Martes, 03 de mayo de 2011
Interesante ensayo realizado por Rafael Termes, en el que explora la posici?n de la Iglesia y el papel que desempe?? Juan Pablo II en el marco del Orden Econ?mico Mundial.
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Juan Pablo II y el Orden Econ?mico Mundial
Juan Pablo II y el Orden Econ?mico Mundial
El Papa Juan Pablo II, cuyos 25 a?os de Pontificado est? celebrando todo el orbe cat?lico, siguiendo la l?nea de todos sus predecesores, ha afirmado m?s de una vez, que ?la Iglesia no propone sistemas o programas econ?micos y pol?ticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo. Pero la Iglesia ?sigue diciendo Juan Pablo II- es experta en humanidad, y esto la mueve a extender necesariamente su misi?n religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de personas?. ?Por esto la Iglesia tiene una palabra que decir (...) y a este fin utiliza como instrumento su doctrina social?. ?La doctrina social de la Iglesia ?concluye el Pont?fice- no es, pues, una tercera v?a entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categor?a propia. No es tampoco una ideolog?a, sino la cuidadosa formulaci?n del resultado de una atenta reflexi?n sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradici?n eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio ense?a acerca del hombre y su vocaci?n terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece ?la doctrina social- al ?mbito de la ideolog?a, sino al de la teolog?a, y especialmente de la teolog?a moral?.


Y ?d?nde est? contenida esta Doctrina Social de la Iglesia? En todo su multisecular Magisterio, pero de manera especial en los diez documentos capitales, aparecidos en los diez a?os que median entre Le?n XIII y Juan Pablo II, y que son: Rerum novarum (1891), Quadragesimo anno (1931), Mater et magistra (1961), Pacem in terris (1963), Gaudium et spes (1965), Populorum progressio (1967), Octogesima adveniens (1971), Laborem exercens (1981), Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991). Pues bien, de estos diez documentos, que cubren nueve Pontificados, tres de ellos, las Enc?clicas Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus, han emanado de la pluma de Juan Pablo II, poniendo de manifiesto, tambi?n en este campo, el extraordinario dinamismo de su Magisterio.


A estas tres enc?clicas voy, pues, a recurrir para abordar el tema que los organizadores del acto me han reservado y que tiene por t?tulo ?Juan Pablo II y el orden econ?mico mundial?, aunque dada la interconexi?n que existe entre la econom?a, en general, y la empresa, en particular, nada tendr?a de raro que, aun tratando de evitarlo, pudiera incidir en la materia que en la convocatoria aparece asignada a Antonio. Estoy seguro que, si as? sucediera, ser?a para coincidir. Si as? no fuere, servir?a, al menos, para el di?logo.


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En la Sollicitudo rei socialis, de la que proceden los p?rrafos que me han servido para definir lo que hay que entender por Doctrina Social de la Iglesia, cosa no balad? porque algunos usan este nombre para defender sus propias ideas sobre los modelos de organizaci?n econ?mica; en la Sollicitudo rei socialis, digo, se abordan temas de gran calado, como es la situaci?n de la Humanidad en el momento de publicarse el documento, que, seg?n afirma el Pont?fice, no respond?a a los supuestos de la Populorum progressio que Pablo VI hab?a suscrito veinte a?os antes, ya que ?la esperanza de desarrollo, entonces tan viva ?dice Juan Pablo II- aparece en la actualidad muy lejana de la realidad?. Otro tanto podr?a decirse hoy, transcurridos m?s de 15 a?os desde la Sollicitudo rei socialis, aunque, a mi juicio, si bien persisten las diferencias entre pa?ses ricos y pa?ses pobres, el desarrollo de unos y otros ha sido muy notable.


