Domingo, 01 de mayo de 2011
Una de las notas que han caracterizado la vida consagrada en Am?rica Latina en los ?ltimos decenios, ha sido la b?squeda de una aut?ntica experiencia de Dios, que es como un nuevo nombre de la contemplaci?n
?
Eucarist?a y vida religiosa
Eucarist?a y vida religiosa

La Eucarist?a, Luz y Vida para los Religiosos
y Religiosas en el Nuevo Milenio


Presentaci?n


La eucarist?a y la consagraci?n
religiosa


Exigencias que plantea la Eucarist?a
a los miembros de la vida consagrada


Orar en la presencia Eucar?stica


Siglas




Presentaci?n

La Iglesia ha sido dotada por el Se?or de dones y carismas que, en cada
tiempo, enriquecen su insustituible vocaci?n. Esta riqueza se constata,
de manera especial, en la Vida Consagrada, que actualmente florece en variedad
de formas, que son ejemplo ?ordinariamente? de vida comunitaria
que permanece y da fruto en torno a la Eucarist?a.

En esta ocasi?n, nos es muy grato entregar a nuestros hermanos y hermanas
de la Vida Consagrada, estas reflexiones sobre La Eucarist?a, Luz y Vida
para los religiosos y las religiosas en el nuevo milenio, del R.P. Rafael Salazar,
M.Sp.S., integrante de la Comisi?n Teol?gica Internacional.

En la Carta Apost?lica de Juan Pablo II, dirigida a los Religiosos y
Religiosas de Am?rica Latina con motivo del V Centenario de la Evangelizaci?n
del Nuevo Mundo, leemos que ?una de las notas que han caracterizado la
vida consagrada en Am?rica Latina en los ?ltimos decenios, ha
sido la b?squeda de una aut?ntica experiencia de Dios, que es
como un nuevo nombre de la contemplaci?n? (n. 25). Conocemos que
esta experiencia de Dios se tiene de manera especial en la contemplaci?n
de Jes?s Eucarist?a. Es el inicio de un camino de evangelizaci?n
convincente y perseverante.

Muchos Institutos Religiosos, tanto de hombres como de mujeres, dedican la mayor
parte de su tiempo a la oraci?n y adoraci?n ante el Sant?simo,
tarea evangelizadora insustituible y de incalculable valor para que la Iglesia
lleve a cabo su misi?n. Otros Institutos, aun sin dedicar tantas horas
ante el Se?or Sacramentado, lo consideran como elemento esencial en sus
carismas y en sus Estatutos. Pero todos saben que sin Eucarist?a no hay
Vida Consagrada ni misi?n que d? fruto.

Que la Virgen del Magnificat nos ayude a estar siempre cerca de su Hijo, nos
mantenga a todos fieles a nuestra consagraci?n, y nos haga generosos
cooperadores y testigos de Cristo en la Fracci?n del Pan.



+ J. Trinidad Gonz?lez Rodr?guez,

Obispo Auxiliar de Guadalajara.

Presidente de la Comisi?n Teol?gica y de Impresos

para el 48? Congreso Eucar?stico Internacional.


La eucarist?a y la consagraci?n religiosa


inicio

El Concilio Vaticano II insiste varias veces en la dimensi?n de la ?consagraci?n?
que implica la vida consagrada; una consagraci?n que comienza en el Bautismo
y encuentra su plenitud en la Eucarist?a. La vida religiosa implica,
en efecto, ?una consagraci?n peculiar que profundiza la realizada
por el Bautismo? (PC, 5). En esta misma l?nea insiste, con mayor
detalle, la Lumen Gentium: ?Consagrado ya a Dios por el Bautismo, el religioso,
por la profesi?n de los consejos evang?licos, se consagra de forma
a?n m?s ?ntima al servicio de Dios? (LG, 44). Por
eso, la Iglesia no se limita a elevar la profesi?n religiosa a la situaci?n
puramente jur?dica, sino que a trav?s de una acci?n lit?rgica,
la presenta como un estado consagrado a Dios (cfr. LG, 45).

De aqu? la importancia de la Eucarist?a como el ?mbito
singular de ?consagraci?n? no s?lo de las cosas, sino
tambi?n ?y sobre todo? de las personas. O mejor a?n,
de consagraci?n de cosas que por ser dones (obra del hombre, pan y vino
como sustento del vivir humano), constituyen un s?mbolo de la consagraci?n
de las personas representadas tambi?n en esos dones. En realidad, no
solamente el pan y el vino, sino tambi?n nosotros mismos, tenemos que
convertirnos en el ?cuerpo dado? y en la ?sangre vertida?
de Cristo, en el mundo.

