Domingo, 01 de mayo de 2011
Los valores se caracterizan por mantener su validez m?s all? de su estar midiendo en particular una determinada decisi?n; por su propia ?ndole son susceptibles de reconocimiento universal, incluso aunque no est?n motivando decisi?n alguna.
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Decisiones morales
Decisiones morales
Principios metodol?gicos de las decisiones morales

* Facultad de Filosof?a, Universidad de Murcia.


I. De acuerdo con la filosof?a cl?sica, de entre los actos voluntarios la decisi?n ocupa el lugar central. El proceso de la raz?n pr?ctica, que se inicia en la intenci?n finalista que forma la voluntad y que termina en la ejecuci?n bajo la direcci?n de la voluntad de ese fin, comprende dos etapas n?tidamente diferenciadas: una, de car?cter anal?tico o deliberativo, que va del fin a los medios implicados nocionalmente en ?l, y la otra, de car?cter sint?tico o de puesta en pr?ctica, consistente en recomponer con los medios inquiridos previamente la realizaci?n del fin. De este modo, el principio intencionado y el fin ejecutado coinciden materialmente, como lo expresa el adagio Primum in intentione, ultimum in executione.

Pues bien, justamente el acto de decisi?n marca la divisoria entre ambos trayectos, en la medida en que est? vuelta bifrontalmente a uno y a otro: es desde luego un decidirme, que interrumpe (etimol?gicamente, de-cidir viene de caedere, que significa cortar o interrumpir) el curso de la deliberaci?n con un pronunciamiento singular del agente, y es a la vez un decidirme a, que se extiende a la serie temporal en la que se despliega la ejecuci?n de la acci?n. La decisi?n es, pues, el punto de inflexi?n en que convergen, por una parte, la actividad resolutoria que le hab?a precedido (no es casual que se llame a la decisi?n tambi?n resoluci?n) y, por otra parte, la composici?n de la acci?n en su totalidad partiendo de aqu?llos medios que la deliberaci?n ha encontrado. Santo Tom?s denominaba a la decisi?n el voluntario perfecto cuando va respaldada por el recorrido deliberativo. Es lo que la contrapone a la decisi?n precipitada o abulia (de a-bouvlesqai, ausencia de deliberaci?n), la cual, siendo tambi?n un acto voluntario, carece no obstante de la medida proporcionada por el entendimiento que har?a de ella un acto plenamente voluntario. En la abulia la voluntad ha abdicado parcialmente de s? misma, al no ponerse a la altura de lo que requerir?a su ser guiada por el entendimiento.

La ubicaci?n peculiar de la decisi?n en el curso de los actos voluntarios que preparan la acci?n la pone en relaci?n con un complejo de elementos, que s?lo conjuntamente dan raz?n de ella: tales son los valores universales que la justifican, la disposici?n singular del agente que ha tomado la decisi?n adecuada, los medios y circunstancias que est?n connotados en lo decidido y, por ?ltimo, las consecuencias que se van a seguir en el mundo en torno de su realizaci?n circunstanciada. Son factores que se muestran por separado, planteando cada uno exigencias de orden distinto.

Los valores se caracterizan por mantener su validez m?s all? de su estar midiendo en particular una determinada decisi?n; por su propia ?ndole son susceptibles de reconocimiento universal, incluso aunque no est?n motivando decisi?n alguna. En cuanto a la singularidad, una es la relativa a la decisi?n en la que se expresa su agente, en su capacidad de actuaci?n, pero tambi?n en su car?cter acu?ado por ?l mismo y en sus h?bitos virtuosos o cualidades estables distintivas, y otra es la singularidad propia de la acci?n una vez realizada, entendida como efecto impreso en el exterior, que viene circunscrito por unas condiciones de facto y por unas consecuencias provenientes del medio externo, en el que lo hecho se cruza con otros efectos.

