Martes, 03 de mayo de 2011
Profundo ensayo de Aurelio Fern?ndez con relaci?n a la virtud de la veracidad, el origen de la mentira y la libertad de expresi?n en los medios de comunicaci?n social
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Verdad y veracidad en la Ley de Dios
Verdad y veracidad en la Ley de Dios
*Aurelio Fern?ndez
Cfr. Moral Especial, Rialp, Madrid 2002, cap?tulo XI.


Quien ama la verdad, conforme a la ense?anza del Se?or (Jn 8,32), no s?lo alcanza la libertad, sino que se sentir? libre, pues est? en disposici?n de medir la veracidad de tanta informaci?n que se acumula sobre ?l. Por el contrario, el hombre y la mujer de nuestro tiempo, ante tal abundancia de noticias, corren el riesgo de trivializarlas, pues se sienten incapaces de medir el grado de veracidad de cada una en singular. M?xime, cuando la verdad est? sometida a la manipulaci?n publicitaria, entonces o no se cree nada o, a la inversa, se cree todo. Y esto que puede acontecer al individuo se multiplica cuando se aplica al conjunto de la sociedad. Es as? como la verdad manipulada o trivializada ni es para el hombre el camino de la libertad ni favorece la convivencia justa.

La palabra es el signo m?s visible de la racionalidad. El hombre piensa, pero tambi?n articula sonidos, de forma que emite palabras que son portadoras de sus ideas. Por la palabra, la persona expresa su pensar y su querer, incluso las emociones repercuten en el tono de voz con que emite la palabra. "Ser hombre de palabra" es asegurar que ofrece garant?a de hombr?a de bien y de fidelidad, puesto que es capaz de llevar a t?rmino el compromiso hecho. Mediante la palabra, el hombre y la mujer pueden alabar a Dios, pero tambi?n blasfemar su nombre. De modo semejante, con la palabra cabe amar y ensalzar al hermano o insultarle y despreciarle.

En efecto, la palabra puede ser veh?culo del bien y del mal que el hombre y la mujer encierran en su coraz?n. Como ense?a el Ap?stol Santiago: "La lengua, con ser un miembro peque?o, se glor?a de grandes cosas. Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque. Tambi?n la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez toda nuestra vida. Todo g?nero de fieras, de aves, de reptiles y animales marinos es domable y ha sido domado por el hombre, pero a la lengua nadie es capaz de domarla; es un mal turbulento y est? llena de mort?fero veneno. Con ella bendecimos al Se?or y Padre nuestro y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a imagen de Dios. De la misma lengua proceden la bendici?n y la maldici?n. Y esto, hermanos, no debe ser as?" (Sant 3, 5-10).

El octavo Mandamiento ense?a, precisamente, c?mo debe usarse la lengua, de forma que sea veh?culo de la verdad y no de la mentira. En ?l se estudia la obligaci?n de practicar la veracidad. En consecuencia, se prohibe el mal uso de la palabra que puede mentir y maldecir. Asimismo, se prescribe que no se use la palabra cuando deba guardarse silencio para mantener un secreto. Asimismo, en la sociedad actual, en la que los medios de comunicaci?n son tantos y tan plurales, se acent?a su importancia, pero, al mismo tiempo, se advierte que se han de evitar los da?os que pueda ocasionar el uso indiscriminado de los medios de comunicaci?n social. Finalmente, la palabra dada tiene un especial eco en los tribunales, en donde es garant?a y testigo de la verdad. Por eso se condena como especialmente grave el pecado de perjurio.


