debo hacer?? Existe un orden de valores, de bienes, que ?l mismo no ha establecido, ni sociedad humana alguna; un orden de cara al cual su vida se define radicalmente como buena o mala seg?n su aceptaci?n o rechazo del mismo.

En efecto, aunque el hombre tiene conocimiento de muchos valores que representan para ?l un bien, un camino hacia su realizaci?n, sin embargo, s?lo tienen valor aut?ntico si se subordinan a un bien superior: el bien moral, el ?nico bien que le hace esencialmente bueno al hombre y que confiere autenticidad a los dem?s bienes que pueda poseer (inteligencia, amistades, riquezas, etc.).

En el fondo, el hombre percibe en su conciencia la orientaci?n de su vida hacia el Bien Supremo, Dios. El ejercicio m?s profundo y coherente de su libertad consiste en aproximarse cada vez m?s a esta meta, siguiendo con fidelidad el orden establecido por su creador. La realizaci?n del bien moral concreto en cada acto es un camino de acercamiento al Bien Supremo.

La ley moral:

El hombre vive de cara a la exigencia de hacer el bien en su vida, de cara, por tanto al imperativo de la ley moral.

En el obrar moral est? en juego la realizaci?n de los m?s altos valores: se trata del hombre mismo en cuanto obligado a llevar a cumplimiento su vocaci?n espec?fica por medio de la entrega a Dios y a sus semejantes. En la actividad moral propiamente cristiana, se trata de responder a la llamada divina a participar en la vida misma de Dios, la vida de gracia. Es precisamente la ley moral que explicita las exigencias de esta vocaci?n y orienta el obrar humano hacia su fin ?ltimo, el Bien Supremo, Dios.

Naturalmente, una ley no entra en vigor si no ha sido promulgada, como veremos, o por el testimonio de nuestra conciencia, o por revelaci?n del contenido de estas leyes.

?Cu?les son las leyes morales en general?

Podemos establecer una doble divisi?n (aunque existe entre ambos grupos estrecha conexi?n):

A) Ley de Dios

B) Leyes de los hombres

Por parte de Dios, habremos de considerar

(1)La ley eterna
(2)La ley natural
(3)La ley revelada

Por parte del hombre, nos ocuparemos de las leyes positivas.

A) Ley de Dios

(1) La ley eterna

Definici?n que nos da Santo Tom?s:

?La ley eterna es el plan de la divina sabidur?a en cuanto se?ala una direcci?n a toda acci?n y movimiento? (I-II,93,1). Desde toda la eternidad Dios ha determinado libremente el orden que debe regir todas las realidades creadas. M?s expl?citamente, la ley eterna, cuya promulgaci?n comienza en la eternidad y cuyo conocimiento comienza para los hombres en el tiempo, es la ordenaci?n de la raz?n divina, dirigida al bien com?n del universo, promulgada por el mismo Dios, a quien compete el cuidado y gobierno de todo el mundo.

Es una ley i n m u t a b l e porque procede del entendimiento infalible de Dios y de su voluntad soberana (rechazamos la arbitrariedad de la Voluntad divina propuesta por Occam). Como domina toda la realidad creada, es, por eso mismo, el fundamento de todas las dem?s leyes tanto f?sicas como las morales (ley natural, revelada, positiva). Ninguna ley tiene el vigor sino en cuanto es manifestaci?n de la ley eterna y s?lo en ella encuentra su sanci?n y su justificaci?n. (La idea de una ?tica humana aut?noma simplemente no tiene sentido).

(2) La ley natural

Como hemos visto, Dios ordena desde toda la eternidad lo que conviene a la naturaleza creada. Al crear al hombre, imprimi? en su naturaleza racional esta ordenaci?n. Constituye precisamente esta participaci?n de la ley eterna por parte del hombre la ley natural. Como sus preceptos se fundan en la naturaleza misma del ser humano, concierne a todos los hombres por igual y de ella tienen todos un conocimiento connatural, al menos en lo que se refiere a sus imperativos m?s generales.