Ahora bien, la consagraci?n de la vida es obra y fruto del Esp?ritu,
que santifica y transforma. La Eucarist?a nos recuerda sin cesar que
no hay consagraci?n mas que por la potencia del Esp?ritu, que
se manifiesta en el coraz?n del memorial y de la acci?n de gracias.
El Esp?ritu asume nuestra oblaci?n, lo que somos y tenemos; incluso
nuestra fragilidad y nuestra pobreza, para asociarlos a los signos del Reino
de Dios: Pan de vida eterna y C?liz de nueva alianza.

En realidad, la profesi?n en la vida consagrada no es otra cosa que la
expresi?n y el inicio de una vida que, imbuida plenamente por la alianza
bautismal, trata de convertirse ella misma en Eucarist?a, no s?lo
celebrada, sino sobre todo, vivida; o en una vida bautismal que deviene en plenamente
eucar?stica. Esta plenificaci?n del Bautismo en la Eucarist?a,
o este camino que conduce del Bautismo a la plenitud de la Eucarist?a
vivida en toda su densidad, es el camino de toda vida consagrada.

Esta consagraci?n y este paso, que acaecen en el momento puntual de la
profesi?n religiosa, tienen que ser vividos y celebrados sin cesar. El
Banquete Eucar?stico tiene que prolongarse en la vida cotidiana, pero
tambi?n, viceversa: es preciso llevar a la Eucarist?a, y celebrar
en ella, aquello que constituye la trama fundamental de nuestra propia vida
individual y, sobre todo, nuestra vida comunitaria... Y aqu? es donde
nuestras respuestas a la Eucarist?a fallan con frecuencia. Si nuestra
vida no es una verdadera comuni?n, si no somos capaces de compartir lo
que somos y tenemos en nuestra existencia cotidiana; si no convertimos nuestra
vida en un banquete y una invitaci?n constante para los otros, al que
aportamos lo mejor de nosotros mismos, es muy dif?cil que podamos celebrar
realmente la Eucarist?a como una aut?ntica comuni?n. Porque,
en ?ltimo t?rmino, celebramos tambi?n lo que vivimos.

Al final de su vida, Jes?s pudo celebrar la ?ltima Cena con sus
disc?pulos, porque celebraba un camino interior y lo manifestaba en la
comunidad que con ellos hab?a conformado, mediante innumerables gestos
de entrega y derramamiento de s? mismo en servicio de los hombres. Por
eso, Jes?s puede resumir y hacer memoria en la ?ltima Cena de
toda su vida interior, por medio de las palabras que pronuncia y con el gesto
ins?lito de dar de beber de su propio c?liz a sus disc?pulos.

Todo esto significa que la Celebraci?n Eucar?stica debe ser construida
tambi?n comunitariamente, con la aportaci?n, vital y efectiva,
de todos los miembros de la comunidad, y no como algo que se nos da ya hecho
y fijado totalmente de antemano. La Celebraci?n surge de un camino, que
es, en primer lugar, el de Jes?s; pero es tambi?n el nuestro junto
con ?l, y por ello brota tambi?n de la ?memoria?,
que es, por deseo expreso del Se?or, memoria de ?l, pero que es
tambi?n memoria de nuestro estar con ?l.

1.1.Comunidad congregada en torno al banquete de la alianza.

Hay una vinculaci?n entre la vida consagrada y la Eucarist?a,
en cuanto es banquete de la alianza y fest?n de la sabidur?a.

La alianza divina es el fundamento de la existencia de Israel como pueblo de
Dios, congregado en torno a la Palabra de Dios en el culto. Esta alianza entre
Dios y su pueblo adquiere, sobre todo en los grandes profetas, los rasgos expl?citos
de una uni?n matrimonial, de una relaci?n con Yahv? como
esposo de Israel (Is 54, 6; Jer 3; Ez 16).

Por otra parte, y tal como suced?a en otras culturas, tambi?n
en el Antiguo Testamento, la alianza iba vinculada a un banquete. En el Sina?,
en el contexto del pacto, Mois?s y los ancianos ?vieron al Dios
de Israel?; lo ?vieron, y comieron y bebieron? (cfr. Ex 24,
8-11). Esta dimensi?n de la alianza se reproduce en las comidas de Jes?s.
Sobre todo en el cuarto Evangelio, la comunidad de Jes?s con sus disc?pulos
se abre con el banquete de las Bodas de Can?, y se cierra con la ?ltima
Cena.

Esta comunidad de mesa creadora de alianza, se refleja de manera especial en
el banquete de los pecadores, en el que Jes?s intenta crear v?nculos
de comuni?n aun en aquel ?mbito en el que reina una disociaci?n
y una ruptura entre Dios y el hombre, as? como de los hombres entre s?.
Estos banquetes de Jes?s se convierten en la expresi?n m?s
profunda de todo su mensaje: la misericordia universal de Dios, revelada en
la persona de su Hijo, es mayor que el pecado del hombre. Por otra parte, esta
acogida de Dios, que congrega a hombres tan diversos en torno a la mesa por
la mediaci?n de Cristo, crea entre tan diferentes comensales una nueva
comunidad.