"No dir?s falso testimonio ni mentir?s"

La formula del ?xodo sobre el contenido moral del octavo mandamiento es m?s limitada. Dice as?: "No dar?s falso testimonio contra tu pr?jimo" (Ex 20,16). Esta misma expresi?n se repite, literalmente, en el Deuteronomio (Dt 5,20). Pero en el Lev?tico se enuncia as?: "No mentir?is, ni os enga?ar?is unos a otros" (Lev 19,11). De este modo, la mentira se uni? a la calumnia, pues ambas van con frecuencia unidas. As? lo sentencia el Eclesi?stico: "No trames calumnias contra tu hermano ni lo hagas tampoco con tu amigo. Prop?nte no decir mentira alguna, porque acostumbrarse a ellas no es para bien" (Ecl 7,12-13). Y es que la gravedad de la mentira no consiste tanto en ocultar la verdad con el fin de enga?ar, cuanto en usarla como arma para da?ar al pr?jimo. Es lo que denuncia Jesucristo cuando perfeccion? este mandamiento: "Se dijo a los antepasados: No perjurar?s, sino que cumplir?s al Se?or tus juramentos" (Mt 5,33). En efecto, quien se habit?a a la mentira casi siempre la usar? para defenderse frente al pr?jimo, lo cual lleva a la calumnia. M?s a?n, puede conducir al perjurio, o sea a jurar en falso incluso ante los tribunales.

Existen diversas definiciones de la mentira, pues no siempre es f?cil fijar su sentido exacto. El Catecismo de la Iglesia Cat?lica, en la edici?n t?pica, la matiz? en estos t?rminos: "Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error" (CEC 2483). Y esta otra: "Mentir consiste en decir algo falso con intenci?n de enga?ar al pr?jimo" (CEC 2508). En consecuencia, la mentira entra?a el deseo de enga?ar.

Pero, a aparte de ese "enga?o" que persigue la mentira, es importante destacar el aspecto positivo de este mandamiento, el cual implica la obligaci?n de decir la verdad. En efecto, el hombre y la mujer deben amar la verdad, expresarla, defenderla y comunicarla, pues la "verdad" es propia del ser inteligente. Y ello porque la racionalidad -caracter?stica esencial del ser humano- busca espont?neamente la verdad. Como escribe Arist?teles al inicio de la Metaf?sica, "todo hombre, por naturaleza, desea conocer la verdad" [1].


La virtud de la veracidad



Si la "verdad" es el objeto y el fin de la reflexi?n humana, tambi?n es una realidad central de la Revelaci?n, pues la verdad est? en estrecha relaci?n con Dios: ?l "es la verdad" (Jn 17,17). M?s a?n, como ense?a el libro de los Proverbios, "Dios es fuente de toda verdad" (Prov 8,7). Por su parte, el libro de Samuel constata: "T? eres Dios y tus palabras son verdad" (2 Sam 7,28). Y el Salmista confiesa que ?l ha "elegido el camino de la verdad" (Sal 119,30), pues "todos los mandamientos divinos son verdad" (Sal 119, 86), y la raz?n es que "la ley de Dios es la verdad" (Sal 119, 142).

Sobre todo, la verdad hace relaci?n a la misma Persona de Jes?s. Como es sabido, describir a Jesucristo como la verdad y relacionar su mensaje con ella, es uno de los temas centrales del Evangelio de san Juan. Seg?n este Ap?stol, Jesucristo "es la verdad" (Jn 14,6). En consecuencia, el evangelista lo presenta como "lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14) y como "la luz del mundo" (Jn 8,12). Por ello, "el que cree en ?l, no permanece en las tinieblas (Jn 12,46), sino que "conocer? la verdad y la verdad le har? libre" (Jn 8,32-32), y quien le sigue "vive el esp?ritu de verdad" (Jn 14,17). Jes?s pide al Padre que a sus disc?pulos los "santifique en la verdad" (Jn 17,17), hasta conducirlos a "la verdad completa" (Jn 16,13). En consecuencia, san Juan define a los disc?pulos como aquellos que "viven en la verdad". Y les ofrece este criterio para el discernimiento de su conducta: "Si decimos que estamos en comuni?n con ?l y caminamos en las tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad" (1 Jn 1,6).

Esa vocaci?n del hombre a la verdad -que para el cristiano constituye su estilo de vida-, Jes?s la sella con un mandato imperativo a sus disc?pulos, con el que completa el octavo precepto: "Sea vuestro s?, s?; sea vuestro no, no" (Mt 5,37). En otras palabras, dado que "Dios es verdad" y Jes?s afirm? de s? "Yo soy la verdad", sus disc?pulos deben vivir la verdad en sus vidas. Es lo que se denomina veracidad, y que el Catecismo de la Iglesia Cat?lica define en los siguientes t?rminos: "La verdad como rectitud de la acci?n y de la palabra humana, tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse veraz en los propios actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulaci?n y la hipocres?a" (CEC 2468).

A la vista de la grandeza de la verdad, se deduce la importancia de la virtud de la veracidad, no s?lo porque garantiza que se diga la verdad, sino porque, al mismo tiempo, se evitan algunos vicios que desdicen de la dignidad de la persona, cuales son la doblez, la falsedad, la hipocres?a, la simulaci?n, el embuste..., en una palabra, la mentira y, llegado el caso, la calumnia y hasta el perjurio.


La mentira


San Agust?n la define en estos t?rminos: "La mentira consiste en decir falsedad con intenci?n de enga?ar" [2]. A la esencia de la mentira pertenecen dos cosas: Primero; decir lo contrario de lo que se piensa. Segundo, decirlo con intenci?n de enga?ar.

Los autores suelen distinguir tres clases de mentira: "jocosa", si con ella se quiere hacer una broma o pasatiempo; "oficiosa", cuando se profiere para obtener un beneficio propio o en favor de un tercero; "da?osa", si mintiendo, se persigue hacer da?o a alguien. En esta divisi?n no entra lo que, coloquialmente, se denomina "mentira piadosa", la cual de ordinario se identifica con la "oficiosa".

En la mentira se contienen numerosos males, por lo que es condenable. He aqu? algunos de ellos:

??encierra una ofensa directa contra la verdad;

??induce al error a quien se le dice, el cual tiene derecho a no ser enga?ado;

??lesiona el fundamento de la comunicaci?n de los hombres entre s?;

??fomenta -y en ocasiones tiene en ellas tienen su origen- la vanidad y la soberbia;

??quien miente pierde la reputaci?n y la fama;

??lesiona la caridad en el trato con el pr?jimo;

??puede faltar a la justicia, cuando se miente en perjuicio de otro;

??la mentira es funesta para la convivencia, puesto que crea desconfianza en las relaciones sociales.

Estos y otros males que ocasiona la mentira explica por qu?, mientras el origen de la verdad se sit?a en Dios, la mentira se atribuye al demonio. El origen diab?lico de la mentira es mencionado por Jes?s: "Vuestro padre es el diablo... porque no hay verdad en ?l; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8,44).

El Catecismo de la Iglesia Cat?lica pone de relieve ese c?mulo de males que conlleva la mentira, tanto para el individuo como para la colectividad. "La mentira, por ser una violaci?n de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a los dem?s. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condici?n de todo juicio y de toda decisi?n. Contiene un germen de divisi?n de los esp?ritus y todos los males que ?sta suscita. La mentira es funesta para toda la sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales" (CEC 2486).

Toda mentira es intr?nsecamente mala (esto no quiere decir que sea siempre grave) y nunca debe decirse. En el lenguaje corriente se utilizan expresiones hiperb?licas que no son mentiras. Sin embargo la mentira en s? misma es pecado venial (cf. CEC 2484). De ordinario, no es pecado la mentira "jocosa". Es pecado venial casi siempre la "oficiosa". Sin embargo, la mentira "da?osa" es pecado mortal cuando se lesiona gravemente la caridad o la justicia. Esto se deduce por las circunstancias que concurren. Por ejemplo, es pecado mortal, si con la mentira, se tiene la intenci?n de ocasionar un mal grave al pr?jimo o cuando una persona constituida en autoridad miente a los s?bditos en cuestiones que ata?en gravemente a sus intereses. Tambi?n es pecado mortal en caso de que, mintiendo, se lesiona gravemente la fama del pr?jimo. Asimismo, se peca mortalmente si con la mentira al juez se conculcan los derechos ajenos en la administraci?n de la justicia, etc. O como ense?a el Catecismo de la Iglesia Cat?lica: "La gravedad de la mentira se mide seg?n la naturaleza de la verdad que deforma, seg?n las circunstancias, las intenciones del que la comete, y los da?os padecidos por los que resultan perjudicados" (CEC 2484).