En la Sollicitudo rei socialis, entre otros temas que afectan al orden econ?mico mundial, el Papa aborda el problema de la deuda exterior de los pa?ses en desarrollo, que considera como uno de los indicadores espec?ficos del subdesarrollo. El Papa invita a los expertos a buscar soluciones a este problema a la luz de los principios ?ticos, pero, como no pod?a ser de otra forma, no dicta f?rmulas concretas a aplicar, ya que ?stas deben ser investigadas y propuestas por los t?cnicos. No pod?a, en efecto, ser de otra forma, ya que, seg?n ya record?, la Iglesia no tiene soluciones t?cnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal, como ya afirm? el Papa Pablo VI en su enc?clica Populorum progressio. A este prop?sito, en el que hoy no puedo detenerme, dediqu? un trabajo que figura como uno de los cap?tulos de la obra colectiva, coordinada por Aedos y publicada en 1990, sobre la Sollicitudo rei socialis.


Otro tema tratado en la Sollicitudo rei socialis es el de la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producci?n, pilar b?sico del sistema de econom?a de mercado. A este respecto, las citas del magisterio que legitiman tal propiedad son numeros?simas. Desde la Rerum novarum, donde leemos que ?poseer bienes en privado es derecho natural del hombre?; pasando por la Mater et magistra en la que Juan XXIII, declarando que se trata de un principio ense?ado y propugnado firmemente por sus predecesores, afirma que ?el derecho de propiedad privada, aun en lo tocante a bienes de producci?n, tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza; hasta la Laborem exercens y la Centesimus annus, documentos en los que Juan Pablo II recuerda que desde la declaraci?n contundente de Le?n XIII, en contra del socialismo de su tiempo, ?este derecho ?a la propiedad privada- fundamental en toda persona para su autonom?a y su desarrollo ?son palabras del Papa- ha sido defendido siempre por la Iglesia hasta nuestros d?as?.


Ahora bien, es tradici?n igualmente constante del Magisterio que el derecho a la propiedad privada, reconocido como de car?cter natural, ?no es un derecho absoluto? ?en palabras de la Centesimus annus- ya que en su naturaleza de derecho humano lleva inscrita la propia limitaci?n. Pero, es precisamente Juan Pablo II quien en la Sollicitudo rei socialis desarrolla de manera excelente ?en mi opini?n- la conexi?n que existe entre, por un lado, el legado de car?cter abstracto que Dios, en el origen, otorg? a favor de todos los hombres, al darles el dominio sobre todas las cosas de la tierra y, por otro lado, el necesario r?gimen de propiedad privada, para que el dominio natural de todos los hombres sobre las cosas creadas pueda ser real y no te?rico, eficiente y no conflictivo, de acuerdo con la doctrina aristot?lica, magistralmente sintetizada en las tres razones dadas por Santo Tom?s.


As? es. Juan Pablo II hace esta conexi?n cuando, en la Sollicitudo rei socialis, escribe: ?Es necesario recordar una vez m?s aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo est?n originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es v?lido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee como cualidad intr?nseca, una funci?n social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes?. Observemos, en primer lugar, que el empleo de la palabra ?hipoteca? para referirse al uso y destino de los bienes materiales, reafirma la doctrina tradicional cat?lica sobre el derecho a la propiedad privada, ya que sin propiedad no hay posibilidad de hipoteca para responder de las obligaciones del propietario respecto de su acreedor. Pero en la Sollicitudo, como dice el profesor Jos? Antonio Doral, de la Universidad de Navarra, parecen invertirse los t?rminos: toda propiedad est? justificada desde la hipoteca social. El tener sirve al ser o, lo que es lo mismo, el designio social es preeminente. No hay propiedad sin hipoteca. Luego todo propietario es, por definici?n, deudor social. En el pensamiento de Juan Pablo II el cr?dito ?precede? ontol?gicamente a la propiedad, a toda propiedad. En la ra?z misma de la disposici?n, inherente al dominio sobre los bienes, sean ?stos de la cuant?a y calificaci?n que sean, est? el ingrediente de su alteridad, el provecho de los dem?s.


Esto es precisamente lo que, en el sistema de econom?a de mercado, tiene lugar cuando los bienes pose?dos en privado son destinados al proceso de producci?n, creando puestos de trabajo y rentas para los dem?s. La avaricia atesoradora de bienes, sin provecho para nadie, o el despilfarro de los mismos, con injuria de los necesitados, no forman parte del esp?ritu del aut?ntico empresario que est? marcado por la magnificencia del que arriesga.


