Lunes, 25 de abril de 2011
La madre de San Francisco de Sales tambi?n llor?, como tantas y tantas madres, al conocer la decisi?n de su hijo de entregarse a Dios
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La vocaci?n y las pruebas
La vocaci?n y las pruebas

Naturalmente, no siempre la elecci?n que hacen los hijos j?venes ser? del agrado de los padres. Esto sucede con todo tipo de elecciones: desde la ropa que usan, o la carrera que estudian, hasta la esposa que eligen. Hay diferencias de formaci?n, de ambiente, de car?cter y gustos. "Tres cosas me son dif?ciles de comprender ?se lee en el libro de los Proverbios? y la cuarta la ignoro por completo: el camino del ?guila en los aires, el de la culebra sobre la piedra, el de la nave en alta mar y el del hombre en su mocedad" (XXX. 18, 19). Pero en este caso, se suma una diferencia decisiva: esta elecci?n no es el fruto de un capricho, sino la respuesta a una llamada concreta de Dios.

Los padres tienen derecho ?y obligaci?n? a aconsejar a sus hijos sobre la cuesti?n m?s decisiva de su existencia. Deber?n meditar ese consejo en la intimidad de su oraci?n, para que nazca del deseo de agradar a Dios y no de un sentimiento puramente humano; para que se dirija a la gloria de Dios y no a la propia satisfacci?n personal; para que redunde en beneficio de sus hijos y de su propia alma, y no se convierta en un peso que marque la existencia de sus hijos y comprometa gravemente su conciencia.

Y los hijos, si son j?venes, tienen obligaci?n de escuchar y de ponderar detenidamente los consejos de los padres en esta materia. No tienen obligaci?n de seguirlos, pero s? de valorarlos debidamente, sobre todo cuando no proceden del prejuicio o del ego?smo, sino de un deseo de ayudarles a cumplir la voluntad de Dios.

?Tienen los padres derecho a "probar" la consistencia de esa nueva vocaci?n? Desde luego, siempre que se respete la libertad del hijo; y siempre que se haga de acuerdo con un sacerdote piadoso y prudente que conozca a su hijo y que se presuma, razonablemente, que esa decisi?n es el fruto pasajero y moment?neo de una emoci?n.

Pero hay que tener cuidado con esas "pruebas" sobre algo tan crucial y decisivo en la vida de un hombre. Como dec?a con humor Eugenio D?Ors a un camarero que le derram? sin querer sobre la chaqueta un fin?simo champ?n, "los experimentos es mejor hacerlos con gaseosa". Porque, a pesar de "la buena voluntad", en muchos casos esas pruebas experimentales suelen salir mal y pueden acaban abortando una vocaci?n. Los padres se ponen entonces en peligro de ofender gravemente al Se?or, de perder la paz, y de comprometer su alma. Se pueden aplicar aqu? los viejos versos de Cervantes referidos al honor de la mujer: "que es de vidrio la mujer pero no debes probar si se puede o no quebrar que todo podr?a ser".

?En qu? puede consistir una "prueba razonable"? En no dar demasiadas facilidades desde el primer momento; en no tomar en serio todo lo que el hijo propone, hasta que ?ste lo formule con la necesaria entereza que demuestre su voluntad decidida. Y sobre todo, en rezar y hacer rezar. En mortificarse para ver clara la voluntad de Dios para ese hijo, para acertar en la actitud y en el consejo conveniente en cada caso, en cada momento. En definitiva, en ayudarle a buscar juntos la Voluntad de Dios, enreciando sus disposiciones y fortaleciendo su ?nimo.

Todo esto debe tener en cuenta el car?cter y el talante del propio hijo, sin coaccionarlo gravemente o ponerlo en una situaci?n que rozara lo heroico, sin exagerarle las dificultades del celibato frente a las del matrimonio, asust?ndole con la posibilidad de una futura defecci?n (como si esa posibilidad no se diese en todos los estados) o pint?ndole el matrimonio como un camino de rosas. Esa actitud, que cae en el extremo contrario de los que opinan que "se llama santo al matrimonio porque cuenta con innumerables m?rtires", olvida que lo importante no es elegir un estado u otro, sino elegir aquel para el que llama Dios.