Los moralistas admiten con raz?n ?lo dice el sentido com?n y tambi?n es el proceder de personas rectas- que, en algunos casos, es l?cito no s?lo ocultar la verdad, sino incluso dar contestaciones que induzcan al error a quien pregunta, si ?ste interroga injustamente. La explicaci?n te?rica de la licitud de este tipo de comportamiento se fundamenta en la llamada restricci?n latamente mental. Por ejemplo, no ser?a mentira decir: "el se?or no est? en casa", cuando, atendidas las circunstancias, quien escucha podr?a saber que esa contestaci?n puede tener un sentido diverso por una restricci?n mental. Puede ser el medio, por ejemplo, de guardar un secreto o de evitar un compromiso. Por el contrario, la llamada "restricci?n puramente mental", que tiene lugar cuando la expresi?n utilizada hace imposible descubrir el sentido verdadero, no es l?cita. Por ejemplo, decir "he visto Par?s", pensando interiormente "en fotograf?a", es una mentira.

El secreto


Secreto es el conocimiento de una verdad que debe mantenerse oculta. El secreto es un g?nero espec?fico de verdad. En efecto, se puede llegar a alcanzar ciertos conocimientos que ni pueden ni deben ser comunicados a terceras personas.

Existen diversos tipos de secretos. Cabe reducirlos a dos: prometido y natural. "Secreto prometido" es el que debe guardarse en virtud de la promesa hecha cuando se da algo a conocer. Esta promesa puede ser expresa, lo que se denomina "secreto comiso", o bien impl?cita, la cual se supone siempre que se conoce por el ejercicio de la profesi?n: se denomina "secreto profesional". El "secreto natural" es aquel que debe guardarse por la propia naturaleza de la cosa, puesto que deriva de la ley natural.

Algunos secretos pueden ser ocasionales, o sea, se han adquirido, bien por comunicaci?n ?ntima del interesado o por medio de otra persona distinta, o bien porque se ha sido testigo ocasional de hecho. Otros secretos tienen origen en el ejercicio del ministerio o cargo. Tal es el secreto m?dico, jur?dico o del sacerdote, los cuales han llegado a adquirir conocimiento de hechos a trav?s el desempe?o de sus respectivos cargos.

La obligaci?n de guardar el secreto profesional, adem?s de ser de derecho natural, frecuentemente lesiona tambi?n la justicia, dado que existe un compromiso t?cito de que no debe revelarse lo que se comunic? confidencialmente. La obligaci?n de guardar el secreto es grave o leve, seg?n la materia de la que se trate y del modo en que se ha obtenido conocimiento de ?l. As?, es pecado mortal si se trata de algo que da?a gravemente la fama del pr?jimo o si se sigue un mal grave para el interesado o para un tercero. Puede ser el caso, de un m?dico que descubre datos de la enfermedad que ocasiona al enfermo un da?o notable. Tambi?n si se trata de una verdad comunicada al sacerdote, el cual est? especialmente obligado a guardar el secreto de una confidencia que se le ha hecho [3].

Tambi?n se puede pecar si se usa el secreto para provecho propio o ajeno. El caso puede repetirse en el ?mbito de la compraventa, de la industria e incluso en el campo intelectual o de la investigaci?n.

En ocasiones se puede revelar el secreto y en otras puede ser un deber revelarlo. Es l?cito revelar un secreto si se sigue un da?o grave e irreparable para un tercero. Puede ser el caso de dar a conocer a la novia una enfermedad grave de un novio por el da?o que puede ocasionarle. Asimismo, se debe manifestar un secreto si se sigue un da?o grave para s? mismo o para un tercero. Tambi?n se ha de considerar el bien com?n de la sociedad, que en ocasiones sufre un grave quebranto si no se da a conocer el secreto confiado. En todo caso, se deben tener en cuenta las circunstancias que concurren. A este respecto, la casu?stica puede ser muy variada. Por eso basta enunciar los principios generales, tal como los expone el Catecismo de la Iglesia Cat?lica: "Los secretos profesionales ?que obligan, por ejemplo, a pol?ticos, militares, m?dicos, juristas- o las confidencias hechas bajo secreto deben ser guardados, salvo los casos excepcionales en los que el no revelarlos podr?a causar al que los ha confiado, al que los ha recibido o a un tercer da?os muy graves y evitables ?nicamente mediante la divulgaci?n de la verdad. Las informaciones privadas perjudiciales al pr?jimo, aunque no hayan sido confiadas bajo secreto, no deben ser divulgadas sin una raz?n grave y proporcionada" (CEC 2491).

Para obrar rectamente y con el fin de aplicar estos principios a los circunstancias tan variadas que puedan darse, se exige la recta formaci?n de la conciencia. Pero en ocasiones, tambi?n es conveniente buscar el consejo prudente que garantice una decisi?n moralmente correcta. En todo caso, la revelaci?n del secreto debe hacerse como ?ltimo recurso y ante circunstancias excepcionales, puesto que es preciso velar por la valoraci?n social del secreto. De lo contrario, se resiente la seriedad que merecen las profesiones, cuyo ejercicio lleva anexo la obligaci?n de guardar secreto de los asuntos que confidencialmente se han tratado.


Las ofensas contra la verdad


Adem?s de los pecados de mentira (veracidad "por defecto") y de faltas cometidas por revelaci?n indebida del secreto (veracidad "por exceso), tambi?n se puede faltar a la veracidad si se cometen otras acciones, cuales son, por ejemplo, la calumnia, el juicio temerario, la sospecha, la maledicencia, el falso testimonio y el perjurio.

Calumnia es mentir causando un da?o a la reputaci?n de alguien o si se da ocasi?n para que se originen juicios falsos sobre una persona. Lo espec?fico de la calumnia, frente a la murmuraci?n, es que ?sta contribuye a hacer juicios negativos sobre alguien, pero lo que se comenta en la murmuraci?n es verdad, mientras en la calumnia, lo que se dice contra alguien es mentira.

Juicio temerario es formar un juicio negativo sobre la persona o sobre su actuaci?n, pero sin tener fundamento suficiente para ello. El juicio temerario puede ser subjetivo, o sea interior, y puede emitirse externamente. Si el juicio es t?cito, sin manifestarlo, tambi?n puede ser pecado interno, en la medida en que se consienta deliberadamente en ?l.

Sospecha es el juicio hecho sobre una persona o acontecimiento a partir de algunos datos, pero sin tener todos los elementos que garanticen formular un juicio seguro. La sospecha es leg?tima siempre que los indicios tengan suficiente verosimilitud. Asimismo, es leg?timo seguir la indagaci?n hasta alcanzar la certeza debida o para rectificar el juicio.

Maledicencia es manifestar los defectos y las faltas reales de alguien a otra persona que los desconoce. Se distingue de la calumnia, por cuanto en este caso se comunican faltas y defectos reales de la persona, si bien no son conocidos.

Falso testimonio es afirmar p?blicamente, ante un tribunal, algo falso a favor o en contra de alguien. El falso testimonio, por las circunstancias que concurren a la mentira, encierra una especial gravedad. El libro de los Proverbios sentencia que "el testigo falso no quedar? impune" (Prov 19,9).

Perjurio es el testimonio falso emitido en un juicio hecho bajo juramento. El perjurio es un pecado especialmente grave contra el segundo mandamiento, puesto que, adem?s de contribuir a la condena del inocente, "compromete gravemente el ejercicio de la justicia" y la desprestigia.

