Lunes, 25 de abril de 2011

El Gran Jubileo, ? el a?o de gracia ?, no tiene otra finalidad sino la de crear las condiciones m?s favorables para la Iglesia, cuerpo de Cristo, para que el Esp?ritu la renueve y la purifique una vez m?s, volviendo a actualizar en el tiempo jubilar la obra de liberaci?n y de curaci?n que realiz? hace veinte siglos en la persona de Jes?s de Nazaret: ? El Esp?ritu del Se?or est? sobre m?. El me ha ungido para traer la Buena Nueva a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el a?o de la gracia del Se?or (?un a?o de jubileo?) ? (Lc 4,18-19).

1. Si el carisma de la vida consagrada consiste sobre todo en ser m?s conformados con Cristo, entonces tambi?n el religioso, en un cierto modo, est? ungido por el Esp?ritu para ser enviado al mundo. En efecto, como se sabe, la vida religiosa en cuanto carisma es dada para el bien del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El documento Vita Consecrata afirma: ? El Esp?ritu mismo, adem?s, lejos de separar de la historia de los hombres las personas que el Padre ha llamado, las pone al servicio de los hermanos seg?n las modalidades propias de su estado de vida, y orienta a desarrollar tareas particulares, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia y del mundo, por medio de los carismas particulares de cada Instituto. De aqu? surgen las m?ltiples formas de vida consagrada, mediante las cuales la Iglesia ?aparece tambi?n adornada con los diversos dones de sus hijos, como una esposa que se ha arreglado para su esposo (cf. Ap 21, 2)? y es enriquecida con todos los medios para desarrollar su misi?n en el mundo ? (VC, n. 19).

En este a?o jubilar los consagrados, en cuanto cristificados (? ungidos ? por el bautismo y por la consagraci?n religiosa), se dejar?n compenetrar a?n m?s por la potencia del Esp?ritu para actualizar con eficacia su misi?n en el mundo: ? A imagen de Jes?s, el Hijo predilecto ?a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo? (Jn 10,36), tambi?n aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son consagrados y enviados al mundo para imitar su ejemplo y continuar su misi?n. Esto vale fundamentalmente para todo disc?pulo. Pero es v?lido en especial para cuantos son llamados a seguir a Cristo m?s de cerca, en la forma caracter?stica de la vida consagrada, haciendo de El el ?todo? de su existencia. En su llamada est? incluida por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misi?n; m?s a?n, la misma vida consagrada, bajo la acci?n del Esp?ritu Santo, que es la fuente de toda vocaci?n y de todo carisma, se hace misi?n, como lo ha sido la vida entera de Jes?s ? (VC, n. 72).

En efecto, Jesucristo, sobre quien el Esp?ritu baja y reposa, vivi? toda su vida como misi?n del Padre: el Padre le envi?; no ha venido por iniciativa propia sino que fue enviado por el Padre ( Jn 8,42) para hacer su voluntad; y ?sta es que ?l no pierda nada de lo que ?l le ha dado, sino que lo resucite en el ?ltimo d?a (Jn 6,38s). De esta manera, el consagrado y la consagrada, llamados a conformarse visiblemente con Cristo, deber?n vivir su propia vida como misi?n y hacer suya la expresi?n de Cristo Resucitado: ? As? como el Padre me envi? a m?, as? os env?o a vosotros ? (Jn 20,21). La existencia concreta de los consagrados, por tanto, con todos sus dones espec?ficos, est? llamada a expresarse totalmente en la misi?n para la salvaci?n del mundo.

2. Actualmente en la Iglesia se advierte cada vez m?s la exigencia de unir a la tarea de la evangelizaci?n, la de la ? nueva evangelizaci?n ? y se llega a la conciencia tambi?n del papel decisivo que en ella deben tener el consagrado y la consagrada. Esta exigencia tan importante demanda, antes de un esfuerzo organizativo o estrat?gico, una mayor docilidad a la acci?n del Esp?ritu Santo, sin la cual se corre el riesgo de ? trabajar en vano ?. En efecto, ? La evangelizaci?n nunca ser? posible sin la acci?n del Esp?ritu Santo ?, afirmaba Pablo VI (EN, n. 75), y Juan Pablo II, siguiendo con la ense?anza de su predecesor, subraya: ? El Esp?ritu es tambi?n para nuestra ?poca el agente principal de la nueva evangelizaci?n. Ser? por tanto importante descubrir al Esp?ritu como Aqu?l que construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestaci?n en Jesucristo, animando a los hombres en su coraz?n y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvaci?n definitiva que se dar? al final de los tiempos ? (TMA, n. 45).

A prop?sito de los consagrados llamados a evangelizar, el documento Vita Consecrata afirma: ? La aportaci?n espec?fica que los consagrados y las consagradas ofrecen a la evangelizaci?n est?, ante todo, en el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos, a imitaci?n del Salvador que, por amor del hombre, se hizo siervo. En la obra de la salvaci?n, en efecto, todo proviene de la participaci?n en el ?gape divino. Las personas consagradas hacen visible, en su consagraci?n y total entrega, la presencia amorosa y salvadora de Cristo, el consagrado del Padre, enviado en misi?n. Ellas, dej?ndose conquistar por El (cf. Flp 3,12), se disponen para convertirse, en cierto modo, en una prolongaci?n de su humanidad. La vida consagrada es una prueba elocuente de que, cuanto m?s se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los dem?s, llegando hasta las avanzadillas de la misi?n y aceptando los mayores riesgos ? (VC, n. 76).

