Lunes, 25 de abril de 2011
Contra el poder, el dinero y la influencia, el compromiso, la renuncia y la entrega son los valores m?nimos imprescindibles para afrontar la fuerza arrolladora de la sociedad hedonista, permisiva, impersonal y pesimista
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Viaje al centro del hombre*
Viaje al centro del hombre*
Introducci?n

Los fil?sofos existencialistas subrayan el hecho de que el hombre se define m?s por sus proyectos a futuro que por su condici?n real presente. Las preguntas que muchas veces nos hacemos: ?c?mo soy?, ?cu?les son mis capacidades y limitaciones?, ?cu?nto valgo?, deben complementarse con estas otras, que tal vez nos digan m?s de nosotros mismos: ?cu?les son mis ideales?, ?en qu? consiste mi proyecto personal de vida? ?Mal estar?amos si no pudi?ramos responder a estas cuestiones! ?Y peor a?n si no somos lo bastante valientes para formularlas!

La conciencia se halla obligada a plantearse tales cuestiones precisamente porque se encuentran, en cierto sentido, como escritas en los corazones. No escuchar la voz de la conciencia en este ?mbito conduce a una frustraci?n fundamental, totalizante, que pone a temblar a las dem?s fuerzas del hombre. Se puede, en ?ltima instancia, vivir existencialmente satisfecho, aunque material o sexualmente frustrado; lo inverso, en cambio, coloca al hombre en un abismo insalvable.

A las verdaderas preguntas sobre mi proyecto de existencia: ?qu? puedo ser?, ?qu? quiero ser?, no puede contestarse banalmente diciendo que quiero ser millonario, banquero o ministro. Mi ser es mucho m?s que la fortuna que pueda llegar a tener o el oficio que ejercer? en el futuro. A la pregunta sobre qu? quiero ser se responde con cualidades internas que se identifican a tal punto conmigo mismo que configuran mi personalidad, lo que en t?rminos t?cnicos se denomina car?cter. La contestaci?n a estas preguntas representa el aut?ntico proyecto de existencia.

?Quiero ser noble o rastrero?, ?veraz o mentiroso?, ?superficial o profundo?, ?generoso o ego?sta?... Mientras yo no elija mi vida en relaci?n con estos par?metros, los proyectos de mi existencia ser?n f?tiles.

El hombre de hoy tiene delante de s?, lo sepa o no, esta ineludible opci?n: por un lado, un proyecto de vida hedonista, consumista, puntiforme, permisivo y cobarde. Por otro, una alternativa de existencia anclada en el compromiso, la renuncia y el don de s?.

El primer camino se hace en funci?n de la persona que lo emprende: todas sus notas son no s?lo subjetivas, sino ego?stas. El segundo, se hace en funci?n de los dem?s. ?Cu?l de ellos debe ser elegido para la ?nica vida con la que contamos? Cada persona debe responder para s? esta pregunta porque le va en ello, precisamente, la vida. De la posici?n que tomemos depender? que nuestra existencia tenga sentido o sea est?ril.

Terreno de la dignidad

Actualmente el concepto de dignidad de la persona tiene un verdadera impacto y aquiescencia. Aunque la dignidad humana suele entenderse habitualmente de manera general, es f?cil concebirla de forma equ?voca en sus detalles. Muchas veces, aparece fundamentalmente como la serie de condiciones materiales de vida que permiten una calidad de existencia propia del hombre. Sin embargo, la dignidad desde este punto de vista se limita o se confunde con el bienestar material. Otras veces se toma como pretexto para sentirse ofendido, convirti?ndose frecuentemente en apoyo de la propia soberbia.

El concepto de dignidad, como la civilizaci?n de occidente lo interpreta, cala mucho m?s profundo. Cuando decimos que el hombre es fundamentalmente un ser digno, queremos decir que tiene un car?cter absoluto. No es algo muy valioso, sino que est? m?s all? del valor. La idea toral es que el hombre hace valiosas a las cosas, lo cual manifiesta su car?cter digno, m?s all? de toda valoraci?n, porque las cosas son valiosas s?lo en la medida en que se refieren a ese valor supremo que es precisamente el hombre. Una sola realidad en el mundo puede recibir el calificativo de digno: la existencia humana.

