Lunes, 25 de abril de 2011
Supuesto el estatus actual de los derechos humanos, podemos decir sucintamente que existe un acuerdo un?nime en el reconocimiento de la dignidad humana como fuente y fundamento de todos los derechos
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Desarrollo Integral en un estado laico
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Congreso Internacional sobre Libertad Religiosa, ?M?xico, D.F., 25 de septiembre, 2002

Del reconocimiento de la dignidad humana al derecho a la libertad religiosa

Supuesto el estatus actual de los derechos humanos, podemos decir sucintamente que existe un acuerdo un?nime en el reconocimiento de la dignidad humana como fuente y fundamento de todos los derechos [1] .

Los fil?sofos que reconocen la antropolog?a metaf?sica est?n de acuerdo en que la verdad fundamental sobre la persona humana es su dignidad y que ?sta es la justificaci?n ?ltima de todos los derechos.

La dignidad, dice Karl Rahner, es ?la determinada categor?a objetiva de un ser que reclama ?ante s? y ante los otros? estima, custodia y realizaci?n? [2] .

Esa dignidad, expresa Kant, se inscribe en la condici?n de la naturaleza racional del ser humano. Por eso, la persona es siempre un fin en s? misma, nunca un medio [3] , y Max Scheler dir? que es ?un valor por s? misma? [4] . Santo Tom?s de Aquino, al reconocer la excelsa dignidad del ser humano, subraya dos aspectos fundamentales: la capacidad de introspecci?n y la de comunicaci?n [5] , es decir, la persona humana es el ?nico ser que puede entrar dentro de s? mismo, hasta su conciencia y, al mismo tiempo, expresa, comparte y comunica su ser a los dem?s, la persona humana es un ser con los dem?s y para los dem?s. El maestro Efra?n Gonz?lez Morf?n se?ala como caracter?sticas fundamentales de la persona su inteligencia, su voluntad libre y su capacidad afectiva, adem?s de su naturaleza individual y social [6] . El Concilio Vaticano II reconoce de tal manera el valor del ser humano que se?ala: ?la persona humana es la ?nica criatura a la que Dios ha amado por s? misma? ( Gaudium et Spes 24).

Por todo lo anterior, es lugar com?n sostener que existe una estrech?sima relaci?n entre dignidad humana y derechos humanos.

R. Spaemann llega a preguntarse: ??Hay un derecho a la dignidad? ?O es, por el contrario, la dignidad, la base de todo derecho?... La idea de dignidad ?contesta ?l mismo? es, sin duda, m?s antigua que la de los derechos humanos? [7] .

As?, del reconocimiento pleno de la dignidad humana devienen los derechos correspondientes, pues, como se?ala Juan XXIII: ?la humanidad est? adquiriendo una conciencia cada d?a m?s clara de los derechos inviolables y universales de la persona humana? (Mater et Magistra 53), y tiempo despu?s el mismo Pont?fice precisa: ?El hombre tiene por s? mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ning?n concepto? (Pacem in Terris 8-10) .

Por esa creciente autoconciencia de la humanidad, el Vaticano II puede expresar: ?La conciencia m?s viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del mundo surja el prop?sito de establecer un orden pol?tico-jur?dico que proteja mejor en la vida p?blica los derechos de la persona? ( Gaudium et Spes 72).

Juan Pablo II, por su parte expresa: ?El bien com?n al que la autoridad sirve en el Estado se realiza plenamente s?lo cuando todos los ciudadanos est?n seguros de sus derechos... Entre estos derechos se incluye, y justamente, el derecho a la libertad religiosa junto al derecho de la libertad de conciencia? ( Redemptor Hominis 17).

Posteriormente, el mismo Juan Pablo II, en el Centenario de Rerum Novarum escribi?: ?... es necesario que los pueblos que est?n reformando sus ordenamientos den a la democracia un aut?ntico y s?lido fundamento, mediante el reconocimiento expl?cito de estos derechos [humanos]. Entre los principales hay que recordar: el derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el coraz?n de la madre, despu?s de haber sido concebido: el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a trav?s de la b?squeda y el conocimiento de la verdad; el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento propio y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y s?ntesis de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona? (Centesimus Annus 47 , subrayado nuestro ).