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Otro aspecto importante del pensamiento de Juan Pablo II en el orden econ?mico es el que se refiere al trabajo, materia a la que dedica extensos apartados de la Laborem exercens, donde, casi al inicio, afirma que ?la Iglesia est? convencida de que el trabajo constituye una dimensi?n fundamental de la existencia del hombre. La Iglesia halla ya en las primeras p?ginas del libro del G?nesis la fuente de su convicci?n seg?n la cual el trabajo constituye una dimensi?n fundamental de la existencia humana sobre la tierra. El an?lisis de estos textos ?sigue diciendo el Papa- nos hace conscientes a cada uno del hecho de que en ellos ?a veces aun manifestando el pensamiento de una manera arcaica- han sido expresadas las verdades fundamentales sobre el hombre, en el contexto mismo del misterio de la Creaci?n. Estas son las verdades que deciden acerca del hombre desde el principio y que, al mismo tiempo, trazan las grandes l?neas de su existencia en la tierra, tanto en el estado de justicia original como tambi?n despu?s de la ruptura de la alianza original del Creador con lo creado, provocada por el pecado del hombre. Cuando ?ste, hecho a imagen de Dios... var?n y hembra, siente las palabras: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla, aunque estas palabras no se refieran directa y expl?citamente al trabajo, indirectamente indican, sin duda alguna, que se trata de una actividad a desarrollar en el mundo. M?s a?n, demuestran su misma esencia m?s profunda. El hombre es imagen de Dios, entre otros motivos, por el mandato recibido de su Creador de someter y dominar la tierra. En la realizaci?n de este mandato, el hombre, todo ser humano, refleja la acci?n misma del Creador del Universo?. Hasta aqu? las palabras del Papa, sobre la misi?n conferida por Dios al hombre en orden al trabajo.


Pero la novedad del pensamiento de Juan Pablo II, en materia de trabajo,es la que surge cuando nos hace caer en la cuenta de la diferencia que existe entre trabajo en sentido objetivo y trabajo en sentido subjetivo. As?, en el n?mero 5 de la enc?clica nos dice que ?la universalidad y a la vez esta multiplicidad del proceso de someter la tierra iluminan el trabajo del hombre, ya que el dominio del hombre sobre la tierra se realiza en el trabajo y mediante el trabajo. Emerge as? el significado del trabajo en sentido objetivo, el cual halla su expresi?n en las varias ?pocas de la cultura y de la civilizaci?n. El hombre domina ya la tierra por el hecho de que domestica los animales, los cr?a y de ellos saca el alimento y vestido necesarios, y por el hecho de que puede extraer de la tierra y de los mares diversos recursos naturales. Pero mucho m?s somete la tierra, cuando el hombre empieza a cultivarla y posteriormente elabora sus productos, adapt?ndolos a sus necesidades?.


Aqu? acaba la cita. Pero tras un recorrido sobre la evoluci?n de esta actividad del hombre para someter la tierra, desde la primitiva agricultura y la primera industrializaci?n, para llegar a la situaci?n actual en la que la t?cnica, en cierto modo, parece suplantar al hombre o, incluso, mediante la exaltaci?n de la m?quina, reduce al hombre a ser su esclavo, Juan Pablo II concluye este apartado de la Laborem exercens, afirmando que ?la ?poca reciente de la historia de la humanidad, especialmente la de algunas sociedades, conlleva una justa afirmaci?n de la t?cnica como un coeficiente fundamental del progreso econ?mico; pero, al mismo tiempo, con esta afirmaci?n han surgido y contin?an surgiendo los interrogantes esenciales que se refieren al trabajo humano en relaci?n con el sujeto, que es precisamente el hombre. Estos interrogantes ?dice el Papa- encierran una carga particular de contenidos y tensiones de car?cter ?tico y ?tico-social. Por ello, constituyen un desaf?o continuo para m?ltiples instituciones, para los Estados y para los gobiernos, para los sistemas y las organizaciones internacionales; constituyen tambi?n un desaf?o para la Iglesia?.