Las acciones, en las que se act?a con mentira y de la que se siguen males para el pr?jimo, son especialmente graves. Como la mentira puede lesionar la justicia, siempre que ocasiona un mal, el que miente tiene obligaci?n de reparar. Esto obliga especialmente en la calumnia. En este caso, no es suficiente arrepentirse e incluso no basta con demandar perd?n, se requiere adem?s reparar el mal cometido. En ocasiones puede hacerse personalmente. Pero, en caso de que el da?o ocasionado sea p?blico, la reparaci?n debe hacerse p?blicamente.

Esta reparaci?n -y en su caso, la restituci?n- obliga en conciencia. Lo cual indica que no hay perd?n del pecado si no se tiene intenci?n de cumplir la reparaci?n o la restituci?n. Se ha de devolver la buena fama perdida, pero en algunas cuestiones que se han seguido males materiales, la restituci?n debe hacerse incluso econ?micamente. El Catecismo de la Iglesia Cat?lica ampl?a la casu?stica en los siguientes t?rminos: "Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entra?a el deber de reparaci?n, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un da?o p?blicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacci?n moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparaci?n se refiere tambi?n a las faltas cometidas contra la reputaci?n del pr?jimo. Esta reparaci?n, moral y a veces material, debe apreciarse seg?n la medida del da?o causado. Obliga en conciencia" (CEC 2487).


Libertad de expresi?n: medios de comunicaci?n social


El derecho a alcanzar la verdad y a comunicarla ha adquirido en la actualidad tales proporciones, que a los medios de comunicaci?n social se les denomina con raz?n "el cuarto poder". En efecto, la importancia de estos medios es tal, que condicionan y en ocasiones dirigen la vida social, econ?mica y pol?tica de los pueblos. M?s a?n: en la actualidad la cantidad de informaci?n es tal, que supera las posibilidades del hombre de lograr la s?ntesis de los hechos y de las ideas que circulan en los distintos ?mbitos del saber o de la vida social, cultural y pol?tica.

Este papel decisivo que juegan en la vida individual y en la convivencia es lo que ha motivado que el Concilio Vaticano II se haya ocupado expresamente de los medios de comunicaci?n y haya emitido el Decreto "Inter mirifica" (1965), que estudia detenidamente las exigencias ?ticas que han de regir en el ?mbito de la comunicaci?n. M?s tarde, en el a?o 1971, la Santa Sede hizo p?blica la Instrucci?n "Communio et progressio", que trata de la recta aplicaci?n del Decreto conciliar. Adem?s de estos dos documentos, existe abundante doctrina magisterial en discursos y mensajes papales, emitidos con ocasi?n del "D?a de los medios de comunicaci?n social".

Estos son los aspectos que el Concilio se?ala como m?s decisivos para el comportamiento individual y para la convivencia en el uso de los medios de comunicaci?n social:

- Valor moral. El uso de "mass media" no es ajeno a la moral: "El recto uso de tales medios es absolutamente necesario que todos los que se sirven de ellos conozcan y lleven a la pr?ctica en este campo las normas de orden moral" (n. 4).

- Recta conciencia: Los usuarios deben "formar una recta conciencia sobre tal uso", de modo que la informaci?n que reciben "contribuya al bien com?n y al mayor progreso de toda la sociedad humana". El derecho de informaci?n exige que ?sta "sea objetivamente verdadera y, salvada la justicia y la caridad, ?ntegra". Adem?s, "en cuanto al modo, ha de ser honesta y conveniente, es decir, que respete las leyes morales del hombre y los leg?timos derechos y dignidad" (n. 5).

- Considerar el orden moral objetivo: Se ha de proclamar que "la primac?a del orden moral objetivo ha de ser aceptada por todos, puesto que es el ?nico que supera y concurrentemente ordena todos los dem?s ?rdenes humanos, por dignos que sean, sin excluir el arte" (n. 6).

- Tratamiento del mal moral. Los distintos medios han de cuidar atentamente c?mo se ha de tratar los temas relacionados con el mal. Es cierto que su conocimiento puede "servir para conocer y descubrir mejor al hombre"; pero debe evitarse el riesgo de que "produzca mayor da?o que utilidad a las almas", tal puede ser el caso en que no se atiendan "las leyes morales", especialmente, cuando se tratan "los deseos depravados" (n. 7).

