Lunes, 25 de abril de 2011

Ap?ndice I.B
COMUNI?N ? ECUMENISMO

En este a?o jubilar que marca el comienzo del tercer milenio cristiano, haciendo memoria viva de la encarnaci?n del Se?or, la Iglesia est? llamada a descubrirse una vez m?s como misterio de comuni?n. El proyecto preestablecido del Padre sobre el mundo es que los hombres sean y vivan como hijos en el ?nico Hijo (Ef 1,4s) y Dios sea ? todo en todos ? (1 Co 15,28). El misterio de la comuni?n, fundado en Cristo, Verbo encarnado, muerto y resucitado, se ha hecho posible para nosotros gracias a la efusi?n del Esp?ritu Santo, es el misterio mismo de la Iglesia. La vida consagrada, don especial del Esp?ritu, tiene la tarea de visibilizar la comuni?n en el pueblo de Dios mediante una vida fraterna aut?ntica y firmemente vivida, de manera que el mundo pueda encontrar en la comuni?n la respuesta al deseo profundo de una relaci?n aut?ntica con Dios y con los hermanos.

1. Jes?s, antes de entregarse a s? mismo para la salvaci?n del mundo, ruega al Padre para que todos sean una cosa sola, indicando como paradigma de esta unidad su eterna relaci?n filial: ? como T?, Padre, est?s en M?, y Yo en Ti, sean tambi?n uno en nosotros... As? ser? yo en ellos y t? en m?, y alcanzar?n la perfecci?n en esta unidad. Entonces el mundo reconocer? que t? me has enviado y que yo los he amado como t? me amas a m? ? (17,21.23). Todo el empe?o de Dios en el mundo tiene este fin: que los hombres participen de la vida divina que es amor perfecto, reciprocidad perfecta de entrega entre Padre y Hijo en el Esp?ritu Santo. El Padre cre? a cada hombre, envi? a su Hijo unig?nito y al Esp?ritu para que cada cual fuera introducido en la vida divina y viviera en comuni?n con todos.

La Iglesia, que nace del sacrificio de Cristo y de la efusi?n del Esp?ritu, no tiene otro fin sino el de hacer posible la ? comuni?n ? de los hombres, abrir la vida trinitaria a toda la humanidad. As? pues, ya que la vida divina es vida trinitaria (comunional), la Iglesia es el ? sacramento ? que permite a los hombre salvarse como miembros de la ?nica familia de Dios.

S. Pablo escribe: ? Hemos sido bautizados en un mismo Esp?ritu, para formar un ?nico cuerpo ?, (1 Co 12,13; cf. Ef 4,4). En efecto, el Esp?ritu es principio de comuni?n porque es la expresi?n personificada del ?gape (Amor) divino que por su naturaleza une: ? El amor de Dios ya fue derramado en nuestros corazones por el Esp?ritu Santo que se nos dio ? (Rom 5,5). ?l es principio de unidad y de comuni?n porque la unidad de la Iglesia es gracia y don de Dios: llegando a ser una sola cosa con Cristo se constituye la Iglesia, realizaci?n del designio eterno de Dios. Jes?s se hizo carne, muri? y resucit? para que se realizara esta unidad, para que los hombres, destruidos por el pecado, volvieran a la unidad con el Padre, el Hijo y el Esp?ritu Santo (cf. Ef 2,11-22).

2. Si ?ste es el misterio de la Iglesia como comuni?n, los consagrados, llamados a un particular radicalismo en el seguimiento de Cristo y a una peculiar visibilidad de su conformaci?n con ?l, est?n llamados tambi?n a indicar al mundo la visibilidad de la Iglesia como misterio de comuni?n. La vida fraterna que debe caracterizar a los consagrados, seg?n su espiritualidad peculiar, se hace el lugar donde el misterio eclesial se ofrece y es visible en personas que se reconocen como parte una de la otra en Cristo. Si el consagrado debe actualizar el radicalismo de su vocaci?n bautismal, quiere decir que su vocaci?n de consagrado es una vocaci?n a la eclesialidad, a la comunionalidad. Desde este punto de vista, la justificaci?n teol?gica de la vida consagrada est? en convertirse cada vez m?s, dentro de la Iglesia, en un elemento de promoci?n de vida de comuni?n. Nos consagramos al Se?or para vivir de manera m?s radical nuestra eclesialidad, es decir nuestro propio ser comunional que tiene su origen, su modelo y su fin en la Trinidad: ? A la vida consagrada se le asigna tambi?n un papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-Comuni?n, propuesta con tanto ?nfasis por el Concilio Vaticano II.
Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comuni?n, y que vivan la espiritualidad de comuni?n ? (VC, n. 46).