?Qu? significa que el hombre tiene un car?cter absoluto? ?sta es la cuesti?n. Si todo el universo existiera sin el hombre, carecer?a de sentido. Pero si, al rev?s, el hombre existiera y pudiera vivir sin el universo, su valor no disminuir?a. A esto nos referimos cuando afirmamos que tiene un car?cter absoluto. Cada individuo, cada uno de nosotros, aunque se sepa limitado por su nacimiento y su muerte y por todas aquellas circunstancias que lo constri?en y empobrecen, tiene valor infinito.

Es fundamental resaltar esto en un momento en el que parece que hay un derrumbe general porque nos hemos mediatizado identific?ndonos con nuestro oficio y con nuestro empleo. La dignidad de la persona se rebaja de alguna manera a lo que podr?amos llamar funcionalidad de la pieza de recambio. No "somos" sino que "hacemos de"; nos convertimos en m?dulos funcionales.

Este avance progresivo del m?dulo funcional que invade incluso de una manera agresiva la intimidad de nuestra existencia, es una de las claras causas por las que prolifera el divorcio. Es el fen?meno por el cual lo m?s ?ntimo -el c?nyuge- empieza a ser un m?dulo funcional intercambiable. Cuando no funciona, hay que hacer lo que se hace con las piezas: se cambian.

Una pieza puede cambiarse por otra, pero las personas no son intercambiables; cada una de ellas, insisto, es un universo completo. Ninguna madre puede ser consolada pensando que a?n conserva el setenta y cinco por ciento de sus hijos si ha perdido uno de cuatro. ?No!, ?porque esta persona ha perdido la totalidad! ?Se le ha derrumbado el universo entero!

Contrariamente a Kant, quien dijo que el hombre no era medio, sino fin, alguien quiz? pudiera objetar el convencimiento de que el ?nico fin es Dios, y el hombre, un medio a su servicio. En la cultura cristiana el hombre ha sido creado para servir a Dios. As? lo hemos aprendido y debemos seguir afirm?ndolo. Sin embargo, dicho as?, sin m?s, es constitutivamente falso.

El hombre debe conducirse y conducir las cosas a Dios, cierto; pero no como cualquier medio que conduce al fin; no como el camino que conduce a la meta, qued?ndose el camino atr?s. El hombre no es el camino que se deja atr?s, es la imagen que de alguna manera nos acerca a Dios. El hombre no es un medio para Dios porque ?l no necesita de nada: Dios lo tiene todo. El hombre est? hecho a su imagen y semejanza; y si Dios es el fin, el hombre tendr? que serlo tambi?n. El hombre se acercar? m?s a Dios siendo persona, cumpliendo los espacios de su potencialidad, llegando hasta lo omnipotente, si es que esto se pudiera lograr; parecerse m?s a Dios e irradiar vida, como ?l lo hace.

Si queremos imitar a Dios, nuestra dignidad se esponja no por la eficacia, sino por la fecundidad. La eficacia la adquiero al obtener aquello de lo que carezco, la fecundidad en cambio consiste en desbordar lo que tengo. Por aqu? va el verdadero desarrollo del ser humano, no mediante la consecuci?n de lo que hace falta, sino transmitiendo lo que se tiene.

?Por qu? exclusivamente el hombre tiene esta caracter?stica de dignidad en un universo tan grande?

El hombre es digno por encima de todas las cosas mundanamente consideradas porque esta dotado de esp?ritu. En la Suma contra gentiles (II, c. 66), Tom?s de Aquino recoge cinco razones que manifiestan por qu? el hombre est? dotado de esp?ritu, razones que nos indican al mismo tiempo lo ?nico que sabemos acerca del esp?ritu mismo.

1. Tenemos ideas universales. Por ejemplo, mi idea de arma no se vincula necesariamente con la representaci?n o imagen de un arma en particular. No depende de la materia, tama?o, lugar o temporalidad determinados; basta pensar en un instrumento para atacar y defender.