- Opini?n p?blica: Una de las finalidades de los medios de comunicaci?n, tal como siempre ha destacado el Magisterio, es la formaci?n de la opini?n p?blica, tan decisiva para una convivencia plural y democr?tica: "con el auxilio de estos medios, se procura formar y divulgar una recta opini?n p?blica" (n. 8).

Deberes de los usuarios: Los que hacen uso de los medios de comunicaci?n deben tambi?n tener a la vista los siguientes criterios:

?hacer una "recta elecci?n" de publicaciones, cadenas televisivas, programas de radio o televisi?n, etc.;

?evitar "lo que puede ser causa u ocasi?n de da?o espiritual para ellos o para otros";

?atender "al mal ejemplo" que pueden ocasionar la lectura o apoyo a ciertos medios;

?"favorecer las malas producciones" y "no oponerse a las buenas";

?"no contribuir econ?micamente a empresas que tan s?lo persigan el lucro en la utilizaci?n de estos medios";

?"atender al juicio y criterios de las autoridades competentes" que se hayan emitido;

?formar la conciencia recta con el fin de "oponerse a los malos atractivos y secundar los buenos";

?todos, pero especialmente los j?venes, "deben ser moderados y disciplinados en el uso de estos medios";

?es conveniente mantener una actitud cr?tica para "formar un recto juicio";

?los padres tienen la obligaci?n de "vigilar cuidadosamente" que los hijos hagan un uso adecuado de los medios (nn. 9-10) [4].

Los agentes de los mass media: Periodistas, escritores, actores, productores, realizadores, exhibidores, distribuidores, directores, vendedores, cr?ticos... deben "tratar las cuestiones econ?micas, pol?ticas o art?sticas de modo que no produzca da?o al bien com?n". En la medida de lo posible, deber?an asociarse "en aquellas entidades que impongan a sus miembros el respeto a las leyes morales en las empresas y quehaceres de su profesi?n" (n. 11).

Deberes de las autoridades. Las autoridades "tienen peculiares deberes en esta materia en raz?n del bien com?n al que se ordenan estos instrumentos". Su misi?n es "defender y tutelar la verdadera y justa libertad" que necesita la sociedad. Tambi?n la autoridad debe emitir leyes con el fin de que del uso de los medios de comunicaci?n "no se siga da?o a las costumbres y al progreso de la sociedad". Un deber especial de las autoridades es el cuidado "en proteger a los j?venes" (n. 12).

Deberes de los cat?licos. El Concilio urge a que los cat?licos "utilicen los medios" para "las m?s variadas formas de apostolado" y se "adelanten a las malas iniciativas". Por su parte, los pastores cuiden estos medios "tan unidos a su deber ordinario de predicar" (n. 14) . Asimismo, "los sacerdotes, religiosos y tambi?n laicos" han de poseer la "debida pericia en estos instrumentos y puedan dirigirlos a los fines del apostolado" (n. 15). Esa formaci?n debe extenderse a todos los cat?licos (nn. 16-18).

En todo momento, el Magisterio insiste en que los profesionales de los medios de comunicaci?n consideren la dimensi?n ?tica de su profesi?n y que sean incorruptibles ante la verdad. En estos t?rminos se expres? Juan Pablo II en un discurso a los periodista en su primera visita a Espa?a: "Un sector que tan de cerca toca la informaci?n y formaci?n del hombre y de la opini?n p?blica, es l?gico que tenga exigencias muy apremiantes de car?cter ?tico (...). La b?squeda de la verdad indeclinable exige un esfuerzo constante, exige situarse en el adecuado nivel de conocimiento y de selecci?n cr?tica. No es f?cil, lo sabemos bien. Cada hombre lleva consigo sus propias ideas, sus preferencias y hasta sus prejuicios. Pero el responsable de la comunicaci?n no puede excusarse en lo que suele llamarse la imposible objetividad. Si es dif?cil una objetividad completa y total, no lo es la lucha por dar con la verdad, la actitud de ser incorruptibles ante la verdad. Con la sola gu?a de una conciencia ?tica, y sin claudicaciones por motivos de falso prestigio, de inter?s personal, pol?tico, econ?mico o de grupo" [5].