En el caso de que no comparezcan a la conciencia los valores motivadores de la acci?n a los que el sujeto se adhiere, la decisi?n resulta incoherente y a veces ininteligible, pues comprender una decisi?n equivale a referirla a unos criterios de valoraci?n que la tornan racional. Si, en cambio, lo que est? ausente es la disposici?n habitual virtuosa en el agente, entonces la decisi?n no llevar? el sello insustituible de su autor, tal que se reconoce y potencia moralmente a s? mismo con sus actos voluntarios (es lo que en parte expresaba Husserl, al decir que una vez que he llevado a cabo el acto de decidir, de ahora en adelante soy el que se ha decidido de tal o cual modo, convirti?ndose de yo ejecutivo en sujeto habitual). Pero, si lo que falta es la ponderaci?n debida de las circunstancias y medios de realizaci?n, la decisi?n ser? ineficaz y se quedar? en un gesto apresurado. Por ?ltimo, si las consecuencias previsibles no han sido tomadas en cuenta, la actuaci?n ser? irresponsable, ya que el agente no estar? en condiciones de responder moralmente por una serie de efectos que ?l mismo sin embargo ha contribuido a desencadenar.

De alguna forma cada uno de los aspectos anteriores de la decisi?n est?n coimplicados en el ser-responsable: 1?) la responsabilidad se contrae ante alg?n valor, incluyendo aqu? eminentemente el valor integral de aquellas otras personas cara a las cuales debo responder de mi actuaci?n; 2?) la responsabilidad requiere un sujeto que la haga propia, y ello no es posible sin la disposici?n moral a crecer en la responsabilidad como virtud; 3?) la responsabilidad conlleva la identificaci?n externa de la acci?n por la que se responde, apta para ser imputada a su sujeto, que ha deliberado antes lo que ha decidido hacer (advi?rtase que tanto la responsabilidad como la deliberaci?n sugieren etimol?gicamente la idea de peso), y 4?) la responsabilidad se dilata desde aquello que ha sido hecho hasta los efectos indirectos, en la medida en que entran en el radio de lo previsto y asumido.

A diferencia de los actos del entendimiento, las decisiones apuntan a un curso de acci?n futuro, en el que concurren impoderables y decisiones ajenas, que s?lo a lo largo de la realizaci?n se van haciendo expl?citos. Por ello, la propia decisi?n es tambi?n asimilable a un proceso que ha de irse confirmando ?y eventualmente revocando? en el tiempo, m?s all? de toda fijaci?n, sin que ello signifique que haya habido precipitaci?n en su adopci?n primera. En este sentido, el "facella e no enmedalla" ser?a tan irresponsable como no haber contado en el principio con los factores que la legitiman.

II. Pasemos a examinar a continuaci?n el papel que juegan cada uno de los criterios acabados de consignar en el campo de la pr?ctica m?dico-curativa.


La noci?n de valor es entendida aqu? en el sentido restringido de los valores morales, fundados en unos bienes ontol?gicos. As?, la vida humana, la integridad corporal y la salud son bienes, en los que se basan, respectivamente, los valores del respeto a la vida, de la no mutilaci?n del cuerpo o de la reposici?n de la salud, si est? en peligro. La diferencia entre los bienes ontol?gicos citados y los valores morales dimanados de ellos procede de que s?lo los primeros pertenecen constitutivamente a un sujeto existente, en este caso el hombre, demandando exigencias morales.

No son los ?nicos, pero s? aqu?llos que la pr?ctica m?dica tiene preferentemente presentes en el paciente y que constituyen su esencial raz?n de ser. Son anteriores a todo acto humano por el que se enjuicie que constituyen un bien que hay que proteger. En cambio, los valores morales resultan, ahora s?, de un juicio normativo para la acci?n del hombre, que los presenta en una situaci?n determinada como debidos a bienes que hay que salvaguardar si est?n amenazados, o bien como respuestas a bienes que hay que restablecer si est?n afectados por alguna lesi?n .

El valor que subyace a todos los valores morales es aqu?l de la persona humana al que denominamos dignidad. El concepto de ?dignitas? comporta que su sujeto vale en s? mismo, y no como medio subordinado a la consecuci?n de uno u otro objetivo. En su origen griego ajxivon significaba lo que es estimable de suyo, por lo que en s? mismo es; en este sentido se dec?a de los axiomas de la ciencia, como verdades inmediatamente evidentes, que no resultan de una inferencia a partir de otras anteriores o m?s b?sicas. En su aplicaci?n al hombre S?neca lo expresaba en los t?rminos de "homo res sacra homini": el hombre es intangible para el hombre". De un modo no muy diferente expuso Kant la dignidad (W?rde), como el valor que posee el hombre en su interior, frente al precio, que viene a las cosas por aplicaci?n de un criterio externo de medici?n. Encontr? como signo de esta dignidad la presencia de la ley moral en ?l, que despertaba su admiraci?n, no menos que el cielo de una noche estrellada.