Y a recoger tal desaf?o encamina el Papa los p?rrafos siguientes de la enc?clica, en los cuales afirma que, ?a partir de la relaci?n del trabajo con las palabras de la Biblia, en virtud de las cuales el hombre ha de someter la tierra, hemos de concentrar nuestra atenci?n sobre el trabajo en sentido subjetivo, mucho m?s de cuanto lo hemos hecho hablando acerca del significado objetivo del trabajo. Si las palabras del libro del G?nesis, a las que nos referimos en este an?lisis ?dice el Papa- hablan indirectamente del trabajo en sentido objetivo, a la vez hablan tambi?n del sujeto del trabajo; y lo que dicen es muy elocuente y est? lleno de un gran significado?. ?El hombre ?sigue m?s adelante el Papa- debe someter la tierra, debe dominarla, porque como imagen de Dios es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de s? y que tiende a realizarse a s? mismo. Como persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona, ?l trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo; ?stas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas ellas a la realizaci?n de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocaci?n de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad?. ?As? -contin?a Juan Pablo II- ese dominio del que habla el texto b?blico que estamos analizando, se refiere no s?lo a la dimensi?n objetiva del trabajo, sino que nos introduce contempor?neamente en la comprensi?n de su dimensi?n subjetiva. El trabajo entendido como proceso mediante el cual el hombre y el g?nero humano someten la tierra, corresponde a este concepto fundamental de la Biblia s?lo cuando, al mismo tiempo, en todo este proceso, el hombre se manifiesta y confirma como el que domina. Ese dominio se refiere, en cierto sentido, a la dimensi?n subjetiva m?s que a la objetiva: esta dimensi?n condiciona la misma esencia ?tica del trabajo. En efecto, no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ?tico, el cual est? vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre, es decir, un sujeto que decide de s? mismo?.


Y concluye: ?En esta concepci?n desaparece casi el fundamento mismo de la antigua divisi?n de los hombres en clases sociales, seg?n el tipo de trabajo que realizasen. Esto no quiere decir que el trabajo humano, desde el punto de vista objetivo, no pueda o no deba ser de alg?n modo valorizado y cualificado. Quiere decir solamente que el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto?. Esta observaci?n de la Laborem excercens es muy importante, a mi juicio, para salir al paso de los que, pretendiendo ampararse en la Doctrina Social de la Iglesia, proclaman que el trabajo no puede ser tratado como una mercanc?a, cuyo valor se determina por la oferta y la demanda. La verdad, que el Papa desarrolla en la continuaci?n del p?rrafo al que me estoy refiriendo, es que, si bien el trabajo en sentido subjetivo escapa de esta ley, y el que trabaja, valga lo que valga lo que produce, ?l ha de ser valorado como corresponde a la dignidad de la persona humana, nada se opone a que el producto del trabajo sea valorado, es decir, pagado, con los criterios que determinan el justo precio de las cosas.


Las reflexiones que vengo comentando forzosamente han de conducir al Papa a tratar del importante tema de los frutos del trabajo no s?lo desde el punto de vista econ?mico sino tambi?n desde el punto de vista psicol?gico. Y as? es, en efecto. Despu?s de reafirmar, como ?un principio ense?ado siempre por la Iglesia, el principio de la prioridad del trabajo frente al capital, en el sentido de que, en el proceso de producci?n, el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el capital, siendo el conjunto de los medios de producci?n, es s?lo la causa instrumental?, Juan Pablo II a?ade que ?este postulado tiene importancia clave tanto en un sistema basado sobre el principio de la propiedad privada de los medios de producci?n, como en el sistema en que se haya limitado, incluso radicalmente, la propiedad privada de estos medios. El trabajo, en cierto sentido, es inseparable del capital, y no acepta de ning?n modo aquella antinomia, es decir, la separaci?n y contraposici?n con relaci?n a los medios de producci?n, que han gravado sobre la vida humana en los ?ltimos siglos, como fruto de premisas ?nicamente econ?micas. Cuando el hombre trabaja, sirvi?ndose del conjunto de los medios de producci?n, desea a la vez que los frutos de este trabajo est?n a su servicio y al de los dem?s y que en el proceso mismo del trabajo tenga la posibilidad de aparecer como corresponsable y coart?fice en el puesto de trabajo, al cual est? dedicado?. Es decir, como insiste el Papa, ?el hombre que trabaja desea no s?lo la debida remuneraci?n por su trabajo, sino tambi?n que sea tomada en consideraci?n, en el proceso mismo de producci?n, la posibilidad de que ?l, a la vez que trabaja incluso en una propiedad com?n, sea consciente de que est? trabajando en algo propio?.


A pesar de esa desiderata, a cuyo comentario dedica extensos p?rrafos de la Laborem exercens, Juan Pablo II concluye que ?el problema clave de la ?tica social es el de la justa remuneraci?n por el trabajo realizado?. Y remacha ?el salario, es decir, la remuneraci?n del trabajo, sigue siendo una v?a concreta, a trav?s de la cual la gran mayor?a de los hombres puede acceder a los bienes que est?n destinados al uso com?n: tanto bienes de la naturaleza como los que son fruto de la producci?n. Los unos y los otros se hacen accesibles al hombre del trabajo gracias al salario que recibe como remuneraci?n por su trabajo. De aqu? que, precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la verificaci?n concreta de la justicia de todo el sistema socio-econ?mico?.


Y a continuaci?n glosa extensamente lo que hay que entender por salario justo. Se trata de un tema complejo, al que se refiri? sint?ticamente P?o XI, en su Quadragesimo anno, donde despu?s de recordar que ?la cuant?a del salario habr? de fijarse no en funci?n de uno solo, sino de diversos factores, como ya expresaba sabiamente Le?n XIII?, desarrolla la idea, diciendo que ?ante todo, al trabajador hay que fijarle una remuneraci?n que alcance a cubrir el sustento suyo y el de su familia?. Pero acto seguido a?ade: ?Y si en las actuales circunstancias esto no siempre fuera posible, la justicia social postula que se introduzcan lo m?s r?pidamente posible las reformas necesarias para que se fije a todo ciudadano adulto un salario de este tipo?. Es decir, en lugar de reclamar la intervenci?n del Estado para imponer un salario m?nimo, P?o XI recurre a la justicia social, precisando que ?para fijar la cuant?a del salario deben tenerse en cuenta tambi?n las condiciones de la empresa y del empresario, pues ser?a injusto exigir unos salarios tan elevados que, sin la ruina propia y la consiguiente de todos los obreros, la empresa no podr?a soportar. ?Qui?n ignora, en efecto ?a?ade- que se ha debido a los salarios (...) excesivamente elevados el que los obreros se hayan visto privados de trabajo?.


En el pensamiento de P?o XI, asumido por el sucesivo Magisterio Pontificio, el salario justo debe cumplir con dos objetivos: uno, permitir la continuidad de la empresa y, otro, proporcionar al trabajador un ingreso suficiente para mantenerse ?l y su familia. Es decir, el ?salario vital? debe ser tambi?n un ?salario sostenible?. Porque una empresa privada cubre sus compromisos salariales con el valor a?adido o renta generada por la venta de sus productos. En consecuencia, los salarios deben adaptarse a la realidad del mercado. C?mo resolver, entonces, el problema si el salario que pueda pagar la empresa para mantenerse activa cae por debajo del salario vital? La soluci?n nos la ha dado P?o XI al invocar la justicia social. Cuando, para hablar en t?rminos t?cnicos, la productividad del trabajador no basta para retribuirle con el salario suficiente para ?l y su familia, la justicia social, en el sentido adoptado por P?o XI, exige que el empresario se esfuerce para incrementar el valor de la producci?n de cada trabajador, a fin de que su productividad gane el salario vital. Es decir, en virtud de la justicia social, la responsabilidad del empresario no termina pagando el salario sostenible de acuerdo con la actual productividad del trabajador, sino que debe hacer lo necesario para mejorarla. El propio P?o XI, adelant?ndose a su tiempo, lo dice con toda claridad: ?No debe, sin embargo, reputarse, como causa justa para disminuir a los obreros el salario el escaso r?dito de la empresa cuando esto sea debido a incapacidad o abandono o a la despreocupaci?n por el progreso t?cnico y econ?mico?. Es lo que continuamente ense?amos en el IESE: la preocupaci?n por la excelencia forma parte de la exigencia ?tica.


