Martes, 03 de mayo de 2011
Pensadores y hombres de acci?n desde siempre han tratado de armonizar libertad y bienestar social.
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Hombre y sistema
Hombre y sistema


Christine M. Korsgaard, que ense?a filosof?a en la Universidad de Chicago, ha sostenido en un art?culo reciente que, seg?n sea nuestra concepci?n del hombre, as? ser? el sistema de organizaci?n social que andaremos buscando (Christine M. Korsgaard, Personal Identity and the Unity of Agency: A Kantian Response to Parfit, Philosophy & Public Affairs, Spring 1989, pp. 101-133).


Hay dos maneras de considerar al ser humano, sostiene Korsgaard. Una, cuya base son los escritos morales de Emanuel Kant, lo ve como un sujeto "activo", como agente de su propia vida. La otra, que culmina en el pol?mico libro de Derek Parfit ?Razones y Personas? (Reasons and Persons, Oxford University Press, 1986), ve al hombre como "recept?culo" de sensaciones y experiencias. El hombre, en Kant, "hace". El hombre, en Parfit, "siente".

El hombre que hace su destino

De estas dos concepciones sobre el individuo, nacen dos concepciones sobre la sociedad. Si aqu?llos que habitan el paisaje social son "agentes", hacedores de su propio destino, lo que hay que lograr es que gocen de la libertad necesaria para vivir sus vidas.

Si les va bien, se lo han ganado. Si les va mal, es cosa de ellos. La libertad no asegura la felicidad.

Otorga, apenas, la posibilidad de buscarla. Se puede ser entonces libre y feliz o libre e infeliz; lo que m?s le importa a Kant no es que el hombre sea feliz -esto es, que "se sienta" bien- sino que "obre" bien; que se comporte a la altura de su propia dignidad. Como ha observado Robert Nozick en Explicaciones filos?ficas, !o que cuenta no es que el hombre sea feliz -esto, en ?ltima instancia, depende de las circunstancias- sino que su vida tenga "valor??, es decir, que la viva como una "persona" libre y responsable (Philosophical Explanations, Harvard University Press, 1981, pp. 403 y ss).

A esta tradici?n intelectual pertenece el principio asentado en la Declaraci?n de la Independencia de los Estados Unidos: el hombre tiene el derecho de "perseguir" la felicidad. No el derecho de "tenerla", sino de perseguirla; si la consigue o no, es problema de ?l.

El hombre feliz
Otra gran corriente intelectual, el utilitarismo, piensa en t?rminos de experiencias y sensaciones. Reconoce su origen en el griego Epieuro, que identific? la felicidad con un balance positivo entre el "hacer" de los placeres y el "debe" de los dolores. La utilitaria que tiene en Hume, Bentham y Stuart Mili sus grandes nombres,
imagina a la felicidad individual como una ?ptima combinaci?n de sensaciones, y a la felicidad "social" como el traspaso de esa misma ecuaci?n al plano colectivo. De aqu? proviene la famosa formulaci?n utilitaria de la meta que debe perseguir la acci?n de los gobiernos: "la felicidad del mayor n?mero".

La persona
En su Teor?a de la justicia, John Rawls hizo notar desde su posici?n kantiana que el utilitarismo "no toma seriamente la distinci?n entre las personas" (John Rawls, A Theory of Justice, Harvard University Press, 1971 p. 27). Una persona puede intentar su propio balance de placeres y dolores. ?C?mo trasladar el balance sin embargo a una sociedad de millones de personas? Si cada persona es ?nica, no hay cuenta posible a escala social: el argumento contra el utilitarismo parec?a incontrastable. Fue entonces que Parfit escribi? su libro para salvarlo. ?C?mo lo hizo? Cuestionando el concepto de "persona". Todo lo que hay, sostiene Parfit, son experiencias, sensaciones.
El concepto de "persona" es una construcci?n artificial.

Lo que hay es s?lo un fluir de experiencias y sensaciones: las tuyas, las m?as. ?Pero hasta qu? punto este que hoy soy yo es "el mismo" que cuando yo era ni?o, hace d?cadas? El tiempo borra las huellas de lo que fui. Es m?s f?cil en cambio contabilizar experiencias, placeres y dolores, en el "hoy" de todos los que formamos una comunidad. En la medida que borramos a las personas como protagonistas ?nicos, incomparables, irremplazables, vuelve a ser posible la cuenta utilitaria.

Hoy, agrega Parfit, la cirug?a trasplanta ?rganos, cambia las facciones, quiz?s ma?ana la cirug?a transplante tejido nervioso y hasta el cerebro. ?Qui?n ser? "yo" en estos casos?.