La evangelizaci?n, por tanto, es simplemente la difusi?n por parte del consagrado entre los hombres de la vida de Cristo que ya ?ste experimenta en el Esp?ritu Santo. La mayor obra de evangelizaci?n que el consagrado pueda realizar es vivir con seriedad su ser Iglesia, su ? ser-en-comuni?n ?, realidad que constituye la prueba definitiva de la presencia y de la actividad del Esp?ritu en su interioridad.

Si queremos ver las comunidades consagradas renovadas y reflorecer las vocaciones, hace falta que el Esp?ritu sea verdaderamente el protagonista, a nivel personal y comunitario, de la vida consagrada en una aut?ntica din?mica misionera. La vida consagrada debe convertirse verdaderamente en ? vida en el Esp?ritu ?. Lo que significa convertir el yo (tambi?n el yo de la propia congregaci?n o provincia) en el nosotros de la comuni?n y misi?n eclesial, significa superar las fuerza que llevan hacia la muerte para abrirse hacia la vida, superar el falso apego al pasado para una apertura prof?tica, nutridos por la verdadera tradici?n, hacia el futuro en b?squeda de la voluntad de Dios; superar nuestro peque?o provincialismo y abrirnos hacia los horizontes de la catolicidad, superar la l?gica de la carne y del mundo y abrirse a la l?gica del Evangelio y del misterio pascual, que es l?gica de la cruz y de la resurrecci?n. En definitiva se trata de renovar continuamente nuestra opci?n por Dios, sumamente amado, en el seguimiento de Cristo, confortados y animados por la potencia del Esp?ritu.

3. La misi?n de los consagrados siempre, pero sobre todo en este ? a?o de gracia ?, debe ser la de Cristo: ? anunciar a los pobres un alegre mensaje ?. Nuestros hermanos y nuestras hermanas de hoy sufren no s?lo por la pobreza material (hambre, erradicaci?n de su tierra, persecuci?n, guerra, desocupaci?n, enfermedad, abandono...), sino tambi?n por la pobreza espiritual (soledad, desesperaci?n, degradaci?n moral, p?rdida de los valores, explotaci?n...). Los consagrados est?n llamados a anunciar a todos ?stos el ? alegre mensaje ? de la salvaci?n, de la liberaci?n. Los monjes y las monjas contemplativas y los varios religiosos y religiosas de vida activa, anunciar?n a los hombres que sufren que a?n se puede esperar, se puede amar. Ellos que han experimentado, en su vida, la acci?n liberadora de Cristo, podr?n testimoniar los frutos de la redenci?n a todos los hombres. Ellos, que por vocaci?n han entrado ? en el a?o de gracia ?, dir?n con su vida, con la palabra y con las obras que el reino de Dios, que Jesucristo inaugur? hace veinte siglos, es potente y eficaz para todos; Este puede y debe penetrar en el tejido de nuestra sociedad, puede y debe cambiar el coraz?n de los hombres y de las estructuras sociales, puede cambiar la injusticia en justicia, la desesperaci?n en esperanza, el odio en amor.

En los consagrados y en las consagradas Cristo seguir? pasando tambi?n hoy ? haciendo el bien a todos ?, seguir? secando las l?grimas, consolando a los que lloran, alimentando a los hambrientos, acariciando a los ni?os, liberando a los presos. Sin embargo, sigue siendo profundamente cierto para todos los religiosos que: ? antes que en las obras exteriores, la misi?n se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ??ste es el reto, ?ste es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto m?s se deja conformar a Cristo, m?s lo hace presente y operante en el mundo para la salvaci?n de los hombres ? (VC, n. 72).

Al alba del tercer milenio cristiano, ya que nuestra tarea de consagrados nos invita a identificarnos en la misi?n de Cristo, es una obligaci?n, en fin, hacer memoria tambi?n de todos los que, consagrados a Dios, han sido fieles al Evangelio llegando a dar su sangre.

Cristo es el ? Testigo fiel ? (Ap 1,5), que llev? a cabo su misi?n amando ? hasta el extremo ? (Jn 13,1) en la obediencia hasta la muerte de cruz; en la Iglesia, su Cuerpo y su Esposa, los consagrados est?n llamados a participar y a dar el mismo testimonio de la Verdad de Dios, ? dispuestos a dar una respuesta acertada al que les pregunta acerca de sus convicciones ? (1 Pt 3,15).

?Cu?nto, entonces, hay que agradecer a Dios por el don de tantos consagrados y consagradas que han dado su vida para testimoniar el amor de Cristo a cada hombre! A tal respecto, la exhortaci?n apost?lica Vita Consecrata, recordando las situaciones m?s recientes, afirma: ? hombres y mujeres consagrados han dado testimonio de Cristo, el Se?or, con la entrega de la propia vida. Son miles los que obligados a vivir en clandestinidad por reg?menes totalitarios o grupos violentos, obstaculizados en las actividades misioneras, en la ayuda a los pobres, en la asistencia a los enfermos y marginados, han vivido y viven su consagraci?n con largos y heroicos padecimientos, llegando frecuentemente a dar su sangre, en perfecta conformaci?n con Cristo crucificado. La Iglesia ha reconocida ya oficialmente la santidad de algunos de ellos y los honra como m?rtires de Cristo, que nos iluminan con su ejemplo, interceden por nuestra fidelidad y nos esperan en la gloria. Es de desear vivamente que permanezca en la conciencia de la Iglesia la memoria de tantos testigos de la fe, como incentivo para su celebraci?n y su imitaci?n... ? (VC, n. 86).


Publicado por mario.web @ 9:03
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios