Lunes, 25 de abril de 2011
Hay que reconocer que la tristeza y el excesivo apego a lo material, la peor pobreza, es una t?nica de nuestra sociedad
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Factores de esperanza para una sociedad en crisis
Factores de esperanza para una sociedad en crisis
?Esperanza en medio de la crisis?

Por fin parece reconocerse la crisis econ?mica, incluso por quien sobre todo debiera haberla evitado. Lo preocupante de la situaci?n prueba que el denominado
?optimismo antropol?gico? puede ser un impedimento para el buen gobierno. Mas, ?probar? tambi?n que hay que desterrar la esperanza del coraz?n del hombre? Ante la estrechez material, ?deberemos renunciar a la conquista de la felicidad?

Efectivamente hoy podr?amos afirmar que: ?La representaci?n de este mundo se termina? (1Co 7.31). Es decir, de una bonanza ficticia que consist?a en humo y ?pompas? enga?osas, seg?n la expresi?n de la liturgia del Bautismo (1).

Pensamos que, a pesar de la conexi?n entre los diversos planos que confluyen en lo humano y lo necesario de una suficiencia econ?mica, no es en ese nivel de la existencia donde se halla la clave de la felicidad. Pues, mientras que lo material se refiere al mundo de los recursos o medios, la felicidad se correlaciona con los objetivos finales. Con un estado ?permanencia? de plenitud y culminaci?n de lo humano. Es decir, de satisfacci?n de su anhelo de verdad, de bien y de belleza.

Incluso habr?a que reconocer que la experiencia de austeridad no siempre supone un empobrecimiento en lo humano. Al contrario, tales situaciones, cuando potencian valores jer?rquicamente superiores, como la solidaridad, la cultura o la religiosidad, alimentan la esperanza y acercan a la felicidad. Pues, ?sta, dadas las ilimitadas perspectivas de lo humano, s?lo puede ser de orden espiritual (un amor total e incondicionado) (2).

Esto explica que en ocasiones quienes han sido m?s probados, despojados de los bienes m?s apreciados, por circunstancias traum?ticas o la maldad de los hombres, refuercen su esperanza (3). Tal reacci?n de crecimiento interior los constituye en est?mulo para los dem?s que han de valorarlos y mostrarles la mayor gratitud. Pues tambi?n la v?ctima ?debidamente acogida? es capaz de suscitar un sentimiento b?sico de humanidad, la compasi?n.

Por tanto la crisis econ?mica s? deja resquicio para la esperanza. ?Pero la crisis que aqueja a la sociedad espa?ola es de esta ?ndole o va m?s all?? Precisamente Solzhenitsyn, sobre todo en su colecci?n de reflexiones Alerta a Occidente (1978), advirti? de una crisis m?s honda ?moral? al autosatisfecho Occidente. ?sta, caracterizada por el inmanentismo, s? estrecha el horizonte del hombre y asfixia sus sociedades (4). Solzhenitsyn coincide en muchos puntos con la Enc?clica Centesimus agnus (1991), a cuyos p?rrafos haremos frecuentes referencias.

El materialismo ha sumido al hombre contempor?neo en un reduccionismo en el que confluyen marxismo y sociedad del bienestar o consumo (5). Su desprestigio nace de que ha favorecido la codicia y el hedonismo en la misma mediad en que acarrea infelicidad. El af?n por acaparar, las crecientes necesidades artificiales, el narcisismo, la droga, la pornograf?a, etc. son el triste cortejo de esta concepci?n de la vida. Con ello se explota la fragilidad de los d?biles sin ?llenar el vac?o espiritual que se ha venido a crear? (n. 37).

Aqu? se cuestiona un sistema ?tico-cultural que absolutiza la econom?a y la eleva por encima de su funci?n. La econom?a ocupa ?un aspecto y dimensi?n de la compleja actividad humana? (n. 39), pero ni es la ?nica ni fija su orientaci?n y ?ltimo objetivo (la vida del hombre es m?s que producir y consumir).

Los agentes de esperanza: los ni?os y los santos

En lo que es una breve anotaci?n, destacar?a dos agentes de esperanza: en el orden natural el gran factor de avance social es el ni?o y, en el orden sobrenatural, los testigos privilegiados de la acci?n del Esp?ritu, aquellos que llamamos santos.

Comenzamos por los primeros. Cada ser humano tiene una riqueza propia y complementaria de la de sus cong?neres. Su nacimiento es un ?principio activo? que incide en el marco concreto en que se desenvuelve su existencia, pero sus efectos beneficiosos repercuten en el conjunto. De ah? lo entrado en raz?n de la esperanza concitada por el advenimiento de una nueva criatura. Sentimiento vivido con gozo por su familia y, de modo m?s difuso pero no menos operativo, dentro de la sociedad. Adem?s, el ni?o, ya desde su gestaci?n que empieza en la apertura de los padres a la nueva vida, propicia las mejores virtudes y disposiciones a su alrededor.

Por otro lado, en un efecto de retroalimentaci?n, el ni?o educa y aporta un referente necesario para una sociedad viva. La Beata Teresa de Calcuta les dedic? profundos pensamientos, entre ellos el de que ?los mayores maestros son los ni?os?.

Dado que, sin la presencia de ni?os muchas cosas dejar?an de hacerse o se har?an peor, hay que pensar que es una bendici?n tenerlos cerca y aprender de su inocencia, curiosidad y menesterosidad (6). Sus cualidades naturales traslucen el fondo de misterio y las constantes de la condici?n humana. El ni?o recuerda eficazmente la jerarqu?a de valores e invita a abrazarlos.

Hannah Arendt subray? la fuerza renovadora de la infancia y juventud (7). Tampoco ha pasado desapercibida la importancia educadora del ni?o. ?sta beneficia prioritariamente a la madre, pero, gracias a ella, redunda en el bien general. Idea expuesta por la Familiaris Consortio (1981) ??intercambio educativo entre padres e hijos, en que cada uno da y recibe? (n. 22)? y a prop?sito de la cual Juli?n Mar?as destacaba la funci?n educadora para los adultos de la convivencia con los ni?os (8).

Como recordaba la Enc?clica Spe Salvi (2007), los cristianos no podemos vivir como hombres sin esperanza (cf. 1Ts 4.13). Concretamente en la Resurrecci?n de Jes?s se da la victoria definitiva. ?sta consiste en superar las limitaciones de la hora presente ?muerte, enfermedad, pobreza? y enmendar sus contradicciones e injusticias. El cristiano, alentado por la comuni?n eclesial, se apropia de ese destino victorioso y adopta un papel activo de cara a su promoci?n.

Esto que tiene un primer impacto personal e intimista, para la reformulaci?n del propio proyecto de vida, no carece de resonancia social. La fuerza sobrenatural incide en el orden natural y lo eleva descubriendo todas sus potencialidades. El fen?meno es plenamente eficaz en los santos. Su transformaci?n interior supone restaurar un orden tantas veces vulnerado y, simult?neamente, renovar la esperanza de una vocaci?n m?s alta.

Juan Pablo II ve?a en los santos contempor?neos, y en el mensaje sobre la Divina Misericordia a Santa Faustina Kowalska, un contrapunto a la ?erupci?n del mal?, al ?furor bestial? que supuso, en muchos aspectos, el siglo pasado (9). Este papel tambi?n lo desempe?aron, de cara a los nativos, los misioneros de la Am?rica hisp?nica en el siglo XVI (10). De ah? la sentencia del santo Cura de Ars: ?L? o? les saints passent Dieu passe avec eux? (all? donde los santos act?an Dios act?a con ellos), que hizo suya Juan Pablo II con ocasi?n del viaje pastoral a Francia (octubre 1986).

La acogida de la esperanza en nuestra sociedad

Hay que reconocer que la tristeza y el excesivo apego a lo material, la peor pobreza, es una t?nica de nuestra sociedad. El ?ltimo es un s?ntoma tanto m?s preocupante en cuanto que se asume como un axioma. Tambi?n el leader del Partido Popular ha hecho de la econom?a el eje de su ?nuevo? proyecto pol?tico. En este contexto, la dificultad econ?mica s? puede desvanecer la apariencia de esperanza a la que algunos se aferraban.

Ciertamente habr? que dise?ar medidas econ?micas. Asegurar mayor contenci?n y ejemplaridad de los gobernantes y, para todos, un puesto de trabajo digno. En cualquier caso, la econom?a no pasa de ser un factor concomitante para el bienestar de un ser, comunitario, cuya dignidad lo proyecta a una dimensi?n espiritual.

Devolver la esperanza a la sociedad y dejar el camino expedito a la b?squeda de la felicidad requiere adoptar decisiones que restablezcan la primac?a de lo fundamental, hoy m?s amenazado de lo que se quiere reconocer. Es decir, el respeto y la defensa de la vida, asfixiada por el ego?smo, y un espacio para que alcance su nivel humano en el ?mbito de la cultura y del esp?ritu.

Se trata de propiciar que no falte el bonum proles prestigiando y favoreciendo la maternidad de la que se despoja a muchas mujeres. ?Brotar?an tantos frutos en forma de virtud y alegr?a que dejar?a al descubierto la estafa de la ?revoluci?n sexual? y econ?mica que arrebat? a la mujer su maternidad y el bien de la familia! (11) Haber cedido algo tan profundo a cambio de autoafirmaci?n, dinero y posici?n s?lo es comparable a la desventajosa operaci?n, ofrecida a los indios del Nuevo Mundo, de trocar oro por espejuelos.

Tambi?n la sociedad se enriquece con la virtud de la religiosidad y no le ha de faltar su espacio natural de expansi?n. Excluir la religi?n de la vida p?blica, aparte de una lucha est?ril, es suicida para cualquier gobierno y para su pueblo.

Los santos, con su vida de entrega, testimonian un amor tan grande a Dios como comprometido en el bien de sus semejantes. Es una opci?n por lo absoluto (?s?lo Dios basta?, al decir de Santa Teresa de Jes?s). Asociado a Dios el hombre, todos ellos, adquieren la dignidad antes atribuida exclusivamente a los altos cargos, y descubren su valor intr?nseco y absoluto.

La Religi?n es esperanza de trascendencia, de elevaci?n y preservaci?n de la dignidad del ser humano. ?ste es un absoluto, con sustantividad propia, a cuyo servicio est? tanto la sociedad como su organizaci?n pol?tica. Si el ?nico horizonte del hombre es el poder o el mercado, aparte de un recorte dr?stico en las potencialidades humanas, se derrumbar?a su esperanza. La crisis ?institucional y econ?mica? ha disipado la vana ilusi?n de encontrar en ese ?mbito falible ni siquiera una felicidad temporal y con min?sculas.

Con ello la religi?n corrige excesos: la inhumanidad del mercado que, particularmente en momentos de crisis, se endurece y excluye a quienes no producen (est?n en paro o imposibilitados) o generan m?s gastos (enfermos y ancianos) de acuerdo a categor?as economicistas. La sa?a siempre se dirige contra los m?s indefensos.

Tambi?n el poder puede verse seducido por la tentaci?n de despreciar a los opositores o combatir aquello que le es adverso. Formula as? un concepto de ciudadano excluyente. Esta pr?ctica es frecuente en gobiernos de partido o fuerte carga ideol?gica. A su dictado el Estado no es sino un instrumento para implantar, a cualquier precio, cambios radicales en la sociedad.

?No existe cristianofobia en muchos de nuestros gobernantes, a juzgar por sus comportamientos? ?A qu? si no responde atacar los principios cristianos en la legislaci?n y excluir sus s?mbolos de la vida p?blica? ?Es que, seg?n esta l?gica, los muchos medios de comunicaci?n de titularidad p?blica, el sistema educativo, el calendario laboral o la pol?tica de subvenciones, van a estar al servicio de la erradicaci?n del Cristianismo? ?Y, en sustituci?n de los s?mbolos religiosos ?reflejo de la sociedad y su historia? qu? se va a introducir y con qu? legitimidad?

Son dos las alternativas, dentro de un estatalismo de corte colectivista: ora la vacuidad o frialdad burocr?tica, ora la manipulaci?n de rasgos identitarios, tambi?n de matriz religiosa, a gusto de quien mande (cf. n. 25.3 y 29).

Concluyendo, es urgente circunscribir la naturaleza de la crisis a que nos enfrentamos. M?s all? de una crisis econ?mica, se entrev? una crisis, largamente larvada, de valores. Nuestra sociedad, adormecida por la bonanza econ?mica, ha sido complaciente con ella. Pero al desaparecer tal anestesia nos reconocemos afectados en nuestra humanidad, comprometidos en la esperanza (12). Para atajarla proponemos dos medidas.

La primera, la defensa de la natalidad y del ni?o, al que no se puede privar de su infancia. Sin maternidad no cabe optimismo social. En consecuencia, la autoridad civil tiene la responsabilidad de propiciar la mejor acogida del ni?o y que ?ster alcance su pleno desarrollo.

La segunda medida es respetar la sana laicidad. Gracias a ella la religi?n desempe?a su papel civilizador y devuelve la luz y esperanza al hombre 13. Dig?moslo con un certero pasaje de Centesimus agnus: ?La negaci?n de Dios priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona [?]. Se niega de este modo la intuici?n ?ltima acerca de la verdadera grandeza del hombre, su trascendencia respecto al mundo material, la contradicci?n que ?l siente en su coraz?n entre el deseo de una plenitud de bien y la propia incapacidad para conseguirlo y, sobre todo, la necesidad de salvaci?n que de ah? se deriva? (n. 13).

Notas al pie:

1. La ?pompa diaboli? significaba ?la promesa de vida en abundancia, de aquella apariencia de vida que parec?a venir del mundo pagano, de sus libertades, de su modo de vivir s?lo seg?n lo que agradaba? (?Homil?a en la Fiesta del Bautismo del Se?or, 8 enero 2006?, en El Papa con las familias, Edici?n de J. Gasc? Casesnoves, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2006, p. 130).

2. Cf. J. Ratzinger (Benedicto XVI), Jes?s de Nazaret, Parte Primera, tr. C. Blas ?lvarez, La Esfera de los Libros, Madrid, 2007, pp. 408-409.

3. Cf. ?Han sufrido por causas nobles. El cardenal Rouco invita a las v?ctimas del terrorismo a ser "protagonistas de la esperanza"?, An?lisis Digital, 24 enero 2008.

4. Un apunte en J.M. de Prada, ?Recordando a Solzhenitsyn?, ABC, 11 agosto 2008.

5. Cfr. n. 19.

6. Otra frase memorable de Teresa de Calcuta dec?a: ?los ni?os son la belleza de Dios manifest?ndose en el mundo. Son el mayor regalo para una familia? (cit. en Magnificat, Junio 2008, p. 365).

7. Cf. S. Aguilar Rocha, ?La Educaci?n en Hannah Arendt?, en AParte Re. Revista de Filosof?a, n. 49, 2007, y http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/aguilar49.pdf. Adem?s, cf. y H. Arendt, Entre pasado y futuro, tr. D. Gr?cia Albaredas, Pen?nsula, Barcelona, 2003.

8. La educaci?n sentimental, Ediciones del Prado, Madrid, 1994, p. 225.

9. Cf. Memoria e identidad, La Esfera de los Libros, tr. B. Piotrowski, Madrid, 2005, pp. 18; 34-36; 72-74.

10. Cf. M.A. Asturias, Las Casas: el Obispo de Dios, Edici?n de J.M? Vallejo Garc?a-Hevia, C?tedra, Madrid, 2007.

11. En un texto dirigido a la Cuarta Cumbre Mundial de Naciones Unidas sobre la Mujer (Pek?n 1995) Teresa de Calcuta afirm?: ?That special power of loving that belongs to a woman is seen most clearly when she becomes a mother. Motherhood is the gift of God to women. How grateful we must be to God for this wonderful gift that brings such joy to the whole world, women and men alike! Yet we can destroy this gift of motherhood, especially by the evil of abortion, but also be thinking that other things like jobs or positions are more important than loving, than giving oneself to others. No job, no plans, no possessions, no idea of "freedom" can take the place of love. So anything that destroys God?s gift of motherhood destroys His most precious gift to women-- the ability to love as a woman?.

12. Cuando esto ocurre la vida se convierte, como bien comprendi? Dante Alighieri, en un infierno. Es conocido el r?tulo que, en su Divina comedia (1321), daba entrada al infierno: ??Oh, vosotros, los que entr?is, abandonad toda esperanza!? (Infierno, Canto tercero).

13. La acci?n eclesial, a trav?s de su instituci?n y de sus miembros, recuerda la grandeza humana y vigila que nunca sea falseada o suprimida. Esta es la fecundidad social del combate por el reino de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo (cf. n. 25 en conexi?n con 51).

Publicado por mario.web @ 10:28
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