La vida fraterna en la que los consagrados est?n llamados a vivir su vocaci?n se hace la forma expresiva de una vida aut?nticamente eclesial: ? la Iglesia es esencialmente misterio de comuni?n, ?muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Esp?ritu Santo? (S. Cipriano, De oratione Dominica, 23: PL 4, 533). La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configur?ndose como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama as? en la historia los dones de la comuni?n propios de las tres Personas divinas ? (VC, n. 41).

La fraternidad donde los consagrados viven su pertenencia al Se?or no se puede reducir a din?micas puramente sociol?gicas o psicol?gicas: debemos volver a descubrirla y comprenderla en su car?cter teologal de don y misterio: ? En la vida de comunidad, adem?s, debe hacerse tangible de alg?n modo que la comuni?n fraterna, antes de ser instrumento para una determinada misi?n, es espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia m?stica del Se?or resucitado (cf. Mt 18,20) ? (VC, n. 42).

En la celebraci?n del gran Jubileo es m?s que nunca significativo recordar que en los dos mil a?os de historia de la Iglesia, los consagrados han sido una presencia prof?tica e inspiradora de comuni?n para toda la comunidad eclesial: ? La vida consagrada posee ciertamente el m?rito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesi?n de la Trinidad ? (VC, n. 41). Es necesario que ese impulso prof?tico de los consagrados no falte nunca; m?s bien es necesario que se alimente continuamente en este tercer milenio cristiano.

3. Para esta peculiar vocaci?n a la eclesialidad, propia de los consagrados, la vida fraterna en comuni?n debe ser alimentada cada d?a por una fiel oraci?n personal y com?n, por una escucha constante de la Palabra de Dios, por una revisi?n sincera de vida que del sacramento de la Reconciliaci?n saca la fuerza para un renacimiento continuo, por una tenaz petici?n de la unidad, ? don especial del Esp?ritu para quienes se ponen a la escucha obediente del Evangelio ?. En efecto, ? Es precisamente ?l, el Esp?ritu, quien introduce el alma en la comuni?n con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 1,3) ? (VC, n. 42). S?lo si el Esp?ritu se apodera de nuestra humanidad, de nuestro coraz?n, de nuestra necesidad de amor y de ternura, entonces las comunidades religiosas ser?n ? peque?as iglesias ?, signo de la presencia del Esp?ritu.
En esta din?mica de vida fraterna, que expresa para la Iglesia y para el mundo un signo de comuni?n aut?ntica con Dios y con los hombres, hay que dar un espacio absolutamente central al sacramento de la comuni?n por excelencia, la SS. Eucarist?a: ? Coraz?n de la vida eclesial y tambi?n de la vida consagrada. Quien ha sido llamado a elegir a Cristo como ?nico sentido de su vida en la profesi?n de los consejos evang?licos, ?c?mo podr?a no desear instaurar con ?l una comuni?n cada vez m?s ?ntima mediante la participaci?n diaria en el Sacramento que lo hace presente, en el sacrificio que actualiza su entrega de amor en el G?lgota, en el banquete que alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino? ? (VC, n. 95). Los consagrados no pueden ser testigos de comuni?n si su existencia no se centra en el Memorial de la Pascua: ? Por su naturaleza la Eucarist?a ocupa el centro de la vida consagrada, personal y comunitaria. [...] En ella cada consagrado est? llamado a vivir el misterio pascual de Cristo, uni?ndose a El en el ofrecimiento de la propia vida al Padre mediante el Esp?ritu. [...] En la celebraci?n del misterio del Cuerpo y Sangre del Se?or se afianza e incrementa la unidad y la caridad de quienes han consagrado su existencia a Dios. ? (VC, n. 95).