Esto es lo que trata de resaltar, al final de la par?bola del Hijo Pr?digo,
la expresi?n despectiva del hermano mayor: ?Ese hijo tuyo...?
(Lc 15, 30), que se niega a sentarse en la misma mesa del banquete preparado
por el padre para el hijo al fin recuperado, y que es recogida por el propio
padre, con las palabras ?ese hermano tuyo? (Lc 15, 32).

De este modo, la participaci?n en el banquete paterno, signo de su amor
y de su alianza, por parte de los hermanos, se convierte asimismo en signo eficaz
de recuperaci?n de la fraternidad perdida y de la apertura al hermano
que ?estaba perdido y ha vuelto a la vida? (cfr. Lc 15, 32).

La tradici?n cristiana puso en estrecha relaci?n a la Eucarist?a
con el pasaje de Ef 5, 22-32, que concibe la relaci?n matrimonial desde
la uni?n esponsal entre Cristo y su Iglesia. Como el hombre y la mujer,
por voluntad del Creador, se hacen una sola cosa (cfr. Mt 19, 5-6), as?,
Cristo, como Cabeza, hace a la Iglesia esposa y cuerpo suyo. Seg?n los
Santos Padres, la celebraci?n de estas nupcias entre Cristo y su Iglesia
acaece en el banquete nupcial de la Eucarist?a: es ah? donde el
Se?or, como esposo, hace suya a la Iglesia y la incorpora a s?
mismo como su cuerpo y su carne. Por eso, es en la Eucarist?a donde Cristo
ama a su Iglesia y se entrega por ella (cfr. Ef 5, 23); una entrega del Se?or,
que pide la entrega total de su comunidad, como esposa.

Esta imagen de esposa es aplicable, de manera especial, a la vida consagrada
y a su relaci?n con la Eucarist?a. La alianza matrimonial nueva
y eterna que es toda Eucarist?a, se hace una realidad m?s profunda
y m?s ?ntima en la profesi?n religiosa.

El Concilio Vaticano II insiste en este car?cter esponsalicio de la vida
religiosa, que ser? tanto m?s perfecta ?cuanto por v?nculos
m?s firmes y estables, represente mejor a Cristo unido a su esposa, la
Iglesia, con v?nculo indisoluble? (LG, 44).

El mismo Concilio establece una estrecha relaci?n entre esta dimensi?n
esponsalicia y la promesa de castidad, por la que los religiosos ?evocan
ante el mundo, aquel admirable desposorio establecido por Dios y que ha de revelarse
plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene a Cristo como ?nico
esposo? (PC, 12).

1.2.La Eucarist?a y los Institutos de vida consagrada.

Las Constituciones de los Institutos de Vida Consagrada no son algo a?adido
al Evangelio, sino una lectura de ?ste, desde un determinado ?ngulo:
desde una iluminaci?n concreta concedida a los Fundadores y tutelada
por el respectivo instituto.

A este prop?sito, es aleccionador recordar los Institutos que de una
forma u de otra se caracterizan por su actitud ante la Eucarist?a, tal
como se definen ante la Iglesia Universal.

La Eucarist?a nos evoca el ?mbito lit?rgico como lugar
propio de su celebraci?n. M?s a?n, es tal la importancia
de su celebraci?n que a veces designamos a la parte (Eucarist?a)
por el todo (la Liturgia), y as? decimos que la Eucarist?a construye
la Iglesia. La Iglesia, como Sacramento primordial, pone al alcance de todas
las generaciones la divinidad de Jes?s, pero a trav?s del signo
sacramental. En este contexto, la Eucarist?a es el ?memorial?
de la pasi?n del Se?or: lo que fue en otro tiempo, se hace presente
ahora de modo eficaz, si bien bajo el signo sacramental. Y mientras tributamos
a Dios lo que le es debido, nuestra existencia queda irremediablemente comprometida.
El ?Cuerpo entregado por nosotros? y la ?Sangre derramada
por nosotros?, nos sit?an ante determinadas exigencias. La primera
y m?s general, es la participaci?n, exigencia que se explica pregunt?ndonos:
?qu? puesto ocupa la Eucarist?a en el terreno de nuestra
espiritualidad? ?Qu? funci?n tiene para nosotros, los religiosos?

Nuestras Constituciones no dudan en situar a la Eucarist?a en el centro,
y tampoco en llamarla ?v?nculo de unidad?, creadora de la
comunidad religiosa. Lo hacen, recurriendo a aquella conocida expresi?n
agustiniana: ?La Eucarist?a es sacramento de piedad, signo de unidad
y v?nculo de caridad?. Las consecuencias que de aqu? derivan
son enormemente serias: la comunidad se postra en adoraci?n reverente
ante Dios, presente en la Eucarist?a; el Sacramento eucar?stico
no s?lo es el signo de la entrega de amor de Dios hasta el extremo, sino
que tambi?n es signo y est?mulo de la entrega personal: la entrega
que el religioso o religiosa; el consagrado o consagrada secular, hicieron de
s? mismos en el momento de su profesi?n, se une a la entrega victimal
de Cristo en la Eucarist?a, y al religioso se le brinda la posibilidad
de ?victimar? su existencia a lo largo de su jornada, durante toda
su vida. Tal ser? la v?ctima viva y santa, agradable a Dios, como
expresi?n de nuestro culto espiritual, del que habla San Pablo (cfr.
Rom 12, 1).