Esto no es f?cil y suele venir acompa?ado de l?grimas. Y as? sucede en todas las elecciones humanas. ?Qu? madre no llora, aunque muchas veces no afloren las l?grimas, cuando sus hijos se casan, por muy contentos que est?n con su decisi?n?

La madre de San Francisco de Sales tambi?n llor?, como tantas y tantas madres, al conocer la decisi?n de su hijo de entregarse a Dios; no sab?a si eran l?grimas de alegr?a o de dolor, porque ella se lo hab?a ofrecido a Dios antes de que naciera, como tantas y tantas madres...

Pero Francisco de Boisy, su marido, no sab?a nada de nada; y le ten?a preparado, como es natural, un magn?fico partido a su hijo: una jovencita llamada Francisca de Veigy que era, nada m?s y nada menos, la hija del consejero del Duque de Saboya. Aunque algo se sospechar?a el Se?or de Sales de la inclinaci?n de su hijo hacia el sacerdocio, Francisco no hab?a dicho nada en casa porque, ay, ten?a una virtud que, en su exageraci?n, rayaba con el defecto: no sab?a decir que no: "?Qu? quer?is? ?confesaba? Mi car?cter me lleva a la condescendencia. Encuentro la palabra ?no? tan cruda para el pr?jimo, que no me atrevo a pronunciarla cuando se me pide algo razonable... Jam?s contradigo a nadie". Y no pudo ?o no supo? decir que no cuando su padre le habl? de matrimonio: prefiri? callarse y dar evasivas: "m?s adelante, ya veremos..."

Su madre y un primo suyo, que era can?nigo, estaban dispuestos a ayudarle en el momento oportuno, pero... ?qui?n se enfrentaba con su padre, que dec?a por todas partes "que la cosa ya estaba hecha". Tan hecha que, aunque Francisco segu?a dando largas, no pudo evitar la visita de los se?ores de Boisy a la familia de Veigy, para presentarle a la se?orita agraciada. Francisco hizo lo que pudo: reconoci? que era "una se?orita de buena cuna, modesta y devota" pero no esboz? ni una sola sonrisa durante la entrevista. Su padre lo fulminaba con la mirada. Cuando acab? todo estall? la tormenta: el padre pidi? explicaciones y Francisco dijo un "no" tajante, irreductible, e insospechado "en un hijo que no dec?a nunca a nada que no"... "?Pero qui?n te ha metido esa idea en la cabeza? ?gritaba su padre? ?Una elecci?n de ese tipo de vida exige m?s tiempo que el que t? te tomas!", insist?a furioso. La se?ora de Boisy callaba. Pero Francisco contestaba que hab?a tenido ese deseo desde la ni?ez. Y as? una vez y otra. De vez en cuando, la se?ora de Boisy suger?a t?midamente: "Ay, ser? mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios. Si no, va a hacernos como San Bernardo de Menthon; se nos escapar?...".

Pero los se?ores de Sales, buenos cristianos, amaban la Voluntad de Dios. Y al final, despu?s de un tiempo prudente, el viejo caballero cedi?: "Pues adelante hijo m?o, haz por Dios lo que dices que El te inspira". Y la se?ora de Boisy volvi? a llorar: dicen los hagi?grafos que "se esforzaba en poner buena cara; pero al fin le fue imposible; retirose a su gabinete y, con largas l?grimas, empa?? el brillo de sus ojos".

Sin embargo, en algunas ocasiones no se puede llamar "prueba" a lo que es una coacci?n violenta llevada a cabo por padres que se niegan ante una exigencia que les supone esfuerzo (un esfuerzo no mayor, en tantas ocasiones, que el que les supondr?a la elecci?n de otro estado). "Cuando mi madre supo mi resoluci?n ?escribe San Juan Cris?stomo? me tom? de la mano, me llev? a su habitaci?n, y habi?ndome hecho que me sentase junto a la cama donde me hab?a dado el ser, rompi? a llorar y a decirme cosas m?s amargas que su llanto". En aquella ocasi?n, Juan cedi?. Si no llega a ser por un amigo, que lo convenci? posteriormente, aquellas l?grimas hubiesen abortado su vocaci?n.

Porque, adem?s del riesgo de coaccionar la libertad del hijo, de hacer sufrir a todos, y ?lo que es m?s importante? de ofender a Dios, esas pruebas desorbitadas y esos gestos de fuerza paternos suelen salir mal. El padre de Luis Gonzaga puso todas las dificultades imaginables, mientras se repet?a, viendo la piedad de su hijo: ?mi hijo no ser? fraile! Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al gran duque Francisco de M?dicis. Esperaba que el ambiente cortesano acabar?a por conquistarlo. Pero el joven Luis volvi? a su hogar, en Castiglione, tan decidido como sali?. Para D. Fernando Gonzaga, peor que como sali?: le comunic? entonces su decisi?n inquebrantable de entregarse a Dios.

Volvi? a probar; y esta vez lo envi? a la Corte del rey de Espa?a, que estaba en todo su esplendor. All? lo tuvo tres a?os. Esperaba que a la vuelta se le hubiese olvidado todo. Pero a la vuelta, en 1584, Luis declar? que quer?a ingresar en la Compa??a de Jes?s. Ten?a diecis?is a?os. Se sucedieron escenas violent?simas entre padre e hijo, que cay? enfermo. Don Fernando ten?a "otros planes". Y Luis s?lo quer?a seguir los planes de Dios. Don Fernando no ced?a: lo volvi? a enviar a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Tur?n... hasta que descubri? que hab?a estado luchando contra un querer de Dios.

Algo parecido le sucedi? a Pedro Bernardone: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese m?s locuras, que eran la comidilla de todo As?s. Pero la gota que colm? el vaso fue que un d?a entr? en casa, cogi? varios lienzos de su almac?n, los carg? en una mula, se fue a Foligno, los vendi? ?no s?lo los pa?os, la mula incluso? y entreg? el importe a un cl?rigo de la iglesia de San Dami?n. Todo porque dec?a que hab?a o?do: "Francisco, repara mi casa". Estaba harto de verlo llegar a casa medio desnudo porque hab?a dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa. ?Precisamente su hijo, el hijo de uno de los mercaderes en pa?os m?s ricos de Umbr?a! As? que se present? en la sede arzobispal y exigi? que le devolvieran su dinero. Francisco se present? tambi?n, escuch? la petici?n de su padre... y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta, qued?ndose s?lo con una faja de cerdas a la cintura.

Siglos m?s tarde, Margarita Occiena se encontr? con el mismo problema. Y eso que ella lo hab?a dado todo por su hijo: un d?a le hab?a pedido que atendiese a los chicos que acud?an a ?l, sus biricchini, y ella hab?a dicho: "Si esa es la voluntad de Dios cuenta conmigo"; hab?a dejado su casa de I Becchi y se hab?a ido al barrio pobre de Tur?n en el que viv?a su Giovanni, llevando en un gran cesto todo lo que ten?a, que era poco, y sosteniendo con una mano una sarta de ollas y sartenes. Y estaba ya anciana y agotaba por una vida de sufrimientos. Se lo hab?a dado todo: su dinero, incluso su traje de novia, con el que le hab?a hecho una casulla. Incluso su anillo de prometida. No le quedaba nada. Pero su hijo... su hijo no ten?a l?mites: un d?a se trajo a dos maleantes a dormir, y por si fuera poco los abrig? con mantas y s?banas. Naturalmente no los volvieron a ver: ni a los maleantes, ni a las mantas ni a las s?banas. Se ech? a llorar. Giovanni le asegur? que jam?s traer?a a m?s pobres a dormir a casa.

Pero Margarita hab?a aprendido de su hijo a no poner l?mites al amor. Y pocos d?as despu?s se le present? en casa un ni?o andrajoso. Eran los d?as de Navidad. Se le olvid? de pronto todo lo que le hab?a dicho a su hijo, tom? al pobre ni?o, le dio de comer y lo meti? en su propia cama. Y luego llegaron m?s y m?s: a?os m?s tarde ser?an 2000 biricchini. Y as? naci?, alentada por su mano maternal, la familia salesiana de San Juan Bosco.


Jos? Miguel Cejas, "La vocaci?n de los hijos", Folletos MC


Publicado por mario.web @ 9:53
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