La dignidad humana no representa, por tanto, un principio convencional para nuestro comportamiento, que dependiera de contingencias socioculturales o de una opci?n m?s o menos arbitraria. Ni tampoco toda elecci?n por el s?lo hecho de ser tomada aut?nomamente (es decir, sin coacci?n) es ya digna. Ocurre, por el contrario, que caben elecciones hechas por el hombre que son contrarias a su dignidad, como el suicidio voluntario o los atentados a la propia vida. El ?mbito de la libertad que el m?dico ha de tutelar es el que se mueve en los m?rgenes de la dignidad humana, que es de suyo anterior al ejercicio de la libertad, en la medida en que ?sta puede secundarla o bien transgredirla.

A otro nivel tambi?n conviene la dignidad a las acciones libres, no ya s?lo porque procedan de un sujeto digno como es el hombre, sino ante todo porque tienen una motivaci?n adecuada a ?l, de la que reciben su nobleza particular. Es aqu? donde se hace necesaria la apelaci?n a los valores morales, por cuanto son los que, una vez interiorizados en la conciencia, miden la propia acci?n y le otorgan el principio de su justificaci?n. La grandeza del acto libre no est? en su indiferencia y desvinculaci?n, sino propiamente en su ordenaci?n a aquellos valores que en cada caso lo orientan y definen.

En segundo lugar, por lo que hace a las decisiones m?dicas, conciernen, aunque de distinto modo, a tres interlocutores inesquivables: el facultativo, el paciente y los familiares de ?ste, entre los que se ha creado un clima de apertura mutua y de confidencia reservada. Ninguno de ellos es an?nimo para los otros. El m?dico se gu?a por la curaci?n del enfermo; el enfermo deposita en ?l su confianza, y los familiares y personal sanitario prestan su colaboraci?n. Ahora bien, la virtud que regula las relaciones entre particulares desde el punto de vista del bien objetivo para la persona es la benevolencia, como una forma de amistad. Y cualquiera de las decisiones que se hayan de tomar se rige por este bien, en el que las tres partes son concordes. Se convertir?a por ello en una tecnificaci?n ileg?tima cualquier decisi?n de laboratorio adoptada desde fuera del historial cl?nico-narrativo de una persona y al margen de la relaci?n interhumana sostenida por las partes afectadas.

Estrechamente conexa con las decisiones est? la virtud moral. La noci?n ?tica de ?virtud? denota en general, y conforme a su etimolog?a, una energ?a particular que conduce a la acci?n moralmente buena con m?s facilidad y prontitud que cuando se trata de decisiones deliberadas y aisladas entre s?. En consonancia con ello, hacer el bien al enfermo no es tanto el objetivo propuesto en un caso dado como lo que habitualmente dirige y encauza las decisiones determinadas. La curaci?n no es, de este modo, la aplicaci?n impersonal de una t?cnica objeto de dominio, sino que se inscribe en el contexto biogr?fico y dial?gico de un paciente.

Pero la virtud no s?lo se endereza a resolver mejor la pr?ctica adecuada, sino que tiene una validez de suyo en el agente que la ha adquirido, como cualidad sobreactual, seg?n la denominaci?n de Diettrich von Hildebrand . Tanto la virtud como los valores objetivos son lo que permite insertar las decisiones cl?nicas en el ?rea human?stica, as? como, de un modo negativo, evitar la prevalencia del dominio ejercido sobre los objetos que es propia de la actitud t?cnica. Como advert?a Gabriel Marcel en Les hommes contre l?humain : "Todo progreso t?cnico deber?a estar equilibrado por una especie de conquista interior orientada hacia un dominio cada vez mayor de s?... En el mundo de hoy se puede decir que se pierde tanta m?s conciencia de su realidad ?ntima y profunda (del hombre) cuanto m?s dependiente es de todos los mecanismos cuyo funcionamiento le asegura una vida material tolerable".