1.3.La liturgia y la Eucarist?a en nuestra vida consagrada.

La obra sacerdotal de Cristo se remonta al sacrificio de s? mismo, pero
salta por encima de los tiempos para ponerse el alcance de todos los hombres
y de todo hombre. El ?xodo, el paso de este mundo al Padre, realizado
en Cristo de una vez para siempre, se hace memoria viva en cada Eucarist?a.
Nuestro Se?or, en quien creemos y a quien amamos sin haberlo visto (cfr.
1Pe 1, 8), contin?a actuando, y lo hace de tal modo que nos constituye
en Iglesia, con la finalidad de que lleguemos a ser ?alabanza de Dios?
(Ef 1, 12). As? suceder? plenamente, cuando se haya cumplido nuestro
?xodo; mientras estamos de camino, la mano del Se?or llega hasta
nosotros a trav?s de los signos de su presencia, que son los ritos lit?rgicos.
Ellos obran lo que significan: un proceso de muerte y de vida, de purificaci?n
y santificaci?n, cuya expresi?n m?xima es el despojo de
la cruz y la acci?n de Dios que resucita a los muertos. Todo esto, se
sacramentaliza en la Eucarist?a.

Tal es el marco adecuado del Sacramento eucar?stico al cual hace referencia
cada una de las Constituciones, en f?rmulas diversas y variadas.

?En la vida de comunicaci?n con Dios, ha de ocupar un lugar b?sico
la Liturgia, por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra redenci?n, sobre
todo en el divino sacrificio de la Eucarist?a? (SC, 2). De este
hecho, afirmado por un texto constitucional de las Franciscanas Hijas de la
Misericordia, deducen otros la consecuencia correspondiente: ?Ya que en
la celebraci?n de la Eucarist?a se realiza la obra de nuestra
redenci?n, al celebrar el santo Sacrificio, tengamos presente la obra
de Cristo? (Agustinos). Con ello se est? afirmando que la Liturgia
culmina en la Eucarist?a (Dominicas de la Ense?anza); que la Eucarist?a
es la celebraci?n lit?rgica por excelencia (Siervas de Mar?a
Ministras de los Enfermos); que es la s?ntesis de la obra redentora (Congregaci?n
de Mar?a Reparadora), y que la Eucarist?a es el centro de la Liturgia
(Compa??a de Santa Teresa de Jes?s).

Por eso, no es exagerado afirmar que la Eucarist?a constituye y construye,
d?a a d?a, a la Iglesia y a nuestras comunidades (Religiosas de
la Asunci?n).

Dada la importancia de la Liturgia y de la Eucarist?a, se comprende que
la sagrada Liturgia, y principalmente el Sacramento de la Eucarist?a,
han de celebrarse no s?lo con los labios, sino tambi?n con el
coraz?n (Siervas de Jes?s); que la vida sacramental ha de saciarse
en la Liturgia y, principalmente, en el misterio de la Eucarist?a (Servidoras
de Jes?s); que la Eucarist?a es nuestra plenitud de oraci?n
lit?rgica (Celadoras del Reino del Coraz?n de Jes?s), y
centro de la vida espiritual de los hombres (Compa??a de Santa
Teresa de Jes?s).

Pero si la mejor oraci?n es la propia vida, es necesario a?adir
que la perfecci?n en el seguimiento de Cristo se realiza y sostiene mediante
la celebraci?n lit?rgica (Mercedarios).

Con lo anterior, hemos visto c?mo la Liturgia y la Eucarist?a
son la base de la espiritualidad, en la vida de los miembros de la Vida Consagrada.


Exigencias que plantea la Eucarist?a a los miembros
de la vida consagrada


inicio

De un modo o de otro, la vida del creyente ya ha sido asociada a la
Eucarist?a, porque la Eucarist?a es el misterio de nuestra fe.
Por eso, despu?s de reflexionar sobre el lugar que ocupa la Eucarist?a
en la Iglesia y en la comunidad de los miembros de la Vida Consagrada, nos referiremos
al gesto de adoraci?n que figura en tantos textos constitucionales.

2.1.Participaci?n Eucar?stica

La participaci?n en la Eucarist?a se fundamenta en nuestro sacerdocio
com?n o en el ministerial, y comprende al hombre en su completa unidad:
como exterioridad e interioridad; como conocimiento, sentimiento y deseo; como
persona individual y miembro de la comunidad eclesial.

