Martes, 03 de mayo de 2011
La ?tica filos?fica cl?sica, que fue integrada en el cristianismo desde su comienzo, advierte que la bondad de una acci?n depende no s?lo de ella misma ?del tipo de acci?n que sea?, sino tambi?n de las circunstancias, de los efectos resultantes, de las al
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La perversa teor?a del fin bueno
La perversa teor?a del fin bueno
-- Un c?lculo corrupto en el fondo del debate sobre el certificado de asesoramiento previo al aborto en Alemania.
-- El deber de una omisi?n incondicional
-- Una ?tica estrat?gica no es ?tica
-- ?Es ego?smo moral tener la bata limpia de sangre?


En el a?o 1952 el Tribunal Supremo alem?n conden? a dos m?dicos por cooperaci?n al homicidio. Los m?dicos, durante el a?o 1941, hab?an tomado parte en la campa?a gubernamental de eutanasia masiva para los enfermos mentales. Hab?an elaborado listas de enfermos, entreg?ndolos as? a la muerte. Ante el Tribunal quisieron hacer valer de forma incontestable que s?lo hab?an cooperado en la acci?n homicida para salvar a una parte de los enfermos que estaban amenazados de muerte. De hecho, hab?an excluido de las listas, aproximadamente un 25% de enfermos, infringiendo as? las disposiciones vigentes. Con su conducta hab?an librado de una muerte segura en la c?mara de gas a otros pacientes, poni?ndolos a salvo o aloj?ndolos en establecimientos confesionales.

Estos m?dicos fueron absueltos en la primera instancia judicial, acept?ndose las alegaciones mencionadas. Sin embargo, el Tribunal Supremo federal revoc? la resoluci?n absolutoria y fundament? su fallo del siguiente modo: ?Cuando est?n en juego vidas humanas, sostener la oportunidad de aplicar el principio del mal menor en atenci?n a valores efectivos razonables, as? como intentar hacer depender la legitimidad jur?dica de la acci?n del resultado global de la misma desde una perspectiva social, se opone a la cultura que mantiene la ense?anza moral cristiana acerca del ser humano y su ?ndole personal?.

Los acusados ?no habr?an actuado en desacuerdo con la opini?n mantenida entonces por los m?dicos m?s responsables y serios si se hubiesen negado a participar en la matanza de enfermos mentales, al precio de ser apartados de cualquier puesto de inter?s decisorio dentro de la maquinaria del exterminio?. El caso es que, como el juicio puso de manifiesto, hubo muchos m?dicos honestos que prefirieron dejar sus puestos de especialistas cl?nicos antes que cooperar, aun indirectamente, en la masacre de inocentes.

Los tiempos han cambiado. Los ?patrones culturales dominantes? ya no est?n orientados por la ense?anza moral cristiana que, por su parte, pose?a elementos comunes con las doctrinas judaica, griega y romana.

Buena parte de los herederos de esa ense?anza, y que tienen la misi?n de transmitirla, renuncian precisamente a seguir haci?ndolo. Los m?dicos que entonces se apartaron de toda cooperaci?n en el exterminio ?aun trat?ndose de una cooperaci?n remota? y desistieron de cualquier intento de influir en el proceso, hoy ser?an censurados en Alemania por ciertos obispos cat?licos, pues para tales m?dicos es mucho m?s congruente con su ?bata blanca? esa postura ?tica que la de contribuir a salvar el mayor n?mero posible de vidas amenazadas y a rebajar la cifra total de muertos. Igualmente les censurar?a el ?Comit? Central de los cat?licos alemanes?, incluso les acusar?a del delito de omisi?n de auxilio, por su irresponsable retirada. El Papa, uno de los ?ltimos defensores de la vieja ?tica, con dos milenios y medio de antig?edad, ha sido cuestionado por algunos obispos alemanes por el hecho de que miles de no nacidos sean abandonados a la muerte. La respuesta cl?sica a esta cuesti?n es clara. Nadie tiene responsabilidad de lo que sin su intervenci?n sucede, siendo as? que esto s?lo podr?a evitarse haciendo algo que no le incumbe hacer.