-Ley natural y Revelaci?n:

Se habla de la ley natural en las Escrituras. El texto que m?s suele citarse se afirma aqu? que todos los hombres, hebreos y paganos por igual, han pecado y por eso necesitan de la redenci?n (Rom 3,23). Ni siquiera a los paganos les ha faltado el conocimiento de las normas morales, aunque no hayan tenido la revelaci?n divina hecha al pueblo de Israel:

?En verdad, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para s? mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su coraz?n, atestigu?ndolo su conciencia y los juicios contrapuestos de condenaci?n o alabanza?? (2,14 ss).

As?, pues, el Ap?stol afirma que, mientras los hebreos tienen su maestro en la ley mosaica; los paganos lo tienen en s? mismos, en el testimonio, de la realidad creada. Sobre la base de este texto, la ex?gesis cat?lica ha considerado siempre que le hombre, sin recurrir a la Revelaci?n expl?cita de Dios, puede deducir el mundo creado, y sobre todo de su propia naturaleza pro medio de la conciencia moral, normas morales justas. La ley natural que as? se establece es una aut?ntica revelaci?n del plan ley natural que as? se establece es una aut?ntica revelaci?n del plan querido por el creador (por incompleta que sea), que acusa o aprueba al hombre seg?n el car?cter de sus acciones. Ata?e a todo aquello que dice relaci?n con el orden natural establecido por Dios, conocido por la raz?n natural del hombre, independientemente de toda ley positiva.

?Cu?les son los preceptos de la ley natural?

En el fondo, todo se reduce al precepto primario que ning?n hombre puede desconocer si ha llegado al uso de raz?n: ?Haz el bien, y evita hacer el mal?. ?l puede a veces equivocarse sobre lo que ha de considerarse como bueno o malo, pero no cabe ignorancia respecto al imperativo mismo. Despu?s, en torno a este precepto universal?simo se estructuran otros, secundarios, que lo van explicitando. (Los Diez Mandamientos nos dan, de hecho, una cierta explicitaci?n). Aqu? es posible que se d? una ignorancia parcial. Por ejemplo, todos reconocen la obligatoriedad de: ?no matar?s?, pero en la aplicaci?n de esta ley puede haber discrepancias. Algunos dir?n que es justo quitarle la vida al ni?o no nacido para salvar a la madre; otros dir?n que no lo es. .Cuanto m?s nos alejemos de los grandes principios, tanto m?s posibles se hacen las discrepancias. Las conclusiones remotas, que son fruto de un razonamiento, son las m?s dif?ciles de establecer con absoluta universalidad (Por ejemplo, ?qu? configuraci?n precisa debe tener el matrimonio?).

Las propiedades de la ley natural. Son tres:

-universalidad
-inmutabilidad
-indispensabilidad

Universalidad: La ley natural obliga a todos los hombres sin excepci?n, aunque sean menores de edad o personas enajenadas. (En este caso no habr? culpa formal, ciertamente, sino solo una transgresi?n material, pero las exigencias de la ley siguen en pie).

Inmutabilidad: La ley no admite cambio por concepto alguno. No se le puede quitar ning?n precepto, ya que tiene como base la misma naturaleza inmutable del hombre y el orden moral que entra?a. Se puede pensar sin duda en una explicitaci?n m?s cabal de esta ley por medio de una serie de deducciones l?gicas, lo cual dar?a la impresi?n de un aumento de la ley, pero en realidad no se saca de la ley mas que lo que ya contiene de antemano impl?citamente.