Ni los valores ni las virtudes est?n en funci?n de unos principios deontol?gicos codificados ni de unas consecuencias medibles en t?rminos de rendimiento objetivo, sino que la raz?n de su aceptaci?n est? en ellos mismos o, en t?rminos correlativos, en la apertura constitutiva del hombre a los valores que dignifican moralmente su actuaci?n y en el crecimiento en dignidad que le depara la posesi?n de las virtudes morales. El car?cter human?stico de ambos se evidencia en el hecho de que no consienten de por s? ser evaluados desde unos baremos de productividad que les son ajenos.

Por otra parte, los valores y las virtudes no se superponen a la decisi?n singular, ya que aqu?llos se expresan en ocasiones y situaciones singulares o definidas y ?stas a su vez se nutren de la propia acci?n irreemplazable que las ha hecho surgir. La validez universal no equivale, por tanto, aqu? a una abstracci?n del hic et nunc, sino que comporta m?s bien una virtualidad que opera en circunstancias y marcos muy diversos, a los que confiere no obstante una significaci?n id?ntica. En esto se contraponen a las normas deontol?gicas abstractas. Como ha indicado Leonardo Rodr?guez a prop?sito de la virtud: "La ejercitaci?n de la virtud va ahormando o encauzando los sentimientos y deseos del sujeto. La virtud se convierte as? en un resorte interno de la conducta, el cual ofrece mucha m?s fiabilidad que el simple enunciado de un l?mite impuesto desde fuera" .

En tercer lugar, seg?n ve?amos en el primer apartado, la decisi?n moral ha de enfrentarse con unos medios y unas circunstancias individuantes de la actuaci?n en el curso de la deliberaci?n, la cual tiene su desenlace y cumplimiento precisamente en el acto de decisi?n al que se ordena. La relevancia moral de este paso se debe, por una parte, a que los medios no son siempre meros medios, indiferentes en s? mismos y ordenables a cualquier fin, sino que pueden funcionar como medios actuaciones humanas provistas como tales de una significaci?n o bien ?rganos corp?reos del propio paciente o de otros sujetos humanos que lleguen a lesionarlo sensiblemente; y, por otra parte, tambi?n plantea problemas ?ticos el empleo de los medios extraordinarios, as? denominados por su alto da?o para el paciente o por su elevado coste para los familiares. La Etica s?lo puede establecer los principios generales, que no llegan a suplir el peso de la decisi?n eventualmente dif?cil que moralmente han de afrontar las personas concernidas. Examinemos estos aspectos.

Un principio ?tico b?sico es el de que una acci?n en s? misma il?cita no admite ser cohonestada por su ordenaci?n a un fin l?cito. La raz?n es clara: si la acci?n posee ya ?ndole de fin (tiene su finis operis seg?n la terminolog?a cl?sica), cualquier otro fin al que se la subordine se convierte en arbitrario y yuxtapuesto, si se lo considera desde el fin que la define. Del hecho de estar dotada de un fin natural propio deriva que no se la pueda tratar como un mero material bruto, moldeable en uno u otro sentido.

Otro principio ?tico-antropol?gico tambi?n fundamental es el de que el cuerpo no es objeto de disposici?n para el hombre, sino que en ?l se expresa la verdad subjetual de ?ste. Se recoge as? la distinci?n ontol?gica entre el ser y el tener, puesta de manifiesto en el ?mbito de la existencia humana por Gabriel Marcel, entre otros autores. La expresi?n "el cuerpo es m?o" es a este respecto ambigua, y s?lo aceptable en el sentido de que forma parte indisociable de mi ser, a diferencia de las cosas corp?reas de que dispongo como simples medios, sea para habitar, desplazarme o para cualquiera de los fines existenciales; soy mi cuerpo, no lo tengo a distancia. El caso novelesco de las v?ctimas de un naufragio que necesitaban practicar la antropofagia con alguno de los supervivientes para poder alimentarse los dem?s ejemplifica el trato inmoral del cuerpo ajeno como un medio para sobrevivir.

Ambos principios tienen un sustrato com?n, a saber, la presencia de una verdad propia tanto en la acci?n humana como en el cuerpo del sujeto: en la acci?n es una verdad que reside en su direcci?n finalizada, en tanto que inherente a ella y no puesta por una intenci?n de origen subjetivo, y en la corporalidad viviente la verdad est? en que el cuerpo es de suyo ?siempre que no medie una intenci?n a?adida de ocultaci?n? expresivo de un sujeto, cuyas vivencias irradian en ?l (solemos decir que el cuerpo es el espejo del alma).