El deber de una omisi?n incondicional

Todo el mundo reconoce que nadie puede ser censurado por omitir una acci?n que le era f?sicamente imposible realizar, como por ejemplo en el caso de que no tuviera manos. El modo de pensar europeo ?aunque no s?lo de los europeos? siempre tuvo en cuenta que existen acciones que no es posible realizar moralmente. No existe responsabilidad alguna por lo que sucede sin poderlo evitar mediante tales acciones. Los m?dicos que no participaron en aquel asunto de la eutanasia, se encontraron como si carecieran de manos para rellenar las listas. El viejo legislador romano ten?a, para esto, la cl?sica f?rmula: ?Las acciones que contradicen las buenas costumbres han de considerarse como aquellas que nos es imposible llevar a cabo? (Digesto XXVII). Se podr?a comparar la quintaesencia de ese pensamiento con la f?rmula popular de que el fin no justifica los medios.

Esta concepci?n ser? calificada por sus nuevos adversarios como fundamentalismo ?tico. Seg?n ellos, el fundamentalista ?tico es quien piensa que hay algo a lo que no est? dispuesto, aunque est? en juego el m?s noble de los fines. En Europa, el arquetipo literario de dicho ?fundamentalismo? ha sido siempre Ant?gona, cuya convicci?n de que estaba obligada a sepultar a su hermano, fundada en una tradici?n inmemorial, no se subordinaba a la raz?n de Estado. La ?tica filos?fica cl?sica, que fue integrada en el cristianismo desde su comienzo, advierte que la bondad de una acci?n depende no s?lo de ella misma ?del tipo de acci?n que sea?, sino tambi?n de las circunstancias, de los efectos resultantes, de las alternativas disponibles y de las intenciones subjetivas de quienes toman parte en ella.

Existen, no obstante, acciones cuya intr?nseca malicia es perfectamente reconocible aun sin un conocimiento previo de las circunstancias, de las intenciones y motivaciones subjetivas. Son siempre reprobables, y el prop?sito de alcanzar un fin bueno a trav?s de semejantes acciones nunca puede ser un buen prop?sito. El fin bueno no hace bueno al mal medio.

De aqu? se infiere que no son v?lidos los imperativos que previamente desconsideran las circunstancias y que, m?s bien al contrario, existen mandatos incondicionales de omisi?n: hay cosas que el hombre debe estar dispuesto a no hacer. ?Ese hombre es capaz de todo? es, ciertamente, una buena tarjeta de presentaci?n en los reg?menes totalitarios y en las bandas mafiosas. Para las personas normales, se trata de una advertencia, de una se?al de peligro. Y lo mismo para la ?tica filos?fica cl?sica, para Arist?teles, Tom?s de Aquino, Kant o Hegel. Contraponerlas como ??tica de la convicci?n? (Gesinnungsethik) y ??tica de la responsabilidad? (Verantwortungsethik), en el sentido de Max Weber, es errar la punter?a.

La cuesti?n no es si asumimos una responsabilidad por las consecuencias de nuestras acciones y omisiones, sino m?s bien a qu? se refiere esa responsabilidad y si ella nos alcanza. Por eso la noci?n de ??tica teleol?gica? (teleologische Ethik) resulta tambi?n inadecuada como rasgo diferenciador.

Toda ?tica es teleol?gica en tanto que se refiere a acciones que son siempre teleol?gicas, es decir, que tienen un fin. El car?cter incondicionado de ciertos deberes de omisi?n descansa en que tenemos una responsabilidad preferente frente a los efectos por los que se define nuestra respectiva acci?n, as? como frente a quienes est?n afectados inmediatamente por tales efectos. Determinadas acciones son, sin embargo, con independencia de sus consecuencias posteriores, incompatibles con esa responsabilidad.

La acci?n de excluir a alguien de la lista para el exterminio, en el caso de los m?dicos mencionados al principio, afectaba directamente a quienes hab?an sido seleccionados para morir. De ah? que la acci?n sea irresponsable, aunque la contrapartida fuera que otros pudieron salvarse por ella.

En esta distinci?n se fundamenta el que la omisi?n de una acci?n reprobable sea una obligaci?n absoluta, an?loga a la de evitar o combatir cierta conducta. Quien considera el aborto como algo reprobable, nunca debe prestarle su cooperaci?n. El deber que el Estado tiene de impedirlo es ciertamente un deber de rango superior, pese a la notoria insuficiencia de nuestra legislaci?n en este punto. No obstante, ese deber ha de considerarse como la obligaci?n de una intervenci?n positiva con un tipo de incondicionalidad distinto al que corresponde al deber de omisi?n. El deber de intervenir siempre est? sujeto a una ponderaci?n en la que se tiene en cuenta que el principio del mal menor tiene un puesto leg?timo, que sin embargo no entra en juego cuando se trata del deber de omisi?n.