Indispensabilidad: Nadie puede obtener dispensa alguna de esta ley, por estar fundada en la ley eterna de Dios. Tampoco puede un hombre eximir a otro de su cumplimiento. Como esta ley est? en consonancia con la naturaleza misma de Dios, podemos decir que Dios mismo no dispensar?a de ella. Por lo tanto, no puede haber aqu? ?epiqueya? alguna (i.e., una interpretaci?n benigna de la mente del legislador en los casos no previstos por la ley). ?La ley natural, como dada por el supremo y sapient?simo legislador, no falla nunca ni deja ning?n cabo por atar. Nunca puede ser nocivo lo que manda, ni bueno lo que proh?be. De donde la ?epiqueya? es en ella del todo imposible y absurda? (Rollo Mar?n, op. Cit. I, 109)

Naturaleza humana y ley natural: Hemos visto que la inmutabilidad de la ley natural se basa en la naturaleza humana, creada por Dios, y que se considera inmutable. Pero ?es as??

El problema surge a ra?z de los cambios evidentes en la vida del hombre a trav?s de su historia. No s?lo cambian las formas de vida humana, seg?n parece, sino hasta incluso las normas de vida humana .Por ejemplo, la actitud ante la esclavitud, la usura, la libertad religiosa. En nuestros d?as ha cambiado la actitud ante ciertos sistemas pol?ticos. La posici?n del trabajador no se considera como hace alg?n tiempo, ni la posici?n de la mujer en la familia o en la vida p?blica. Se valora ahora de manera distinta el amor en las relaciones conyugales, etc. Ahora bien, ?qu? profundidad tienen estas mutaciones? ?Qu? es lo que debe considerarse inmutable en el hombre? ?Ser? s?lo un peque?o n?cleo esencial, mientras todo lo dem?s no ser? m?s que sobreestructuras, sometidas a cambio? De la respuesta que se d? a esta pregunta depender? la extensi?n reconocida a la ley natural.

Hay que reconocer, en primer lugar, la evoluci?n innegable que afecta al hombre. A diferencia de los animales, sumergidos en el campo esteriotipado de los instintos, el hombre se perfecciona y planifica su propia transformaci?n. Ni su pasado, ni los factores hereditarios, ni su estructura biol?gica, sicol?gica o social son capaces de impedirle al hombre transformar su ambiente y a s? mismo. El Concilio Vaticano II juzga este proceso como absolutamente positivo:

?El g?nero human se halla hoy en un per?odo nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades y los hombres con quienes convive. Tan es as? esto, que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda tambi?n en la vida religiosa?. (GS n.4).

Pero, entonces, ?cu?les son los l?mites de esta ola de transformaciones? ?Qu? profundidad alcanzan? El mismo documento conciliar considera que ?bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su ?ltimo fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre? (GS n.10). De hecho, si no hubiese una base humana, simplemente no se podr?a hablar de historia humana. El factor hist?rico tiene sus l?mites. Un proceso hist?rico resulta posible s?lo cuando permanece un sujeto id?ntico a s? mismo, dotado de un n?cleo estable alrededor del cual gira todo lo dem?s. Si no fuera as?, no habr?a m?s que una sucesi?n de instantes inconexos, rotos. Con esto no hemos dicho en qu? consiste el elemento permanente, pero s? hemos se?alado la necesidad de presuponer en el hombre de todos los tiempos elementos t?picamente humanos que se conservan a trav?s de todo cambio. Podemos sacar ya una consecuencia: el cambio en s? nunca podr? constituir para el hombre el criterio o norma para un aut?ntico desarrollo hist?rico. Deber? consistir en el crecimiento de lo valores esenciales del ser humano.

Despu?s de estas puntualizaciones, nos preguntamos ahora ?c?mo podemos distinguir en lo concreto entre lo mudable y lo perdurable en la naturaleza humana?