4. En esta gran celebraci?n jubilar, la vida consagrada vuelve a descubrirse signo de la vida de comuni?n e indica al mundo contempor?neo la respuesta que Dios mismo da al hombre que anhela una verdadera relaci?n con ?l y con los hombres. El hombre, en efecto, es exigencia de comuni?n y de felicidad total. S?lo en Cristo recibe la gracia de un cumplimiento.

En nuestra ?poca, dolorosamente marcada por individualismos extremos que ponen al hombre contra el otro hombre y, al mismo tiempo, por colectivismos donde la persona es sacrificada para que se afirme una etnia o una naci?n sobre otra, el gran jubileo recuerda a todos el misterio de la comuni?n que nos fue revelada en Cristo y ofrecida a todos los hombres, que nace del coraz?n mismo de Dios Trinidad. A imagen del inefable misterio divino, las personas est?n llamadas a salir de s? mismas para encontrar su verdadera identidad en el don de s? al otro. La vida en comuni?n vivida por los consagrados adquiere un papel particularmente urgente hoy d?a: ? Con la constante promoci?n del amor fraterno en la forma de vida com?n, la vida consagrada pone de manifiesto que la participaci?n en la comuni?n trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la comuni?n fraterna, como los caminos concretos que a ?sta conducen. Las personas consagradas, en efecto, viven ?para? Dios y ?de? Dios. Por eso precisamente pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas disgregadoras que se encuentran en el coraz?n humano y en las relaciones sociales ? (VC, n. 41).

La vida consagrada, con sus dos mil a?os de experiencia de vida fraterna, est? llamada m?s que nunca en estos comienzos del tercer milenio a testimoniar que la comuni?n es la realidad donde el hombre se encuentra verdaderamente a s? mismo, dej?ndose amar y aprendiendo a hacer de s? mismo una aut?ntica entrega, en el respeto y en la valorizaci?n de todas las diferencias, que en el misterio de la comuni?n se convierten en riqueza y factores de unidad, cesando ser causa de divisi?n: ? Situadas en las diversas sociedades de nuestro mundo ?frecuentemente laceradas por pasiones e intereses contrapuestos, deseosas de unidad pero indecisas sobre qu? v?as seguir? las comunidades de vida consagrada, en las cuales conviven como hermanos y hermanas personas de diferentes edades, lenguas y culturas, se presentan como signo de un di?logo siempre posible y de una comuni?n capaz de poner en armon?a las diversidades ? (VC, n. 51).

Por eso, todos los que Dios ha llamado a una especial conformaci?n con Cristo deben ser conscientes de que ? la Iglesia encomienda a las comunidades de vida consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad de la comuni?n, ante todo en su interior y, adem?s, en la comunidad eclesial misma y m?s all? a?n de sus confines, entablando o restableciendo constantemente el di?logo de la caridad, sobre todo all? donde el mundo de hoy est? desgarrado por el odio ?tnico o las locuras homicidas ? (VC, n. 51).

Sin embargo, precisamente frente a esta tarea de ser promotores de unidad entre los hombres: ?no podemos evitar el dolor por las divisiones internas en el pueblo de Dios y, por tanto, la urgencia que se cumpla la plena comuni?n entre todos los cristianos! Por eso se necesita privilegiar en la vida consagrada el celo y el empe?o por la unidad de todos los creyentes en Cristo. Esto quiere decir, en primer lugar, hacer propia la oraci?n de Cristo mismo: ? alcanzar?n la perfecci?n en esta unidad ? (Jn 17,23). Esta unidad ?hay que ser bien conscientes de esto? ? en definitiva, es un don del Esp?ritu Santo (TMA, n. 34), por eso toda ? la Iglesia implora del Se?or que prospere la unidad entre todos los cristianos de las diversas Confesiones hasta alcanzar la plena comuni?n ? (TMA, n. 16). Por consiguiente emerge la tarea de los consagrados al respecto: ? En efecto, si el alma del ecumenismo es la oraci?n y la conversi?n, no cabe duda que los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apost?lica tienen un deber particular de cultivar este compromiso. Es urgente, pues, que en la vida de las personas consagradas se d? un mayor espacio a la oraci?n ecum?nica y al testimonio aut?nticamente evang?lico, para que, con la fuerza del Esp?ritu Santo, sea posible derribar los muros de las divisiones y de los prejuicios entre los cristianos. ? (VC, n. 100).


Publicado por mario.web @ 9:02
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