Max Weber lo expuso claramente con el ejemplo del pacifista. Quien considera reprobable cualquier muerte, incluso en tiempo de guerra, puede negarse justificadamente a prestar el servicio militar. Weber sent?a mayor respeto por la ??tica de la convicci?n?, frente a quienes se alinean hoy con la mayoritaria ??tica de la responsabilidad?, mientras no se politice la cuesti?n. Ahora bien, quien no s?lo se niega a prestar el servicio militar, sino que trata de manipular pol?ticamente la insumisi?n, se hace responsable de sus consecuencias, ya que se convierte en autor de aqu?lla. Si consigue, aunque s?lo sea debilitar las fuerzas armadas de su propio pa?s, sin llegar desde luego a suprimirlas completamente, podr? ser tambi?n responsable del estallido de la guerra, como fue el caso de los movimientos pacifistas occidentales antes de la segunda guerra mundial. En el contexto de estas ideas radica el sentido de la distinci?n propuesta por Weber.

Cuando Tom?s Moro renunci? a su puesto de Lord Canciller y volvi? a su vida privada, sigui? exactamente ese mismo principio. Reprob? el cisma de la iglesia de Inglaterra; no quiso contribuir de ninguna forma a su separaci?n de la de Roma. Pero no se sent?a obligado a actuar en contra como un pol?tico activo, conociendo sobre todo lo in?til de tal intento, pues a la hora de intervenir siempre se piensa en la posibilidad de ?xito. Tom?s Moro no estaba interesado en un in?til comando suicida. Si finalmente fue ejecutado, al no permit?rsele vivir en paz ni tan solo como una persona privada, lo fue porque se esperaba de ?l una confesi?n que no concedi? por ser incompatible con su conciencia. ?l no se sinti? llamado a hacer de h?roe, que muere entregando su vida por una causa.


Una ?tica estrat?gica no es ?tica

Sin embargo, ?l estaba preparado para morir si en ello consist?a el precio por la omisi?n de algo que consideraba reprobable. Y tampoco se dej? arrastrar por las sugestiones de su hija, que dec?a que finalmente todos los obispos de Inglaterra, con excepci?n de unos pocos, no ve?an la reprobaci?n que s? ve?a Moro. ?ste se apoyaba en el amplio consenso alcanzado por la cristiandad en los ?ltimos mil quinientos a?os, consenso que ha sido quebrado, en lo que se refiere a la definici?n de las acciones buenas y malas, en el campo de la ?tica filos?fica desde hace m?s de cien a?os.

En el seno de la doctrina moral cat?lica se ha roto desde hace m?s tiempo incluso, y en el de la teolog?a moral cat?lica desde hace unas d?cadas. No hay lugar aqu? para ocuparnos de las causas de estas quiebras. El hecho es que en el debate sobre el certificado de asesoramiento que se exige como condici?n del aborto legal en Alemania, ambas partes se acusan rec?procamente de falta de respeto a la vida humana ?una, por cooperaci?n a la muerte, otra por omisi?n de la prestaci?n de ayuda?, lo que hace que esa fractura se manifieste abiertamente sin que las partes en litigio le den su verdadero nombre.

Quiz?s pueda destacarse m?s claramente la distinci?n acudiendo a Kant, si bien este autor no puede ser considerado como un representante cabal de la ?tica cl?sica. Kant propone considerar las acciones desde el punto de vista de si pueden ser representadas como parte de un orden general de la vida digno del hombre.

La nueva ?tica, en cambio, propone preguntarse si una acci?n es id?nea para producir un cierto estado de cosas humanamente digno. A lo que nosotros hoy denominamos buenas acciones, los griegos las llamaban ?bellas? acciones, es decir, aquellas que se conciben en s? mismas como justas y, por ello, como posibles partes de un orden de vida justo. La nueva ?tica, por el contrario, considera buena una acci?n si el conjunto de sus efectos resulta m?s deseable que el conjunto de resultados que se deriven de cualquier otra alternativa disponible.

La nueva ?tica juzga las acciones como parte de una estrategia. La acci?n moral va a ser entonces una acci?n estrat?gica. Esta forma de pensar, que en un principio se denominaba corrientemente ?utilitarismo?, tiene su origen en el pensamiento pol?tico. Bentham, padre del utilitarismo, ten?a ante los ojos la pol?tica social. Y aqu? se encuentra el ?mbito leg?timo origen de esa forma de pensamiento. La pol?tica es siempre utilitarista, y si existen l?mites al utilitarismo, entonces se trata de los l?mites que hay que poner a la pol?tica, de l?mites ?ticos. Bentham cre?a asimismo disponer de un claro concepto determinante de la utilidad, el placer, y a ser posible con la mayor cantidad posible de bienestar subjetivo.

Cuando John Stuart Mill introduce criterios cualitativos en semejante concepto del bienestar, afirmando ser preferible un S?crates infeliz que un cerdo feliz, entonces se da ya un paso m?s all? del utilitarismo pol?tico. Posteriormente, G.E. Moore cuestion? el principio hedonista del inter?s utilitario, as? como el que ?ste hubiese asumido como objetivo de la estrategia ?tica el incremento del contenido axiol?gico del mundo. Tal ?utilitarismo ideal? fue el que produjo, en los a?os sesenta, la orientaci?n consecuencialista en la teolog?a moral cat?lica, cooperando en la irrupci?n de una visi?n moral de car?cter estrat?gico enmascarada tras el equ?voco concepto de una ??tica teleol?gica?.

Antes de que esta ruptura encontrara su primera expresi?n dram?tica sociol?gicamente relevante en el asunto del certificado alem?n, ya se hab?a hecho reconocible a los observadores a trav?s de t?midas manifestaciones. As?, por ejemplo, en las plegarias de la Iglesia ya no se ped?a a Dios, como una d?diva suya, que nos haga justos, pac?ficos y valientes, sino m?s bien que nos ?predisponga? en favor de la justicia, la paz y los derechos humanos, etc., lo cual, seg?n la nueva ?tica, se puede conseguir sin necesidad de poseer las virtudes antes rese?adas. A la luz de la ?tica estrat?gica, el cuidado de la propia salvaci?n ?que constitu?a una preocupaci?n central, tanto para la filosof?a antigua como para el Cristianismo? aparece como una forma de ego?smo espiritual.

?Es ego?smo moral tener la bata limpia de sangre?

Jean-Paul Sartre formul? constantemente este reproche contra el ?inter?s por una conciencia limpia?, y finalmente lo hizo en los inacabados Cahiers pour une morale. En todo caso, esa advertencia la hab?a limitado a los ateos. Seg?n ?l, ?stos estaban obligados por el consecuencialismo radical, y nadie pod?a arrebatarles la responsabilidad respecto del mejoramiento del mundo. Para quien persiga ese objetivo valen las palabras de Lenin: ?Todo nos est? permitido?. Para los creyentes es v?lida otra cosa, a?ade Sartre. Ellos reconocen, en primer lugar, que el destino del mundo est? en las manos de Dios. Si se empe?an, seg?n las palabras del Ap?stol Pablo, en ?conservarse sin mancha ante el mundo?, entonces no se trata de ego?smo moral, pues ellos asumen una responsabilidad ante Dios por su propia vida. Dicha responsabilidad se confirma cuando intentan que sus acciones sean ?bellas? (decorosas). A m? me parece que Sartre comprendi? mejor que ciertos te?logos lo que supone las consecuencias morales de la fe en Dios.

Volvamos nuevamente a los argumentos obrantes en el conflicto sobre el certificado del asesoramiento en Alemania, ejemplo actual y muy controvertido del planteamiento consecuencialista. Parece en primer lugar que se trata de salvar vidas humanas, y precisamente mediante un compromiso que se asume en relaci?n al aborto despenalizado a trav?s de un asesoramiento previo. Y tambi?n con el objetivo de ?no dejar a las mujeres en la estacada?, allan?ndoles el camino para el aborto a las que lo deseen. Aqu? est?n en juego, evidentemente, dos diferentes objetivos que se engarzan de manera ingeniosa. Pero, ?d?nde est? escrito que la Iglesia deba estar interesada, ante todo, en evitar la muerte prematura?

El primer inter?s de la Iglesia es la ?salvaci?n de las almas?, no el ?derecho a la vida?, proteger el cual es una misi?n del Estado. En la medida en que se delegue esa protecci?n en la Iglesia, ambas instituciones acaban corrompi?ndose. En el asesoramiento eclesi?stico de ninguna manera se pone en primer lugar a los ni?os, sino m?s bien a las mujeres. La muerte prematura no existe en ning?n caso sub specie aeternitatis. Ahora bien, al matar se produce el suicidio espiritual. Deja a una mujer en la estacada quien coopera a ese suicidio espiritual. De este modo se est? ya programando el futuro certificado eclesi?stico para la eutanasia.

Esto es as?, en todo caso, si el aborto es lo que los cristianos creen que es, algo reprobable, tanto para el cristianismo como para S?crates, cuyo an?lisis filos?fico se ha convertido durante dos mil a?os en patrimonio com?n, pese al hecho de que pareci? escandaloso a sus contempor?neos: obrar injustamente es siempre mucho peor para los que cometen la injusticia que para quienes la padecen.

El consecuencialismo contin?a siendo, hoy en d?a, un paradigma dominante en la teolog?a moral cat?lica en Alemania, a pesar de que el Papa Juan Pablo II haya hecho una cr?tica detallada a este tipo de ?tica en su enc?clica Veritatis splendor, se?alando adem?s su incompatibilidad con la ense?anza cristiana. La incompatibilidad de ambas morales se puso claramente de manifiesto, de manera ejemplar, en el per?odo en el que se proyect? un nuevo certificado de asesoramiento en el que deb?a hacerse constar expresamente que no pod?a emplearse para el aborto despenalizado. Este fue nuevamente rechazado, ya que los portadores del certificado de referencia amenazaban con demandar al Estado en el caso de que mantuviera ese texto y ya no fuera reconocido, en cuanto certificado eclesi?stico, como aval para la realizaci?n del aborto. El escarnio p?blico no se hizo esperar, pero la burla y la protesta desde casi todos los sectores tradujeron realmente el panorama tr?gico de la cuesti?n, es decir, el fracaso del intento de forzar una compatibilidad entre dos formas irreconciliables de ?tica.

En la discusi?n filos?fica hubo de considerarse el consecuencialismo como algo superado desde hac?a tiempo. Ese modelo no es capaz de ayudarnos a formular te?ricamente nuestras intuiciones morales elementales. En este sentido, John Rawls ya demostr? c?mo la exigencia de justicia no puede fundarse desde el consecuencialismo. Las consecuencias de una legislaci?n pueden ser muy ventajosas en determinadas circunstancias para la mayor?a, mientras una minor?a puede ser privada de sus derechos por esa legislaci?n. La objeci?n de que dicha ventaja pudiera no constituir una aut?ntica ventaja, ya que est? acompa?ada por una corrupci?n moral, no le afecta al consecuencialismo. Es decir, el consecuencialismo s?lo puede incluir, seg?n su c?lculo, valores extramorales, pues de lo contrario tendr?a que argumentar de forma circular: moralmente bueno es todo aquello que promueve un bien moral.

Una debilidad a?adida a esta argumentaci?n estrat?gica reside en que descubre que no disponemos de suficiente informaci?n para poder juzgar acerca de una optimizaci?n a largo plazo. Los futur?logos, que creen saber m?s del futuro que las personas corrientes, tendr?an que exigirles a ?stas que delegaran en ellos su conciencia. As?, el consecuencialismo constituye una inhabilitaci?n moral de las personas corrientes. De nuevo el certificado del que venimos hablando supone un buen ejemplo. La cooperaci?n al aborto puede servir quiz? para impedir otros abortos, pero con gran probabilidad la presentaci?n del certificado obtenido de instituciones cristianas sirve para debilitar la conciencia de lo injusto y de ese modo contribuye, a la larga, a multiplicar los abortos. Y es que, precisamente por medio de ese certificado, tambi?n se le arrebata al Estado su deber de protecci?n constitucional.

Por regla general, los consecuencialistas son, asimismo, inconsecuentes. Sencillamente rechazan de todo punto y de forma concluyente aceptar las responsabilidades por las amplias consecuencias que se producen. El consecuencialismo, entonces, no puede responder de sus propias consecuencias. Esta contradicci?n interna, que ha desarrollado, por ejemplo, Julian Nida-R?melin en su Cr?tica del consecuencialismo (1993) con matem?tica precisi?n, supone tambi?n su refutaci?n. Una sociedad compuesta de puros estrategas privados, que subordina su acci?n comunicativa y su capacidad de mantener los compromisos al c?lculo optimizador, quedar?a paralizada. Adem?s, el consecuencialismo promueve la extorsi?n, pues un consecuencialista debe estar siempre preparado para cometer un homicidio si se le amenaza con que, en caso de negarse, morir?an diez personas: solamente a un consecuencialista se le puede amenazar con esto, y en este sentido aparece nuevamente el ejemplo del certificado de asesoramiento mencionado. Se intenta extorsionar a la Iglesia con la amenaza de que sin su cooperaci?n morir?an m?s ni?os. Quien participa de la deforme concepci?n consecuencialista de responsabilidad, tiene que sucumbir a dicha extorsi?n. La realidad es que, por una parte, ning?n hombre puede vivir a la larga con ese concepto de responsabilidad sin corromperse moralmente y, por otra, sin sentirse permanentemente presionado.

Si nuestro deber se limita siempre a perseguir un programa de optimizaci?n, no nos estar? permitido hacer casi nada m?s, sencillamente porque con aquel programa nos quedamos tranquilos y toda creatividad queda ahogada en ese c?lculo. De todas formas, aqu? es v?lido el dicho de que ?lo mejor es enemigo de lo bueno?. Si siempre mantenemos el criterio de ?lo mejor posible?, seg?n el punto de vista de las consecuencias, entonces dejaremos de preocuparnos m?s ante una reflexi?n tan simple.

El Ap?stol Pablo condena en la Carta a los Romanos la m?xima: ?Perm?tenos hacer el mal de modo que salga de ?l algo bueno?. Los consecuencialistas no se sienten aludidos por esa condena; m?s bien al contrario, asumen la tesis de que lo que Pablo ah? condena no se da realmente. O sea, que ellos han redefinido lo bueno y lo malo: moralmente bueno es lo que tiene consecuencia buena. La frase de Mefist?feles: ?Yo soy una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal, pero siempre procura el bien?, ser?a aplicable ?nicamente a los que no saben que est?n procurando el bien. Mefist?feles, que lo sabe ?por eso ?l dice que s? es eo ipso bueno.

Arist?teles ha introducido una distinci?n conceptual cuyo alcance no debe ser desestimado: la que se da entre ?po?esis? y ?praxis?, entre producir y actuar. El producir posee la medida de su rectitud en algo distinto del mismo producir, en un objeto producido o en una situaci?n causada, mientras que la rectitud del actuar, por el contrario, radica en ?l mismo, en su adecuaci?n a una situaci?n, en su inserci?n dentro del plexo de las relaciones morales, en su ?belleza?. La rectitud del producir viene juzgada por el ?arte?, que los griegos denominan techn?, mientras que la rectitud del obrar viene dada por la ?tica. Naturalmente, todo producir se halla inscrito por su parte en un contexto pr?ctico, y por ello tampoco est? exento de una evaluaci?n moral.

?Qu? es lo que acontece, sin embargo, cuando la ?tica comienza a entenderse como t?cnica, como estrategia, como arte de la optimizaci?n? Lo que entonces ocurre es que se suprime la instancia que pone l?mites a la prosecuci?n de nuestros objetivos. Se suprime lo que para los griegos representaban esos l?mites, el pudor ??qu? cara se pone cuando se dice algo as??, pregunta Neoptolomeo a Odiseo cuando le propone acabar con el amigo Filoctetes mediante una mentira para salvar a los griegos de Troya?; s?lo queda entonces un imperativo: perseguir los fines buenos oportunamente, por lo que, con todo ello, finalmente desaparecen las que Hegel llamaba ?relaciones morales?. En efecto, entre el que da su palabra y el que la recibe se establece una relaci?n de este tipo. La obligaci?n de mantener un compromiso nace de la palabra dada, y se trata de un compromiso frente a aquel a quien se le hizo la promesa. Para los consecuencialistas s?lo existen obligaciones respecto a personas individuales de un modo indirecto. El aut?ntico objeto de la moral s?lo ser?a ?lo mejor?, tomado gen?ricamente. La posibilidad de fiarse de un compromiso representa, no obstante, un elemento importante en la convivencia humana, y la perturbaci?n de esa confianza perjudica ese elemento. El deber de mantener un compromiso se deriva, para los consecuencialistas, del deber de la optimizaci?n. ?sta constituye una responsabilidad para el mantenimiento de la importante instituci?n del compromiso. Pero, por ejemplo, quien se compromete a solas ante la petici?n de un moribundo, puede prometer lo que quiera, dada la circunstancia de estar sin testigos, sin sentirse vinculado en todo caso por la muerte del interlocutor. Promesa y ruptura de ?sta quedan, pues, sin consecuencias.

