Lunes, 25 de abril de 2011
?Qui?n hay en la historia del cristianismo que no haya tenido que morder la fruta amarga de la contradicci?n, de la murmuraci?n o de la calumnia?
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Un sabor amargo
Un sabor amargo

La entrega de los j?venes reviste rasgos problem?ticos en algunos pa?ses en los que prevalece una concepci?n materialista y decadente de la existencia. Esa concepci?n choca frontalmente con el ideal cristiano y sus exigencias en la vida pr?ctica, y se concreta frecuentemente en insidias, calumnias y murmuraciones. No es nada nuevo: ?qui?n hay en la historia del cristianismo que no haya tenido que morder la fruta amarga de la contradicci?n, de la murmuraci?n o de la calumnia? Sin embargo, los hombres de Dios no suelen hacer demasiado caso a esos mosquitos pegajosos. San Carlos Borromeo comentaba que "no conviene desanimarse por habladur?as de gentes que siempre tienen en la cabeza imaginaciones nuevas. Basta obrar rectamente en todo y luego que cada cual diga lo que quiera". Pero a veces, no todo se queda en palabras: uno de sus detractores le dispar? a quemarropa con un arcabuz mientras rezaba, afortunadamente sin consecuencias mortales. A Don Bosco le dispararon, intentaron acuchillarle; luego recurrieron al veneno; m?s tarde trataron de matarle a palos... Y estos casos no fueron los ?nicos.

En la vida de San Francisco de Sales, como en la vida de la mayor?a de los santos, hay un largo cap?tulo dedicado a las difamaciones e injurias. En esos cap?tulos se proyecta con frecuencia la sombra triste de Judas: desgraciadamente, muchas de esas insidias provienen de personas que abandonaron la vocaci?n, o que estuvieron muy cerca de los hombres de Dios. El Obispo de Ginebra hab?a logrado convertir de su mala vida a una tal Mlle. Bellot, que tras pasar una temporada en el convento de la Visitaci?n, regido por Santa Juana de Chantal, volvi? a sus andanzas y se convirti? en la amante de un se?or de la corte del Duque de Nemours. El esc?ndalo alcanz? dimensiones colosales. San Francisco intent? hacerla cambiar, al principio privadamente; pero luego no tuvo m?s remedio que hacerlo desde el p?lpito. As? logr? que muchos se apartaran de ella.

La reacci?n no se hizo esperar: el amante de la Bellot, despechado, falsific? la letra del Obispo y puso en circulaci?n ?mediante una trama de enga?os? una carta falsa, supuestamente dirigida a esa mujer, que ley? toda la ciudad haci?ndose cruces. Las calumnias y las habladur?as fueron en aumento y un d?a apareci? un cartel sobre la puerta del convento que dec?a: "serrallo del Obispo de Ginebra". Un amigo, indignado por todo aquello, quiso batirse en duelo con el falsario. El Obispo se lo impidi?: "ten?a por principio ?escribe Couannier? que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero que si la acusaci?n se sostiene hay que oponer la indiferencia y el silencio". As? que le dijo a su amigo que ?l no era el autor de aquella carta y se qued? tan tranquilo. Juana de Chantal, con su car?cter fogoso y vehemente no comprend?a aquella tranquilidad; quer?a denunciar a los falsificadores y llevarlos hasta los tribunales. El Obispo la calm?. Hab?a que rezar por ellos y perdonarles. Un d?a se encontr? con el autor del cartel y le dijo: "Vos me quer?is mal y procur?is por todos los medios ennegrecer mi reputaci?n; no hace falta que me deis excusas, porque lo s? muy bien y estoy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais arrancado un ojo, yo no dejar?a de miraros amorosamente con el otro".

Historias semejantes podr?an contarse de Santo Tom?s Moro, de San Pedro Claver, del Cura de Ars o de Santa Teresa. Realmente, no ha habido santo libre de murmuraciones, trapisondas y enredos. Y no han sido s?lo cosa de los comienzos de la Iglesia o frutos pasajeros de un momento. La murmuraci?n se ha ensa?ado con almas de reconocida santidad. Un mediod?a caluroso la chusma de Roma contempl? un espect?culo inesperado: dos soldados conduc?an a un pobre anciano de ochenta y seis a?os a lo largo de la calle Bianchi, hacia las prisiones del Santo Oficio. Le hab?an detenido de repente, sin darle tiempo a ponerse el sombrero. Andaba incierto, encorvado y tambaleante. Se llamaba Jos? de Calasanz.

El despecho murmurador lleg? en el siglo pasado hasta Ars, una aldea miserable, donde un humilde p?rroco conmov?a a toda Francia con su amor a Dios. "Durante este tiempo ?escrib?a? viv?a esperando que de un momento a otro me arrojar?an a palos de casa para encerrarme en un calabozo".

?Causas de la murmuraci?n? ?La envidia? ?El despecho? Esta pregunta roza el mysterium iniquitatis: es imposible descubrir la clave de la pasi?n oscura que late bajo la ci?naga del mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas infundadas, acusaciones contra los que se entregan a Dios. En el siglo pasado, murmuraciones de ese tipo llegaron hasta la corte de Isabel II. Se cuchicheaba en todos los corros palaciegos: "?no sabes? la de Jorbal?n, la mism?sima vizcondesa de Jorbal?n se ha vuelto loca: se dedica a reeducar mujeres de mala vida". Y no faltaban las suposiciones maliciosas: ?y no ser? que en vez de reeducarlas lo que hace es...?" Hasta que una persona prudente, un marqu?s amigo, se la encontr? en la antesala de un ministerio, y empez? a gritarle: "Pero, ?es posible que haya perdido usted la cabeza hasta ese punto? D?jese de tonter?as, vu?lvase a los suyos, que est?n desconsolados con sus locuras y no le busque Vd. cinco pies al gato..." Afortunadamente Santa Micaela no le hizo demasiado caso.

Esas murmuraciones contra las almas entregadas a Dios no parecen descansar nunca, ni arredrarse ante la santidad m?s floreciente: con motivo del reciente centenario de la muerte de San Juan Bosco, alg?n articulista italiano ha intentado derramar sobre su vida santa, que tantos frutos ha dado a la Iglesia, las sospechas m?s torpes y las calumnias m?s bajas. Y esto mismo le pas? en vida a Santa Teresa ?a la que acusaron de todo durante sus andanzas por Castilla? y le ha seguido pasando en este siglo cuando ciertos "analistas" la han querido presentar como una neur?tica y... ?para qu? seguir?

Jos? Miguel Cejas, "La vocaci?n de los hijos", Folletos MC


Publicado por mario.web @ 9:16
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