Dar testimonio de la verdad: el martirio


El cristiano no s?lo debe expresar la verdad y proclamarla, sino que tambi?n tiene la obligaci?n de defenderla, en ocasiones, hasta la muerte. San Juan recoge las palabras de Jes?s en las que se?ala su misi?n en orden a la verdad: "Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad" (Jn 18,37). Y san Pablo encarece a su disc?pulo Timoneo que cumpla este mismo encargo, aunque le sea costoso: "No te averg?ences jam?s del testimonio de nuestro Se?or Jesucristo" (2 Tim 1,8).

El Concilio Vaticano II profesa que la confesi?n de fe es exigencia obligatoria de todos los bautizados: "Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, est?n obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Esp?ritu Santo que les ha fortalecido con la confirmaci?n" (AdG 11).

Pero en ocasiones este testimonio exige cierto hero?smo, pues demanda jugarse la vida hasta la muerte. Siguiendo este deber, los cristianos de todos los tiempos, cuando se vieron forzados a confesar la verdad en Jesucristo y en sus ense?anzas, lo hicieron incluso ofreciendo su propia vida. La biograf?a de los m?rtires cristianos a lo largo de la dilatada historia de la Iglesia constituye una de las p?ginas m?s brillantes de la cr?nica de la humanidad. Pues, a la grandeza y ejemplaridad de sus vidas, se a?ade su inquebrantable amor a la verdad y su fidelidad a las ense?anzas salvadoras del Evangelio. Son numerosos los testimonios martiriales en los que se contiene de modo expl?cito que ellos mueren, precisamente, por defender la verdad que profesan. Por ejemplo, san Policarpo alaba a Dios porque "es el Dios de la fidelidad y de la verdad", por eso ?l se asocia a esa verdad con la oblaci?n de su propia vida.

En este sentido, los m?rtires no s?lo son modelos de existencia y ejemplares de vida cristiana, sino que son garant?a de la verdad del cristianismo. Un argumento a favor de la veracidad del dogma y de la moral cristiana es, precisamente, el martirio, pues, adem?s de la garant?a que ofrece la revelaci?n y el magisterio, el creyente encuentra en los m?rtires otra se?al m?s inmediata de la verdad que profesa. En este sentido, el martirio es como el sello y el resello de la verdad de lo que se cree y se practica. En efecto, unos hombres y mujeres concretos han sellado la verdad del dogma y de la moral cristiana con su propia sangre. Ellos son, pues, los verdaderos testigos de la fe y del Evangelio que profesamos.


Notas



[1] Arist?teles, Metaf?sica I, 1, 980b.

[2] San Agust?n, Sobre la mentira IV. PL 40, 489.

[3] Se entiende un secreto obtenido fuera de la confesi?n sacramental. En caso de la confesi?n, se trata de un secreto especialmente cualificado que se denomina "sigilo sacramental", y que el sacerdote est? especialmente obligado a guardar. La revelaci?n del sigilo sacramental lleva consigo una grav?sima pena can?nica: la excomuni?n, que, seg?n el canon 1388 del CIC, solo el Papa puede absolver.

[4] Seg?n una encuesta realizada en 1993, el cuarenta por ciento de los espa?oles mayores no lee un libro y el sesenta por ciento no compra libros. Por el contrario, en Espa?a hay m?s de doce millones de televisores y catorce millones de radios. Noticias de Agencia 15-V-1995.

[5] Juan Pablo II, Ser incorruptibles ante la verdad, 3. Madrid 2-XI-1982, "Ecclesia" 2101 (1982) 1481.

Publicado por mario.web @ 1:36
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