Esto no es precisamente lo que la gente corriente entiende como moral, pero el consecuencialista tiene que encontrar tambi?n correcto que la gente corriente no piense de un modo consecuencialista. Esta gente podr? pensar tranquilamente en categor?as de relaciones morales y seguir unas reglas normativas como si ?stas contuviesen en s? mismas alguna importancia. Esto no puede ser sino una ventaja. El fil?sofo o te?logo consecuencialista conoce, no obstante, el arcano de la moral, y ese conocimiento lo eleva por encima de las personas corrientes. ?Todo le est? permitido?, y las normas morales le supeditan de la misma manera que a los peatones la prohibici?n de cruzar el sem?foro en rojo. En buena ley, deber?an respetarse, pero no hace falta, si las infracciones carecen de consecuencias, por ejemplo si es de noche y se cruza la calle sin ni?os. Ejemplo de una regla t?cnica, que solamente tiene consecuencia moral de modo secundario.

Tom?s de Aquino dio en su Summa Theologiae un ejemplo convincente para fundamentar las normas morales que tiene conexi?n con lo que he denominado ?relaciones morales? en Hegel. Tom?s describe el caso de un hombre buscado por un delito. ?Habr? que auxiliarle, o m?s bien habr? que ayudar a la polic?a? Tom?s responde: depende de las responsabilidades concretas. El gobernante ha de pensar en la eficacia policial, y la mujer del delincuente debe ayudar a su marido a ocultarse, pues ella es responsable del ?bienestar particular de su familia?, mientras que el gobernante, por el contrario, ha de responsabilizarse del ?bien p?blico del Estado?. Ambos, seg?n y c?mo, deben respetar el deber del otro; la mujer no puede convertirse en terrorista, y el juez no puede perseguirla por ?obstrucci?n a la justicia?. (De este modo puede el Estado, cumpliendo con su deber, hacer disminuir el n?mero de los abortos, y la Iglesia, cumpliendo con el suyo, no cooperar en ninguno de ellos, no poniendo en pr?ctica ninguna de las conductas cuyo resultado es el aborto).

El derecho moderno de los Estados libres contempla, por lo dem?s, esa misma concepci?n. Ni el juez ni la mujer del delincuente antes mencionados saben lo que el consecuencialista afirma saber: que, en realidad, al final ocurrir? lo mejor para todos. Tom?s dice: eso s?lo lo sabe Dios. ?l es el ?nico que cuida por el ?bien del universo?. A nadie le est? permitido suplantar a Dios, pues tampoco nadie conoce lo suficiente. G.E. Moore, el fundador del ?consecuencialismo axiol?gico?, ha reconocido como ning?n otro de sus sucesores el car?cter ut?pico de esta teor?a, cuando dice que desconocemos fundamentalmente las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones, por lo cual, como consecuencialistas, tampoco podemos conocer lo que sea lo moralmente bueno. No nos queda m?s que aceptar que los resultados ben?ficos a corto y medio plazo tambi?n lo sean a la larga. Pero, contin?a Moore, no podemos afirmar tajantemente que las cosas no puedan ser de otra forma.

Que lo bueno tenga consecuencias buenas no lo consideraban Kant y Fichte como una verdad anal?tica, como hacen los consecuencialistas, sino como una cuesti?n religiosa, de fe en un gobierno divino del mundo. En lugar de querer lo que Dios quiere que suceda ?y esto ?nicamente lo podemos conocer a posteriori? debemos, como afirma Tom?s de Aquino, querer lo que Dios quiere que queramos. Esto, a diferencia de lo primero, s? podemos conocerlo, pues la raz?n pr?ctica nos ilustra sin ning?n esfuerzo moral de predicci?n.




Traducci?n: Jos? Mar?a Barrio Maestre y Ricardo Barrio Moreno
Publicado en Frankfurter Allgemeine Zeitung (Bilder und Zeiten), edici?n del 23.X.1999.
Facilitado a Arvo Net por Gibio?tica.com

Publicado por mario.web @ 2:00
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