Como puede apreciarse, entre los derechos humanos el correspondiente a la libertad religiosa es fundamental y fundante, pues hace referencia directa a la libertad, a la conciencia, esto es, al n?cleo m?s ?ntimo y secreto del ser humano. Y este derecho permanece inmutable en creyentes y no creyentes, pues es la primera garant?a de la autonom?a del ser humano.

Los derechos no s?lo son universales, sino tambi?n indivisibles. Sin embargo, hay posturas que consideran una evoluci?n y los clasifican por generaciones o grupos, ?aunque esta visi?n tiene sus limitaciones y riesgos. Los de primera generaci?n hacen referencia a las libertades individuales y sociales; la segunda, se refiere a los derechos de igualdad; en la tercera est?n contemplados los derechos de solidaridad; y la cuarta generaci?n, incipiente y a?n por desarrollarse, los derechos de identidad personal y colectiva.

Consecuencias sociales del derecho a la libertad religiosa

Los derechos humanos existen de un modo tal que uno necesariamente supone a los otros o los exige, pues no son optativos ni facultativos. Como se?ala Efra?n Gonz?lez Morf?n: ?Existe una concatenaci?n interna entre los derechos humanos. Si se acepta que los seres humanos existan, se establece la condici?n fundamental para el ejercicio de la l?gica interna de los derechos. Ser?a absurdo reconocer el derecho de cada quien a pensar con libertad, con tal que no exprese de ninguna manera su pensamiento. El pensamiento pretendidamente libre, pero obligado en realidad a no salir del mundo interior del hombre pensante, pugna por la libertad de expresi?n. Respetar la libertad de pensamiento lleva inevitablemente a respetar la libertad de expresi?n. Si al expresarse el hombre descubre y establece coincidencias de pensamientos, simpat?as y proyectos con otros seres humanos, la libertad de expresi?n conduce inexorablemente a la libertad de asociaci?n. Respetar la libertad de expresi?n y empe?arse en rechazar su resultado inevitable, que es la asociaci?n de los que al expresarse se descubren coincidentes, es una contradicci?n insostenible. La libertad de asociaci?n tiende por su propia naturaleza a la libertad de acci?n asociada para realizar fines comunes en la vida social. Querer respetar la libertad de asociaci?n y negarse a reconocer la libertad de acci?n asociada es otro absurdo sin consistencia l?gica alguna. La libertad de acci?n asociada exige que se respete la honesta posibilidad de transformar eficazmente la realidad social de la vida humana, de tal manera que se compruebe en la pr?ctica el principio de proporci?n entre el esfuerzo que se hace y el resultado que se logra. Respetar la libertad de acci?n asociada y negar a ?sta el reconocimiento de los cambios que realiza en la convivencia humana es mutilar el contenido esencial el derecho que se dice respetar. Es profundamente viciado e injusto el sistema hip?crita de respeto a los derechos humanos que, despu?s de tolerar a m?s no poder el pensamiento, la expresi?n del pensamiento, la asociaci?n de los que coinciden al pensar y la actividad asociada de los mismos les pone como condici?n que nunca transformen de hecho la realidad? [8] .

En el caso concreto que nos ocupa, es necesario reconocer que la vivencia de una fe religiosa necesariamente adquiere un car?cter englobante, pues la persona se siente impelida, obligada moralmente, a organizar toda su vida, su conducta y sus actos en coherencia con sus convicciones m?s profundas. Por eso crea asociaciones, servicios e instituciones de acuerdo con sus creencias. Ese es precisamente el origen de las iglesias y de las distintas congregaciones religiosas.

Las convicciones religiosas, por otra parte, no pueden ser, por su misma naturaleza asunto exclusivamente privado, sino que tienden a manifestarse, a expresarse, a hacerse obra.

Pablo VI lleg? a decir: ?La Iglesia no admite circunscribir su misi?n al solo terreno religioso, desinteres?ndose de los problemas temporales del hombre? ( Evangelii Nuntiandi 34) Y el S?nodo de los Obispos de 1971 expres?: ?la acci?n en favor de la justicia y la participaci?n en la transformaci?n del mundo se nos presenta como una dimensi?n constitutiva del Evangelio? (n 6).

