Lunes, 25 de abril de 2011
Para la madre de Santa Catalina su gloria era haber sido derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso
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"Es casi una ni?a..."

Muchas de las posturas de rechazo hacia la vocaci?n de los hijos, desde un punto de vista puramente humano, son comprensibles. Los padres tienden a pensar ?y los padres de los santos no son una excepci?n a esta regla general? que sus hijos son perpetuamente ni?os. "Si es casi una ni?a"... se iba repitiendo Monna Lapa en aquel d?a de primavera de 1383 en el que se encontraban en su coraz?n un c?mulo de sentimientos. Iba en la procesi?n mirando al suelo, andando trabajosamente bajo el peso de sus ochenta a?os, sostenida por dos j?venes mantellate. Escuchaba a su alrededor los murmullos de admiraci?n: "?sa es, ?sa es la madre". De vez en cuando, alzaba la vista y ve?a, en el relicario que ahora se llevaba triunfalmente por las calles de Siena ?un busto de bronce dorado, cincelado por los mejores orfebres del pa?s?, entre el gozo de la multitud y el repicar de las campanas, la cabeza de su hija. Una hija a la que hab?a amado con locura. Y a la que no hab?a entendido en absoluto.

Hab?a tenido veinticinco hijos, muchos de ellos gemelos, de los que le sobrevivieron s?lo algunos. Catalina hab?a sido realmente su ?ltima hija, porque Juana, que era su melliza, muri? pronto, y otra Juana que naci? m?s tarde, muri? ni?a tambi?n. Por eso, la quiso de ese modo especial con que se quiere al hijo menor, al m?s peque?o.

Pero de pronto, aquella hija empez? hacer cosas incomprensibles. Ahora, en la procesi?n, viendo la cara de fervor de sus conciudadanos ante la reliquia de su hija, los recuerdos se tamizaban con una luz tan distinta... Pero entonces no lograba entender el sentido de las cosas que hac?a. Le parec?an, sencillamente..., caprichos incomprensibles de una ni?a demasiado m?stica. Porque ella, como es natural, como cualquier madre de Siena de buena familia, le ten?a reservado un buen partido: un joven de una familia acomodada de Siena, con la que les vendr?a muy bien, adem?s, emparentar a los Benincasa. Y cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a Catalina ?le dio por cortarse el pelo casi al completo!

Ahora esos recuerdos la hac?an sonre?r. Pero entonces no le hicieron ninguna gracia; y no era una mujer de genio f?cil: la ri?? y la grit? como solamente ella, Lapa di Puccio di Piagente, sab?a hacerlo: "?Te casar?s aunque se te rompa el coraz?n!" La amenaz?: "No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos".

Fue todo in?til. Y la hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque... ?c?mo se iba a imaginar ella entonces que su hija hab?a decidido entregarse a Dios para siempre..., pero que no ten?a el menor deseo de irse a un convento? ?C?mo iba a suponer que pensaba vivir c?libe, all?, en su propia casa? Lapa segu?a empe?ada con el casamiento y emple? todas sus t?cticas, su ingenio y su genio: le gritaba, le hac?a trabajar sin desmayo, le re??a constantemente. Todo en vano.

Y un d?a su hija, casi una ni?a, reuni? a toda la familia y desvel? sus planes: no estaba dispuesta a casarse: "dejad todas esas negociaciones ?les dijo? sobre mi matrimonio, porque en eso jam?s obedecer? a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros quer?is tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; har? con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me ech?is por haber tomado esta resoluci?n, sabed que esto no cambiar? en absoluto mi coraz?n".

Ay, Lapa... ?Qu? cosas dijo entonces! Mir? a su marido: su tranquilidad tambi?n la exasperaba a veces. Y ante su sorpresa, Jacobo Benincasa dijo: "Querida hija m?a, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad de Dios, de quien viene esa resoluci?n suya. Sabemos por larga experiencia, y ahora lo sabemos con seguridad, que no te mueve la obstinaci?n de la juventud sino la misericordia de Dios. Mant?n tu promesa libremente y vive como el Esp?ritu Santo te diga que tienes que hacerlo. Jam?s te molestaremos en tu vida de oraci?n y en tus devociones, ni intentaremos apartarte de tu camino. Pide que seamos fieles a fin de que seamos dignos del Esposo que has elegido a edad tan temprana".