Otra consideraci?n que ha adquirido una importancia creciente en las sociedades contempor?neas es la evaluaci?n de las consecuencias que se han de seguir de la posici?n de la acci?n. En t?rminos generales, la realizaci?n de lo decidido acarrea un coste que no habr?a de exceder los beneficios resultantes. Cuando se trata de magnitudes comparables la medici?n puede efectuarse, y lo que se exige es que los riesgos que ha de sortear, por ejemplo, la familia para adquirir un medicamento caro no sean mayores que las posibilidades de ?xito en la curaci?n. Pero ya se ve que esta comparaci?n no siempre es f?cil porque los bienes que est?n en juego suelen pertenecer a ?rdenes diferentes: los costes en tiempo, en dinero, en renuncias a preferencias leg?timas, en dedicaci?n... no son comparables, y su evaluaci?n s?lo es posible en cada caso por referencia al bien que exige ese precio. Quien elige vocacionalmente una profesi?n no repara en los sacrificios comportados, con tal que le sean asequibles, mientras que quien la hace sin una motivaci?n suficiente suele exagerar lo que para ello ha tenido que orillar.

Por otra parte, los beneficiarios de las consecuencias no coinciden siempre en sus preferencias: tales son el paciente, sus allegados y la sociedad en conjunto a trav?s de los gastos de la asistencia sanitaria. As? lo expone el ejemplo de una persona anciana con expectativas de vida y que se negaba a seguir aliment?ndose; en el sentido contrario, el caso de una joven sin apenas posibilidades de seguir viviendo, a la que sus padres quer?an someter a una arriesgada operaci?n quir?rgica; otro fue el caso de un beb? con lesi?n cerebral que precisaba un tratamiento fuerte y costoso para mantenerse estacionariamente. Las decisiones incumben a las diferentes partes afectadas, por lo que es aconsejable que no se tomen unilateralmente. Pero unas veces la ?ltima palabra la tiene el m?dico, y otras veces el enfermo o sus familiares pr?ximos.

Para valorar las consecuencias de la acci?n hay que referirlas en primer t?rmino a los derechos objetivos irrenunciables de los pacientes, que son el criterio intransgredible para el facultativo. En general, la valoraci?n de las consecuencias implica siempre alg?n criterio axiol?gico, ya sea el bienestar, el progreso en alg?n orden particular, la paz, pero sobre todo las perspectivas de mejora en la vida y la salud humanas en el ?mbito de la praxis m?dica que nos ocupa. La existencia de estos baremos objetivos es lo que impide que las consecuencias exitosas de una actuaci?n aparezcan por azar, sin saber previamente lo que se persigue, por el solo empleo del trial and error. La situaci?n presenta alguna semejanza con la pr?ctica educativa. As? como los educandos no admiten ser tratados como materia experimental para probar la validez de los m?todos y planes educativos, tampoco los embriones vivientes deben convertirse en materia de experimentaci?n, ya sea con vistas a encontrar unos nuevos procedimientos curativos, ya en busca de la mejora eugen?sica.

Situar las decisiones como emergiendo aleatoriamente de la concurrencia de unas u otras consecuencias significar?a renunciar al car?cter primariamente subjetual de la decisi?n, que s?lo subsiguientemente es contrastada con sus efectos y consecuencias y eventualmente corregida, pero que lleva en s? la marca del fin asumido por el agente en el momento subjetivo-objetivo de la intenci?n. El t?rmino "proyecto" significa secundariamente la aplicaci?n proyectiva al terreno, pero primariamente denota la anticipaci?n subjetiva de lo que se quiere realizar. Paralelamente, la decisi?n se incoa en el proyecto motivado o intenci?n, a la vista de los fines, los medios y las consecuencias, y s?lo de un modo derivado se plasma en unas realizaciones externas, que sin duda escapan en parte a la intenci?n directriz del sujeto, por no serle trasparente el mundo externo ni la materia particular sobre la que opera.



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Publicado por mario.web @ 0:59
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