Dicho en otros t?rminos, una determina creencia religiosa es, simult?neamente, un acto ?ntimo, personal e intransferible, pero al mismo tiempo, esa creencia pide, por su propia naturaleza, ser vivida en sociedad, hacerse visible, aparecer en p?blico. Es perfectamente l?gico que los miembros de un credo o de unas convicciones determinadas se asocien y busquen la manera de vivir y poner en pr?ctica sus creencias o convicciones. Tal es el caso, por ejemplo, de las obras de caridad, beneficencia, desarrollo, solidaridad, etc., que muchas religiones han organizado para expresar sus convicciones de fe. Cosa que, por otro lado, tambi?n hacen los distintos grupos humanos en conformidad con sus convicciones c?vicas, pol?ticas o culturales con toda libertad y facilidad.

Efectivamente, tanto la Iglesia cat?lica, como las dem?s iglesias y grupos religiosos en M?xico, no han circunscrito su misi?n s?lo a la pr?ctica lit?rgica, cultual o de sacrist?a. Su misi?n tiene que ver necesariamente con la promoci?n humana y el desarrollo integral de las personas concretas, sean o no creyentes, sean o no del mismo credo, es decir, la motivaci?n es consecuencia de su credo, los destinatarios, en cambio, pueden coincidir o no en materia de fe.

Sin privilegios y sin obst?culos en un Estado Laico

Para asegurar el desarrollo de las actividades de los ciudadanos de una naci?n, es indispensable una ?sana teor?a del Estado? basada en la divisi?n y el equilibrio de los tres poderes que estructuran la sociedad pol?tica de hoy. Este esquema exige una legislaci?n adecuada que reconozca, garantice y proteja las libertades de todos los ciudadanos. Este es justamente el principio del ?Estado de Derecho?, donde impera la ley por encima de intereses particulares o la voluntad arbitraria de un grupo (cfr. Centesimus Annus 44).

En M?xico avanzamos lenta y titubeantemente en esta separaci?n de poderes, por lo cual no siempre se ven protegidos o garantizados los derechos de los mexicanos. Tal es el caso del derecho a la libertad religiosa, que a mi juicio todav?a se queda corto.

Para la Iglesia cat?lica toda persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. ?Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar libres de coacci?n, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que act?e conforme a ella?(Concilio Vaticano II, Declaraci?n sobre la libertad religiosa , n 2). La expresi?n ata?e tanto al creyente como al no creyente. Como dice el maestro Efra?n Gonz?lez Morf?n: ?No todos los hombres profesan una religi?n, pero todos tienen convicciones fundamentales y derecho de ser respetados en la profesi?n de las mismas, dentro del orden p?blico? [9] .

Por otra parte, conviene recordar que los derechos humanos en general, y por tanto el derecho a la libertad religiosa, no son concesiones otorgadas por el Estado a los individuos, a las familias o a las instituciones, sino realidades que deben ser reconocidas por las leyes de manera expl?cita, permitiendo una aut?ntica convivencia plural en el contexto de una sociedad abierta, respetuosa y tolerante. El derecho a la libertad religiosa es un derecho humano reconocido en tratados internacionales suscritos y ratificados por M?xico. A partir de 1992 nuestro pa?s lo asume en nuestra Constituci?n y en la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto P?blico.

Por mucho tiempo ?desde mediados del s. XVIII? particularmente la historia de la Iglesia cat?lica en M?xico estuvo marcada por un proceso conflictivo en su relaci?n con el Estado. A partir de las reformas constitucionales de 1991-1992 se inici? en nuestro pa?s una etapa que el Papa Juan Pablo II defini? como de ?mutuo respeto? entre ambas Instituciones. Independientemente de los ?peros? y ?l?mites? de esta nueva situaci?n, ciertamente se abri? para las religiones una posibilidad para contribuir a la construcci?n de una sociedad m?s justa y m?s humana. Este marco legal, como toda ley, es perfectible, y habr? que pugnar por mejorarla. Sin embargo, el tema no est? exento de pol?mica y de intereses muchas veces ocultos.

