Lunes, 25 de abril de 2011

Fuente: Catholic.net
Autor: Marcelino de Andr?s y Juan Pablo Ledesma

De ni?o escuch? esta f?bula...

Un buen d?a en el cielo muchos ?ngeles y santos se presentaron ante el trono de Dios. Llevaban una petici?n a la que el Se?or, justo y piadoso, no podr?a negarse. En los ratos libres de cielo, mientras los arc?ngeles jugaban con las estrellas, algunos santos hab?an curioseado las rendijas del infierno. No es que est? prohibido. Simplemente, los bienaventurados no suelen perder el tiempo. Pero esta vez divisaron un alma que, al parecer, no merec?a el castigo eterno.

-En vida ha realizado bastantes buenas obras- afirmaba con gesto reverencial un ?ngel luminoso como el sol.

-Creo que merecer?a otra cosa... Quiz?s... podr?a estar a salvo-, profiri? casi tartamudeando otro bendito. Y el coro de los ?ngeles y de los santos enton? una gran alabanza al Se?or, que retumb? hasta las puertas del infierno.

Dios accedi? a rescatarla, si todo eso era cierto. Y todos los santos y santas de la eternidad, desde el conf?n de los siglos, escudri?aron los abismos de fuego, azufre y llanto. Entre la muchedumbre de los condenados alguien lo identific? con la rapidez del rayo: ??Aqu?l es!?. Los cielos se alegraron y el universo se conmovi?.

Entonces el Se?or mand? a su ?ngel de confianza, Gabriel, que bajara hasta el precipicio de tinieblas y vac?o. -T?malo y tr?elo a la gloria-.

El ?ngel descendi?, obedeciendo la orden de Dios. Bien equipado, surc? el abismo infranqueable y logr? penetrar en la tiniebla. Al aproximarse sinti? la llamarada centelleante del infierno. Temi? internarse, pero se acord? de las palabras del Se?or y de la dicha de los bienaventurados. Burlando la guardia, tom? del brazo al alma que le hab?a sido encomendada. El condenado sinti? un cierto alivio al percibir el tir?n celestial.

Muchos condenados presenciaron la escena y, en vez de dar la voz de alarma, se asieron como pudieron del alma que ya se elevaba, de la mano del esp?ritu celeste. Hab?an comprendido que se trataba de un rescate. Muchos, a causa del vapor y de la humarada, no distingu?an la escena. El caso es que todos, como pod?an, se agarraban fuertemente al alma en su despegue hacia las alturas. Los m?s pr?ximos, los m?s lejanos: todos formaban una hilera de almas encendidas, luminosas, incandescentes. Como una mecha humana, iban subiendo infinidad de condenados, asidos unos de otros.

En el cielo la emoci?n era intensa. Los bienaventurados segu?an sin pesta?ear el vuelo de salvaci?n. Muchos se felicitaban. Pero al alma que los santos cre?an ?santa? y merecedora de tan grande premio no le pareci? bien tanto meneo. Y pensando en una gloria quiz?s menor por la multitud que de ella colgaba, comenz? a patalear y a deshacerse de cuantas almas pod?a.

Con sa?a diab?lica, con odio infernal maldec?a la suerte de quienes se precipitaban en el abismo de la desdicha. Poco a poco, entre bruscos movimientos y contorsiones, pudo librarse de la mitad de los que le segu?an. Todav?a una buena parte aguantaba los tirones. A lo lejos se escuchaban gritos desgarradores.

Cerca ya del para?so de la luz, sigui? pataleando hasta sentir que su carga se aligeraba. -Siendo menos, ser? m?s feliz-, pensaba en su interior, mientras estrujaba fuertemente el brazo del ?ngel liberador. Sinti?ndose ligera, su odio aumentaba.

Al llegar a la entrada de la gloria, s?lo quedaba un condenado que, con grandes esfuerzos, continuaba sin soltar los pies del alma afortunada. ?sta se agach? y en una gesto de conmiseraci?n le tendi? la mano. El r?probo, confiando, solt? los pies. En ese momento una carcajada infernal acompa?? el gesto malintencionado. Un movimiento brusco, un amago y el condenado rod?, precipit?ndose en el abismo entre aullidos de desesperaci?n. Al fin el alma ?buena? podr?a entrar a gozar de la eternidad.

El ?ngel Gabriel se cubr?a su rostro celeste y derramaba l?grimas (No s? si los ?ngeles pueden llorar). Al alma liberada le ard?an de c?lera los ojos. Despu?s de su heroica acci?n se sent?a salvada y, felicit?ndose se dec?a: -Ya era hora. Yo me he salvado. Merezco mi cielo.

Ante tanto ego?smo, las puertas del cielo se cerraron. Por un momento hubo tristeza y desaz?n en el cielo. Y el alma ego?sta se precipit? por inercia en las llamas infernales como un im?n. Y volvi? a su lugar, porque incluso despu?s de la muerte se es lo que se ha vivido.

Hasta aqu? la f?bula que no me dej? conciliar el sue?o durante tantas noches. Y ahora que no soy tan ni?o me pregunto si esta f?bula no ser? tambi?n verdad.

Porque a fin de cuentas lo ?nico que cuenta en la vida del hombre es saber cu?l es el centro de su alma. Se trata de descubrir si soy el centro de m? mismo o si tengo el alma y el coraz?n volcados hacia fuera. En una palabra, si mi vida y mi alma se alimentan de ego?smo o de amor. El ego?sta, al ver caer la lluvia, afirma con toda la naturalidad del mundo: ?Yo llueve?. Cuando los tejados de las casas se cubren de copos de nieve, recalca: ?Yo nieva?. Al despejarse y clarear el d?a, volver? a se?alar con cierto orgullo: ?Yo hace sol?. Porque en un d?a de tormenta, de sol o de lluvia lo m?s importante, lo ?nico es ?l. Y su vida es ?l, como su cielo o su infierno seguir? siendo ?l mismo.


Publicado por mario.web @ 9:07
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