Lapa estaba desconcertada. ?Su propio marido se pon?a de parte de su hija, casi una ni?a! ?Si ten?a s?lo diecisiete, dieciocho a?os! Pero Jacobo la mir? fijamente, y Lapa sab?a lo que esa mirada significada. Hab?a perdido la batalla. "Desde hoy ?dijo gravemente su marido? nadie molestar? a esta querida hija m?a ni se atrever? a poner obst?culos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jam?s podr?amos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre".

No tuvo m?s remedio que ceder. Pero luego empez? a sospechar, horrorizada, las mortificaciones que hac?a su hija. Ella sab?a bien lo que era el dolor: su vida hab?a sido una serie ininterrumpida de embarazos; estaba experimentada en el sacrificio; pero no estaba dispuesta a aquello. Gritaba, lloraba: "?Ay, hija m?a, que te vas a matar! ?Que te est?s quitando la vida! ?Ay, qui?n me ha quitado a mi hija! ?Qu? dolor tan grande! ?Ay, qu? desgracia!" Y como conven?a con su car?cter, no se conformaba con lamentarse: si Catalina dorm?a en tabla, ella se la llevaba a su cama entre almohadas suaves y blandas. Hasta que le extra?? que, a partir de un d?a, la ni?a la obedeciese demasiado d?cilmente; pero pronto descubri? la raz?n: Catalina hab?a metido tablas bajo el lugar donde la obligaba a acostarse. As? no se pod?a seguir.

Y luego vinieron los pobres. La ropa le desaparec?a: ?otra limosna! Ahora se re?a en su interior recordando todo esto, pero entonces descargaba toda su furia contra aquella fr?gil adolescente. Sin embargo, los pobres, las limosnas, no le importaban tanto: al fin y al cabo, ella tambi?n era caritativa. Pero a lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah, no, eso no: ella no era una mujer rica, era la esposa de un tintorero, pero nunca faltaba comida en su mesa y todos envidiaban en Siena su vieja casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda, y las ropas de sus hijos, y... No; ella nunca hab?a dado que hablar. Y ahora el nombre de su hija corr?a de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas de una leprosa a la que atend?a, que murmuraba cosas irrepetibles de ella: "?Mira, mira ?le gritaba cuando volv?a a casa despu?s de cuidarla?, mira c?mo te paga esa leprosa tu caridad cristiana!". Y es que Lapa hab?a perdido todas las batallas: hab?a perdido sus proyectos de futuro, su hija, su tranquilidad familiar. Bien. Lo que no estaba dispuesta era a perder, encima, su buena fama. Y estall?: "Si no dejas de cuidarla, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jam?s volver? a llamarte hija m?a".

Mientras iba evocando todo esto, la procesi?n segu?a: los comerciantes, los miserables de Siena a los que su hija acog?a en otro tiempo, los artesanos, los nobles, los gobernantes de aquella peque?a rep?blica; todos la miraban pasar fervorosamente tras la reliquia de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de caridad, y relataban en voz baja c?mo Catalina Benincasa, una mujer joven, sin m?s poder que su amor a Dios, hab?a logrado cerrar uno de los cap?tulos m?s tristes de la historia de la Iglesia; su palabra pudo lo que no pudieron guerras, presiones y amenazas: un reto de siglos: que el Papa volviera a Roma y abandonara definitivamente Avi??n. Lapa no los escuchaba: iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido d?bil, le hubiera hecho caso... Ahora, su orgullo, parad?jicamente, era su gran equivocaci?n. Su gloria era haber sido derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso. Se daba cuenta de que ella, como madre, hab?a sido una de las sombras en la vida de su hija ?la sombra m?s amada por ella?, en la que ahora se proyectaba poderosamente su luz. De vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, el resto de aquel rostro bell?simo, apagado a los treinta y tres a?os. Y su coraz?n de madre no pod?a reprimir el antiguo lamento: "pero si es todav?a una ni?a...".

Jos? Miguel Cejas, "La vocaci?n de los hijos", Folletos MC


Publicado por mario.web @ 9:54
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