La ambig?edad del t?rmino laicidad y sus derivados ha provocado que con ese concepto se definan posturas antirreligiosas, posturas supuestamente neutras y posturas que reconocen la autonom?a del Estado y de las asociaciones religiosas. En palabras de Antonio Molina Meli?, existen tres modalidades de laicidad: a) laicidad-laicista, hostil y antidemocr?tica; b) laicidad neutral, excluyente de la libertad religiosa; c) laicidad abierta, democr?tica e incluyente [10] .

A decir de muchos estudiosos las posturas antirreligiosas y anticlericales corresponden a la arqueolog?a humana, a otra era geol?gica, pues hoy las ciencias humanas reconocen en la persona una dimensi?n espiritual o trascendente que con pleno derecho pueden ejercer en uso de su libertad. Por eso el sujeto del derecho a la libertad religiosa es, en primer lugar, la persona humana. M?s a?n, nadie puede obligar a la persona a un horizonte inmanente, en nombre de una verdad cient?fica o una supuesta autonom?a que buscara liberar al ser humano del oscurantismo, el miedo, la ignorancia o la dominaci?n del clero.

En las posturas laicistas la raz?n suplanta la fe, el destino a Dios, la naci?n a la Iglesia, los h?roes a los santos, los s?mbolos nacionales a los s?mbolos religiosos, las fiestas patrias a las fiestas religiosas, los estados a las di?cesis, el maestro al sacerdote, ... y el Estado sabio y prepotente a la conciencia personal [11] .

El Estado, seg?n esta concepci?n laicista, debe perseguir a las religiones, acabarlas, destruirlas, en favor de la liberaci?n y la autonom?a de las personas.

Las posturas supuestamente neutras ante el hecho religioso, en realidad privilegian la fe laica sobre la fe religiosa; parten de la prejuiciosa premisa de que el hecho religioso es algo residual, insignificante y hasta trivial, fruto de culturas primitivas y premodernas o de intereses ocultos del clero.

De acuerdo con esta concepci?n, el papel del Estado es desconocer, ignorar, controlar o a lo sumo tolerar a las religiones, pues su acci?n, es asunto privado, por lo que siempre permanece en manos del Estado la opci?n de juzgar, decidir e intervenir en las cuestiones religiosas.

La aut?ntica postura laica del Estado reconoce los derechos de la persona humana, los garantiza y los promueve. Coloca en primer lugar la dignidad de la persona y despu?s la soberan?a. Acepta que es incompetente ante el hecho religioso y por lo mismo lo ve como resultado de la libertad humana. No hace suya ninguna religi?n ni manifiesta preferencias o privilegios institucionales. No discrimina ni excluye a nadie por motivos religiosos, sino al contrario: integra a todos, respeta a todos y busca el bien com?n de todos y hasta puede leg?timamente cooperar con todos.

El derecho a la libertad religiosa comprende no s?lo la incompetencia del Estado para hacer juicios de verdad en materia religiosa, sino tambi?n que cada confesi?n religiosa exprese su autocomprensi?n, su forma interna de organizaci?n y de difusi?n de sus ideas. El Estado, en este supuesto, debe crear, favorecer y promover las condiciones sociales que permitan el ejercicio del pleno derecho a la libertad religiosa para cada persona, para toda la persona, para todas las personas, como de hecho lo hace con otros derechos, por ejemplo, la cultura, el arte, el deporte...

El desarrollo integral como derecho y como deber

Desarrollo etimol?gicamente significa liberar lo que estaba envuelto o encerrado y hace referencia no s?lo a aspectos cuantitativos, sino sobre todo cualitativos.

El desarrollo integral, entendido como proceso din?mico por el cual cada persona, toda la persona y todas las personas pasan de condiciones de vida menos humanas a condiciones cada vez m?s humanas, justas e igualitarias, supone una determinada concepci?n de persona humana y de sociedad: La persona como ser perfectible y la sociedad constituida sobre el fundamento de la interdependencia o la solidaridad, como expresi?n de la naturaleza social del ser humano. A esta concepci?n de la sociedad Juan Pablo II la califica como subjetividad de la sociedad.