2. Capacidad de poseer ideas abstractas, incluso de realidades inmateriales. La paz no es blanca ni tiene forma de paloma. En la medida en que somos capaces de pensar en realidades que no tienen materia, nos demostramos -al menos a nosotros mismos- que nos hallamos por encima de aquella misma materia de la que carecen las cosas que nosotros mismos pensamos.

3. Condici?n libre del hombre independientemente de la materialidad. El hombre, de alguna manera, no est? sujeto a las cosas corp?reas, sino que es libre. El perro siempre quiere la sombra en tiempo de calor, la carne en tiempo de hambre, y en tiempo de celo no hay perros castos.

4. Capacidad de reflexi?n. No solamente conozco, sino que s? que conozco.

5. Finalmente, poseemos una capacidad infinita de progreso. Que no se da en ninguna de las otras cualidades que no son en nosotros espirituales, sino corporales. Por ejemplo, el ojo no es susceptible de un desarrollo infinito. En cambio, la verdad se nos puede hacer cada vez m?s clara, m?s profunda, m?s amplia sin que el intelecto se fracture.

Con todo lo anterior hemos dicho algo muy importante: el hombre no est? sujeto a las condiciones de la materia. Por ser esp?ritu, es totalmente individual, no tiene parecido con ning?n otro esp?ritu; tiene su centro y su unidad en s? mismo. S?lo un esp?ritu se entrega a otro cuando quiere hacerlo. Los esp?ritus son independientes; manifiestan, por lo tanto, una especie de basti?n de la individualidad humana.

Dotada de esp?ritu, la persona tiene un car?cter de dignidad tal que no la hace comparable con las dem?s. Y brota de ah? una conclusi?n pr?ctica muy importante, que es el "principio de indiferencia" y dice as?: "El bien no es mayor porque se refiera a mi, ni el mal es menor porque se refiera a otro". Lo cual quiere decir que el bien y el mal poseen la misma consideraci?n frente a la dignidad del hombre.

Selva de lo superfluo

El hombre no s?lo se encuentra unificado por un esp?ritu, sino que tambi?n se siente o se encuentra arrastrado y encadenado por la materia.

A lo largo de la historia han existido diversas consideraciones sobre la relaci?n entre materia y esp?ritu, pero en nuestra cultura esto toma la forma espec?fica del materialismo. Este, en general, es el encadenamiento del hombre a la materia.

Tiempo atr?s, los antrop?logos hab?an distinguido en el ser humano dos tipos de necesidades que se hallan mezcladas: las necesidades naturales, que se dan en el hombre por requerirlas para su subsistencia, y las necesidades a?adidas, que el hombre inventa porque cree necesitarlas; estas ?ltimas son ficticias, fingidas o falsas. El consumismo es, en ?ltimo t?rmino, una postura contempor?nea por la cual nos creamos necesidades precisamente para satisfacerlas.

?Cu?les son las necesidades verdaderas y cu?les las superfluas? ?Cu?les son los bienes que agrandan el tama?o del hombre y cu?les son los que lo encadenan y encogen?

No se puede dar una lista de bienes necesarios simplemente porque no existe. La consideraci?n de los bienes necesarios est? entintada, a?n en los fil?sofos m?s inteligentes de la historia, por un subjetivismo individualista. El problema no es ya que sospechemos tener cosas superfluas, sino que carecemos del criterio para distinguir lo que es superfluo de lo que no lo es.

Arist?teles nos dice que el que muchas personas usen las cosas no es signo de su necesidad (?y eso qu? en su tiempo no hab?a televisi?n!)

El hecho de resolver artificialmente algunas de nuestras necesidades materiales no entra de suyo dentro del concepto de superfluidad. Viviendo agrupados por la sociabilidad ciudadana, logramos comodidades que antes no pod?amos obtener porque la agrupaci?n no exist?a o no lo permit?a. La artificialidad no implica, en s? misma, superfluidad.

Hay una peque?a piedra de toque que nos hace ver si algo es natural o superfluo: la naturaleza se apacigua, llega un momento en que ya no necesito m?s pares de zapatos (aunque alguna mujer diga que s?) o controles de televisi?n (aunque los hombres se subleven), en que ya no puedo comer o descansar m?s. En cambio, las necesidades superfluas tiene como rasgo caracter?stico el no saciarse nunca. Este rasgo da paso a una enfermedad muy bien diagnosticada desde hace 2,500 a?os, que lleva el extra?o nombre de pleonexia. Pleon?xico es aquel que considera que todav?a no tiene bastante, porque ignora que su esp?ritu no puede calmarse ni saciarse con cosas materiales.

Nuestra armon?a y pacificaci?n va a venir por el lado del esp?ritu, no por el lado de las cosas materiales que tengamos o consumamos. Sin embargo, hace 2,500 a?os la pleonexia era una enfermedad; para nosotros es signo de ?xito. Esa es, en realidad, nuestra gran enfermedad: considerar como ?xito lo que nos perjudica.

Adem?s, existe lo necesario, pero tambi?n lo conveniente; y se da lo superfluo, pero tambi?n lo nocivo. No hay s?lo una clasificaci?n bipartita de bienes, sino cuatripartita: lo necesario, lo conveniente, lo superfluo y lo nocivo. La tesis que aqu? se sostiene es que poco a poco, por la tendencia de las cosas, lo conveniente desemboca en lo necesario y, por la ca?da o la degradaci?n de los mismos bienes, lo superfluo se convierte en nocivo. Y ninguna lista de cosas necesarias y superfluas brinda suficiente luz, porque lo superfluo y lo necesario no corresponden objetivamente a los bienes que se tienen, sino abiertamente a la persona que los posee.

Los bienes no son ni buenos ni malos referidos en abstracto a s? mismos, sino en directa relaci?n con la persona. Son buenos los que me hacen bueno, y malos los que me hace malo. Son necesarios y convenientes, o superfluos y nocivos, por la repercusi?n que tienen en cada individuo que los posee, de manera que no se trata de una lista de car?cter exterior, sino de una introspecci?n para ponderar si mis bienes me hacen m?s o menos hombre.

Pero la sabidur?a griega agrega que la carencia misma de bienes contribuye a la virtud. Paradoja ciertamente ininteligible: la pobreza engendrar?a en nosotros la fuerza; y la fuerza, no la abundancia, es la que nos defender?a de la pobreza misma. La pobreza nos hace fuertes para poder salir de ella.

Podemos aceptar que los bienes convenientes se transforman en necesarios, pero no es evidente, ni convincente todav?a, que los bienes superfluos se conviertan en nocivos. Tendr?a que demostrar emp?ricamente que hay una relaci?n entre lo superfluo y lo perjudicial. ?Cu?ndo es buena la pobreza y cu?ndo es mala la riqueza? Las riquezas, incluso materiales, se convierten para un hombre virtuoso en instrumento de la virtud, en la medida en que ampl?an sus posibilidades de ser virtuoso. No se trata evidentemente de eliminar al rico, ni tampoco de erradicar directamente la pobreza del hombre: se trata fundamentalmente de que los que son ricos sean a la par virtuosos.

La riqueza sirve para ampliar el radio de la virtud, pero tambi?n ayuda a sembrar una inquietud que rompe el sosiego del alma. ?En qu? consiste esta inquietud? En querer tener m?s de lo que tengo o en no perder aquello que ya adquir?. Dec?a Pascal que el hombre tiene un ansia infinitamente infinita. Esa ansia, en lugar de saciarla nosotros con los bienes del esp?ritu, que son justamente infinitamente infinitos, pretendemos satisfacerla pleon?xicamente con una serie infinita de bienes finitos.

Lo importante es poder distinguir por qu? raz?n lo superfluo se convierte en nocivo. Lo malo no es lo superfluo, sino lo superfluo m?o que existe contempor?neamente con la carencia de lo necesario de otros. Retener para s? lo superfluo es optar por la primicia de las cosas sobrantes en dem?rito de las personas que carecen de lo elemental y b?sico. Quien retiene para s? lo superfluo no s?lo hace da?o a quien lo necesita, sobre todo se hace da?o a s? mismo, pues se impide el ejercicio de la solidaridad, que es justamente la virtud m?s valiosa del hombre y que le har?a m?s hombre que aquellas cosas superfluas que retiene.

Las propias cumbres


Aunque tal vez no seamos conscientes de ello, dos fuerzas "tiran" de nosotros hacia dos modelos antropol?gicos diferentes, que conviven hoy no s?lo en la sociedad contempor?nea, sino dentro de nuestra propia persona.

La opini?n p?blica de nuestro pa?s parece convencida de que M?xico necesita un nuevo modelo econ?mico. Parecer?a que las cuestiones axiol?gicas deber?an esperar a que se resuelvan las econ?micas, de mayor perentoriedad y apremio.

Mijail Gorbachov, en su libro La b?squeda de un nuevo inicio, nos dice con cierta amargura que en los primeros a?os de perestroika se formul? un principio con el que podr?amos estar de acuerdo: "comienza la perestroika contigo mismo". Una modificaci?n en las estructuras econ?micas no podr?a tener ning?n valor sin el cambio en las estructuras mentales y caracterol?gicas de las personas que las integran. Antes que nada, tenemos que cambiar nosotros. No son las modificaciones al modelo econ?mico las verdaderamente sustanciales, sino las transformaciones en el concepto del hombre, los cambios en cada uno de nosotros, y esto en todos los campos: no puede haber democracia sin dem?cratas.

Ante el derrumbe de las ideolog?as, los modelos antropol?gicos actuales ofrecen poqu?simas opciones. Entre ellas, se ofrecen dos alternativas: el nihilismo y el renacimiento de los valores cl?sicos.

La primera alternativa resulta m?s peligrosa que muchas teor?as ideol?gicas y antropol?gicas, pues ahora no nos enfrentamos a un concepto determinado del ser humano, sino a la falta de ese concepto, a la carencia de un esquema, de una idea de hombre. Es decir, a un modo de vivir cut?neo y superficial, sin raigambre. Cuando esto ocurre, lo m?s significativo y real de la vida se evapora en abstracciones en donde las personas pierden su dimensi?n individual y encarnada. Los valores se evaporan, y nuestra vida personal adquiere un estado delicuescente y gaseoso. Los adjetivos con que esta sociedad se califica son: sociedad hedonista, permisiva, consumista, impersonal y pesimista.

En la sociedad hedonista los hombres no buscan el modo de desarrollar su hombr?a esencial, haci?ndose m?s hombres, sino siguen hedon?sticamente las satisfacciones que sienten, sin preguntarse si ?stas hacen crecer lo que realmente son o lo degradan, encogen y empeque?ecen.

Este tono de vida desemboca, sin quererlo, en lo que llamamos permisivismo. De acuerdo con esta concepci?n de la vida, prohibir se vuelve malo y permitir bueno. Pero si reflexionamos bien, advertimos que las categor?as morales de la vida no se identifican con el permiso y la prohibici?n, sino con el bien y el mal.

Nuestra ?poca tambi?n est? invadida por el consumismo, tendencia contempor?nea por la que los bienes de uso, que habr?an de ser duraderos, se convierten en bienes fungibles (aquellos que no pueden usarse sin consumirse). Lo verdaderamente preocupante es que no s?lo los bienes, sino tambi?n los valores, que son distintos, se convierten en una realidad consumible m?s, que tiene la fugaz permanencia de la moda.

Para los hombres impersonales o masa, la televisi?n o las estad?sticas han tomado el lugar que ocupaba la raz?n. El mercado y la televisi?n atizan las perentorias necesidades de satisfacer nuestros impulsos, y claudicamos de nuestro natural dominio. Pierdo mi individualidad, me hago literalmente impersonal cuando carezco de conciencia acerca de c?mo debo actuar, no en cuanto integrante de mi pa?s o mi barrio, sino como esa persona individual?sima, irremplazable e irrepetible que soy; cuando no s? qu? hacer de esa vida ?nica que Dios me ha dado para m? solo.

Esta sociedad es, adem?s, pesimista. La "moral" de los instintos espont?neos sin freno, de la actuaci?n libre de reglas y convenciones, y de las personas diluidas en masas uniformes, sirve s?lo para el momento de salud, placer, bienestar, goce; es una "moral" que nos deja inermes, literalmente a la intemperie, durante el dolor, la enfermedad y la desgracia.