?Part?cipes de su Sacerdocio (el de Cristo), ofrecemos a Dios,
con toda la Iglesia, la V?ctima divina? (Josefinas de la Sant?sima
Trinidad). Participar en el Sacerdocio de Cristo es, en cierto modo, ser part?cipes
del mismo amor que nos congrega en unidad (Carmelitas Misioneras) formando un
solo cuerpo con ?l (Instituto de la Sant?sima Trinidad). Ha de
ser una participaci?n viva y plena, lo cual implica la dimensi?n
viva de la fe.

Es una participaci?n de coraz?n, y tiene una importancia tan vital
que, cuanto m?s ?ntima sea la comuni?n con Jesucristo en
el Sacramento, m?s s?lida y transparente se hace nuestra vida
(Carmelitas Misioneras).

Despu?s de haber participado en la Misa, cada uno debe ser sol?cito
en hacer obras buenas, agradar a Dios y vivir rectamente su consagraci?n
de vida; entregado a la Iglesia, practicante de lo que ha aprendido y progresando
en el servicio de Dios; trabajando por impregnar el mundo del esp?ritu
cristiano y, tambi?n, constituy?ndose en testigo de Cristo en
toda circunstancia y en el coraz?n mismo de la convivencia cristiana
(cfr. Pablo VI, Eucharisticum Mysterium, 13).

De este modo, aquella cristificaci?n (Verdad), pneumatizaci?n
(Esp?ritu) y existencializaci?n (Vida) del culto que se realiza
con la venida de Cristo, alcanza su expresi?n m?s plena en la
complementariedad de estos tres momentos integrantes de la misma din?mica
eucar?stica: celebraci?n, adoraci?n y vida.

2.2.La Eucarist?a Vivida

El religioso y todo consagrado no s?lo vive su relaci?n con la
Eucarist?a en el momento de la celebraci?n y de la adoraci?n,
sino tambi?n a lo largo de toda su vida; la Liturgia Eucar?stica
y la liturgia de la vida consagrada, est?n ?ntimamente unidas.

Para todos los miembros de la Vida Consagrada, el mismo t?rmino ?liturgia?
indica, en primer lugar, el culto espiritual, existencial y vital de los cristianos
que, ejerciendo su sacerdocio, ofrecen sus cuerpos como ?hostia viva?
y presentan a Dios, sacrificios espirituales permanentes, como ofrenda agradable,
por mediaci?n de Cristo, que quiere un culto ?en esp?ritu
y en verdad? (Jn 4, 23).

La Eucarist?a, verdadero coraz?n de la Liturgia, es por excelencia
el lugar donde, a partir de la oblaci?n infinita y la voluntad soberana
del mismo Cristo, confluyen de modo arm?nico y como remitente, la celebraci?n,
la adoraci?n y la vida.

2.3.La evangelizaci?n de la vida consagrada

Cada uno de los miembros de la Vida Consagrada asume la tarea de la evangelizaci?n
conforme a su propia vocaci?n: integrantes de los Institutos de vida
apost?lica, los monjes y monjas de los monasterios, los miembros de Institutos
seculares, las v?rgenes consagradas y los eremitas. Porque cada uno de
ellos ha entregado su vida a la oraci?n y adoraci?n, sobre todo
en la clausura, todos participan y colaboran en la tarea evangelizadora, a su
manera y desde sus medios, con su silencio y ejemplo, con su entrega radical
y su apuesta elocuente por los valores eternos; con su pr?ctica de oraci?n
personal y comunitaria.

De manera especial, toda la vida y el modo especial de entrega a la oraci?n
y adoraci?n, de aquellas personas que viven en clausura, es tambi?n
una colaboraci?n a la obra evangelizadora. Es as?, no s?lo
por el misterio de la Comuni?n de los Santos, que a todos nos permite
participar de los bienes y la santidad de los miembros del Cuerpo M?stico
de Cristo; sino tambi?n por la fuerza del signo y el testimonio que supone
la vida de estas personas consagradas. Se trata de una evangelizaci?n
desde el silencio y la entrega sacrificada, desde la alegr?a de la vocaci?n
asumida y la celebraci?n gozosa compartida; desde la pobreza y la sencillez
de vida; desde el sacrificio de la renuncia y la radicalidad comunitaria.

El mensaje de estos lugares de clausura no se transmite por la publicidad de
los medios, sino por el encuentro testimonial, bien sea en el di?logo
o en la oraci?n, o en el compartir la vida. Pero para que esto sea conocido
y apreciado por los dem?s, es preciso buscar ?medios de comunicaci?n?,
?v?nculos de relaci?n? que faciliten el encuentro
y beneficien a todos de este testimonio evangelizador.