Si aceptamos que toda persona humana es perfectible, es f?cil caer en la cuenta de que es necesario que el Estado construya las condiciones para que todo ser humano permanentemente actualice sus potencias, es decir, para que haga presentes y actuales todas y cada una de sus capacidades, aptitudes, habilidades y dimensiones. Esta actualizaci?n constante no se completa nunca. No tiene l?mite ni punto de llegada, pues siempre hay algo m?s en su horizonte, siempre hay algo nuevo por hacer florecer o perfeccionar en toda persona y en toda comunidad.

Este perfeccionamiento es fundamentalmente crecimiento en el ser y en segundo lugar en el tener o en el saber. Hoy, crecimiento en el ser se entiende como mayor conciencia de la propia dignidad y de los derechos y deberes humanos.

El desarrollo humano, por tanto, implica actividades que ayudan a despertar la conciencia del hombre en todas sus dimensiones y a valerse por s? mismo para ser protagonista de su propia historia. Educa para la convivencia, da impulso a la organizaci?n, fomenta la solidaridad, ayuda de modo eficaz a la convivencia y a la corresponsabilidad (Cfr. Documentos de Puebla 7).

El desarrollo no se reduce al simple crecimiento econ?mico, pues para ser aut?ntico debe ser integral, es decir, promover a cada hombre, a todos los hombres y a todo el hombre (Cfr. Populorum Progressio 14). Esto es, debe contemplar todas las dimensiones: cuerpo y alma, coraz?n y conciencia, inteligencia y voluntad, vida personal y vida social, es decir, debe comprender a la persona de manera global.

El desarrollo humano, por otra parte, necesita de un sujeto hist?rico que se haga responsable de ??l. Tal sujeto es en primer lugar el ser humano concreto, por eso el desarrollo es un deber personal, pues cada uno est? llamado a buscar su propia plenitud, es una exigencia interna de m?ximo crecimiento. Al mismo tiempo, es un derecho y por ello requiere las condiciones sociales, culturales y materiales que lo posibiliten, es decir, del bien com?n y de una autoridad que din?micamente lo gestione. De manera subsidiaria, la sociedad civil participa en las condiciones sociales que permiten y favorecen el desarrollo, y como parte de la sociedad civil las iglesias y las asociaciones religiosas.

El desarrollo pues, tiene una dimensi?n individual de autorrealizaci?n, y otra dimensi?n social: debe ser para todos. El desarrollo integral no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad. Este deber concierne en primer lugar a los m?s favorecidos, en un triple sentido: deber de solidaridad, deber de justicia social y deber de promoci?n de un mundo m?s humano, sin que el progreso de unos sea un obst?culo para el desarrollo de otros (Cfr. Populorum Progressio n 44). La propia ONU al establecer el Programa para el Desarrollo (PNUD) hace ver la interdependencia ya no s?lo a nivel de cada pa?s, sino de la humanidad entera.

Los pactos internacionales de derechos econ?micos, sociales y culturales, y de derechos civiles y pol?ticos de la ONU, 1966, tambi?n lo establecen como un derecho, cuya fuente sin duda es el art?culo 22 de la Declaraci?n Universal de los Derechos Humanos.

Por una pr?ctica de la libertad al servicio del bien com?n

Como ya se ha dicho, es totalmente l?gico que las distintas denominaciones religiosas se organicen para responder a las exigencias morales de sus convicciones. Una de ellas, la m?s frecuente, es crear, sostener y difundir obras de beneficencia, de asistencia social, de educaci?n y de desarrollo.

Lo que desde el sentido com?n se esperar?a es que las leyes, las instituciones gubernamentales y los propios titulares del poder reconocieran, favorecieran y estimularan estas acciones, que son fruto de la libertad de las personas y de su creciente anhelo de participaci?n y corresponsabilidad. Sin embargo, la pr?ctica es exactamente la contraria: controles excesivos, cargas burocr?ticas, procesos lentos y engorrosos, sospecha permanente...