Habr? que tomar en cuenta los factores siguientes:

A veces, lo que puede parecer un cambio de norma puede no ser m?s que un cambio en el conocimiento de la norma. Es decir, si bien el hombre es capaz de conocer la ley natural con la raz?n, no llega a tener de ella, sin embargo, un conocimiento pleno desde el inicio. Por ejemplo, ha habido una larga evoluci?n en la configuraci?n de las exigencias de la dignidad humana. (Esto no significa, desde luego, que la ley natural es s?lo que una ?poca dada reconoce en ella; la norma se deriva de la naturaleza y no del conocimiento). Es posible, tambi?n, que una ?poca tome como norma algo que est? en contraste con la verdad objetiva. Es posible que la ignorancia y el error (invencibles) afecten a una norma no en toda su extensi?n, sino parcialmente. En todos estos casos el conocimiento sucesivo m?s cabal no representa una mutaci?n de la norma anterior, sino s?lo su correcci?n o perfeccionamiento (considere, por ejemplo el caso de la libertad religiosa).

El cambio puede afectar no a la norma, sino s?lo a la aplicaci?n. Las circunstancias a las que se aplicaba una norma de la ley natural pueden cambiar profundamente, dando as? la impresi?n de que se trata de una mutaci?n de la ley misma. Por ejemplo, la usura era una injusticia; en las circunstancias econ?micas actuales, sin embargo, las tasas de inter?s pueden justificarse en muchas instancias como fruto de una inversi?n productiva para la econom?a nacional.

?La ley natural consta de pocas normas gen?ricas e indeterminadas, y, por eso mismo, aplicables a todos los tiempos? O, por el contrario, ?consta de normas detalladas perennes?

Los pareceres se dividen sobre este punto:

Sto. Tom?s de Aquino, por ejemplo, la reduce a veces a pocas normas fundamentales; otras veces incluye tambi?n algunas de las consecuencias m?s inmediatas.

El Magisterio de los Papas no tiende ciertamente a reducir la ley natural a pocas normas gen?ricas. Pensemos en lo que dice el Concilio sobre el aborto, la eutanasia, el suicidio (GS n. 27), sobre la poligamia, el divorcio (GS n. 47) o sobre el derecho a la propiedad (GS 69 y 71).

(3) La ley revelada:

El hombre destinado, y finalmente elevado, al orden sobrenatural necesita de la ayuda de Dios para alcanzar este fin. Es decir, requiere un cuerpo de preceptos que esclarezcan y completen los de la simple ley natural. De aqu? la ley revelada de Dios: ?aquella ley que procede de la libre e inmediata determinaci?n de Dios, comunicada y promulgada al hombre por la divina revelaci?n en orden al fin sobrenatural? (Rollo Mar?n, I, 110).

Su necesidad se aprecia por la facilidad con que la ley natural se oscurece entre los hombres y porque el g?nero humano est? destinado a un fin sobrenatural. Se articula en dos fases:

-La ley antigua y
-La ley nueva promulgada por Cristo y m?s perfecta que la primera por su espiritualidad, el culto interno que pide y su mandato supremo: LA CARIDAD.

Las leyes humanas positivas

Las leyes promulgadas por los hombres, que pueden ser eclesi?sticas o civiles, en cuanto entra?an un aspecto moral, est?n ?ntimamente relacionadas con la ley divina, aunque existe entre ellas una profunda diferencia.

La ley de Dios se dirige al hombre entero: le llama a empe?arse con toda la profundidad de su ser. Exige no s?lo las buenas acciones sino tambi?n las buenas intenciones. Las autoridades humanas, sin embargo, no pueden tener exigencias tan absolutas. Adem?s, las leyes humanas se refieren preponderantemente a la dimensi?n social del hombre, (la ley civil sobre todo), mientras la ley divina se dirige tambi?n al hombre en su vertiente estrictamente personal. (La ley eclesi?stica ocupa, en realidad, un puesto intermedio, ya que propone ense?ar a los hombres lo que Cristo ha mandado hacer).

