Martes, 03 de mayo de 2011
Carta apost?lica del Sumo Pont?fice Juan Pablo II al Episcopado al clero y a los fieles al concluir el gran jubileo del a?o 2000
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Novo Millennio Ineunte
Novo Millennio Ineunte

A los Obispos,

a los sacerdotes y di?conos,

a los religiosos y religiosas y

a todos los fieles laicos.

1. Al comienzo del nuevo milenio, mientras se cierra el Gran Jubileo en el que hemos celebrado los dos mil a?os del nacimiento de Jes?s y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro coraz?n las palabras con las que un d?a Jes?s, despu?s de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Sim?n, invit? al Ap?stol a ? remar mar adentro ? para pescar: ? Duc in altum ? (Lc 5,4). Pedro y los primeros compa?eros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. ? Y habi?ndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces ? (Lc 5,6).

?Duc in altum! Esta palabra resuena tambi?n hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasi?n el presente y a abrirnos con confianza al futuro: ? Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre ? (Hb 13,8).

La alegr?a de la Iglesia, que se ha dedicado a contemplar el rostro de su Esposo y Se?or, ha sido grande este a?o. Se ha convertido, m?s que nunca, en pueblo peregrino, guiado por Aqu?l que es ? el gran Pastor de las ovejas ? (Hb 13,20). Con un extraordinario dinamisno, que ha implicado a todos sus miembros, el Pueblo de Dios, aqu? en Roma, as? como en Jerusal?n y en todas las Iglesias locales, ha pasado a trav?s de la ? Puerta Santa ? que es Cristo. A ?l, meta de la historia y ?nico Salvador del mundo, la Iglesia y el Esp?ritu Santo han elevado su voz: ? Marana tha - Ven, Se?or Jes?s ? (cf. Ap 22,17.20; 1 Co 16,22).

Es imposible medir la efusi?n de gracia que, a lo largo del a?o, ha tocado las conciencias. Pero ciertamente, un ? r?o de agua viva ?, aquel que continuamente brota ? del trono de Dios y del Cordero ? (cf. Ap 22,1), se ha derramado sobre la Iglesia. Es el agua del Esp?ritu Santo que apaga la sed y renueva (cf. Jn 4,14). Es el amor misericordioso del Padre que, en Cristo, se nos ha revelado y dado otra vez. Al final de este a?o podemos repetir, con renovado regocijo, la antigua palabra de gratitud: ? Cantad al Se?or porque es bueno, porque es eterna su misericordia ? (Sal 118117,1).

2. Por eso, siento el deber de dirigirme a todos vosotros para compartir el canto de alabanza. Hab?a pensado en este A?o Santo del dos mil como un momento importante desde el inicio de mi Pontificado. Pens? en esta celebraci?n como una convocatoria providencial en la cual la Iglesia, treinta y cinco a?os despu?s del Concilio Ecum?nico Vaticano II, habr?a sido invitada a interrogarse sobre su renovaci?n para asumir con nuevo ?mpetu su misi?n evangelizadora.

?Lo ha logrado el Jubileo? Nuestro compromiso, con sus generosos esfuerzos y las inevitables fragilidades, est? ante la mirada de Dios. Pero no podemos olvidar el deber de gratitud por las ? maravillas ? que Dios ha realizado por nosotros. ? Misericordias Domini in aeternum cantabo ? (Sal 8988,2).

Al mismo tiempo, lo ocurrido ante nosotros exige ser considerado y, en cierto sentido, interpretado, para escuchar lo que el Esp?ritu, a lo largo de este a?o tan intenso, ha dicho a la Iglesia (cf. Ap 2,7.11.17 etc.).

3. Sobre todo, queridos hermanos y hermanas, es necesario pensar en el futuro que nos espera. Tantas veces, durante estos meses, hemos mirado hacia el nuevo milenio que se abre, viviendo el Jubileo no s?lo como memoria del pasado, sino como profec?a del futuro. Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduci?ndola en fervientes prop?sitos y en l?neas de acci?n concretas. Es una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales. En cada una de ellas, congregada en torno al propio Obispo, en la escucha de la Palabra, en la comuni?n fraterna y en la ? fracci?n del pan ? (cf. Hch 2,42), est? ? verdaderamente presente y act?a la Iglesia de Cristo, una, santa, cat?lica y apost?lica ?.1 Es especialmente en la realidad concreta de cada Iglesia donde el misterio del ?nico Pueblo de Dios asume aquella especial configuraci?n que lo hace adecuado a todos los contextos y culturas.

Este encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el movimiento mismo de la Encarnaci?n. Es, pues, el momento de que cada Iglesia, reflexionando sobre lo que el Esp?ritu ha dicho al Pueblo de Dios en este especial a?o de gracia, m?s a?n, en el per?odo m?s amplio de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo, analice su fervor y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral. Con este objetivo, deseo ofrecer en esta Carta, al concluir el A?o Jubilar, la contribuci?n de mi ministerio petrino, para que la Iglesia brille cada vez m?s en la variedad de sus dones y en la unidad de su camino.

CONTENIDO


1. El Encuentro con Cristo, herencia del gran jubileo

2. Un rostro para contemplar

3. Caminar desde Cristo

4. Testigos del amor

5. Conclusi?n del amor

Publicado por mario.web @ 2:10
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