La vida de los religiosos, con tal de que responda piadosa, fiel y constantemente
a esa vocaci?n, al igual que la de los que se dedican a la contemplaci?n
y a la actividad apost?lica, aparece como una se?al que puede
y debe atraer eficazmente a los miembros de la Iglesia. Por consiguiente, no
hay motivo para que los religiosos, cuya misi?n es adorar al Sant?simo
Sacramento, se desvaloren en nuestro tiempo, como si se tratase, al decir de
algunos, de una ?devoci?n desfasada? y de una p?rdida
de tiempo, que se emplear?a mejor en actividades m?s urgentes.

Estamos absolutamente persuadidos de que la Iglesia necesita, hoy como ayer,
de quienes adoren al Sant?simo Sacramento ?en esp?ritu y
en verdad?.

2.4.Los monasterios son signos de la evangelizaci?n.

Los monasterios de clausura son, por lo mismo, lugares de evangelizaci?n
silenciosa y testimonial, signos prof?ticos de la presencia de Dios y
de eternidad de vida.

El culto eucar?stico fuera de la Misa, es el anticipo de aquel tiempo
definitivo en el que ya no habr? tiempo, s?mbolos ni palabras,
sino la contemplaci?n inmediata de Dios y del Cordero.

Por lo anterior, podemos afirmar que los monasterios de clausura, siendo evangelizadores
a su modo, y con sus medios propios, son tambi?n signos prof?ticos
de la presencia y la ?ausencia de Dios?. En estos monasterios, la
existencia humana es asumida con toda su radicalidad, por el desprendimiento
y la pobreza, por la forma que adopta el ser y estar en el mundo; por la radicalidad
en el servicio que llena el espacio y el tiempo, y de forma especial, por el
puesto que ocupa la oraci?n, sobre todo, la adoraci?n eucar?stica.

El mismo pan y vino consagrados, cual signo de una presencia en alguna medida
todav?a no manifiesta ?por cuanto no aparece ante nosotros a?n
en plenitud?, como alimento y prenda de lo que a?n est?
por venir, remiten necesariamente a la eternidad. Se cumple, en efecto, lo que
afirma Juan Pablo II:

?Esta misma presencia del cuerpo y sangre de Cristo, bajo las especies
de pan y vino, constituye una articulaci?n entre el tiempo y la eternidad,
y nos proporciona una prenda de la esperanza que anima nuestro caminar. La Sagrada
Eucarist?a, adem?s de ser testimonio sacramental de la primera
venida de Cristo, es al mismo tiempo, anuncio constante de su segunda venida
gloriosa, al final de los tiempos? (alocuci?n del 31-X-1982).

Es Cristo mismo quien conf?a a la Iglesia el memorial de su muerte y
resurrecci?n, el cual es al mismo tiempo ?sacramento de piedad,
signo de unidad, v?nculo de caridad y banquete pascual, en el cual se
come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria
futura? (SC, 47).

En una palabra, la adoraci?n bien entendida contribuye de modo privilegiado
a la vida cristiana centrada en el Evangelio, en la Eucarist?a y en el
cumplimiento de vida en tensi?n de eternidad. Como afirm? Juan
Pablo II:

?De este modo, por la adoraci?n no se satisface en primer lugar
al afecto de la piedad de cada uno, sino que el esp?ritu es movido a
cultivar el amor social, por el cual se antepone el bien com?n al bien
particular, hacemos nuestra la causa de la comunidad, de la parroquia y de la
Iglesia, y extendemos la caridad a todo el mundo, porque sabemos que en todas
partes hay miembros de Cristo? (alocuci?n del 31-X-1982)..

2.5.Prolongaci?n de la Eucarist?a en la vida

La adoraci?n es la prolongaci?n de la Eucarist?a en la
vida propia y comunitaria, mediante un espacio y un tiempo
que tienden a profundizar y desarrollar todo aquello que se ha expresado, celebrado
y vivido en la acci?n lit?rgica.

Es preciso vivir la adoraci?n y el culto a la Eucarist?a fuera
de la Misa, como una prolongaci?n de la misma Celebraci?n Eucar?stica
y en estrecha conexi?n con ella. En definitiva, no hay m?s que
una Eucarist?a que celebramos, adoramos y vivimos en el ?nico
acto que se divide en distintos momentos y formas, seg?n la actividad
del sujeto o de la comunidad creyente. El Cristo que adoramos es el mismo Se?or
que se ha ofrecido en sacrificio, el que se nos da como alimento y el que nos
impulsa como vida.

La adoraci?n estar? tanto m?s relacionada con la Celebraci?n,
cuanto m?s desarrolle y profundice su din?mica y su sentido, lo
que sucede si se medita la Palabra proclamada y si se interioriza en el aspecto
del misterio celebrado, por ejemplo, en las fiestas y tiempos lit?rgicos;
si se asumen los compromisos expresados, si se avanza sobre el sentido comunitario
y participativo; si se dispone el ?nimo para una mayor sinceridad de
vida cristiana. Todo esto est? contemplado, de varias maneras, en las
Constituciones de los Institutos de la Vida Consagrada.