La ley humana debe siempre subordinarse a la de Dios. Un legislador humano no puede nunca empe?ar al hombre m?s que en el cuadro fijado por el Creador. Por eso, una ?ley? humana contraria a la de Dios no tiene, en realidad, fuerza de ley. Si un Estado conculca en su legislaci?n los mandatos de Dios, quiz? incluso con sanciones contra los que desobedecen, la personal individual debe sentirse antes que nada llamada a obedecer a Dios. (Ejemplo de Tom?s Moro: ?Soy fiel servidor del rey, pero ante todo soy cumplido servidor de mi Dios?).

La ley humana est? llamada a prestar servicio a la divina, a colaborar armoniosamente con ella , promovi?ndola, y, si es necesario, confiri?ndole una serie de sanciones adecuadas. (Por ejemplo, en la cuesti?n del aborto, la Iglesia confirma que es una pr?ctica perversa y la sanci?n es la excomuni?n: (Derecho can?nico, c 1398) Algunos estados tambi?n proh?ben esta pr?ctica y prev?n castigos en su c?digo penal). Adem?s, una ley humana precisa la ley moral divina a tenor de las circunstancias concretas del momento. (Por ejemplo, el reglamento del tr?fico precisa la responsabilidad del individuo en lo que se refiere al respeto a la vida humana en el sector del transporte. La autoridad eclesi?stica establece normas an?logas; por ejemplo, determina como se ha de honrar a Dios en la coyuntura hist?rica actual: Misa el s?bado en la tarde o el domingo, etc.).

Esto hace ver que la ley humana se ve sometida necesariamente a unos cambios considerables porque tiene que seguir de cerca los condicionamientos del momento. Parte del deber del legislador humano es precisamente la actualizaci?n de la ley. Sin embargo, este car?cter un tanto contingente de la ley humana no invalida su necesidad para el hombre. El ego?smo y la fragilidad humana pronto har?an imposible la convivencia social sin este correctivo imprescindible. Evidentemente, no hay que llegar al extremo opuesto: un legalismo superfluo y sofocante.

Una palabra acerca del pluralismo que caracteriza la mayor parte de las sociedades actuales. Cuando un estado moderno, a pesar de la divergencia de opiniones entre sus ciudadanos, mantiene su legislaci?n dentro del campo de la ley natural, enfocada hacia el bien com?n, no hay problema para el cristiano. Pero muchos Estados han llegado a promulgar leyes contrarias a los postulados b?sicos de la ley natural y, por eso mismo, contrarias al aut?ntico bien com?n. Por ejemplo, el Estado no inculca a veces ciertas normas o no castiga cosas que lo merecer?an: drogadicci?n, pornograf?a, etc., etc., permite acciones contrarias a la ley natural (aborto, divorcio?); impone incluso cosas inmorales (esterilizaci?n obligatoria, ?liquidaci?n? de los enfermos terminales, discapacitados, etc.) Para los cristianos esto puede dar lugar a un caso de conciencia muy grave. ?Qu? hacer?

En primer lugar, hay que reconocer que en un Estado pluralista, donde existe gran variedad de evaluaciones morales, el Estado se ve obligado a tomar una actitud tolerante en bien de la paz civil. Podr? considerarlo necesario, adem?s, como mal menor y para evitar el mal mayor, el permitir ciertas pr?cticas malas (ejemplo de ?casas p?blicas?, para controlar la prostituci?n). Naturalmente en estos casos habr?a que ver si realmente se evita el mal mayor.

En segundo lugar, los cristianos tienen el deber de adoptar todos los medios leg?timos a su alcance para impedir la promulgaci?n o para conseguir la abrogaci?n de una ley contraria a la ley natural. (Es el caso t?pico del aborto o del divorcio, eutanasia?). Si a pesar de todo, la ley es promulgada, entonces sigue en pie para cada cristiano la obligaci?n de no conformar su acci?n con ella. Asimismo, si un Estado adopta una ley inmoral y la impone, est? claro que tal disposici?n no debe acatarse ni aplicarse. El cristiano est? llamado en este caso a dar testimonio de sus principios por encima de todo.

Una ?ltima consideraci?n acerca de la ley humana. ?Cabe alguna exenci?n de obedecer a ella? Estamos hablando de las leyes positivas humanas y no de la ley natural, porque esto implicar?a que el hombre pudiera eximirse de realizar su propia naturaleza. Tampoco estamos hablando de la posibilidad de eximirse de ser cristiano aut?ntico, lo cual no puede concebirse.

La imposibilidad f?sica exime de la ley (por ejemplo, un enfermo de gravedad no tiene que trabajar). La imposibilidad moral (por ejemplo, cuando la observancia sigue siendo posible, pero pedir?a un esfuerzo excesivamente oneroso) puede eximir de la ley humana. El legislador humano no puede sobrecargar a los s?bditos: esto ir?a en contra del bien com?n. S?lo en caso de grave necesidad puede pedir grandes sacrificios (en tiempo de guerra, por ejemplo).

Otra modalidad de exenci?n de la ley humana es la as? llamada ?epiqueya?. Implica un apartarse de la letra de la ley, por motivos justificados. Aqu? se supone que el legislador, de tener conocimiento de la situaci?n concreta del s?bdito, no desear?a obligarlo a cumplir la norma con todo rigor. Un legislador humano no puede tener conocimiento cabal de todas las posibles circunstancias de un acto. Por lo tanto, ninguna formulaci?n e la ley positiva puede tener en cuenta la diversidad real de las cosas. La ?epiqueya? es una excepci?n que tiene que ver, obviamente, con el individuo y no con la comunidad.

Bibliograf?a sugerida:

J. M. Aubert: ?Ley de Dios, leyes de los hombres?. Ed. Herder, Barcelona.

Ejercicios:


1.Leer detenidamente: Mt 19, 16-22.
2.Estudiar: CAT IC n. 1749
3.Leer y resumir los n?meros de la Enc?clica Vertiatis Splendor anotados a continuaci?n:

El Acto Moral

Teolog?a y teologismo

n. 71. La relaci?n entre la libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su ?mbito vital y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza en los actos humanos. Es precisamente mediante sus actos como el hombre se perfecciona en cuanto tal, como persona llamada a buscar espont?neamente a su Creador y a alcanzar libremente, mediante su adhesi?n a El, la perfecci?n feliz y plena (Cfr Gaudium et Spes, n.17).

Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos (Cfr. Sto Tom?s de Aquino, Summa theologiae, I-II, q.1 ? 3). Estos no producen solo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonom?a espiritual, como pone de relieve de modo sugestivo, san Gregorio Niseno: ?Todos los seres sujetos al devenir no permanecen id?nticos a s? mismos, sino que pasan continuamente de un estado a otro mediante un cambio que se traduce siempre en bien o en mal? As? pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente? Pero aqu? el nacimiento no se produce por una intervenci?n ajena, como es el caso de los seres corp?reos? sino que es el resultado de una decisi?n libre y, as?, nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, cre?ndonos como queremos y, con nuestra elecci?n, d?ndonos la forma que queremos?.

72. La moralidad de los actos est? definida por la relaci?n de la libertad del hombre con el bien aut?ntico. Dicho bien es establecido, como ley eterna, por la Sabidur?a de dios que ordena todo a su fin. Esta ley eterna es conocida tanto por medio de la raz?n natural del hombre (y, de esta manera, es ?ley natural?), cuanto ?de modo integral y perfecto- por medio de la revelaci?n sobrenatural de Dios (y por ello es llamada ?ley divina?). El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad est?n conformes con el verdadero bien del hombre y expresan as? la ordenaci?n voluntaria de la perronas hacia su fin ?ltimo, es decir, Dios mismo: el bien supremo en el cual el hombre encuentra su plena y perfecta felicidad. La pregunta inicial del di?logo del joven con Jes?s: ?Qu? he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?? (Mt 19,16).evidencia inmediatamente el v?nculo esencial entre el valor moral de un acto y el fin ?ltimo del hombre. Jes?s en su respuesta, confirma la convicci?n de su interlocutor: el cumplimiento de actos buenos, mandados por Aqu?l que ?solo es Bueno?, constituye la condici?n indispensable y el camino para la felicidad eterna: ?Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos? (Mt 19,17). La respuesta de Jes?s remitiendo a los mandamientos manifiesta tambi?n que el camino hacia el fin est? marcado por el respeto de las leyes divinas que tutelan el bien humano. S?lo el acto conforme al bien puede ser camino que conduce a la vida.

La ordenaci?n racional del acto humano hacia el bien en toda su verdad y la b?squeda voluntaria de este bien, conocido por la raz?n, constituyen la moralidad. Por tanto, el obrar humano no puede ser valorado moralmente bueno s?lo porque sea funcional para alcanzar este o aquel fin que persigue, o simplemente porque la intenci?n del sujeto sea buena. (Cf S. Tom?s de Aquino, Suma Theologiae, II-II, q. 148). El obrar es moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenaci?n voluntaria de la persona al fin ?ltimo y la conformidad de la acci?n concreta con el bien humano tal y como es reconocido en su verdad por la raz?n. Si el objeto de la acci?n concreta no est? en sinton?a con el verdadero bien de la persona, la elecci?n de tal acci?n hace moralmente mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y, por consiguiente, nos pone en contradicici?n con nuestro fin ?ltimo, el bien supremo, es decir, Dios mismo.

73.El cristiano, gracias a la Revelaci?n de Dios y a la fe, conoce la ?novedad? que marca la moralidad de sus actos; ?stos est?n llamados a expresar la mayor o menor coherencia con la dignidad y vocaci?n que le han sido dadas pro la gracia: en Jesucristo y en su Esp?ritu, el cristiano es ?criatura nueva?, hijo de Dios, y mediante sus actos manifiesta su conformidad o divergencia con la imagen del Hijo que es el primog?nito entre muchos hermanos (cf Rom 8,29), vive su fidelidad o infidelidad al don del Esp?ritu y se abre o se cierra al a vida eterna, a la comuni?n de visi?n, e amor y beatitud con Dios Padre, Hijo y Esp?ritu Santo. * Cristo ?nos forma seg?n su imagen ?dice san Cirilo de Alejandr?a-, de modo que los rasgos de su naturaleza divina resplandecen en nosotros a trav?s de la santificaci?n y la justicia y la vida buena y virtuosa? La belleza de esta imagen resplandece en nosotros que estamos en Cristo, cuando, por las obras, nos manifestamos como hombres buenos?. (Tractgatus ad Tiberium Diaconum sociosque, II. Responsiones ad Tiberiu Diaconum sociosque).

En este sentido, la vida moral posee un car?cter ?teleol?gico? esencial, porque consiste en la ordenaci?n deliberada de los actos humanos a Dios, sumo bien y fin (telos) ?ltimo del hombre. Lo testimonia una vez m?s, la pregunta del joven a Jes?s: ??Qu? he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna??. Pero esta ordenaci?n al fin ?ltimo no es una dimensi?n subjetivista que dependa s?lo de la intenci?n. Aqu?lla presupone que tales actos sean en s? mismos ordenables a este fin, en cuanto son conformes al aut?ntico bien moral del hombre, tutelado por los mandamientos. Esto es loa que Jes?s mismo recuerda en la respuesta al joven: ?Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos? (Mt 19,17).

Evidentemente debe ser una ordenaci?n racional y libre, consciente y deliberada, en virtud de la cual el hombre es responsable de sus actos y de la cual el hombre es responsable de sus actos y est? sometido al juicio de Dios, juez justo y bueno que premia el bien y castiga el mal, como nos lo recuerda el ap?stol Pablo: ?Es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal? (2 Cor 5,10).

Publicado por mario.web @ 8:53
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