La sociedad y la persona
Si no consideramos al hombre como un reguero de sensaciones y experiencias sino como un "agente", como un sujeto "activo" replica Korsgaard- lo que importa determinar cuando se cambia la cara o recibe un ?rgano es si eso lo hizo "?l" o "ella" por propia voluntad o no Si sigue siendo agente de su vida, la persona contin?a. Si se lo hicieron desde afuera, vulneraron su personalidad.

En los sistemas sociales y populistas, el ?nico agente es el Estado, los ciudadanos s?lo son los receptores de sus costos o de sus beneficios.

Si considero al hombre un mero ?mbito de sensaciones, un recept?culo de experiencias queda abierta la puerta al populismo y al socialismo. En la concepci?n utilitaria que est? en la base de ellos, "alguien" desde el Estado, obra de tal modo que los dem?s reciban las experiencias positivas de la vida: vivienda, educaci?n entretenimientos, salud, empleo.

En los sistemas socialistas y populistas, el ?nico agentes es el Estado, los ciudadanos s?lo son los receptores de sus costos o de sus beneficios.

En el sistema liberal, lo que cuenta en cambio es dejar que cada persona organice su vida: vivienda y la educaci?n, el recreo, la salud y el empleo, quedan a su cargo. El derecho supremo del liberalismo es el derecho de actuar: para ser.

El derecho supremo del socialismo-populismo es recibir: para sentir. Cada sistema ofrece su cielo y su infierno. En el liberalismo el cielo es la plena vaiorizaci?n de las posibilidades de cada cual; el infierno, la desprotecci?n de los que no la logran. En el socialismo-populismo el cielo son los beneficios que promete el Estado. El infierno, no tanto que el Estado no cumpla sus promesas -algo tan frecuente en America Latina- sino, al contrario, que las cumpla: cuando lo hace, las personas se quedan sin la aventura de vivir.

Karoshi: la muerte del Guerrero de Empresa
Ese es el t?tulo de un libro japon?s recientemente editado. Trata este libro de la muerte por exceso de trabajo entre los japoneses. M?s de diez mil trabajadores mueren cada a?o en ese pa?s. Como causas inmediatas de sus decesos se han registrado: hemorragias cerebrales, presi?n alta, arterioesclerosis, hemiplej?as y problemas card?acos. Los afectados no son ?nicamente obreros, sino que tambi?n son directivos en todos los niveles. Las causas profundas de estas muertes prematuras las detecta Reg Green, responsable de CIOSL (Confederaci?n Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) en la ?tica de la competividad y en la noci?n de lealtad a la empresa.
(Mundo de Trabajo Libre, 1/91).

El esp?ritu japon?s, tan sorprendente en los campos de batalla, se traslad? al campo de la econom?a. El trabajador japon?s, de guerrero de empresa se est? convirtiendo en un kamikaze. Mucho tiene que ver en ello la educaci?n que se recibe desde la ni?ez. Los alumnos en ese pa?s trabajan entre cuarenta y sesenta d?as m?s al a?o que los alumnos de los pa?ses europeos o de Am?rica, en sus cursos normales. Pero a este trabajo hay que sumar las horas extras o "jyuku" que se imparten incluso los domingos y que los alumnos las toman por la terrible presi?n social de aprobar sus materias.

Esta disciplina de trabajo es la que explica, por lo menos en gran parte, los excesos del japon?s maduro en sus labores. En el libro se presentan estad?sticas comparativas: los japoneses trabajan diez horas m?s a la semana que los trabajadores franceses y alemanes de la antigua Alemania Occidental. En estas comparaciones no se tienen en cuenta las horas que donan los trabajadores a su empresa m?s all? de lo debido por contrato y que lo hacen por lealtad o apego a su empresa.

Si a estos factores se a?aden las adicionales causas de fatiga y presi?n ps?quica -dos o tres horas diarias de transporte, el trabajo al fin de semana, las vacaciones reducidas, la falta de vida familiar, las comidas aceleradas, la poca satisfacci?n en el desempe?o de su trabajo, el temor al fracaso y el terror de no dar de s? cuanto de cada uno espera la empresa- a uno no le extra?a la alta incidencia de muertes entre los guerreros de empresa en el Jap?n.

En la Doctrina Social de la Iglesia, principalmente desde la Rerum Novarum a la Centesimus Annus se inculca repetidamente "que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo".


Publicado por mario.web @ 1:44
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