Orar en la presencia Eucar?stica


inicio

3.1. Oraci?n y Eucarist?a


La Iglesia es una comunidad orante; su nombre lo ha recibido precisamente por
sus reuniones de oraci?n: ?Cuando se re?nen en ekklesia?,
dice San Pablo en 1Cor 11, 18, al hablar de las Asambleas de Oraci?n.
La Iglesia expresa en la oraci?n el misterio que la re?ne ?en
Dios Padre y en el Se?or Jesucristo? (1Tes 1, 1). Las reuniones
de oraci?n son para ella cuesti?n de vida o muerte, pues ella
es, en esencia, una Asamblea de Oraci?n.

Ahora bien, es sobre todo la Eucarist?a la que hace de la Iglesia una
Asamblea de Oraci?n, porque la Eucarist?a siempre ha sido en la
Iglesia un prodigioso fermento de oraci?n; porque la oraci?n es
entrar en comunica con Dios. La Eucarist?a es creadora de contacto entre
Cristo y la comunidad; de ella brotan fuerzas de comuni?n. Del costado
abierto del Cristo pascual, manan las aguan vivas del Esp?ritu Santo
(cfr. Jn 7, 37-39), el cual es comuni?n y fuente de toda oraci?n
(cfr. Rm 8, 15-26; Ga 4, 6).

Muchos santos han dado testimonio de las gracias que se obtienen por la oraci?n.
As?, San Francisco de As?s escribe, hablando de la Eucarist?a:
?El Se?or colma a todos aquellos que son dignos de ella?
(Tercera Carta). La mayor parte de las gracias m?sticas con las que fue
colmada Santa Teresa de ?vila, tienen un lazo de uni?n con la
Escritura y la Eucarist?a: ?A los que ve que se han de aprovechar
de su presencia, ?l se les descubre, aunque no lo vean con los ojos corporales.
Muchos modos tiene de mostrarse al alma, por grandes sentimientos interiores
y por diferentes v?as?. Y a?ade: ?El Se?or
no viene tan disfrazado que, como he dicho, de muchas maneras no se d?
a conocer, conforme al deseo que tenemos de verlo; y tanto lo pod?is
desear que se os descubra del todo? (Camino de Perfecci?n, c. 34).

De San Juan de la Cruz, se ha dicho: ?Verdaderamente, en presencia de
la Eucarist?a el alma de San Juan de la Cruz se nutr?a de la contemplaci?n
oscura de la divinidad? (Gabriel de Santa Mar?a Magdalena). San
Alfonso de Ligorio se siente obligado, ?por agradecimiento a mi Salvador
en la Sant?sima Eucarist?a?, a reconocer p?blicamente
las grandes gracias recibidas en sus ?visitas al Sant?simo Sacramento?
(Prefacio a las Visitas del Sant?simo Sacramento).

3.2.Orar ante la Eucarist?a

Cuando un fiel o un miembro de la Vida Consagrada ora ante la sagrada presencia
de la Eucarist?a, ni siquiera necesita recurrir a f?rmulas de
oraci?n, aunque ?stas tengan su propia utilidad. La oraci?n
cristiana preexiste, est? ah?, subsiste en s? misma, a
disposici?n de los fieles. Basta con dejarse atraer o introducir en esta
casa orante que es Cristo, dejarse absorber por la Presencia o, utilizando otra
imagen, dejar que esta oraci?n se imprima en nosotros.

La devoci?n eucar?stica se convierte, as?, en la mejor
iniciaci?n a la oraci?n contemplativa. Gracias a ella, muchos
religiosos han sido conducidos hasta aquella cumbre de la oraci?n en
que se est? expuesto ante Dios, se le acoge, se le deja actuar y hacer
lo que ?l quiere.

Es entonces que Cristo puede realizar su misi?n de salvaci?n:
introduce al religioso o religiosa en el santuario trinitario, en el cual ?l
mismo ?se ofrece el Padre por el Esp?ritu Santo? (Heb 9,
14) y nace del Padre en la plenitud de mismo Esp?ritu (cfr. Rm 8, 11).
La oraci?n contemplativa del consagrado o consagrada, lo o la hace nacer
del Padre en el Esp?ritu Santo, junto con Cristo.

Al final de la Misa, cuando los fieles han recibido el cuerpo y la sangre de
Cristo, estamos en el momento preciso para una intensa oraci?n. Es el
momento privilegiado para la oraci?n contemplativa. Si la Celebraci?n
Eucar?stica fuera nada m?s una acci?n lit?rgica,
una comida fraterna, el lugar de un compartir, se podr?a ?parar
la fiesta? en ese momento. Pero es la celebraci?n de un encuentro
mutuo; por tanto, no hay que interrumpirla en el momento de mayor intimidad
entro el miembro de la Vida Consagrada y Cristo en la Eucarist?a.