La segunda alternativa que se ofrece, consiste en el sencillo retorno a la normalidad existencial de la condici?n humana, que significa el levantamiento, la resurrecci?n de los valores que dan al hombre sentido y verticalidad: la amistad, la familia, esa alegr?a profunda de vivir que se llama fecundidad, en donde la persona se encuentra m?s all? de los reglamentos gubernamentales y de las transacciones mercantiles. Debajo del Estado, del mercado, de la televisi?n y del peri?dico se encuentra el mundo de las relaciones personales que no pueden traducirse en t?rminos de dinero, influencia o poder: eso que Max Weber llama relaciones originales de las que son portadoras las comunidades de car?cter personal. Este conjunto de realidades vitales recibi? de Edmund Husserl el nombre de Lebenswelt, que Jos? Gaos tradujo como el mundo de la vida corriente.

Este mundo de la familia, la amistad, las relaciones gratuitas y voluntarias posee una alternativa distinta de ese nihilismo banal al que nos hemos referido; constituye el ojo de agua, el origen de una corriente impetuosa e incontenible de valores que constituyen la verdadera medida del hombre.

Nos aventuramos a se?alar tres cualidades, que se presentan en nuestro tiempo como fundamentales para que la vida com?n del hombre sencillo, no sofisticado por las t?cnicas, pero si impregnado a?n de esp?ritu, pueda influir, con su existencia com?n y corriente, en esos mundos poderosos del Estado, el mercado, la televisi?n y la prensa.

a) Capacidad de compromiso. La persona humana es una gozosa fuente de compromisos profundos, serios e inamovibles, compromisos que el hombre bien nacido asume con valent?a y decisi?n. El hombre se mide por su capacidad de compromiso.

b) Capacidad de renuncia. El compromiso implica renunciar a todo aquello incompatible con el objeto con el que me he comprometido. La renuncia es la gran ausente de nuestra civilizaci?n. Quien no es capaz de renunciar a nada es aquel que carece de proyecto, quien absorbe todo sin discernimiento.

c) Capacidad del don de s?. La entrega de s? mismo no s?lo es el acto cimero de los seres libres, su ejercicio m?s noble y perfecto no s?lo es el acto fundamental para la educaci?n de nuestra libertad: es el acto educativo por excelencia.

Compromiso, renuncia y entrega son los valores m?nimos imprescindibles para afrontar la fuerza arrolladora de la sociedad hedonista, permisiva, impersonal y pesimista.

En el mundo serio de la vida -Estado, mercado y comunicaci?n colectiva- predominan tres valores de transmutaci?n: el poder, el dinero y la influencia. En cambio, los valores que prevalecen en el ?mbito de las relaciones personales son la amistad, la confianza y la alegr?a. Un concepto del hombre centrado en la materia no origina s?lo un modelo econ?mico, sino un proyecto de vida individual, posesivo, ego?sta y excluyente; abocado a aquello en que, como en la materia, caben las comparaciones monetarias y de popularidad. En sentido opuesto, un concepto del hombre centrado en el esp?ritu genera un proyecto de existencia comunitario, compartible, inclusivo y relacional.

?Por qu? no podemos centramos en el esp?ritu y aspirar a la salud mental, al conocimiento, la amistad, la alegr?a, que nos unen a lo otros y nos adentran en ellos? El lector me puede interpretar: nos est? usted hablando de ideales inasequibles y rom?nticos.

Estoy de acuerdo en que las grandes utop?as ya no tienen credibilidad, pero las peque?as utop?as de cada uno, esas ambiciones que hacen que la vida valga la pena, son plenamente posibles en el ?mbito de la verdadera vida. Y, aunque no lo fueran, siempre tendr? vigencia la sensata observaci?n de Arist?teles: "Lo imposible veros?mil debe ser preferido a lo posible no convincente", lo cual tiene su preludio en los Upanishads: vale m?s proponerse la meta de la excelencia y no lograrla, que la de la mediocridad y conseguirla.

*Editorial Diana, M?xico, 1999. Resumen elaborado por Gabriela Mill?n.

El Art?culo completo lo podr?s ver haciendo click en el siguiente enlace: http://www.usem.org.mx/index.php?mod=eBiblioteca&id=62

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Publicado por mario.web @ 18:19
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