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Unas palabras, para acabar, sobre la doctrina de Juan Pablo II en relaci?n con los sistemas de organizaci?n econ?mica, concretamente de los que, para simplificar, con t?rminos no demasiado acertados, llamamos socialismo y capitalismo. El autor de la Centesimus annus que, como Karol Wojtyla, hab?a ya dedicado mucho tiempo al estudio de la antropolog?a, desarrollando una visi?n de la libertad, la responsabilidad y la creatividad de la persona humana, dice textualmente que ?el error fundamental del socialismo es de car?cter antropol?gico. Efectivamente, (el socialismo) ?dice el Papa- considera a todo hombre como un simple elemento y una mol?cula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo econ?mico-social. Por otra parte, (el socialismo) considera que este mismo bien pueda ser alcanzado al margen de su opci?n aut?noma, de su responsabilidad asumida, ?nica y exclusiva, ante el bien o el mal. El hombre queda reducido as? a una serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto aut?nomo de decisi?n moral que es quien edifica el orden social, mediante tal decisi?n?.


En relaci?n con el otro extremo, el Papa, que se cuenta entre aquellos a quienes no gusta la palabra capitalismo, en la Centesimus annus dice que ?la moderna econom?a de empresa comporta aspectos positivos, cuya ra?z es la libertad de la persona, que se expresa en el campo econ?mico y en otros campos. En efecto, la econom?a es un sector de la m?ltiple actividad humana y en ella, como en todos los dem?s campos, es tan v?lido el derecho a la libertad como el deber de hacer uso responsable del mismo?. Es decir, Juan Pablo II atribuye a la ra?z de este sistema exactamente lo que sustancialmente echa en falta en el sistema socialista: el respeto a la libertad de la persona.


Pero Juan Pablo II es m?s expl?cito y, al preguntarse sobre la aceptaci?n de este sistema, en el famoso n?mero 42 de la Centesimus annus, textualmente dice: ?Si por capitalismo se entiende un sistema econ?mico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producci?n, de la libre creatividad humana en el sector de la econom?a, la respuesta ciertamente es positiva?. Pero, una vez definido el capitalismo por sus notas positivas, el Papa completa la determinaci?n de lo que ha de ser, por exclusi?n de lo que no ha de ser, diciendo: ?pero si por capitalismo se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ?mbito econ?mico, no est? encuadrada en un s?lido contexto jur?dico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensi?n de la misma, cuyo centro es ?tico y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa?.


La conclusi?n que se obtiene de estas palabras de Juan Pablo II es que los que pensamos que el sistema de libre mercado, desde el punto de vista econ?mico, es el mejor de los sistemas posibles, debemos intentar depurarlo de las notas negativas que, seg?n Juan Pablo II, lo har?an inaceptable. Y para ello, no hay que pretender corregir coactivamente el sistema, mediante la intervenci?n estatal, sino que -respetando todo lo que se refiere a la propiedad privada de los medios de producci?n; al mecanismo de los precios para la mejor asignaci?n de recursos; y a la libertad de emprender- lo que procede es seguir la ense?anza del Papa recogida en el p?rrafo que acabamos de leer, cuando habla de encuadrar el sistema en un s?lido contexto jur?dico, y en otro pasaje de la Centesimus annus, cuando precisa que las cr?ticas al modelo de mercado ?no van dirigidas al sistema econ?mico, sino al sistema ?tico-cultural?. Es decir, lo que procede es encuadrar el funcionamiento de las invariables leyes econ?micas en un contexto determinado por un correcto sistema jur?dico-institucional y un sistema ?tico-cultural basado en la naturaleza y valor del hombre, como ser racional y libre. Esta es la ense?anza de Juan Pablo II para que el sistema de mercado produzca los resultados que, tanto desde el punto de vista econ?mico, como desde el punto de vista ?tico, sean los mejores posibles.


Barcelona, 1 de diciembre de 2003

Publicado por mario.web @ 2:04
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