En un pa?s cuya pobreza alcanza al 53% de la poblaci?n, y de ellos 30% en condiciones de pobreza externa, existe urgencia de voluntarios que combatan la pobreza y el empobrecimiento, no s?lo en sus consecuencias, sino sobre todo en sus causas. Constatar los obst?culos que existen llama a sorpresa, para decir lo menos. Parece impensable que en lugar de permitir, favorecer e impulsar toda obra social privada de beneficio p?blico, surgida precisamente de las convicciones religiosas, tercamente se dificulte por parte de ciertas leyes y autoridades.

Seg?n los datos disponibles, se calcula que la aportaci?n de las Asociaciones Religiosas al desarrollo social del pa?s representa el equivalente a una suma de entre 2 y 3% del PIB. M?s de 100 mil personas, provenientes de diversos credos, se dedican a tiempo completo a obras de asistencia, desarrollo, educaci?n, organizaci?n comunitaria, asesor?a, salud, capacitaci?n para el trabajo, etc. Y esto sin contar a los miles de voluntarios que dedican parte de su tiempo gratuita y generosamente a dichas tareas.

Tan s?lo la Iglesia cat?lica posee 8,278 obras sociales, la mayor?a no formales, y los 73 movimientos nacionales de apostolado cat?lico, que agrupan a varios millones de personas, a su modo, hacen una contribuci?n discreta y eficaz al desarrollo social. Es m?s, en muchos casos es la ?nica ayuda que reciben los pobres y marginados. Sabemos, por otra parte, que la mayor?a de las AR se encuentra en situaci?n similar y que todas a su modo, contribuyen al bien com?n.

Por todo lo anterior, ser?a deseable que en el campo del desarrollo integral:

?Las autoridades reconocieran p?blica y peri?dicamente el aporte de las Asociaciones Religiosas al desarrollo social del pa?s.

?Se simplificara y facilitara el r?gimen fiscal, y el tr?nsito de las organizaciones populares o no formales a entidades jur?dicamente establecidas, de manera proporcional y diferenciada.

?Se garantizara y ampliara la autorizaci?n para recibir donativos deducibles de impuestos para las obras sociales de las AR.

?Se profundizara el concepto de las AR, a fin de reconocer y transparentar la existencia de cientos de organizaciones de laicos cuyo objeto es religioso y, por ende, de desarrollo social, es decir, que el Estado reconociera y promoviera el derecho de asociaci?n tambi?n a quienes lo hacen por convicciones religiosas.

?Se promoviera e impulsara una cultura de la legalidad a fin de erradicar la simulaci?n, la hipocres?a y la esquizofrenia, que en este campo todav?a subsiste, muchas veces por el exceso de leyes y su complejidad.

?Se integrara formalmente a las AR al Sistema Nacional de Protecci?n Civil.

?Para la Iglesia cat?lica, hablar de desarrollo integral y de justicia social nos remite necesariamente a considerar el principio fundamental de la dignidad de la persona humana como centro y fin de toda la actividad econ?mica, social, pol?tica y cultural (Cfr. Gaudium et Spes n.63) . En este sentido, la justicia social representa la responsabilidad com?n por construir estructuras sociales que dignifiquen la vida y la convivencia cotidiana como aporte al bien com?n y como consecuencia de una determinada fe religiosa.

Notas
[1] V?ase, por ejemplo, la Declaraci?n de Viena, 13.VI.93.

[2] K. Rahner, Escritos de Teolog?a II, Madrid 1961, p?gs. 245 y ss.

[3] Cfr. Fundamentos de la metaf?sica de las costumbres, Cap?tulo II.

[4] Cfr. Max Scheler, ?tica, Caparr?s Edit., 2001, p?gs. 499 ss.

[5] Suma contra gentiles, V. II.

[6] Cfr. Formar personas, IMDOSOC, 2001.

[7] Cfr. Lo natural y lo racional, Rialp, Madrid 1989, p?gs. 94 y ss.

[8] Cfr. Signo de los Tiempos No. 31, p?g. 19, edit. IMDOSOC, 1990.

[9] Convicciones Fundamentales y Libertad, en ?Libertad Religiosa?, Cap. II Ed. IMDOSOC

[10] Cfr. Molina Meli?, en Iglesia e Islam, Ed. Edicep, Espa?a, 2001, p?g. 128

[11] Ibid, p?g. 102.


Publicado por mario.web @ 18:21
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