3.3.Experimentamos a Jes?s Eucarist?a

En la oraci?n y la contemplaci?n, es normal que el religioso o
religiosa experimente la presencia de Cristo Resucitado, y de ah?, la
adoraci?n. Por la adoraci?n, confesamos individual o colectivamente,
en privado o en p?blico, la cercan?a y la presencia activa, permanente,
de Dios en medio de su pueblo, cual compa?ero de viaje que sale a nuestro
encuentro y nunca nos abandona, en medio de las vicisitudes de la vida. No se
trata s?lo de reconocer y adorar a Cristo presente, sino tambi?n
de acogerlo como Aquel que est? y permanece cercano a nosotros.

Este pensamiento, tan querido para los Santos Padres, es recordado tambi?n
por los Papas. Pablo VI dir?:

?No s?lo mientras se ofrece el sacrificio, tambi?n mientras
la Eucarist?a es conservada en los oratorios y en los sagrarios de las
comunidades religiosas, Cristo es verdaderamente el Emmanuel, es decir, el "Dios
con nosotros". Porque de d?a y de noche est? en medio de
nosotros, lleno de gracia y de verdad (cfr. Jn 1, 14); forma las costumbres,
alimenta las virtudes, consuela a los afligidos, robustece a los d?biles
y estimula a su imitaci?n a todos aquellos que se acercan a ?l,
a fin de que con su ejemplo aprendan a ser mansos y humildes de coraz?n,
y a buscar no sus propias cosas, sino las que son de Dios? (Mysterium
Fidei, 1965, 771).

Y Juan Pablo II nos di-ce que esta presencia, en la que experimentamos a Jes?s
Eucarist?a, ?es, a la vez, misterio de fe, una prenda de esperanza
y una fuente de caridad con Dios y entre los hombres" (oraci?n para
la adoraci?n nocturna del 31-X-1982).

Se trata de una cercan?a y un acompa?amiento permanente, que nos
recuerdan c?mo nuestro Dios no es un Dios lejano y ausente, sino encarnado
y cercano, que cual hermano y compa?ero comparte con nosotros su fuerza
para vivirla en la fe, el amor y la esperanza.

3.4.Eucarist?a y unidad de Iglesia

La experiencia de la divisi?n es una de las m?s permanentes y
tr?gicas, fuera y dentro de la Iglesia; en diversos planos. No s?lo
existen rupturas y divisiones, mundos ego?stas y cerrados en la relaci?n
y convivencia social, cultural y pol?tica; tambi?n exis-ten estas
rupturas y divisiones, estos ego?smos en el ?mbito religioso,
y entre los cristianos (cfr. UR, 1).

Para varias Congregaciones de la Vida Consagrada, su misi?n en la Iglesia
es trabajar en el ecumenismo, tratando de imitar a Cristo en cuanto es la manifestaci?n
de la unidad m?s plena a la que aspiran los hombres desde el fondo de
su coraz?n. Cristo, como Verbo encarnado, participa de la unidad trinitaria
del modo m?s inefable; es decir, siendo de la misma naturaleza que el
Padre y el Esp?ritu. Como Salvador y Se?or resucitado, quiere
que los miembros permanezcan ?unidos a la vid? (Jn 15, 1) y que
quienes creen en ?l ?sean uno, como nosotros? (Jn 17, 11),
de modo que siendo ?uno, como t?, Padre en m?, y yo en ti,
el mundo crea que t? me has enviado? (Jn 17, 20-22), y puedan un
d?a participar de la unidad de la Trinidad.

Es justamente esta unidad por la que luchan tantos hombres consagrados, para
expresarla, celebrarla y vivirla en la Eucarist?a, donde la unidad con
Cristo y entre los miembros llega a su m?xima realizaci?n terrena.
Lo afirma San Pablo, cuando dice: ?Porque aun siendo muchos, un solo pan
y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan? (1Cor
10, 16). Y es que el Cuerpo eucar?stico y el Cuerpo eclesial aparecen
unidos y como exigidos; la comuni?n del Cuerpo de Cristo no puede sino
implicar la uni?n del Cuerpo de la Iglesia. Por eso, la Eucarist?a
y la comuni?n eclesial se exigen mutuamente. Donde se construye la unidad,
all? est? presente la verdadera evangelizaci?n que realizan
muchos miembros de las Sociedades de Vida Apost?lica.


Siglas


LG - Concilio Vaticano II, Constituci?n Dogm?tica
Lumen Gentium (21-XI-1964).


PC - Pablo VI, Decreto Perfectae Caritatis (28-X-1965).


SC - Concilio Vaticano II, Constituci?n Sacrosanctum
Concilium (4-XII-1963).


UR - Pablo VI, Decreto Unitatis Redintegratio (21-XI-1964).


Publicado por mario.web @ 14:16
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios