Lunes, 25 de abril de 2011
La mayor?a de los santos j?venes no fueron "j?venes raros" sino j?venes extraordinarios en lo ordinario
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La gran rebeld?a
La gran rebeld?a

La respuesta a la llamada de Dios es la gran rebeld?a: ante el pecado, ante el aburguesamiento, ante la tibieza, ante la falta de ideal. Y suele aparecer con frecuencia no s?lo en la juventud, sino mucho antes, en la ni?ez, aunque s?lo pueda llevarse a cabo a?os m?s tarde, conforme a las prudentes prescripciones can?nicas de la Iglesia. Un escritor contempor?neo, Luis Rosales, refiere en un largo texto, transido de emoci?n po?tica, una llamada de Dios a los doce a?os:

"As? era ella. Se llamaba Mar?a para jugar y entretenerse en algo y era la m?s peque?a de nosotros. Doce a?os bien cumplidos, pelicasta?os, joviales (...).

Jugaba siempre a tener alegr?a, a no dejar cosas por hacer, a vivir en ma?ana de fiesta, y a tener providencia de nosotros para que no nos abandon?ramos demasiado a ser hombres. Ten?a los ojos justos para ver: ni demasiado grandes ni demasiado chicos; la estatura, mediana; la frente, comba y salediza; los movimientos, desenvueltos e imprevisibles entre el ca?averal de alegr?a.

?Mira, Luis, hazme caso. Te digo que tengo
vocaci?n y que voy a aprender a tocar el piano para ser la organista del convento. Tener primos, ya lo sab?is, es una maravilla. Mientras hablaba, recuerdo que jug?bamos con las columnas y los primos en el patio de casa. Aunque re?a para nosotros, estaba disgustada porque a m? aquello del piano me pareci? decisi?n para nunca. No s? lo que le dije; probablemente alguna tonter?a cuando no la recuerdo. Y ella sigui? viviendo sus doce a?os como jugando al escondite con ellos; pero por las ma?anas, durante varias horas, se iba quedando quieta y monja, sentada ante el piano y haciendo m?sica celestial. Al principio, naturalmente, no consigui? que nadie tomara en serio su vocaci?n. Todos culp?bamos de aquel repente a sus amigas, que eran mayores, agrandadas, intransitables, y miraban al mundo parpadeando, como si todav?a tuvieran en los ojos alumbrado de gas. Nos dec?amos, para quitarle importancia al asunto, que ellas deb?an haberla sonsacado, pero a sabiendas de que Mar?a no era f?cil de sonsacar. Y as? pasaron varios a?os. Lo que m?s nos extra?aba al observarla, al conversar con ella, m?s ligero cambio en su car?cter. Al contrario, la alegr?a se le fue haciendo m?s inmediata e irresta?able. Le nac?a de m?s hondo: esto era todo. Sus ademanes y sus juicios segu?an teniendo aquel desplante y aquella imp?vida terquedad de siempre. Dulce tambi?n lo era, pero al hablar nos miraba con tanto aplomo y decisi?n que parec?a subirse en una silla para ponernos los ojos en hora. Hablaba sin malicia, sin tapujos y sin ingenuidad, diciendo siempre lo que pensaba, porque no hay nada verdadero en la vida que no sea compatible con la inocencia. Como toda persona buena, era un poco indiscreta y las hormigas se la llevaban en volandas. Se interesaba por todo, y a pesar de su dejo burl?n la confidencia era con ella tan inmediata e indeclinable como caer cuando has perdido el equilibrio. A fuerza de quererla llegu? a saber que la tristeza no es cristiana (...).

?Pero vamos a ver, Mar?a, ?c?mo est?s tan segura, a tu edad, de tener vocaci?n religiosa? Recuerdo el patio familiar, los cenadores de azulejo, el pino magistrado, las macetas de hiedra, el toldo y el sombr?o. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que me miraba entre risue?a y dolorosa, con el cuerpo algo inclinado hacia adelante, como el que est? esperando la llegada del tren (...).

?Mira, Luis, la edad no tiene nada que ver con estas cosas. Yo veo mi vida entera ya en un mismo camino. Ahora, hablando contigo, la estoy viendo seguida. No puedo equivocarme. Y no se equivoc?. La vocaci?n no se equivoca. Desde entonces todos los a?os que ha vivido se le reunieron en la luz de una ma?ana. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que, aun sabiendo que la perd?amos para siempre, no me dolieron sus palabras. Comenc? a comprenderlas, a vivirlas, a habitar dentro de ellas. Desde aquel d?a ambos tenemos la misma edad: Hemos cumplido los mismos a?os de estar solos. Ahora comprendo que a ella le debo la certidumbre de mi vocaci?n: la certidumbre de estar pisando todav?a sobre el ?ltimo grano de arena que se ha quedado solo frente al mar, la certidumbre de seguir siendo el mismo hombre y de volver a prometernos ??verdad, Mar?a?? que, ocurra lo que ocurra, los dos seremos fieles a nuestra vocaci?n".

La cita ha sido extensa, pero es altamente reveladora de una experiencia multisecular de la Iglesia: la respuesta a la llamada manifiesta la madurez de la persona entregada, que se expresa conforme a las caracter?sticas psicol?gicas propias de la edad. Por eso, no hay que contraponer estas manifestaciones frente a la entrega o la santidad. La madre de Jacinta y Francisco, los videntes de F?tima, a los que la Iglesia ha abierto un proceso de beatificaci?n, declaraba que sus hijos eran ni?os normales: "ni?os muy ni?os". Y su biograf?a nos los presenta rezando a la Virgen y mortific?ndose por los pecadores, s?; pero tambi?n cantando casi sin parar, bailando, correteando y jugando, como todos los ni?os.

Y es que los santos j?venes fueron santos porque
supieron vivir plenamente cara a Dios su juventud. Sab?an que un santo triste es un triste santo y amaron heroicamente a Dios sin dejar de ser lo que eran: ni?os, j?venes, con toda la alegr?a de su edad: ?por qu? no? Los padres de una chica espa?ola del Opus Dei en proceso de beatificaci?n, Montse Grases, evocaban en TVE la figura su hija y recordaban que hab?a sido "de peque?a, muy revoltosa. Era una ni?a muy ni?a". Su madre contaba c?mo luego se convirti? en una joven "clara, transparente, sencilla y sin doblez". Su padre corroboraba: "era una chica normal, con mucha serenidad". Y sus amigas la recuerdan siempre sonriente, tocando la guitarra, jugando al baloncesto, haciendo excursiones con sus amigas: "muy deportista, muy vitalista. Era una chica ardiente".

La mayor?a de los santos j?venes no fueron "j?venes raros" sino j?venes extraordinarios en lo ordinario. "Era tan normal ?comentaba una amiga de Montserrat Grases? que cuando empezaron a pedir testigos de su vida, pensaba que no ten?a nada extraordinario que declarar. Luego, con el transcurso de los a?os, la vida, la madurez, incluso la profesi?n ?porque soy enfermera y trabajo en un centro m?dico?, me han hecho comprender que su normalidad era realmente extraordinaria. Porque que reaccionara as?, en aquella adolescencia, una persona que sab?a que ten?a un c?ncer de huesos, que ten?a vida para poco tiempo... sin pensar en s? misma, preocup?ndose igualmente de los dem?s, sin cambiar de humor... Ha sido luego cuando he valorado realmente lo extraordinario de su comportamiento".

Estos ejemplos nos muestran que los j?venes santos vivieron la plenitud del Amor de Dios en la plenitud de su propia edad; y se cumplieron en ellos las palabras de la Escritura: super senes intelexi: entendieron a Dios mejor que los ancianos.

Por esa raz?n alentaba Juan Pablo II a un grupo numeroso de j?venes: "?No teng?is miedo de vuestra juventud! ?No teng?is miedo de correr el riesgo de la libertad! ?No ahogu?is los generosos impulsos del amor que os pide que hag?is, de vuestra vida, un servicio a los dem?s!" (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el UNIV 86, 24.III.86).


Publicado por mario.web @ 9:15
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